

RELATOS DE PODER

Carlos Castaneda
















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 NDICE





INTRODUCCIN ...............................................................................................................2



PRIMERA PARTE

UN TESTIGO DE ACTOS DE PODER



CITA CON EL CONOCIMIENTO .......................................................................................4

EL SOADOR Y EL SOADO ........................................................................................19

EL SECRETO DE LOS SERES LUMINOSOS ................................................................29



SEGUNDA PARTE

EL TONAL Y EL NAGUAL



TENER QUE CREER ......................................................................................................36

LA ISLA DEL TONAL .......................................................................................................41

EL DA DEL TONAL ........................................................................................................46

REDUCIR EL TONAL ......................................................................................................52

LA HORA DEL NAGUAL .................................................................................................58

EL SUSURRO DEL NAGUAL ..........................................................................................64

LAS ALAS DE LA PERCEPCIN ...................................................................................69



TERCERA PARTE

LA EXPLICACIN DE LOS BRUJOS 

 

TRES TESTIGOS DEL NAGUAL ....................................................................................74 

LA ESTRATEGIA DE UN BRUJO ...................................................................................79 

LA BURBUJA DE LA PERCEPCIN ..............................................................................90 

LA PREDILECCIN DE LOS GUERREROS ..................................................................96 

 

 

Las condiciones del pjaro solitario son cinco. La primera, que se va a lo ms alto; la segunda, que no sufre 
compaa aunque sea de su naturaleza; la tercera, que pone el pico al aire; la cuarta, que no tiene determinado 
color; la quinta, que canta suavemente. 

SAN JUAN DE LA CRUZ, Dichos de luz y amor 

 

 

PRIMERA PARTE 

UN TESTIGO DE ACTOS DE PODER 

 

CITA CON EL CONOCIMIENTO 

 

Llevaba yo varios meses sin ver a don Juan. Era el otoo de 1971. Tuve la certeza de que se encontraba en 
casa de don Genaro, en el Mxico central, y realic los preparativos necesarios para un viaje de seis o siete 
das. Al segundo da, obedeciendo a un impulso, me detuve al mediar la tarde en la casa de don Juan en 
Sonora. Estacion el coche y camin una corta distancia hasta la casa misma. Para mi sorpresa, lo encontr 
all. 

-Don Juan! No esperaba hallarlo aqu -dije. 

Ech a rer, deleitado por mi asombro. Estaba sentado en un cajn de leche vaco, junto a la puerta delantera. 
Al parecer me aguardaba. Haba un aire de hazaa cumplida en la desenvoltura con que me salud. 
Quitndose el sombrero, lo agit cmicamente en florido gesto. Se lo puso de nuevo y me hizo un saludo 
militar. Se hallaba reclinado en la pared, a horcajadas en el cajn como sobre una silla de montar. 

-Sintate, sintate -dijo en tono jovial-. Qu gusto me da que ests otra vez por aqu. 

-Ya me estaba yendo hasta Oaxaca a buscarlo, don Juan -dije-. Y luego habra tenido que regresar a Los 
ngeles. El hallarlo aqu me ahorra das y das de manejar. 

-De todos modos me habras encontrado -dijo l en tono misterioso-, pero digamos que me debes los seis 
das que hubieras tardado en llegar all, das que deberas emplear en algo ms interesante que andar 
correteando en tu carro. 

Haba algo cautivante en la sonrisa de don Juan. Su calidez era contagiosa. 

-Y dnde estn los instrumentos? -pregunt, haciendo un gesto de escribir a mano. 

Le dije que los haba dejado en el coche; l respondi que sin ellos me vea extrao y me hizo ir a traerlos. 

-Acabo de escribir un libro -dije. 

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Fij en m una mirada larga y peculiar que me dio comezn en la boca del estmago. Era como si empujase 
mi parte media con un objeta suave. Sent que me iba a poner mal, pero entonces don Juan mir para otro lado 
y recobr mi primera sensacin de bienestar. 

Quise hablar de mi libro, pero l indic con un gesto que no quera or nada sobre el tema. Sonri. 
Desbordaba ligereza y encanto, e inmediatamente me envolvi en una larga conversacin acerca de personas 
y de sucesos actuales. Al cabo de un buen rato logr por fin desviar la conversacin hacia el tpico de mi 
inters. Empec mencionando que, al revisar mis antiguas notas, me di cuenta de que l me haba estado 
dando, desde el principio de nuestra asociacin, una descripcin detallada del mundo de los brujos. A la luz de 
lo que me dijo en aquellas etapas, comenc a poner en tela de juicio el papel de las plantas alucingenas. 

-Por qu me hizo usted tomar tantas veces esas plantas de poder? -pregunt. 

Ri y musit, en voz muy suave: 

-Porque eres un idiota. 

Lo o perfectamente, pero quise cerciorarme y fing no haber entendido. 

-Cmo dijo? -inquir. 

-T sabes lo que dije -replic, y se puso en pie. 

Al pasar junto a m me golpe la cabeza con un dedo. 

-Eres un poco lento -dijo-. Y no haba otra forma de sacudirte. 

-De modo que nada de eso era absolutamente necesario? -pregunt. 

-Lo era, en tu caso. Pero hay otros tipos de gente que no parecen necesitarlas. 

Se qued parado junto a m, la vista fija en la copa de los matorrales al lado izquierdo de su casa; luego 
volvi a sentarse y habl de Eligio, su otro aprendiz. Dijo que Eligio haba tomado plantas psicotrpicas una 
sola vez desde el inicio del aprendizaje, pero no obstante se hallaba, quizs, incluso ms adelantado que yo. 

-Tener sensibilidad es una condicin natural de cierta gente -dijo-. T no la tienes. Pero tampoco yo. A fin de 
cuentas, la sensibilidad importa muy poco. 

-Qu es entonces lo que importa? -pregunt. 

Pareci buscar una respuesta adecuada. 

-Lo que importa es que un guerrero sea impecable -dijo al fin-. Pero eso es slo una manera de decir las 
cosas, un modo de andarse por las ramas. T ya has terminado algunas tareas de brujera y creo que ya es 
hora de mencionar la fuente de todo lo que importa. As pues, dir que lo importante para un guerrero es llegar 
a la totalidad de uno mismo. 

-Qu es la totalidad de uno mismo, don Juan? 

-Dije que nada ms iba a mencionarla. Todava quedan en tu vida muchos cabos sueltos que debes atar 
antes de que podamos hablar de la totalidad de uno mismo. 

Con eso puso fin a la conversacin. Hizo un ademn para callarme. Al parecer, haba algo o alguien en la 
cercana. Lade la cabeza hacia un lado, como para escuchar. Pude ver el blanco de sus ojos mientras 
enfocaban los arbustos ms all de la casa, hacia la izquierda. Escuch atentamente unos momentos y luego 
se puso en pie, se acerc y me susurr al odo que debamos dejar la casa y salir a un paseo. 

-Algo anda mal? -pregunt, tambin en un susurro. 

-No. Nada anda mal -dijo-. Todo anda bastante bien. 

Me gui al chaparral desrtico. Caminamos cosa de media hora y llegamos a una pequea rea circular libre 
de vegetacin, un sitio de unos cuatro metros de dimetro donde el suelo rojizo estaba apisonado y 
perfectamente plano. No haba, sin embargo, seas de que el espacio hubiera sido desmontado y aplanado 
con maquinaria. Don Juan se sent en el centro, mirando al sureste. Seal un sitio como a metro y medio de 
distancia y me pidi sentarme all, dndole la cara. 

-Qu vamos a hacer aqu? -pregunt. 

Tenemos una cita aqu esta noche -respondi. 

Escudri los alrededores con rpida mirada, girando sobre su eje hasta hallarse de nuevo mirando al 
sureste. 

Sus movimientos me alarmaron. Le pregunt con quin tenamos cita. 

-Con el conocimiento -repuso-. Digamos que el conocimiento anda merodeando por aqu. 

No me dio oportunidad de pensar en su crptica respuesta. Rpidamente cambi el tema y en tono jovial me 
inst a portarme con naturalidad, es decir, a tomar notas y hablar como hubiramos hecho en su casa. 

Lo que ms presionaba mi mente en esos instantes era la vvida sensacin que, seis meses antes, tuve de 
"hablar" con un coyote. Ese evento significaba que por vez primera fui capaz de visualizar o aprisionar, con mis 
cinco sentidos y en total sobriedad, la descripcin mgica del mundo: una descripcin en que la comunicacin 
a travs de palabras con los animales era asunto rutinario. 

-No vamos a ponernos a revivir ninguna experiencia de tal naturaleza -dijo don Juan al or mi pregunta-. No 
es dable que le des tal atencin a los hechos pasados. Podemos tocarlos, pero slo como referencia. 

-Por qu motivo, don Juan? 

-Todava no tienes suficiente poder personal para buscar la explicacin de los brujos. 

-Entonces hay una explicacin de brujos! 

-Claro. Los brujos son hombres. Somos criaturas del pensamiento. Buscamos aclaraciones. 

-Yo tena la impresin de que mi gran falla era buscar explicaciones. 

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-No. Tu falla es buscar explicaciones convenientes, explicaciones que se ajustan a ti y a tu mundo. Lo que no 
me gusta es que seas tan razonable. Un brujo tambin explica las cosas en su mundo, pero no es tan terco 
como t. 

-Cmo puedo llegar a la explicacin de los brujos? 

-Acumulando poder personal. El poder personal te har deslizarte con gran facilidad y entrar en la explicacin 
de los brujos. La explicacin no es lo que, t llamaras una explicacin; sin embargo, aunque no aclara el 
mundo ni sus misterios, los hace menos pavorosos. sa debera ser la esencia de una explicacin, pero no es 
eso lo que t buscas. T andas detrs del reflejo de ti y tus ideas. 

Perd el impulso de hacer preguntas. Pero su sonrisa me invitaba a seguir hablando. Otro asunto de gran 
importancia para m era su amigo don Genaro y el extraordinario efecto que sus acciones haban surtido en mi. 
Cada vez que entraba en contacto con l, experimentaba distorsiones sensoriales de lo ms, extraas. 

Don Juan ri cuando plante mi pregunta. 

-Genaro es estupendo -dijo-. Pero no tiene sentido por ahora hablar de l ni de lo que te hace. Tampoco 
tienes suficiente poder personal para desenvolver ese tema. Espera a tenerlo, y entonces hablaremos. 

-Y si nunca lo tengo? 

-Si nunca lo tienes, nunca hablaremos. 

-Al paso que voy, tendr alguna vez el suficiente? -pregunt. 

-De ti depende -respondi-. Yo te he dado toda la informacin necesaria. Ahora es responsabilidad tuya ganar 
suficiente poder personal para inclinar la balanza. 

-Habla usted en metforas -dije-. Hbleme claro. Dgame exactamente qu debo hacer. Si ya me lo dijo, 
digamos que lo olvid. 

Don Juan chasque la lengua y se acost, con los brazos detrs de la cabeza. 

-T sabes exactamente lo que necesitas -dijo. 

Respond que a veces crea saberlo, pero que la mayor parte del tiempo careca de confianza en mi mismo. 

-Me temo que confundes las cosas -dijo-. La confianza de un guerrero no es la confianza del hombre comn. 
El hombre comn busca la certeza en los ojos del espectador y llama a eso confianza en s mismo. El guerrero 
busca la impecabilidad en sus propios ojos y llama a eso humildad. El hombre comn est enganchado a sus 
prjimos, mientras que el guerrero slo depende de s mismo. Andas en pos de lo imposible. Buscas la 
confianza del hombre comn, cuando deberas buscar la humildad del guerrero. Hay una gran diferencia entre 
las dos. La confianza implica saber algo con certeza; la humildad implica ser impecable en los propias actos y 
sentimientos. 

-He tratado de vivir de acuerdo con sus consejos -dije-. Tal vez no sea yo lo mejor, pero soy lo mejor de m 
mismo. Es eso impecabilidad? 

-No. Debes ser an mejor. Debes empujarte siempre ms all de tus lmites. 

-Pero eso sera una locura, don Juan. Nadie puede hacer eso. 

-Muchas cosas que haces ahora te habran parecido una locura hace diez aos. Las cosas esas nunca 
cambiaron, pero s cambi tu idea de ti mismo; lo que antes era imposible es ahora perfectamente posible, y a 
lo mejor el que logres cambiarte por completo es slo cuestin de tiempo. En este asunto, el nico camino 
posible para un guerrero es actuar directamente y sin reservas. Ya conoces el camino del guerrero lo suficiente 
para desenvolverte bastante bien; pero te salen al encuentro tus malas costumbres. 

Comprend a qu se refera. 

-Cree usted que escribir es una de esas malas costumbres que debo cambiar? -pregunt-. Debo destruir 
mi nuevo manuscrito? 

No contest. Se puso en pie y se volvi a mirar el borde del matorral. 

Le cont que haba recibido una cantidad de cartas en las que diversas personas me sealaban el error de 
escribir acerca de mi aprendizaje. Citaban como precedente el hecho de qu los maestros de las doctrinas 
esotricas orientales exigan discrecin absoluta con respecto a sus enseanzas. 

-Capaz si esos maestros tienen el vicio de ser maestros -dijo don Juan sin mirarme-. Yo no soy maestro. Yo 
soy solamente un guerrero. No s en realidad qu es lo que uno siente como maestro. 

-Pero quizs estoy revelando cosas que no debera, don Juan. 

-No importa lo que uno revela ni lo que uno se guarda -dijo-. Todo cuanto hacemos, todo cuanto somos, 
descansa en nuestro poder personal. Si tenemos suficiente, una palabra que se nos diga podra ser suficiente 
para cambiar el curso de nuestra vida. Pero si no tenemos suficiente poder personal, se nos puede revelar la 
sabidura ms grande y esa revelacin nos importara un ajo. 

Luego baj la voz como si me estuviera revelando un asunto confidencial. 

-Voy a decirte algo que a lo mejor es la mayor sabidura a la que uno puede dar voz -dijo-. A ver qu haces 
can ella. 

"Sabes que en este mismo instante ests rodeado por la eternidad? Y sabes que puedes usar esa eterni-
dad, si as lo deseas?" 

Tras una larga pausa, durante la cual un sutil movimiento de sus ojos me instaba a rendir alguna formulacin, 
dije no entender de qu hablaba. 

-All! La eternidad est all! -dijo, sealando el horizonte. 

Luego apunt hacia el cenit. 

-O all, o quiz podamos decir que la eternidad es as. 

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Extendi los brazos para sealar al este y al oeste. 

Nos miramos. Sus ojos contenan una pregunta. 

-Y qu me dices de esto? -inquiri, animndome a meditar sus palabras. 

No supe qu responder. 

-Sabes que puedes extenderte hasta el infinito en cualquiera de las direcciones que he sealado? 
-prosigui-. Sabes que un momento puede ser la eternidad? Esto no es una adivinanza; es un hecho, pero 
slo si te montas en ese momento y lo usas para llevar la totalidad de ti mismo hasta el infinito, en cualquier 
direccin. 

Se me qued mirando. 

-Antes no tenas este conocimiento -dijo, sonriendo-. Ahora es tuyo. Te lo he dado, y sin embargo no importa 
nada, porque no tienes suficiente poder personal para utilizar mi revelacin. Pero si lo tuvieras, slo mis 
palabras seran el medio para que acorralaras toda tu totalidad, y sacaras la parte que manda, de estos lmites 
que la contienen. 

Vino a mi lado y me toc el pecho con los dedos; fue un golpe muy ligero. 

-Estos son los lmites de los que hablo -dije Uno puede salir de ellos. Somos un sentimiento, un darse cuenta 
encajonado aqu. 

Me palme los hombros con las manos. Mi cuaderno y mi lpiz cayeron por tierra. Don Juan puso el pie sobre 
el cuaderno y me mir con fijeza; luego ri. 

Le pregunt si lo molestaba tomando notas. Dijo que no, en tono confortante, y apart el pie. 

-Somos seres luminosos -dijo, meneando rtmicamente la cabeza-. Y para un ser luminoso lo nico que 
importa es el poder personal. Pero si me preguntas qu cosa es el poder personal, debo decirte que mi 
explicacin no lo explicar. 

Don Juan mir el horizonte occidental y dijo que todava quedaban unas horas de luz diurna. 

-Tenemos que estarnos aqu mucho rato -explic-. As pues; o nos sentarnos en silencio o hablamos. Para ti 
no es natural estar callado, de modo que sigamos hablando. Este lugar es un sitio de poder y debe 
acostumbrarse a nosotros antes de que caiga la noche. Debes quedarte sentado, lo ms natural que puedas, 
sin miedo y sin impaciencia. Parece que es ms fcil para ti estar tranquilo cuando escribes, as que escribe 
cuanto se te d la gana. 

"Y ahora, a ver si me cuentas de tu soar." 

La sbita transicin me tom desprevenido. Don Juan repiti su peticin. Haba mucho que decir al respecto. 
"Soar" implicaba el cultivo de un poder peculiar sobre los propios sueos, hasta el punto en que las 
experiencias habidas en ellos y las vividas en las horas de vigilia adquiran la misma valencia pragmtica. Los 
brujos alegaban que, bajo el impacto del "soar", los criterios ordinarios para diferenciar entre sueo y realidad 
se hacan inoperantes. 

La praxis del "solar" era, para don Juan, un ejercicio que consista en hallar las propias manos durante un 
sueo. En otras palabras, uno deba soar deliberadamente que buscaba y hallaba sus manos en un sueo 
que consista en soar que uno alzaba las manos al nivel de los ojos. 

Despus de aos de intentos infructuosos, yo haba logrado finalmente la tarea. Considerando retrospec-
tivamente, se me evidenci que slo pude alcanzar el xito tras haber obtenido cierto grado de dominio sobre 
el mundo de mi vida cotidiana. 

Don Juan quiso saber los puntos salientes. Empec a contarle que la dificultad de estructurar la orden de 
mirarme las manos pareca ser, muy a menudo, insuperable. l me haba advertido que la primera etapa de la 
faceta preparatoria, lo que l llamaba "armar los sueos", consista en un juego mortal que la mente jugaba 
consigo misma, y que cierta parte de mi ser iba a hacer todo lo posible por impedir el cumplimiento de mi tarea. 
Eso poda incluir, dijo don Juan, el arrojarme a una prdida de significado, a la melancola, o incluso a una 
depresin suicida. Sin embargo, no llegu tan lejos. Mi experiencia se qued ms bien en el lado ligero, 
cmico; no obstante, la frustracin era igual. Cada vez que, en un sueo, estaba a punto de mirarme las 
manos, algo extraordinario suceda; echaba yo a volar, o el sueo se volva pesadilla, o simplemente se 
transformaba en una placentera experiencia de excitacin corporal; todo lo contenido en el sueo se extenda 
mucho ms all de lo "normal" en lo referente a vividez y, por ello, resultaba absorbente en extremo. La 
intencin original de observar mis manos siempre se olvidaba a la luz de la nueva situacin. 

Una noche, inesperadamente, hall mis manos en sueos. Soaba recorrer una calle desconocida en una 
ciudad extranjera y de pronto alc las manos y las puse frente a mi rostro. Fue como si algo en m cediera para 
permitirme observar el dorso de mis manos. 

Las instrucciones de don Juan estipulaban que, apenas la percepcin de mis manos empezara a disolverse o 
transformarse, yo deba trasladar la mirada a cualquier otro elemento en el mbito del sueo. En aquella 
ocasin particular, la traslad a un edificio en el extremo de la calle. Cuando la apariencia del edificio empez a 
disiparse, prest atencin a otros elementos ambientales. El resultado final fue la imagen increblemente clara, 
de una calle desierta en alguna ciudad extranjera. 

Don Juan me hizo contar otras experiencias en el "soar". Hablamos largo rato. 

Al acabar mi reporte, l se levant y fue al matorral. Me incorpor tambin. Estaba nervioso. Era una 
sensacin injustificada, pues nada haba que invocara miedo o cuidado. Don Juan no tard en volver. Advirti 
mi agitacin. 

-Sosigate -dijo, mientras asa con suavidad mi brazo. 

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Me hizo tomar asiento y me puso el cuaderno en el regazo. Me anim a escribir. Argumentaba que yo no 
deba inquietar el sitio de poder con innecesarios sentimientos de miedo o vacilacin. 

-Por qu me pongo tan nervioso? -pregunt. 

-Es natural -dijo-. Algo en ti se ve amenazado por tus quehaceres en el soar. Mientras no pensabas en ellos, 
anduviste bien. Pero ahora que me revelaste tus acciones ests a punto de desmayarte: 

"Cada guerrero tiene su propio modo de soar. Todos son distintos. Lo nico que tenemos en comn es que 
algo en nosotros tiende trampas para obligarnos a abandonar la empresa. El remedio es persistir a pesar de 
todas las barreras y desilusiones." 

Luego me pregunt si era yo capaz de elegir temas para "soar". Dije no tener la menor idea de cmo 
hacerlo. 

-La explicacin de los brujos acerca de cmo escoger un tema para soar -dijo l- es que el guerrero escoge 
el tema manteniendo a fuerza una imagen en la mente mientras para su dilogo interior. En otras palabras, si 
es capaz de no hablar consigo mismo por un momento, y luego evoca la imagen o el pensamiento de lo que 
quiere soar, aunque slo sea por un instante, lo deseado vendr a l. Estoy seguro de que esto es lo que has 
hecho, aunque sin darte cuenta. 

Hubo una larga pausa y despus don Juan empez a husmear el aire. Pareca limpiarse la nariz; exhal por 
ella tres o cuatro veces, con gran fuerza. Los msculos de su abdomen se contraan en espasmos que l 
controlaba aspirando breves bocanadas de aire. 

-Ya no vamos a hablar ms de soar -dijo-. Podras obsesionarte. Para lograr xito en cualquier empresa se 
debe ir muy despacio, con mucho esfuerzo pero sin tensin ni obsesiones. 

Se puso en pie y camin hasta el borde del matorral. Agachndose, escrut el follaje. Pareca examinar algo 
en las hojas, sin acercarse a ellas demasiado. 

-Qu hace usted? -pregunt, incapaz de contener la curiosidad. 

Me encar, sonriendo y alzando las cejas. 

-Los matorrales estn llenos de cosas extraas -dijo al sentarse de nuevo. 

De tan casual, su tono me asust ms que si hubiera lanzado un alarido sbito. Lpiz y cuaderno cayeron de 
mis manos. Me remed entre risas y dijo que mis reacciones exageradas eran uno de los cabos sueltos que 
an existan en mi vida. 

Quise hacer una observacin, pero no me dej hablar. 

-Todava queda un poco de luz del da -dijo-. Hay otras cosas que deberamos tocar antes de que caiga el 
crepsculo. 

Aadi entonces que, juzgando por los resultados de mi "soar" yo deba de haber aprendido a interrumpir 
voluntariamente mi dilogo interno. Le dije que as era. 

En el principio de nuestra relacin, don Juan haba delineado otro procedimiento: caminar largos trechos sin 
enfocar los ojos en nada. Su recomendacin haba sido no mirar nada directamente sino, cruzando levemente 
los ojos, mantener una visin perifrica de cuanto se presentaba a la vista. Recalc, aunque entonces no 
entend, que conservando los ojos sin enfocar en un punto justamente arriba del horizonte, era posible percibir, 
en forma simultnea, cada elemento en el panorama total de casi 180 grados frente a los ojos. Me asegur que 
ese ejercicio era la nica manera de suspender el dilogo interno. Sola pedir reportes sobre mi progreso, pero 
luego dej de preguntar por l. 

Dije a don Juan que practiqu la tcnica aos enteros sin advertir cambio alguno, pero de todos modos no lo 
esperaba. Cierto da, sin embargo, me di cuenta, sbitamente, de que acababa de caminar durante unos diez 
minutos sin haberme dicho una sola palabra. 

Mencion tambin que en esa ocasin cobr conciencia de que suspender el dilogo interno implicaba algo 
ms que slo reprimir las palabras que me deca a m mismo. Todos mis procesos intelectuales se detuvieron, 
y me sent como suspendido, flotando. Una sensacin de pnico surgi de esa vivencia, y tuve que reanudar mi 
dilogo interno como antdoto. 

-Te he dicho que el dilogo interno es lo que nos hace arrastrar -dijo don Juan-. El mundo es as como es 
slo porque hablamos con nosotros mismos acerca de que es as como es. 

Don Juan explic que el pasaje al mundo de los brujos se franquea despus que el guerrero aprende a 
suspender el dilogo interno. 

-Cambiar nuestra idea del mundo es la clave de la brujera -dijo-. Y la nica manera de lograrlo es parar el 
dilogo interno. Lo dems slo es arreglo. Ahora ests en la posicin de saber que nada de lo que has visto o 
hecho, con la excepcin de parar el dilogo interno, habra podido de por s cambiar nada en ti, o en tu idea del 
mundo. El asunto, por supuesto, es que ese cambio no sea un trastorno. Ahora entenders por qu un maestro 
no presiona a su aprendiz. Eso nada ms fomentara obsesin y morbidez. 

Pidi detalles de otras experiencias que yo hubiera tenido al suspender el dilogo interno. Hice un recuento 
de cuanto pude recordar. 

Hablamos hasta que oscureci y ya no pude tomar notas cmodamente; deba atender a la escritura y eso 
alteraba mi concentracin. Don Juan se dio cuenta y se ech a rer. Seal que yo haba propiamente logrado 
otra tarea de brujo: escribir sin concentrarme. Apenas lo dijo, advert que yo, en verdad, no prestaba atencin al 
acto de tomar notas. Pareca ser una actividad separada con la cual yo no tena que ver.. Me sent raro. Don 
Juan me, pidi sentarme junto a l en el centro del crculo. Dijo que haba demasiada oscuridad y que ya no me 
hallaba -seguro sentado tan al filo del matorral. Un escalofro ascendi por mi espalda; salt a su lado. 

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Me hizo mirar al sureste y me pidi que interrumpiera mi dilogo interno y estuviera callado y sin 
pensamientos. Al principio fui incapaz y tuve un momento de impaciencia. Don Juan me dio la espalda y dijo 
que me apoyara en su hombro, y que una vez que aquietara mis pensamientos, deba mantener los ojos 
abiertos, mirando el matorral al sureste. En tono misterioso, agreg que me estaba planteando un problema, y 
que, de resolverlo, me hallara preparado para otra faceta del mundo de los brujos. 

Plante una dbil pregunta acerca de la naturaleza del problema. l ri suavemente. Esper su respuesta, y 
de pronto algo en m se desconect. Me sent suspendido. Como si mis orejas se hubieran destapado, miradas 
de ruidos en el chaparral se hicieron audibles. Haba tantos que no me era posible distinguirlos individualmente. 
Sent que me quedaba dormido y entonces, de pronto, algo capt mi atencin. No era algo que involucrara mis 
procesos mentales; no era una visin, ni un aspecto del mbito, pero de algn modo mi percepcin participaba. 
Estaba completamente despierto. Tena los ojos enfocados en un sitio al borde del matorral, pero no miraba, ni 
pensaba, ni hablaba conmigo mismo. Mis sentimientos eran claras sensaciones corpreas; no requeran pala-
bras. Senta que me precipitaba hacia algo indefinido. Acaso se precipitaba lo que de ordinario habran sido mis 
pensamientos; fuera como fuese, tuve la sensacin de haber sido atrapado en un derrumbe y de que algo se 
desplomaba en avalancha, conmigo en la cima. Senta la cada en el estmago. Algo me jalaba al chaparral. 
Discerna la masa oscura de las matas frente a m. No era, sin embargo, una tiniebla indiferenciada como lo 
sera ordinariamente. Vea cada arbusto individual como si los mirara en un crepsculo oscuro. Parecan 
moverse; la masa de su follaje semejaba faldas negras ondeando en mi direccin como si las agitara el viento, 
pero no haba viento. Qued absorto en sus hipnticos movimientos; era un escarceo pulsante que pareca 
acercrmelas ms y ms. Y entonces not una silueta ms clara, como superpuesta en las formas oscuras de 
las matas. Enfoqu los ojos en un sitio al lado de la silueta y pude percibir en ella un resplandor verdoso plido. 
Luego la mir sin enfocar y tuve la certeza de que se trataba de un hombre oculto entre las matas. 

Me hallaba, en ese momento, en un estado muy peculiar de conciencia. Tena conocimiento del entorno y de 
los procesos mentales que el entorno engendraba en m, pero no pensaba como pienso de ordinario. Por 
ejemplo, al darme cuenta de que la silueta superpuesta en las matas era un hombre, rememora otra ocasin en 
el desierto; en aquel entonces, mientras don Genaro y yo caminbamos, de noche, por el chaparral, not que 
un hombre se ocultaba entre los arbustos, detrs de nosotros, pero lo perd de vista apenas trat de explicar 
racionalmente el fenmeno. Esta vez, sin embargo, sent llevar la ventaja y me rehus a explicar o pensar en 
absoluto. Durante un momento tuve la impresin de que poda retener al hombre y forzarlo a permanecer 
donde se hallaba. Entonces experiment un extrao dolor en la boca del estmago. Algo pareci desgarrarse 
dentro de m y ya no pude conservar en tensin los msculos de mi abdomen. En el preciso instante en que 
ced, la forma oscura de un enorme pjaro, o alguna clase de animal volador, brot del matorral y se me ech 
encima. Fue como si la figura del hombre se hubiese transformado, en la de un ave. Tuve la clara percepcin 
consciente del miedo. Di una boqueada, y luego un fuerte grito, y ca de espaldas. 

Don Juan me ayud a incorporarme. Su rostro estaba muy cerca del mo. Rea. 

-Qu fue eso? -vocifer. 

Me silenci, cubrindome la boca con la mano. Acerc los labios a mi orlo y susurr que debamos 
abandonar el sitio en forma tranquila y sosegada, como si nada hubiera ocurrido. 

Laminamos lado a lado. Su paso era sereno y parejo. Un par de veces volvi rpidamente la cabeza. Lo imit, 
y en las dos ocasiones pude ver una masa oscura que pareca seguirnos. O a mis espaldas un chillido 
escalofriante. Experiment un momento de terror puro; un movimiento ondulatorio recorri en espasmos los 
msculos de mi estmago, creciendo en intensidad hasta que, sencillamente, forz a mi cuerpo a correr. 

Para hablar de mi reaccin, es -Imprescindible usar la terminologa de don Juan; as puedo decir que mi 
cuerpo, a causa del susto experimentado, fue capaz de ejecutar lo que l llamaba "la marcha de poder", una 
tcnica que me haba enseado aos antes para correr en la oscuridad sin tropezar ni lastimarse en forma 
alguna. 

No tuve conciencia clara de qu haba hecho ni de cmo lo hice. De pronto me hall nuevamente en la casa 
de don Juan. Al parecer l haba corrido tambin y llegamos al mismo tiempo. Encendi su lmpara de 
kerosn, la colg de una viga en el techo v, con toda naturalidad, me invit a tomar asiento y relajarme. 

Trot marcando el paso durante un rato, hasta que mi nerviosismo se redujo a proporciones manejables. 
Luego me sent. Enfticamente, me orden actuar como si nada hubiera pasado y me entreg mi cuaderno. Yo 
no haba advertido que, en mi prisa por salir del matorral, lo dej caer. 

-Qu es lo que pas, don Juan? -pregunt por fin. 

-Tenas una cita con el conocimiento -repuso, sealando con un movimiento de barbilla el borde oscuro del 
chaparral desrtico-. Te llev all porque encontr al conocimiento ah dando vueltas alrededor de la casa, 
cuando llegaste. Podras decir que el conocimiento saba de tu venida y te esperaba. En lugar de enfrentarlo 
aqu, me pareci propio enfrentarlo en un sitio de poder. Entonces prepar una prueba para ver si tenas 
suficiente poder personal para separarlo del resto de las cosas en torno nuestro. Lo hiciste muy bien. 

-No se vaya tan de prisa! -protest-. Vi la silueta de un hombre escondido detrs de una mata, y luego vi un 
enorme pjaro. 

-No viste un hombre! -dijo con nfasis-. Tampoco viste un pjaro. La silueta en las matas, y lo que vol hacia 
nosotros, era una polilla. Si quieres ser exacto en trminos de brujo, pero muy ridculo en tus propios trminos, 
puedes decir que esta noche tenas cita con una polilla. El conocimiento es una polilla. 

Me dirigi una mirada penetrante. La luz de la linterna creaba sombras extraas en su cara. Apart los ojos. 

#
-A lo mejor tendrs bastante poder personal para deshilvanar hoy ese misterio -dijo-. Si no es hoy, ser 
maana; recuerda, todava me debes seis das. 

Don Juan se puso en pie y fue a la cocina en la parte trasera de la casa. Tom la linterna y la puso contra la 
pared, sobre el tocn bajo y redondo que usaba como banco. Nos sentamos en el suelo, uno frente al otro, y 
nos servimos frijoles y carne de una olla que l haba colocado frente a nosotros. Comimos en silencio. 

De vez en cuando me echaba vistazos furtivos, y pareca a punto de rer. Sus ojos semejaban dos ranuras. Al 
mirarme los abra un poco y la humedad de la crnea reflejaba la luz de la linterna. Pareca estar usando la luz 
para crear un reflejo. Jugaba con el reflejo, sacudiendo la cabeza en forma casi imperceptible, cada vez que 
enfocaba en m los ojos. El efecto era un fascinante estremecimiento luminoso. Tom conciencia de sus 
maniobras despus de que las hubo ejecutado un par de veces. Me sent convencido de que actuaba con un 
propsito definido. No pude menos que preguntarle al respecto. 

-Tengo un motivo ulterior -dijo empleando una voz tranquilizadora-. Te estoy calmando con mis ojos. No 
parece que te ests poniendo ms nervioso, verdad? 

Tuve que admitir que me senta bastante a mis anchas. El cintilar constante de sus ojos no era ominoso, ni 
me haba asustado o molestado en forma alguna. 

-Cmo hace usted para calmarme con los ojos? -pregunt. 

Repiti el imperceptible oscilar de cabeza. Las crneas de sus ojos reflejaban en verdad la luz de la linterna 
de kerosn. 

-Haz t la prueba -dijo en tono casual, mientras se serva otro plato de comida-. Puedes calmarte solo. 

Intent menear la cabeza; mis movimientos eran torpes. 

-Si sacudes as la cabeza, no vas a calmarte -dijo, riendo-. Nada ms te va a doler. El secreto no est en el 
meneo d cabeza sino en la sensacin que viene a los ojos desde la parte abajo del estmago. Esto es lo que 
mueve la cabeza. 

Se frot la regin umbilical. 

Habiendo terminado de comer, me reclin en una pila de lea donde haba algunos costales. Trat de imitar 
su movimiento de cabeza. Don Juan pareca divertirse inmensamente. Lanzaba risitas y se golpeaba los 
muslos. 

Un ruido sbito interrumpi su regocijo. O un extrao sonido grave, como golpete sobre madera, procedente 
del chaparral. Don Juan ech la mandbula hacia adelante, hacindome sea de permanecer alerta. 

-Esa es la polilla que te llama -dijo en un tono carente de emocin. 

Me levant de un salto. El sonido ces instantneamente. Mir a don Juan en busca de una explicacin. l 
hizo un gesto cmico de impotencia, alzando los hombros. 

-Todava no has cumplido con tu cita -aadi. 

Le dije que me senta indigno, y que tal vez debiera irme a casa y regresar cuando tuviera ms fuerza. 

-Esas son idioteces -repuso, cortante-. Un guerrero toma su suerte, sea la que sea, y la acepta con la mxima 
humildad. Se acepta con humildad as como es, no como base para lamentarse, sino como base para su lucha 
y su desafo. 

"Nos demoramos mucho para comprender eso y vivirlo por entero. Yo, por ejemplo, odiaba mencionar la 
palabra humildad. Soy un indio, y los indios siempre hemos sido humildes y no hemos hecho nada ms que 
agachar la cabeza. Yo pensaba que la humildad no tena nada que ver con el camino del guerrero. Me 
equivocaba! Ahora s que la humildad del guerrero no es la humildad del pordiosero. El guerrero no agacha la 
cabeza ante nadie, pero, al mismo tiempo, tampoco permite que nadie agache la cabeza ante l. En cambio, el 
pordiosero a la menor provocacin pide piedad de rodillas y se echa al suelo a que lo Pise cualquiera a quien 
considera ms encumbrado; pero al mismo tiempo, exige que alguien ms bajo que l le haga lo mismo. 

"Por eso te dije hace rato que no entiendo lo que debe sentir un maestro. Yo slo conozco la humildad del 
guerrero, y eso jams me permitir ser el amo de nadie." 

Guardamos silencio unos momentos. Sus palabras me haban causado una profunda agitacin. Me con-
movan, y al mismo tiempo me preocupaba lo presenciado en el matorral. Mi evaluacin consciente era que 
don Juan me ocultaba cosas y que deba saber lo que realmente estaba ocurriendo. 

Me hallaba envuelto en tales deliberaciones cuando el mismo extrao golpeteo dispers mis pensamientos 
con una sacudida. Don Juan sonri y luego empez a rer por lo bajo. 

-Te gusta la humildad del pordiosero -dijo suavemente-. Agachas la cabeza ante la razn. 

-Siempre pienso que me estn engaando -dije-. se es el punto de mi problema. 

-Tienes razn. Te estn engaando -repuso con una sonrisa encantadora-. Eso no puede ser tu problema. El 
verdadero punto del asunto es que sientes que soy yo el que te est mintiendo, no es as? 

-S. Algo en mi no me permite creer que lo que est ocurriendo sea real. 

-Otra vez tienes razn. Nada de lo que est ocurriendo es real. 

-Qu quiere usted decir, don Juan? 

-Las cosas son reales slo cuando uno ha aprendido a estar de acuerdo de que son reales. Lo que sucedi 
esta noche, por ejemplo, no puede de ninguna manera ser real para ti, porque nadie podra este, de acuerdo 
contigo en ese respecto. 

-Quiere decir que usted no vio lo que ocurra? 

-Claro que s. Pero yo no cuento. Yo soy el que te est mintiendo, recuerdas? 

Don Juan ri hasta toser y atragantarse. Su risa era amistosa aunque se burlaba de m. 

#
-No le des tanta importancia a mis palabras -dijo, confortante-. Slo trato de que descanses, y s que te 
sientes a tus anchas slo cuando ests confundido. 

Su expresin era tan deliberadamente cmica que ambos remos. Le dije que lo que acababa de decir me 
haca sentir ms atemorizado que nunca. 

-Me tienes miedo? -pregunt. 

-No a usted, sino a lo que usted representa. 

-Represento la libertad del guerrero. Tienes miedo de eso? 

-No. Pero tengo miedo de su conocimiento. Yo no tengo descanso, ni puedo refugiarme en nada. 

-Otra vez confundes las cosas. Descanso, refugio, miedo: cavilaciones que has aprendido sin poner jams en 
duda su valor. Como podrs ver, los brujos malignos ya se han aliado contigo. 

-Quines son los brujos malignos, don Juan? 

-Todos nuestros prjimos son los brujos malignos. Y como andas revuelto con ellos, tambin t eres un brujo 
maligno. Piensa un momento. Puedes desviarte de la senda que te han trazado? No. Tus ideas y tus acciones 
estn fijadas para siempre en sus trminos. Eso es esclavitud. Yo, en cambio, te traje libertad. La libertad es 
muy cara, pero el precio no es imposible. 

Ten miedo a tus carceleros, a tus amos. No desperdicies tu tiempo y tu poder en temerme a m. 

Supe que tena razn, y sin embargo, pese a mi genuina concordancia con l, supe tambin que los hbitos 
de toda mi vida me haran, inevitablemente, ceirme a mi vieja senda. Me sent en verdad un esclavo. 

Tras un largo silencio, don Juan me pregunt si tena fuerza suficiente para otro encuentro con el co-
nocimiento. 

-O sea, con la polilla? -pregunt, medio en broma. 

Su cuerpo se contorsion de risa. Fue como si yo le hubiera contado el chiste ms gracioso del mundo. 

-Qu quiere usted decir realmente con eso de que el conocimiento es una polilla? -pregunt. 

-Eso es lo nico que quiero decir -replic-. Una polilla es una polilla. Pens que a estas alturas, con todo lo 
que has aprendido y logrado, tendras poder suficiente para ver. Pero en lugar de ver, tu mirada se fij en un 
hombre, y eso no fue ver de verdad. 

Desde el principio de mi aprendizaje, don Juan haba descrito el concepto de "ver" como una capacidad 
especial que poda cultivarse y que permita percibir la naturaleza "ltima" de las cosas. 

A travs de los aos de nuestra relacin, yo haba desarrollado la idea de que con "ver" l se refera a una 
percepcin intuitiva de las cosas, o a la capacidad de comprender algo de una sola vez, o quizs al don de 
penetrar las interacciones humanas y descubrir significados y motivos encubiertos. 

-Yo dira que esta noche, cuando enfrentaste a la polilla, medio mirabas y medio veas prosigui don Juan-. 
En ese estado, aunque no eras del todo lo que eres de costumbre, fuiste capaz de darte cuenta de lo que 
estaba pasando, a fin de hacer operar tu conocimiento del mundo. 

Don Juan hizo una pausa y me mir. Al principi no supe qu decir. 

-Cmo estaba yo operando mi conocimiento del mundo? -pregunt. 

-Tu conocimiento del mundo te deca que en los matorrales uno solamente puede hallar animales rondando u 
hombres escondidos detrs del follaje. Te aferrabas  ese pensamiento y, naturalmente, tuviste que hallar 
modos de hacer que el mundo se ajustara a tu pensamiento. 

-Pero yo, no pensaba en absoluto, don Juan. 

-Entonces no digamos que pensabas. Es ms bien el hbito de hacer que el mundo se ajuste siempre a 
nuestros pensamientos. Cuando no se ajusta, simplemente lo forzamos a hacerlo. Las polillas del tamao de 
un hombre no pueden ser ni siquiera un pensamiento, por lo tanto, para ti, lo que haba en el matorral tena que 
ser un hombre. 

"Lo mismo pas con el coyote. Tus viejos hbitos decidieron tambin la naturaleza de aquel encuentro. Algo 
tuvo lugar entre el coyote y t, pero no fue conversacin. Yo mismo he estado en ese jaleo. Ya te cont que 
una vez habl con un venado; t hablaste con un coyote, pero ni t ni yo sabremos jams qu fue lo que 
realmente ocurri en esas ocasiones." 

-Qu me est usted diciendo, don Juan? 

-Cuando la explicacin de los brujos se me hizo clara, ya era demasiado tarde para saber qu me hizo el 
venado. Dije que hablamos, pero no fue as. Decir que tuvimos una conversacin es slo una forma de arreglar 
lo que pas para as poder hablar de ello. El venado y yo hicimos algo, pero en el momento en que eso ocurra 
yo tambin necesitaba ajustar el mundo a mis ideas, igual que t. Yo he hablado toda mi vida, igual que t, por 
lo tanto mis hbitos se impusieron y se extendieron an al venado. Cuando el venado se me acerc e hizo lo 
que hizo, me vi forzado a entenderlo como conversacin. 

-Es sta la explicacin de los brujos? 

-No. Es la explicacin que yo te doy. Pero no se opone a la explicacin de los brujos. 

Sus aseveraciones me produjeron un estado de gran agitacin intelectual. Durante un rato olvid la mariposa 
nocturna que rondaba, e incluso tomar notas. Intent reformular sus postulados y entramos en una larga 
discusin acerca de la naturaleza reflexiva de nuestro mundo. El mundo, segn don Juan, deba ajustarse a su 
descripcin; es decir, la descripcin se reflejaba a s misma. 

Otro punto en su elucidacin era que habamos aprendido a relacionarnos con nuestra descripcin del mundo 
en trminos de lo que l llamaba -hbitos-. Introduje un trmino que me pareca ms totalizador: 
intencionalidad, la propiedad de la conciencia humana por medio de la cual un objeto se alude o se propone. 

#
Nuestra conversacin engendr una especulacin sumamente interesante. Examinada a la luz de la ex-
plicacin de don Juan, mi "conversacin" con el coyote adquira un nuevo carcter. Yo haba; en verdad, no 
solamente "propuesto" el dilogo, pues nunca he conocido otra avenida de comunicacin intencional, sino que 
tambin haba logrado ajustarme a la descripcin de que la comunicacin tiene lugar a travs del dilogo, y en 
tal forma hice que la descripcin se reflejara a s misma. 

Tuve un momento de gran alborozo. Don Juan ri y dijo que conmoverme a tal grado con las palabras era 
otro aspecto de mi tontera. Hizo una cmica pantomima de hablar sin sonidos. 

-Todos pasamos por los mismos jalones -dijo tras una larga pausa-. La nica manera de vencerlos es persistir 
en actuar como guerrero. El resto viene de s mismo y por s mismo. 

-Qu es el resto, don Juan? 

-El conocimiento y el poder. Los hombres de conocimiento tienen los dos. Y sin embargo, ninguno de ellos 
podra decir cmo lleg a tenerlos; simplemente que siguieron actuando como guerreros y, en un momento 
dado, todo cambi. 

Me mir. Pareca indeciso, luego se puso en pie y dijo que yo no tena ms recurso que cumplir mi cita con el 
conocimiento. 

Sent un escalofro; mi corazn empez a golpear con rapidez. Me incorpor. Don Juan camin en torno mo 
como si examinase mi cuerpo desde todos los ngulos posibles. Me hizo sea de tomar asiento y seguir 
escribiendo. 

-Si te asustas demasiado, no podrs cumplir con tu cita. -dijo-. Un guerrero debe tener serenidad y aplomo, y 
no debe perder nunca los estribos. 

-Estoy verdaderamente asustado -dije-. Polilla o lo que sea, hay algo que ronda all afuera entre las matas. 

-Claro que s! -exclam-. Lo que me fastidia de ti es que insistes en pensar que es un hombre, igual que 
insistes en pensar que hablaste con un coyote. 

Cierta parte ma comprenda totalmente su argumento; haba, sin embargo, otro aspecto de mi persona que 
no ceda, y que a pesar de la evidencia se aferraba con firmeza a la "razn". 

Dije a don Juan que su explicacin no satisfaca mis sentidos, aunque mi acuerdo intelectual con ella era 
completo. 

-Eso es lo malo de las palabras -dijo con gran certidumbre-. Siempre nos fuerzan a sentirnos iluminados, pero 
cuando damos la vuelta para encarar al mundo siempre nos fallan y terminamos encarando al mundo como lo 
hemos hecho siempre, sin iluminacin. Por este motivo, a un brujo le precisa actuar ms que hablar, y para 
efectuar eso obtiene una nueva descripcin del mundo: una nueva descripcin en la cual el hablar no es tan 
importante y en la cual los actos nuevos tienen nuevas reflexiones. 

Tom asiento junto a m, me mir a los ojos y me pidi decir en voz alta lo que realmente haba "visto" en el 
matorral. 

Me enfrentaba en ese momento a una inconsistencia absorbente. Yo haba visto la silueta oscura de un 
hombre, pero tambin haba visto que dicha silueta se converta en un pjaro. Haba, por tanto, presenciado 
ms de lo que mi razn me permita considerar posible. Pero en lugar de descartar por entero mi razn, algo en 
m haba seleccionado partes de mi experiencia, como el tamao y el contorno general de la silueta oscura, y 
las enarbolaba como posibilidades razonables, mientras descartaba otras partes, como la transformacin de la 
figura en un pjaro. Y as haba llegado a convencerme a m mismo de haber visto un hombre. 

Don Juan ri a carcajadas cuando expuse mi dilema. Dijo que tarde o temprano la explicacin de los brujos 
llegara a m rescate y todo estara entonces perfectamente claro, sin tener que ser razonable 0 irrazonable. 

-Mientras tanto, lo nico que puedo hacer por ti es garantizarte que eso no era un hombre -aadi. 

La mirada de don Juan se hizo decididamente enervante. Mi cuerpo se estremeci en forma involuntaria. Me 
haca sentir apenado y nervios. 

-Busco marcas en tu cuerpo -explic-. Tal vez no lo sepas, pero esta noche tuviste todo un combate all 
afuera. 

-Qu clase de marcas busca usted? 

-No son propiamente marcas fsicas en tu cuerpo, sino seales, indicios en tus fibras luminosas, zonas de 
mucho brillo. Somos seres luminosos y todo cuanto somos o sentimos se nota en nuestras fibras. Los seres 
humanos tienen un brillo que les es peculiar. sa es la nica manera de distinguirlos de otros seres vivientes 
luminosos. 

"Si hubieras viste esta noche, habras notado que la figura en las matas no era un ser viviente luminoso." 

Quise seguir preguntando, pero l me cubri la boca con la mano y sise para acallarme. Luego acerc la 
boca a mi odo y susurr que escuchara y tratase de or un crujido suave, los leves pasos apagados de una 
mariposa nocturna sobre las hojas y ramas secas en el suelo. 

No pude or nada. Den Juan se levant abruptamente, recogi la linterna y dijo que bamos a sentarnos bajo 
la ramada junto a la puerta del frente. Me gui por la salida trasera y rodeamos la casa, al borde del chaparral, 
en vez de atravesar el cuarto y salir por enfrente. Explic que era esencial hacer obvia nuestra presencia. 
Describimos un semicrculo en torno al costado izquierdo de la casa. El paso de don Juan era extremadamente 
lento. Sus pisadas eran dbiles y vacilantes. Su brazo temblaba al sostener la linterna. 

Le pregunt si algo le pasaba. Con un guio, me susurr que la enorme mariposa que andaba rondando tena 
cita con un hombre joven, y que el lento andar de un anciano decrpito era una forma obvia de indicar quin 
era el interesado. 

#
Cuando finalmente llegamos a la fachada de la casa, don Juan colg la linterna de una viga y me hizo tomar 
asiento con la espalda contra la pared. Se sent a mi derecha. 

-Vamos a estarnos aqu -dijo- y t vas a escribir y a hablar conmigo en forma muy normal. La polilla que hoy 
se te ech encima anda por aqu, en las matas. Dentro de un rato se acercar a mirarte. Por eso puse la 
linterna exactamente encima de ti. La luz guiar a la polilla para que te encuentre. Cuando llegue al filo del 
matorral, te llamar. Es un sonido muy especial. El sonido por si solo pude ayudarte. 

-Qu clase de sonido es, don Juan? 

-Es una cancin. Un grito hipnotizante que las polillas producen. Por lo comn no puede orse, pero la polilla 
que anda por las matas es una polilla rara; oirs claramente su llamado y, siempre y cuando seas impecable, lo 
conservars el resto de tu vida. 

-En qu me va a ayudar? 

-Esta noche, vas a tratar de acabar lo que empezaste antes. El ver slo ocurre cuando el guerrero es capaz 
de parar el dilogo interno. 

"Hoy paraste tu dilogo a pura fuerza, all en las matas. Y viste. Lo que viste no fue claro. Pensaste que era 
un hombre. Yo digo que era una polilla. Ninguno de los dos est en lo cierto, pero eso se debe a que tenemos 
que hablar. Yo te sigo llevando ventaja porque veo mejor que t y porque estoy familiarizado con la explicacin 
de los brujos; de modo que yo s, aunque esto no sea exacto par entero, que la figura que viste hoy era una 
polilla. 

"Y ahora vas a quedarte callado y sin pensamientos para dejar que la polillita venga otra vez a ti." 

Apenas me era posible tomar notas. Don Juan, riendo, me inst a proseguir mi escritura como si nada me 
molestara. Me toc el brazo y me dijo que escribir era el mejor escudo de proteccin con que yo podra contar. 

-Nunca hemos hablado de las polillas -continu-. No haba llegado la hora hasta hoy. Como ya sabes, tu 
espritu estaba sin balance. Para contrarrestar eso, te ense la vida del guerrero. Pues bien, un guerrero 
empieza la faena con la certeza de que su espritu est fuera de balance; pero a medida que va adquiriendo, 
sin pena ni apuro, control y conocimiento, tambin va haciendo lo mejor que puede por ganar ese balance. 

"En tu caso, como en el de todos los hombres, tu falta de balance se deba a la suma total de todas tus 
acciones. Pero ahora tu espritu parece estar en una claridad propicia para hablar de las polillas." 

-Cmo supo usted que sta era la hora correcta para hablar de las polillas? 

-Cuando llegaste, mir a una rondando alrededor de la casa. Esa era la primera vez que se mostraba 
amistosa y abierta. Ya la haba visto antes en las montaas, junto a la casa de Genaro, pero solamente como 
una figura espeluznante que reflejaba tu falta de orden. 

En ese momento o un extrao sonido. Era como el crujido apagado de una rama que raspase contra otra, o 
como el petardeo de un motor pequeo odo a distancia. Cambiaba de escalas, como un tono musical, creando 
un ritmo sobrecogedor. Luego ces. 

-Esa fue la polilla -dijo don Juan-. A lo mejor ya notaste que, aunque la luz de la linterna es lo bastante viva 
para atraer polillas, no hay ni siquiera una sola volando en torno de ella. 

Yo no haba prestado atencin al hecho, pero una vez que don Juan me lo hizo notar, advert tambin un 
silencio increble en el desierto que circundaba la casa. 

-No te sobresaltes -dijo calmadamente-. No hay nada en este mundo de lo cual un guerrero no pueda dar 
razn. Vers, un guerrero se considera ya muerto, y as no tiene ya nada que perder. Ya le pas lo peor, y por 
lo tanto se siente tranquilo y sus pensamientos son claros; a juzgar por sus actos o sus palabras, uno jams 
sospechara que un guerrero lo ha presenciado todo. 

Las palabras de don Juan, y sobre todo su nimo, me resultaban muy confortantes. Le dije que en mi vida 
cotidiana haba definitivamente dejado de experimentar mi antiguo miedo obsesivo, pero que mi cuerpo se 
convulsionaba de temor al pensar en lo que haba all en las tinieblas. 

-All afuera slo hay conocimiento -dijo en tono objetivo-. El conocimiento es pavoroso, cierto; pero si un 
guerrero acepta la naturaleza aterradora del conocimiento, cancela lo temible. 

El extrao sonido barbotante se oy de nuevo. Pareca ms cercano y ms fuerte. Escuch con cuidado. 
Mientras ms atencin le prestaba, ms difcil era determinar su naturaleza. No pareca ser el canto de un 
pjaro ni el gruir de un animal terrestre. El tono de cada barbotar era rico y profundo; algunos se producan en 
una escala baja, otros en una alta. Tenan ritmo y duracin especfica; algunos eran largos, yo los oa como 
una sola unidad sonora; otros eran cortos y venan en conglomerado, como el sonido en staccato de una 
ametralladora. 

-Las polillas son los heraldos o, mejor dicho, los guardianes de la eternidad -dijo don Juan cuando el sonido 
hubo cesado-. Por alguna razn, o a lo mejor por ninguna, son los depositarios del polvo de oro de la eternidad. 

La metfora me era ajena. Le ped explicarla. 

-Las polillas llevan polvo en sus alas -dijo-. Un polvo de oro. Ese polvo es el polvo del conocimiento. 

Su explicacin haba oscurecido ms An la metfora. Vacil un momento, queriendo hallar la mejor manera 
de formular mi pregunta. Pero l empez a hablar de nuevo. 

-El conocimiento es un asunto de lo ms peculiar -dijo-, especialmente para un guerrero. El conocimiento, 
para un guerrero es algo que llega de pronto, lo envuelve, y pasa. 

-Qu tiene que ver el conocimiento con el polvo en las alas de las polillas? -pregunt tras una larga pausa. 

#
-El conocimiento llega flotando como centellas de polvo de oro, el mismo polvo que cubre las alas de las 
polillas. Y as pues, para un guerrero, el conocimiento es como si le cayera el agua de una regadera, o como si 
le llovieran centellas de polvo de oro. 

En la forma ms corts que me fue posible, mencion que sus explicaciones me hablan confundido ms an. 
Riendo, me asegur que cuanto deca tena perfecto sentido, slo que mi razn no me dejaba en paz. 

-Las polillas han sido amigas intimas y ayudantes de los brujos desde tiempos inmemoriales dijo-. No le di 
antes a este tema a causa de tu falta de preparacin. 

-Pero cmo puede el polvo en sus alas ser conocimiento? 

-Ya vers. 

Puso la mano sobre mi cuaderno y me indic cerrar los ojos y quedarme callado y sin pensar. Dijo que el 
canto de la polilla en el chaparral me asistira. Si le prestaba atencin, me hablara de sucesos inminentes. 
Recalc que no saba cmo iba a establecerse la comunicacin entre la polilla y yo, ni cules seran los 
trminos de la comunicacin. Me inst asentirme tranquilo y seguro y a confiar en mi poder personal. 

Tras un periodo inicial de impaciencia y nerviosismo, logr quedar en silencio. Mis pensamientos dis-
minuyeron en nmero hasta que mi mente se vaci por completo. Los ruidos del chaparral desrtica parecieron 
surgir al parejo de mi calma. 

El extrao sonido que don Juan atribua a una polilla se dej escuchar nuevamente. Se registraba como una 
sensacin en mi cuerpo, no como un pensamiento en mi mente. Se me ocurri que no era para nada ominoso 
ni malvolo. Era dulce y sencillo. Era como el llamado de un nio. Trajo la memoria de un niito que yo conoc. 
Los sonidos largos me recordaban su redonda cabeza rubia; los sonidos cortos, en staccato, su risa. Me 
oprimi un sentimiento de angustia suprema, y sin embargo no haba ideas en mi mente; senta la angustia en 
el cuerpo. Incapaz de permanecer sentado, me deslic hasta quedar de lado sobre el suelo. Mi tristeza era tan 
intensa que empec a pensar. Evalu mi dolor y mi pena y de pronto me hall inmerso en un debate interno 
acerca del nio. El sonido barbotante haba cesado. Mis ojos estaban cerrados. Oa don Juan incorporarse y 
luego sent cmo me ayudaba asentarme. Yo no quera hablar. l no dijo una palabra. Lo o moverse junto a 
m. Abr los ojos; se haba arrodillado frente a m y examinaba mi rostro, acercndome la linterna. Me orden 
poner las manos en el estmago. Se levant, fue a la cocina y trajo agua. Salpic parte de ella en mi cara y me 
dio a beber el resto. 

Tom asiento a mi lado y me entreg mis notas. Le dije que el sonido me haba envuelto en una ensoacin 
sumamente dolorosa. 

-Te ests entregando a tu vicio -dijo con sequedad. 

Pareci sumergirse en sus pensamientos, como si buscara una proposicin adecuada que hacer. 

-El problema de esta noche es ver gente -dijo por fin-. Primero debes parar tu dilogo interno, y luego traer la 
imagen de la persona que quieres ver; cualquier pensamiento que uno lleva en mente en un estado de silencio 
es propiamente una orden, pues no hay otros pensamientos que compitan con l. Esta noche, la polilla en las 
matas quiere ayudarte, y cantar para ti. Su cancin traer las centellas doradas, y entonces vers a la 
persona que has elegido. 

Quise ms detalles, pero l hizo un gesto brusco y me indic proceder. 

Tras luchar unos cuantos minutos por suspender mi dilogo interno, me hall en silencio total. Y entonces, 
con deliberacin, pens brevemente en un amigo mo. Mantuve los ojos cerrados durante un lapso que cre 
instantneo, y entonces me di cuenta de que alguien me sacuda por los hombros. Fue una lenta toma de 
conciencia. Abr los ojos y me descubr yaciendo sobre el costado izquierdo. Al parecer me haba dormido tan 
profundamente que no recordaba haberme dejado caer por tierra. Don Juan me ayud a sentarme de nuevo. 
Rea. Imit mis ronquidos y dijo que, de no haberlo visto con sus propios ojos, no creera que alguien pudiera 
dormirse tan rpido. Afirm que para l era un regocijo estar cerca de m cada vez que yo deba hacer algo que 
mi razn no comprenda. Hizo a un lado mi cuaderno de notas y dijo que debamos empezar otra vez desde el 
principio. 

Segu los pasos necesarios. El extrao barbotar vino de nuevo. En esta ocasin, sin embargo, no proceda 
del chaparral; ms bien pareca ocurrir dentro de m, como si mis labios, o piernas, o brazos lo produjeran. El 
sonido no tard en recubrirme. Sent como un chisporroteo de bolas suaves que salan desde mi interior o 
venan contra m; era un sentimiento apaciguador, exquisito, de ser bombardeado con pesadas borlas de 
algodn. De pronto o que una racha de viento abra una puerta y me hall pensando de nueva. Pens haber 
arruinado otra oportunidad. Abr los ojos y estaba en mi cuarto. Los objetos sobre mi escritorio seguan como 
los dej. La puerta estaba abierta; afuera soplaba un fuerte viento. Por mi mente cruz la idea de que deba 
revisar el calentador de agua. Entonces o un traqueteo en las contraventanas que yo mismo haba puesto y 
que no encajaban bien en el marco. Era un ruido furioso, como si alguien quisiera entrar. Experiment una 
sacudida de temor. Me levant de la silla. Sent que algo me jalaba. Grit. 

Don Juan me sacuda por los hombros. Excitadamente, le hice un recuento de mi visin. Haba sido tan vvida 
que me hallaba temblando. Senta que acababa de estar sentado a mi escritorio, en mi completa forma 
corporal. 

Don Juan mene la cabeza con incredulidad y dijo que yo era un genio para hacerme tonto. No pareca 
impresionado por lo que yo haba hecho. Lo descart de plano y me orden volver a empezar. 

O entonces, nuevamente, el misterioso sonido. Me lleg, como don Juan haba sugerido, bajo la guisa de 
una lluvia de centellas doradas. No sent que fueran motas o copos pianos, como los haba descrito, sino ms 

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bien burbujas esfricas. Flotaron hacia m. Una de ellas se abri revelndome una escena. Fue como si se 
hubiera detenido enfrente de mis ojos para mostrarme un objeto extrao. Pareca un hongo. Yo lo miraba, sin 
duda alguna, y lo que experimentaba no era un sueo. El objeto micoforme permaneci inalterable dentro de mi 
campo de "visin" y luego desapareci, como si hubieran apagado la luz que brillaba sobre l. Sigui una 
oscuridad interminable. Sent un temblor, un sobresalto desquiciante, y abruptamente advert que me sacudan. 
De inmediato mis sentidos empezaron a funcionar. Don Juan me agitaba vigorosamente, y yo lo miraba. Debo 
haber abierto los ojos en ese momento. 

Me roci agua en la cara. La frialdad del liquido era muy agradable. Tras una breve pausa, quiso saber qu 
haba ocurrido. 

Expuse cada detalle de mi visin. 

-Pero qu vi? -pregunt. 

-A tu amigo -replic. 

Re y expliqu pacientemente que haba "visto" una figura en forma de hongo. Aun careciendo de criterio para 
juzgar dimensiones, haba tenido la sensacin de que media unos treinta centmetros. 

Don Juan recalc que el sentir era todo lo que contaba. Dijo que mis sensaciones eran la medida que 
evaluaba el estado de ser del sujeto que yo "vea". 

-Por tu descripcin y tus sensaciones, debo concluir que tu amigo ha de ser una magnfica persona -dijo. 

Sus palabras me desconcertaron. 

Dijo que la configuracin micoforme era la forma esencial de los seres humanos cuando un brujo los "vea" 
desde lejos, pero cuando el brujo encaraba directamente a la persona a quien estaba "viendo", la caracterstica 
humana se mostraba como un conglomerado oviforme de fibras luminosas. 

-No estabas viendo cara a cara a tu amigo -dijo-. Por eso apareci como un hongo. 

-Por qu es as, don Juan? 

-Nadie sabe. sa, sencillamente, es la forma en que los hombres aparecen en este tipo especfico de ver. 

Aadi que cada rasgo de la configuracin micoforme tena un significado especial, pero que era imposible 
para un principiante interpretar con exactitud dicho significado. 

Tuve entonces un recuerdo de gran inters. Algunos aos antes, en un estado de realidad no ordinaria 
producido por la ingestin de plantas psicotrpicas, haba experimentado o percibido, mientras miraba una 
corriente acutica, que un racimo de burbujas flotaba hacia m, envolvindome. Las burbujas doradas que 
acababa de contemplar flotaban y me envolvan de la misma manera exacta. De hecho, yo poda decir que 
ambos conglomerados haban tenido la misma estructura y la misma pauta. 

Don Juan escuch con indiferencia mis comentarios. 

-No gastes tu poder en babosadas -dijo-. Ests tratando con esa inmensidad que est all afuera. 

Seal hacia el chaparral con un movimiento de la mano. 

Convertir en razonable esa cosa magnifica que est all afuera no te sirve de nada. Aqu, alrededor de 
nosotros, est la eternidad misma. Esforzarse a reducirla a una tontera manejable es un acto despreciable y 
definitivamente desastroso. 

Luego insisti en que yo tratara de "ver" a otra persona de mi gama de conocidos. Aadi que, una vez 
terminada la visin, deba procurar abrir los ojos por m mismo y resurgir a la conciencia plena de mi entorno 
inmediato. 

Logr fijar la visin de otra figura micoforme, pero mientras la primera haba sido amarillenta y pequea, la 
segunda fue blancuzca, de mayor tamao y contrahecha. 

Cuando hubimos terminado de hablar sobre las dos formas que yo haba "visto", me haba olvidado de la 
"polilla en el matorral", tan abrumadora un rato antes. Dije a don Juan que me asombraba tener tal facilidad 
para descartar algo tan verdaderamente ultraterreno. Pareca que yo no fuese la misma persona que solfa ser. 

-No veo por qu haces tanta alharaca -dijo don Juan-. Cada vez que el dilogo cesa, el mundo se desploma y 
salen a la superficie facetas extraordinarias de nosotros mismos, como si nuestras palabras las hubieran tenido 
bajo guardia. Eres como eres porque te dices a ti mismo que eres as. 

Tras un corto descanso, don Juan me inst a seguir "llamando" amigos. Dijo que el ejercicio consista en 
tratar de "ver" todas las veces posibles, con el fin de establecer una gula o una pauta de diversos sentimientos. 

Llam treinta y dos personas en sucesin. Despus de cada intento, don Juan exiga una versin cuidadosa y 
detallada de todo lo percibido en mi visin. Sin embargo, cambi de procedimientos conforme adquir mayor 
proficiencia en mi desempeo; proficiencia juzgada por el hecho de que detena el dilogo interno en cuestin 
de segundos, de que poda abrir los ojos por m mismo al finalizar cada experiencia, y de que reanudaba sin 
transicin alguna actividades ordinarias. Not ese cambio de procedimiento mientras discutamos la coloracin 
de las configuraciones 

micoformes. Ya l haba sealado que lo que yo llamaba coloracin no era un tinte sino un brillo de diferentes 
intensidades. Me hallaba a punto de referirme a un resplandor amarillento recin percibido cuando l me 
interrumpi para dar una descripcin exacta de lo que yo haba "visto". A partir de entonces, discuti el 
contenido de cada visin, no slo como si comprendiese lo que yo deca, sino como si lo hubiera "visto" l 
mismo. Al pedirle yo un comentario al respecto, rehus de plano hablar de ello. 

Cuando termin de llamar a las treinta y dos personas, haba "visto" una variedad de figuras micoformes, y 
resplandores, y haba experimentado hacia ellas una variedad de sentimientos, desde el suave deleite hasta la 
repugnancia pura. 

#
Don Juan explic que la gente estaba llena de configuraciones que podan ser deseos, problemas, pesares, 
preocupaciones, o cosas por el estilo. Asever que slo un brujo profundamente poderoso poda devanar el 
sentido de dichas configuraciones, y que yo deba contentarme con observar tan slo la forma general de las 
personas. 

Me hallaba muy cansado. Haba algo sumamente fatigoso en aquellas figuras extraas. La sensacin que 
predominaba en mi era un amago de nusea. No me haban gustado. Me haban hecho sentir atrapado y sin 
esperanza. 

Don Juan me orden escribir para dispersar de ese modo el sentimiento sombro. Y tras un largo intervalo 
silencioso, durante el cual no pude escribir nada, me pidi llamar gente que l mismo escogera. 

Emergi una nueva serie de figuras. No eran micoformes; ms bien parecan tazas japonesas para sake, 
volteadas boca abajo. Algunas tenan, a manera de cabeza, una formacin como el pie de las tazas; otras eran 
ms redondas. Sus formas eran atractivas y apacibles. Sent que en ellas haba alguna propiedad inherente de 
felicidad. Rebotaban, en oposicin a la pesadez lastrada que el grupo anterior haba exhibido. De algn modo, 
el mero hecho de que estuviesen all frente a m aliviaba mi fatiga. 

Entre las personas elegidas por don Juan estaba su aprendiz Eligio. Al evocar la imagen de Eligio, recib una 
sacudida que me sac de mi estado visionario. Eligio tena una forma blanca y larga que resping y pareci 
saltarme encima. Don Juan explic que Eligio era un aprendiz muy talentoso y que, sin duda, haba notado que 
alguien lo estaba "viendo". 

Otra de las elecciones fue Pablito, aprendiz de don Genaro. El sobresalto que la visin de Pablito me produjo 
fue incluso mayor que en el caso de Eligio. 

Don Juan ri tan fuerte que las lgrimas corran por sus mejillas. 

-Por qu tiene esa gente formas distintas? -pregunt. 

-Tienen ms poder personal -repuso-. Como habrs notado, no estn pegados al suelo. 

-Qu les ha dado esa ligereza? Nacieron as? 

-Todos nacemos as de ligeros y livianos, pero nos volvemos pesados y fijos. Eso es lo que nos hacemos a 
nosotros mismos. As pues, podramos decir que esas personas tienen distinta forma porque viven como 
guerreros. Pero eso no es importante. Lo que tiene valor es que ahora ests en el borde. Has llamado cuarenta 
y siete personas, y slo falta una ms para completar las cuarenta y ocho originales. 

Record en ese momento que aos antes me haba dicho, al discutir la brujera del maz y la adivinacin, que 
el nmero de maces que un guerrero posea era cuarenta y ocho. Nunca haba explicado el motivo. 

-Por qu cuarenta y ocho? -le pregunt de nuevo. 

-Cuarenta y ocho es nuestro nmero -dijo-. Eso es lo que nos hace hombres. No s por qu. No malgastes tu 
poder en preguntas tontas. 

Se puso en pie y estir brazos y piernas. Me indic, hacer lo mismo. Advert que haba un toque de luz en el 
cielo, hacia el oriente. Volvimos a sentarnos. Se inclin acercando la boca a mi odo. 

-La ltima persona que vas a llamar es Genaro, el verdadero chingn -susurr. 

Sent un empelln de curiosidad excitada. Realic con rapidez los pasos requeridos. El extrao sonido desde 
el borde del chaparral se hizo vivido y adquiri nueva fuerza. Yo casi lo haba olvidado. Las burbujas doradas 
me cubrieron y, en una de ellas, vi a don Genaro. Estaba parado ante m, sombrero en mano. Sonrea. Abr 
apresuradamente los ojos y estaba a punto de hablarle a don Juan, pero antes de que pudiera pronunciar 
palabra mi cuerpo se puso rgido como una tabla; mi cabello se irgui y durante un largo momento no supe qu 
hacer ni qu decir. Don Genaro estaba all parado frente a mi. En persona! 

Me volv hacia don Juan; sonrea. Luego, ambos estallaron en una gran carcajada. Trat de rer tambin. No 
poda. Me puse en pie. 

Don Juan me dio una taza de agua. La beb automticamente. Pens que me iba a rociar la cara. En vez de 
ello, volvi a llenar mi taza. 

Don Genaro se rasc la cabeza y ocult una sonrisa. 

-No vas a saludar a Genaro? -pregunt don Juan. 

Requer un enorme esfuerzo para organizar mis ideas y mis sensaciones. Finalmente mascull algn saludo. 
Don Genaro hizo una reverencia. 

-Me llamaste, verdad? -pregunt, sonriendo. 

Murmurando, expres mi asombro por haberlo hallado all. 

-S te llam -interpuso don Juan. 

-Bueno, pues aqu estoy -me dijo don Genaro- En qu te puedo servir? 

Poco a poco, mi mente pareci organizarse y finalmente tuve una comprensin sbita. Mis ideas se hicieron 
claras como el cristal y "supe" lo que en verdad haba ocurrido. Deduje que don Genaro estaba de visita con 
don Juan, y que, al or acercarse mi coche, se meti en el matorral y permaneci escondido hasta caer la 
noche. La evidnciate me pareca convincente. Don Juan, que sin duda haba planeado todo el asunto, me dio 
pistas de tiempo en tiempo, guiando as su desarrollo. En el momento adecuado, don Genaro me hizo notar su 
presencia, y cuando don Juan y yo volvamos a la casa, nos sigui de la manera ms obvia con el fin de 
despertar mi temor. Luego esper en el chaparral, produciendo el extrao sonido cada vez que don Juan se lo 
indicaba. La sea final de abandonar el refugio de las matas debi darse cuando mis ojos estaban cerrados, 
despus de que don Juan me pidi "llamar" a don Genaro. Entonces don Genaro debi llegarse hasta la 
ramada para esperar que yo abriera los ojos y darme un susto final. 

#
Las nicas incongruencias en mi esquema de explicacin lgica eran que yo haba visto, sin lugar a dudas, 
que el hombre oculto entre las matas se converta en pjaro, y que al visualizar a don Genaro por vez primera, 
lo vi como una imagen en una burbuja dorada. En mi visin llevaba exactamente las mismas ropas que en 
persona. Como yo no tena ninguna manera lgica de explicar dichas incongruencias, asum, como siempre he 
hecho en circunstancias similares, que la tensin emocional deba haber jugado un papel importante en 
determinar lo que yo "cre ver". 

Ech a rer, en forma totalmente involuntaria, ante la idea de la absurda treta. Les habl de mis deducciones. 
Ellos rieron a mandbula batiente. Pens con toda sinceridad que su risa los delataba. 

-Estaba usted escondido en las matas, verdad? -pregunt a don Genaro. 

Don Juan tom asiento y puso la cabeza entre las manos. 

-No, no estaba escondido -dijo don Genaro con paciencia-. Estaba lejos de aqu y entonces me llamaste, as 
que vine a verte. 

-Dnde estaba usted, don Genaro? 

-Lejos. 

-Qu tan lejos? 

Don Juan me interrumpi y dijo que don Genaro haba venido como un acto de deferencia hacia m, y que yo 
no poda preguntarle dnde haba estado, porque no haba estado en parte alguna. 

Don Genaro sali en mi defensa y dijo que estaba bien preguntarle cualquier cosa. 

-Si no andaba escondido cerca de la casa, dnde estaba usted, don Genaro? -pregunt. 

-Estaba en mi casa -repuso con gran candor. 

-En Oaxaca? 

-S! Es la nica casa que tengo. 

Se miraron y nuevamente soltaron la risa. Yo sabia que me embromaban, pero decid no llevar ms lejos mis 
averiguaciones. Pens que ambos deban haber tenido una razn para ponerse a montar un espectculo tan 
complicado. Tom asiento. 

Me senta verdaderamente cortado en dos; cierta parte de mi ser no se sobresaltaba en absoluto y poda 
aceptar en su valor aparente cualquier reto de don Juan o don Genaro. Pero haba otra parte que se negaba de 
plano; era mi parte ms fuerte. Mi evaluacin consciente era que yo haba aceptado la descripcin mgica del 
mundo, dada por don Juan, slo en trminos intelectuales, mientras mi cuerpo como entidad completa la 
rechazaba; de ah mi dilema. Sin embargo, en el curso de los aos que tena de tratar a don Juan y a don 
Genaro, yo haba experimentado fenmenos extraordinarios, y todos haban sido experiencias corporales, no 
intelectuales. Esa misma noche yo haba ejecutado "la marcha de poder", lo cual, desde la perspectiva de mi 
intelecto, era una hazaa inconcebible; y ms an, haba tenido visiones increbles sin usar otro medio que mi 
propia volicin. 

Les expliqu la naturaleza de mi desconcierto, doloroso y al mismo tiempo sincero. 

-Este muchacho es un genio -dijo don Juan a don Genaro, meneando la cabeza con incredulidad. 

-Eres un geniete, Carlitos -dijo don Genaro como transmitiendo un mensaje. 

Tomaron asiento junto a m, don Juan a la. derecha y don Genaro a la izquierda. Don Juan observ que 
pronto sera de maana. En ese instante o de nuevo el llamado de la polilla. Se haba movido. El sonido vena 
de la direccin contraria. Mir a uno y a, otro, sosteniendo su mirada. Mi esquema lgico empez a 
desintegrarse. El sonido tena una riqueza y una profundidad hipnotizantes. Luego percib pasos ahogados, 
patas suaves que aplastaban los yerbajos secos. El sonido barbotante se acerc y me acurruqu contra don 
Juan. Secamente, me orden "ver aquello. Hice un esfuerzo supremo, no tanto para complacerlo como para 
complacerme a m mismo. Haba estado seguro de que don Genaro era la polilla. Pero don Genaro estaba 
sentado junto a m; qu haba entonces entre las matas? Una polilla? 

El barbotar resonaba en mis odos. Yo no poda parar por entero mi dilogo interno. Oa el sonido, pero no 
poda sentirlo en el cuerpo, como antes. Percib pasos definidos. Algo se deslizaba en la oscuridad. Hubo un 
fuerte crujido, como si una rama se partiera en dos, y de pronto me aferr un recuerdo aterrorizante. Aos 
atrs, haba pasado una noche tremenda en el yermo, y algo me hostig: algo muy ligero y suave que pis mi 
cuello repetidas veces mientras yo yaca agazapado. Don Juan haba explicado el evento como un encuentro 
con "el aliado", una fuerza misteriosa que el brujo aprenda a percibir como entidad. 

Me inclin hacia don Juan y susurr mi recuerdo. Don Genaro se nos acerc caminando a gatas. 

-Qu dijo? -pregunt a don Juan en un susurro. 

-Dijo que all anda un aliado -repuso don Juan en voz baja. 

Don Genaro regres gateando a su sitio y se sent. Luego se volvi hacia m y susurr en voz baja: 

-Eres un genio. 

Rieron calladamente. Don Genaro seal el matorral con un movimiento de barbilla. 

-Anda all afuera y agrralo -dijo-. Desndate y mtele un buen susto a ese aliado. 

Se sacudieron de risa. Mientras tanto, el sonido haba cesado. Don Juan me orden detener mis pen-
samientos pero conservar los ojos abiertos, enfocados en el borde del chaparral frente a m. Dijo que la polilla 
haba cambiado de posicin porque don Genaro estaba all, y que, si se me iba a manifestar, elegira llegar por 
tal punto. 

#
Tras luchar un momento por aquietar mis ideas, percib otra vez el sonido. Su textura era ms rica que nunca. 
Primero o los pasos apagados sobre ramas secas y luego los sent en mi cuerpo. En ese instante discern una 
masa oscura directamente frente a ml, al filo de las matas. 

Sent que me sacudan. Abr los ojos. Don Juan y don Genaro se erguan a mi lado y yo estaba de rodillas, 
como si me hubiera dormido agazapado. Don Juan me dio agua y volv a sentarme con la espalda contra la 
pared. 

Poco rato despus vino la aurora. El chaparral pareci despertar. El fro matinal era terso y vigorizante. 

La polilla no haba sido don Genaro. Mi estructura racional se cata a pedazos. No quera hacer ms 
preguntas, ni quera tampoco permanecer en silencio. Finalmente tuve que hablar. 

-Pero si estaba usted en las sierras de Oaxaca, don Genaro, cmo lleg aqu? -pregunt. 

Don Genaro hizo con la boca gestos absurdos e hilarantes. 

-Lo siento -dijo-, mi boca no quiere hablar. Luego se volvi hacia don Juan y dijo, sonriendo: 

-Por qu no le dices t? 

Don Juan titube. Luego dijo que don Genaro, como consumado artista de la brujera, era capaz de hechos 
prodigiosos. 

El pecho de don Genaro se hinch como si las palabras de don Juan lo inflaran. Pareca haber inhalado tanto 
aire que su pecho se miraba el doble del tamao normal. Daba la impresin de hallarse a punto de flotar. Salt 
por los aires. Me pareci como si el aire dentro de sus pulmones lo hubiera forzado a saltar. Camin de un lado 
a otro sobre el piso de tierra hasta que, aparentemente, logr adquirir control sobre su pecho; le dio de 
palmadas y, con gran fuerza, pas las palmas de las manos desde los msculos pectorales hasta el estmago, 
como si desinflara la cmara de una llanta. Finalmente tom asiento. 

Don Juan sonrea. Un gran deleite brillaba en sus ojos. 

-Escribe tus notas -me orden suavemente-. !Escribe, escribe, o te mueres 

Luego coment que ya ni siquiera don Genaro senta que mi hbito de tomar notas fuera tan extravagante. 

-Cierto! -replic don Genaro-. He estado pensando en ponerme a escribir yo tambin. 

-Genaro es un hombre de conocimiento -dijo don Juan con sequedad-. Y siendo un hombre de conocimiento, 
es perfectamente capaz de trasladarse a. grandes distancias. 

Me record que una vez, aos antes, los tres estbamos en las montaas y don Genaro, en un esfuerzo por 
ayudarme a superar mi estpida razn, dio un calco prodigioso hasta la cumbre de la Sierra, a quince 
kilmetros de distancia. El incidente figuraba en mi memoria, pero tambin el hecho de que yo ni siquiera pude 
concebir que don Genaro hubiera saltado. 

Don Juan aadi que don Genaro era en ocasiones capaz de realizar hazaas extraordinarias. 

-A veces Genaro no es Genaro sino su doble -dijo. 

Lo repiti tres o cuatro veces. Luego ambos me observaron, como esperando mi reaccin inminente. 

Yo no haba entendido lo de "su doble". Don Juan nunca haba mencionado eso antes. Ped una aclaracin. 

-Hay otro Genaro -explic. 

Los tres nos miramos. Me puse muy aprensivo. Con un movimiento de los ojos, don Juan me inst a seguir 
hablando. 

-Tiene usted un hermano gemelo? -pregunt, volvindome a don Genaro. 

-Claro que s -dijo-. Tengo un cuate. 

No pude determinar si me estaban jugando una broma o no. Ambos rieron con el abandono de nios 
traviesos. 

-Puedes decir -prosigui don Juan- que en este momento Genaro es su cuate. 

Esa aseveracin hizo que ambos se tiraran al suelo entre risas. Pero yo no poda disfrutar su regocijo. Mi 
cuerpo se estremeci involuntariamente. 

Don Juan dijo, en tono severo, que yo estaba demasiado pesado y engredo. 

-Djate ir! -me orden con sequedad-. Ya sabes que Genaro es un brujo y un guerrero impecable. Por eso es 
capaz de realizar hechos que seran inconcebibles para el hombre comn. Su doble, el otro Genaro, es uno de 
esos hechos. 

Qued sin habla. No poda concebir que simplemente estuvieran burlndose de m. 

-Para un guerrero como Genaro -continu-, producir al otro no es una cosa tan asombrosa. 

Tras meditar largo rato qu decir, pregunt: 

-Es el otro como uno mismo? 

-El otro es uno mismo -replic don Juan. 

Su explicacin haba tomado un giro increble, y sin embargo no era, en realidad, ms increble que todos los 
dems hechos de ambos. 

-De qu est hecho el otro? -pregunt a don Juan tras algunos minutos de indecisin. 

-No hay forma de saberlo -dijo. 

-Es real, o slo una ilusin? 

-Claro que es real. 

-Sera entonces posible decir que est hecho de carne y hueso? -pregunt. 

-No. No sera posible -respondi don Genaro. 

-Pero si es tan real como yo... 

-Tan real como t? -interrumpieron al unsono don Juan y don Genaro. 

#
Se miraron entre s y rieron hasta que pens que se enfermaran. Don Genaro tir al piso su sombrero y bail 
alrededor. La danza era gil y graciosa y, por algn motivo inexplicable, chistosa de principio a fin. Acaso el 
humor estaba en los movimientos exquisitamente "profesionales" que don Genaro ejecutaba. La incongruencia 
era tan sutil, y a la vez tan notable, que me dobl de risa. 

-Lo malo contigo, Carlitos -dijo al sentarse de nuevo- es que eres un genio. 

-Tengo que averiguar eso del doble -dije. 

-No hay manera de saber si es de carne y hueso -dijo don Juan-. Porque no es tan real como t. El doble de 
Genaro es tan real como Genaro. Ves lo que quiero decir? 

-Pero tiene usted que admitir, don Juan, que debe haber algn modo de saber. 

-El doble es uno mismo; esa explicacin debera bastar. Pero si vieras, sabras que hay una gran diferencia 
entre Genaro y su doble. Para un brujo que ve, el doble brilla ms. 

Me senta demasiado dbil para hacer nuevas preguntas. Dej mi cuaderno y por un instante cre que iba a 
desmayarme. Tena visin de un tnel; todo a mi alrededor estaba oscuro, con excepcin de un sector redondo 
de paisaje claro, frente a mis ojos. 

Don Juan dijo que yo necesitaba comer algo. Yo no tena hambre. Don Genaro anunci que l tambin 
desfalleca, se puso en pie y fue a la parte trasera de la casa. Don Juan se levant y me hizo sea de seguirlo. 
En la cocina, don Genaro se sirvi comida y luego inici una comiqusima pantomima imitando a alguien que 
quiere comer pero no puede tragar. Pens que don Juan iba a morirse; ruga, pataleaba, lloraba, tosa y se 
atragantaba de risa. Yo tambin me senta a punto de estallar. Las gracias de don Genaro eran incomparables. 

Por fin desisti y nos mir por turno a don Juan y a m; tena los ojos relucientes y una sonrisa esplndida. 

-Ni modo -dijo alzando los hombros. 

Yo devor una gran cantidad de comida, y lo mismo hizo don Juan; luego todos volvimos al frente de la casa. 
El sol resplandeca, el cielo estaba despejado y la brisa matinal refrescaba el aire. Me senta dichoso y fuerte. 

Nos sentamos en tringulo, dndonos la cara. Tras un silencio corts, decid pedirles clarificar mi dilema. Una 
vez ms me hallaba en perfectas condiciones, y quera explotar mi fuerza. 

-Hbleme ms acerca del doble, don Juan -dije. 

Don Juan seal a don Genaro y don Genaro inclin la cabeza. 

-All est -dijo don Juan-. No hay nada que decir. Aqu est para que lo atestiges. 

-Pero es don Genaro -dije, en un dbil intento por guiar la conversacin. 

-Claro que soy Genaro -dijo l, enderezando los hombros. 

-Qu es entonces un doble, don Genaro? -pregunt. 

-Pregntale a l -repuso con brusquedad mientras sealaba a don Juan-. l es el que habla. Yo soy mudo. 

-Un doble es el brujo mismo, desarrollado a travs de su soar -explic don Juan-. Un doble es un acto de 
poder para un brujo, pero slo un cuento de poder para ti. En el caso de Genaro, su doble no se puede 
distinguir del original. Eso se debe a que su impecabilidad como guerrero es suprema; as, t mismo nunca has 
notado la diferencia. Pero en los aos que llevas de conocerlo, slo dos veces has estado con el Genaro 
original; todas las otras veces has estado con su doble. 

-Pero esto es absurdo! -exclam. 

Sent la angustia crecer en mi pecho. Me agit tanto que dej caer mi cuaderno, y el lpiz rod perdindose 
de vista, Don Juan y don Genaro se lanzaron al piso, casi como clavadistas, e iniciaron una bsqueda de farsa 
loca. Yo jams haba visto una representacin ms asombrosa de magia teatral y prestidigitacin. Slo que no 
haba escenario, ni tramoya, ni artefactos de ninguna clase, y lo ms probable era que los actores no usasen 
prestidigitacin. 

Don Genaro, ti malo principal, y su asistente don Juan, produjeron en cuestin de minutos la mas sor-
prendente, grotesca y extravagante coleccin de objetos, hallados debajo, detrs, o encima de paila cosa 
dentro de la periferia de la ramada. 

Siguiendo el estilo de la magia teatral, el asistente dispona los elementos de tramoya, que en este raso eran 
los escasos objetos sobre el piso de tierra -piedras, costales, trozos de madera, un cajn de leche, una linterna 
y mi chaqueta-, y luego el mago, don Genaro, proceda a encontrar algo, que arrojaba a un lado 
inmediatamente despus de constatar que no era mi lpiz. La coleccin de hallazgos inclua prendas de vestir, 
pelucas, anteojos, juguetes, utensilios, piezas de maquinaria, ropa interior femenina, dientes humanos, un 
sandwich de pollo, y objetos religiosos. Uno de ellos era francamente repugnante. Fue un compacto trozo de 
excremento humano que don Genaro sac de debajo de mi chaqueta. Por fin, don Genaro hall mi lpiz y me 
lo entreg despus de quitarle el polvo con el faldn de su camisa. 

Celebraron sus payasadas con gritos y risas chasqueantes. Yo me descubr observndolos, pero incapaz de 
unrmeles. 

-No tomes las cosas tan en serio, Carlitos dijo don Genaro con tono preocupado-. Se te va a reventar la... 

Hizo un gesto risible que poda significar cualquier cosa. 

Cuando la risa amain, pregunt a don Genaro qu haca un doble, o qu haca un brujo con el doble. 

Don Juan respondi. Dijo que el doble tena poder, y que usaba para realizar hazaas que seran 
inimaginables en trminos ordinarios. 

-Ya re he dicho una y otra vez que el mundo no tiene fondo -me dijo-. Y tampoco lo tenemos nosotros los 
hombres, o los otros seres que existen en este mundo. Por eso, es imposible razonar al doble. Sin embargo se 
te ha permitido a ti atestiguarlo, y eso debera ser ms que suficiente. 

#
-Pero debe haber un modo de hablar de l -dije-. Usted mismo me ha dicho que explic su conversacin con 
el venado para poder hablar de ella. No puede Hacer lo mismo con el doble? 

Guard silencio un momento. Le rogu. La ansiedad que experimentaba iba ms all de todo cuanto jams 
haba atravesado. 

-Bueno, un brujo puede desdoblarse -dijo don Juan- Eso es todo lo que se puede decir. 

-Pero se da cuenta de que est desdoblado? 

-Claro que se da cuenta. 

-Sabe que est en dos sitios al mismo tiempo? 

Ambos me miraron y luego se miraron entre s. 

-Dnde est el otro don Genaro? -pregunt. 

Don Genaro se inclin en mi direccin y fij la vista en mis ojos. 

-No s -dijo suavemente-. Ningn brujo sabe dnde est su otro. 

-Genaro tiene razn -dijo don Juan-. Un brujo no tiene ni la menor idea de que est en dos sitios al mismo 
tiempo. Tener conocimiento de eso equivaldra a encarar a su doble, y el brujo que se encuentra cara a cara 
consigo mismo es un brujo muerto. sa es la regla. se es el modo en que el poder ha armado las cosas. 
Nadie sabe por qu. 

Don Juan explic que, para cuando un guerrero ha conquistado el "soar" y el "ver" y ha desarrollado un 
doble, debe haber logrado asimismo borrar la historia personal, el darse importancia a s misino, y las rutinas. 
Dijo que todas las tcnicas que me haba enseado y que yo haba considerado conversacin vana eran, en 
esencia, medios de dar fluidez a la personalidad y al mundo y colocndolos fuera de los lmites de la 
prediccin, para de ese modo eliminar la impracticabilidad de tener un doble en el mundo ordinario. 

-Un guerrero fluido ya no puede ponerle fechas cronolgicas al mundo -explic don Juan-. Y para l, el 
mundo y l mismo ya no son objetos. l es un ser luminoso que existe en un mundo luminoso. El doble es cosa 
sencilla para un brujo porque l sabe lo que hace. Tomar notas es para ti cosa sencilla, pero todava asustas a 
Genaro con tu lpiz. 

-Puede una persona ajena, mirando a un brujo, ver que est en dos lugares a la vez? -pregunt a don Juan. 

-Seguro. sa sera la nica manera de saberlo. 

-Pero no puede asumirse lgicamente que el brujo tambin notara que ha estado en dos lugares? 

-Aj! -exclam don Juan-. Por esta vez acertaste. Un brujo puede sin duda notar, despus, que ha estado en 
dos sitios al mismo tiempo. Pero esto slo sirve para llevar la cuenta y no afecta en nada el hecho de que, 
mientras acta, no tiene idea de que es doble. 

Mi mente se tambaleaba. Sent que, de no seguir escribiendo, estallara. 

-Piensa en esto -prosigui-. El mundo no se nos viene encima directamente; la descripcin del mundo 
siempre est en el medio. As pues, hablando con propiedad, siempre estamos a un paso de distancia y 
nuestra vivencia del mundo es siempre un recuerdo de la experiencia. Estamos eternamente recordando el 
instante que acaba de suceder, acaba de pasar. Recordamos, recordamos, recordamos. 

Volte la mano una y otra vez para darme el sentimiento de lo que quera decir. 

-Si toda nuestra vivencia del mundo es recuerdo, entonces no resulta tan absurdo decir que un brujo puede 
estar en dos sitios al mismo tiempo. Pero ese no es el caso desde el punto de vista de lo que l siente, porque 
para vivir el mundo un brujo, como cualquier otro hombre, tiene que recordar el acto que acaba de realizar, la 
experiencia que acaba de vivir. En el conocimiento del brujo hay un solo recuerdo. Sin embargo, para alguien 
que estuviera mirando al brujo, el brujo aparecera como si estuviera actuando a la vez en dos episodios 
diferentes. El brujo, no obstante, recuerda dos instantes aislados, distintos, porque para l la goma de la 
descripcin del tiempo ya no pega ms. 

Cuando don Juan termin de hablar, me sent seguro de tener fiebre. 

Don Genaro me examin con ojos curiosos. 

-Tiene razn -dijo-. Siempre andamos un salto atrs. 

Movi la mano como don Juan haba hecho; su cuerpo empez a moverse en tirones y salt haca atrs 
sobre su asiento. Era como si tuviese hipo y el hipo forzara a su cuerpo a saltar. Empez a desplazarse de 
espaldas, saltando sentado, y fue hasta el final de la ramada y regres. 

La visin de don Genaro saltando hacia atrs sobre sus nalgas, en vez de ser chistosa como debera haber 
sido, me produjo un ataque de miedo tan intenso que don Juan tuvo que golpear repetidamente, con los 
nudillos, la parte superior de mi cabeza. 

-Sencillamente no puedo comprender todo esto, don Juan -dije. 

-Yo tampoco -repuso don Juan, alzando los hombros. 

-Y yo menos, querido Carlitos -aadi don Genaro. 

Mi fatiga, el total de mi experiencia sensorial, el ambiente de ligereza y humor que prevaleca, y las 
payasadas de don Genaro eran demasiado para mis nervios. No poda detener la agitacin en los msculos de 
mi estmago. 

Don Juan me hizo rodar en el piso hasta que recobr la calma; luego volv a sentarme encarndolos. 

-Es slido el doble? -pregunt a don Juan tras un largo silencio. 

Me miraron. 

-Tiene cuerpo el doble? -pregunt. 

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-Seguro -dijo don Juan-. La solidez, el cuerpo son recuerdos; al igual que todo lo dems que sentimos del 
mundo, son recuerdos que acumulamos. T tienen el recuerdo de mi solidez, igual que tienes el recuerdo de 
comunicarte con palabras. Por eso crees que hablaste con un coyote y sientes que soy slido. 

Don Juan puso su hombro junto al mo y me dio un leve codazo. 

-Tcame -dijo. 

Le di palmadas y luego lo abrac. Me hallaba al borde del llanto. 

Don Genaro se puso de pie y se me acerc. Daba la impresin de un nio con brillantes ojos traviesos. Hizo 
un mohn frunciendo los labios y me mir un largo momento. 

-Y yo? -pregunt, tratando de esconder una sonrisa-. No vas a darme mi abrazo? 

Me levant y extend los brazos para tocarlo; mi cuerpo pareci congelarse en esa postura. No tena poder 
para moverme. Trat de forzar mis brazos a alcanzarlo, pero la pugna fue en vano. 

Don Juan y don Genaro se pararon, observndome. Sent mi cuerpo contraerse bajo una presin desco-
nocida. 

Don Genaro tom asiento y fingi ponerse de mal humor porque yo no lo haba abrazado; frunci la boca y 
golpe el suelo con los talones, luego los dos volvieron a estallar en carcajadas. 

Los msculos de mi estmago temblaban, sacudiendo todo mi cuerpo. Don Juan seal que estaba mo-
viendo la cabeza como l haba recomendado antes, y que sa era la oportunidad de tranquilizarme reflejando 
un rayo de luz en la crnea de mis ojos. Me jal a la fuerza a campo abierto, fuera del techo de la ramada, y 
manipul mi cuerpo para que mis ojos captaran el sol oriental; pero cuando acab de ponerme en la posicin 
adecuada, yo haba dejado de temblar. Not que yo aferraba mi cuaderno solamente despus de que don 
Genaro dijo que el peso de las hojas era lo queme haca estremecer. 

Asegur a don Juan que mi cuerpo me jalaba para irme. Agit la mano en direccin de don Genaro. No 
quera darles tiempo de hacerme cambiar de idea. 

-Adis, don Genaro -grit-. Ya tengo que irme. 

Devolvi el ademn. 

Don Juan camin conmigo unos metros, hacia mi coche. 

-Usted tambin tiene un doble, don Juan? -pregunt. 

-Claro! -exclam. 

Tuve en ese momento una idea enloquecedora. Quise descartarla y marcharme a toda prisa, pero algo en mi 
interior segua aguijndome. A lo largo de los aos de nuestra relacin, se haba hecho costumbre que, cada 
vez que yo deseaba ver a don Juan, iba a Sonora o a Mxico central y siempre lo hallaba esperndome. Haba 
aprendido a dar eso por sentado y nunca hasta entonces se me haba ocurrido pensar nada al respecto. 

-Dgame una cosa, don Juan -dije, medio en broma-. Usted es usted, o usted es su doble? 

Se inclin hacia m. Sonrea. 

-Mi doble -susurr. 

Mi cuerpo salt en el aire como si me impeliera una fuerza formidable. Corr a mi coche. 

-Lo dije en broma -dijo don Juan en voz alta-. 

Todava no te puedes ir. Me sigues debiendo cinco das. 

Ambos corrieron hacia el auto mientras yo lo echaba en reversa. Rean y brincoteaban. 

-Carlitos, llmame cuando quieras! -grit don Genaro. 

 

EL SOADOR Y EL SOADO 

 

Llegu a casa de don Juan temprano por la maana. Haba pasado la noche en un motel en el camino, para 
estar all antes del medioda. 

Don Juan estaba en la parte trasera y vino al frente cuando lo llam. Me dio un saludo caluroso y la impresin 
de que se alegraba de verme. Hizo un comentario que cre destinado a sosegarme, pero que produjo el efecto 
contrario. 

-Te o venir -dijo con una sonrisa-. Y me corr para atrs de la casa. Tuve miedo de que si me quedaba aqu 
fueras a asustarte. 

Seal, en tono casual, que me hallaba sombro y pesado. Dijo que le recordaba a Eligio, quien era lo 
bastante mrbido para ser un buen brujo, pero demasiado para hacerse hombre de conocimiento. Aadi que 
el nico modo de contrarrestar el devastador efecto del mundo de los brujos era rerse de l. 

Haba evaluado correctamente mi estado de nimo. Yo estaba, en verdad, preocupado y asustado. Salimos a 
una larga caminata. Mis sentimientos tardaron horas en aligerarse. Caminar con l me haca sentir mejor que si 
hubiera intentado disipar mis sombras hablando. 

Regresamos a su casa al atardecer. Me mora de hambre. Despus de comer nos sentamos bajo la ramada. 
El cielo estaba despejado. La luz de la tarde me produca complacencia. Quise conversar. 

-Llevo meses de sentirme inquieto -dije-. Hubo algo verdaderamente pavoroso en lo que usted y don Genaro 
dijeron e hicieron la ltima vez que estuve, aqu. 

Don Juan no respondi. Se puso en pie y camin por la ramada. 

-Tengo que hablar de esto -dije-. Me obsesiona y no puedo dejar de darle vueltas. 

-Tienes miedo? -pregunt. 

#
Yo no tena miedo sino desconcierto; me avasallaba lo que haba visto y odo. Los huecos en mi razn eran 
tan enormes que, de no repararlos, yo debera prescindir de ella por entero. 

Mis comentarios le dieron risa. 

-Todava no tires tu razn -dijo-. Todava no es hora de hacer eso. Eso suceder, por cierto, pero no creo que 
ahora sea el momento. 

-Entonces, debo tratar de hallar una explicacin para lo que ocurri? -pregunt. 

-Seguro! -replic-. Tienes el deber de apaciguar tu mente. Los guerreros no ganan victorias golpendose la 
cabeza contra los muros. Los guerreros saltan los muros, no los derriban. 

-Cmo puedo saltar ste? -pregunt. 

-En primer lugar, me parece un error fatal que tomes las cosas tan en serio -dijo al tomar asiento junto a m-. 
Hay tres clases de malos hbitos que usamos una y otra vez al enfrentarnos con situaciones fuera de lo comn 
en esta vida. Primero: podemos no hacer caso de lo que est ocurriendo o ha ocurrido, y sentir como si nunca 
hubiera pasado. se es el camino del santurrn. Segundo: podemos aceptar todo tal como se presenta y sentir 
como si supiramos qu es lo que est pasando. se es el camino de los devotos. Tercero: podemos 
obsesionarnos con un suceso porque no podemos descartarlo o porque no podemos aceptarlo de todo 
corazn. se es el camino del tonto. Tu camino? Hay un cuarto camino, el correcto, el camino del guerrero. 
Un guerrero acta como si nunca hubiera pasado nada, porque no cree en nada, pero acepta todo tal como se 
presenta. Acepta sin aceptar y descarta sin descartar. Nunca siente como si supiera, ni tampoco siente como si 
nada hubiera pasado. Acta como si tuviera el control, aunque est temblando de miedo. Actuar en esa forma 
disipa la obsesin. 

Quedamos largo rato en silencio. Las palabras de don Juan eran como un blsamo para m. 

-Puedo hablar de don Genaro y su doble? -pregunt. 

-Depende de lo que quieras decir de l -repuso-. Vas a entregarte a la obsesin? 

-Quiero entregarme a las explicaciones -dije-. Estoy obsesionado porque no me he atrevido a venir a verlo ni 
he podido hablar con nadie de mis escrpulos y mis dudas. 

-No hablas con tus amigos? 

-S, pero cmo podran ayudarme? 

-Nunca pens que necesitaras ayuda. Debes cultivar el sentimiento de que un guerrero no necesita nada. 
Dices que necesitas ayuda. Ayuda para qu? Tienes todo lo necesario para el viaje extravagante que es tu 
vida. He tratado de ensearte que la verdadera experiencia es ser un hombre, y que lo que cuenta es estar 
vivo; la vida es la vueltita que ahora estamos tomando. La vida en s misma es suficiente y se explica sola, y es 
completa. 

"Un guerrero entiende eso y vive de acuerdo a eso; por lo tanto, uno puede decir sin ser presumido, que la 
experiencia de experiencias es el ser un guerrero." 

Pareci esperar respuesta. Titube un momento. Quera elegir cuidadosamente mis palabras. 

-Si un guerrero necesita alivio -Prosigui-, simplemente elige a cualquiera y le expresa a esa persona cada 
detalle de su tumulto. Despus de todo, el guerrero no busca que le entiendan o le ayuden; con hablar 
simplemente busca aliviar su presin. Eso es, siempre y cundo el guerrero sea dado a hablar; si no lo es, no 
le dice nada a nadie. Pero t no vives totalmente como guerrero. No todava. Y los obstculos que te salen al 
encuentro han de ser verdaderamente monumentales. Te entiendo perfectamente. 

No se hacia el gracioso. A juzgar por la preocupacin en su mirada, pareca ser alguien que hubiera andado 
por esos rumbos. Se puso en pie y me dio palmaditas en la cabeza. Se pase de un lado a otro a lo largo de la 
ramada y mir casualmente hacia el chaparral en torno de la casa. Sus movimientos evocaron en m una 
sensacin de inquietud. 

Con el fin de relajarme, empec a hablar de mi dilema. Senta que inherentemente era demasiado tarde para 
fingirme un espectador inocente. Bajo su gua, me haba entrenado hasta lograr percepciones extraas, como 
"parar el dilogo interno" y controlar los sueos. sas eran instancias que no podan falsificarse. Yo haba 
seguido sus sugerencias, aunque nunca al pie de la letra, y haba logrado parcialmente romper rutinas 
cotidianas, asumir responsabilidades por mis actos, borrar la historia personal, y llegado finalmente a un punto 
que aos antes me produca pnico, era capaz de estar solo sin violentar mi bienestar fsico ni emotivo. se 
era quiz mi triunfo aislado ms sorprendente. Desde la perspectiva de mis anteriores expectaciones y estados 
de nimo, hallarme solo y no "salirme de mis casillas" era un estado inconcebible. Tena aguda conciencia de 
todos los cambios acontecidos en mi vida y en mi visin del mundo, y tambin de que en alguna forma era 
superfluo resentir tan profundamente la revelacin de don Juan y don Genaro acerca del "doble". 

-Qu anda mal conmigo, don Juan? -pregunt. 

-Te entregas a tu vicio -respondi, brusco-. Sientes que entregarte a las dudas y a las tribulaciones es la 
marca de un hombre sensitivo. Bueno, la verdad del asunto es que est, muy lejos de ser eso. Por qu fingir, 
pues? Ya te dije el otro da: un guerrero se acepta con humildad as como es. 

-De la manera como usted lo dice, me hace aparecer como si yo me confundiera a propsito -dije. 

-Pues eso es lo que hacemos, nos confundimos a propsito repuso-. Todos nosotros nos damos cuenta de 
lo que hacemos y nuestra razn se convierte, a propsito, en el monstruo que se imagina ser. Pero ese molde 
le queda demasiado grande. 

Le expliqu que mi dilema era quiz ms complejo que como l lo presentaba. Dije que mientras l y don 
Genaro fuesen hombres como yo mismo, su dominio superior los converta en modelos para mi propia 

#
conducta. Pero si eran en esencia hombres drsticamente distintos a m, no me era ya posible concebirlos 
como modelos, sino como rarezas que yo no poda aspirar a emular. 

-Genaro es un hombre -dijo don Juan en tono confortante-. Ya no es un hombre como t, cierto. Pero sa es 
su hazaa, y no debera darte miedo. Si es distinto, mayor razn para admirarlo. 

-Pero su diferencia no es una diferencia humana -dije. 

-Y qu cosa crees que es? La diferencia entre un hombre y un caballo? 

-No s. Pero no es como yo. 

-No obstante, lo fue una vez. 

-Pero puedo yo entender su cambio? 

-Claro. T mismo ests cambiando. 

-Quiere usted decir que me saldr un doble? 

-A nadie le sale un doble. se es slo un modo de hablar de eso. Pese a lo mucho que hablas, las palabras te 
enredan. Te quedas atrapado en sus significados. Y ahora seguramente has de creer que el doble le sale a uno 
por medios malignos. Todos nosotros los seres luminosos tenemos un doble. Todos! Un guerrero aprende a 
darse cuenta de ello, eso es todo. Hay barreras que parecen infranqueables, que protegen ese conocimiento. 
Pero eso es de esperarse; de no ser por esas barreras, llegar a darse cuenta del doble no sera el desafo 
nico que es. 

-Por qu le temo yo tanto al doble, don Juan? 

-Porque ests pensando que el doble es lo que dice la palabra, un doble, otro t. Yo escog esas palabras 
con el propsito de describirlo. El doble es uno mismo y no se puede encararlo de otro modo. 

-Y si yo no quiero un doble? 

-El doble no es asunto de gusto personal. Tampoco es asunto de gusto personal quien resulta seleccionado 
para aprender el conocimiento de los brujos que nos llevan a darnos cuenta del doble. Te has preguntado 
alguna vez por qu t en particular? 

-Todo el tiempo. Cientos de veces le he hecho esa pregunta, pero usted nunca ha respondido. 

-No quise decir que lo hicieras una pregunta que busca respuesta, sino en el sentido de un guerrero que se 
asombra en su gran fortuna, la fortuna de haber hallado un propsito. 

Convertirlo en pregunta comn es el recurso de un hombre ordinario y engredo que quiere que lo admiren o 
lo compadezcan por lo que hace. Yo no tengo ningn inters en esa clase de pregunta, porque no hay modo de 
responderla. La decisin de escogerte a ti en particular fue un designio del poder; nadie puede penetrar los 
designios del poder. Ahora que has sido seleccionado, no hay nada que puedas hacer para que ese designio 
no se cumpla. 

-Pero usted mismo dice, don Juan, que uno siempre puede fracasar. 

-Cierto. Uno siempre puede fracasar. Pero yo creo que te refieres a otra cosa. Quieres hallar una salida. 
Quieres tener la libertad de fracasar y salir corriendo cuando se te d la gana. Es demasiado tarde para eso. 
Un guerrero est en las manos del poder y su nica libertad es elegir una vida impecable. No hay manera de 
fingir el triunfo o la derrota. Tu razn podr querer que fracases por completo, para as aniquilar la totalidad de 
tu ser. Pero hay una contramedida que no te permitir declarar una falsa victoria o derrota. Si crees que puedes 
retirarte al refugio del fracaso, ests loco. Tu cuerpo montar guardia y no te dejar ir a ninguno de los dos 
lados. 

Empez a rer para s, suavemente. 

-Por qu re usted? -pregunt. 

-Ests metido en un pantano espantoso -dijo-. Es demasiado tarde para retirarte, pero demasiado pronto para 
actuar. Lo nico que puedes hacer es atestiguar. Ests en la miserable posicin de una criatura que no puede 
regresar al vientre de la madre, pero tampoco puede corretear y actuar. Lo nico que una criatura puede hacer 
es atestiguar, y escuchar los estupendos cuentos de accin que le cuentan. T ests ahora en ese punto 
preciso. No puedes regresar al vientre de tu viejo mundo, pero tampoco puedes actuar con poder. Para ti no 
hay ms que atestiguar actos de poder y escuchar cuentos, cuentos de poder. 

"El doble es uno de esos cuentos. Lo sabes, y por eso cautiva tanto tu razn. Te ests golpeando la cabeza 
contra un muro si pretendes entender. Todo lo que puedo decirte, a manera de explicacin, es que el doble, 
aunque se llega a l soando, es de lo ms real que hay." 

-Segn lo que usted me ha contado, don Juan, el doble puede realizar actos. Puede entonces. . .? 

No me dej proseguir mi lnea de razonamiento. Me record que era inadecuado decir que l me haba 
contado del doble, cuando poda decir que yo mismo lo haba presenciado. 

-Por lo visto, el doble puede realizar actos -dije. 

-Por lo visto! -repuso. 

-Pero puede el doble actuar como uno mismo? 

-Es uno mismo, carajo! 

Me resultaba muy difcil darme a entender. Tena en mente que, s un brujo poda ejecutar dos acciones a la 
vez su capacidad para la produccin utilitaria necesariamente se duplicaba. Poda trabajar en dos empleos, 
estar en dos sitios, ver a dos personas, y as sucesivamente, al mismo tiempo. 

Don Juan escuch con paciencia. 

-Permtame poner un ejemplo -dije-. Como pura teora, puede don Genaro matar a alguien a cientos de 
kilmetros de distancia, dejando que su doble lo haga? 

#
Don Juan me mir. Mene la cabeza y apart los ojos. 

-Ests repleto de cuentos de violencia -dijo-. Genaro no puede matar a nadie, sencillamente porque ya no 
tiene ningn inters en sus semejantes. A la hora en que un guerrero es capaz de conquistar el ver y el soar y 
de darse cuenta de su propia luminosidad, ya no le queda nada de ese inters. 

Seal que, al principio de mi aprendizaje, l haba afirmado que un brujo, con la gua de su "aliado", poda 
transportarse a cientos de kilmetros para descargar un golpe mortal a sus enemigos. 

-Yo soy el responsable de esa confusin -dijo-. Pero debes recordar que en otra ocasin te dije que, contigo, 
yo no estaba siguiendo los pasos que mi propio maestro me traz. El era brujo, y propiamente yo debera 
haberte echado a ese mundo. No lo hice, porque ya no me conciernen los quehaceres de mis semejantes. Pero 
de todos modos, las palabras de mi maestro se me quedaron pegadas. Muchas veces habl contigo en la 
forma en que l mismo hubiera hablado. 

"Genaro es un hombre de conocimiento. El ms puro de todos. Sus acciones son impecables. Est ms all 
de los hombres comunes, y ms all de los brujos. Su doble es una expresin de su alegra y su buen humor. 
Por eso, no puede de ningn modo usarlo para crear o resolver situaciones ordinarias. Hasta donde yo s, el 
doble es el darse cuenta de nuestro estado como seres luminosos. Puede hacer cualquier cosa, pero escoge 
ser gentil y no llamar la atencin. 

"Mi error fue extraviarte con palabras prestadas. Mi maestro no era capaz de producir los efectos que Genaro 
produce. Para mi maestro, desdichadamente, ciertas cosas eran, como son para ti, slo cuentos de poder. 

Me vi compelido a defender mi premisa. Dije que hablaba en un sentido de posibilidades hipotticas. 

-No hay tal sentido cuando hablas del mundo de los hombres de conocimiento -dijo-. Un hombre de 
conocimiento no puede de ninguna manera actuar hacia sus semejantes en trminos perjudiciales, hipo-
tticamente o no. 

-Pero y si sus semejantes traman algo contra su seguridad y su bienestar? Puede entonces usar su doble 
para protegerse? 

Chasque la lengua con reprobacin. 

-Qu violencia increble en tus pensamientos -dijo-. Nadie puede tramar nada contra la seguridad y el 
bienestar de un hombre de conocimiento. l ve, de modo que tomara medidas para evitar cualquier cosa por el 
estilo. Genaro, por ejemplo, corre un riesgo calculado al juntarse contigo. Pero no hay nada que podras hacer 
t para poner en peligro su seguridad. Si algo hubiera, su ver se lo hara saber. Ahora bien, si hay en ti algo 
que sea desde el fondo perjudicial para l, y su ver no lo alcanza, entonces es su destino, y ni Genaro ni nadie 
puede evitar eso. Conque, ya ves, un hombre de conocimiento tiene el control sin controlar nada. 

Guardamos silencio. El sol estaba a punto de alcanzar la copa de las densas matas altas al lado oeste de la 
casa. Quedaban unas dos horas de luz diurna. 

-Por qu no llamas a Genaro? -dijo don Juan en tono casual. 

Mi cuerpo dio un salto. Mi reaccin inicial fue abandonar todo y correr a mi coche. Don Juan estall en una 
carcajada. Le dije que yo no tena nada que probarme a m mismo, y que me hallaba perfectamente satisfecho 
hablando con l. Don Juan no poda parar de rer. Finalmente dijo que era una vergenza que Genaro no 
estuviera all para disfrutar la escena. 

-Mira, si a ti no te interesa llamar a Genaro, a m s -dijo en tono resuelto-. Me gusta su compaa. 

Haba un terrible amargor en mi paladar. El sudor goteaba de mis cejas y mi labio superior. Quise decir algo 
pero en realidad no haba qu decir. 

Don Juan me escudri con una larga mirada. 

-ndale -dijo-. Un guerrero siempre est listo. Ser guerrero no es el simple asunto de noms querer serlo. Es 
ms bien una lucha interminable que seguir hasta el ltimo instante de nuestras vidas. Nadie nace guerrero, 
exactamente igual que nadie nace siendo un ser razonable. Nosotros nos hacemos lo uno o lo otro. 

"Sintate bien. No quiero que Genaro te vea temblando." 

Se puso en pie y recorri de un lado a otro el piso limpio de la ramada. No pude permanecer impasible. Mi 
nerviosismo era tan intenso que, incapaz de escribir una lnea ms, me levant de un salto. 

Don Juan me hizo trotar marcando el paso, cara al oeste. Me haba puesto a realizar los mismos movimientos 
en varias ocasiones anteriores. La idea era sacar "poder" del crepsculo inminente alzando los brazos al cielo 
con los dedos extendidos en abanico, y cerrando los puos con fuerza cuando los brazos estuvieran en el 
punto medio entre horizonte y cenit. 

El ejercicio surti efecto y, casi de inmediato, me llen de calma y sosiego. No pude, sin embargo, dejar de 
pensar qu habra ocurrido con el antiguo "yo" que nunca se habra relajado tan completamente ejecutando 
esos movimientos sencillos e idiotas. 

Quera enfocar toda mi atencin en el procedimiento que don Juan seguira para llamar a don Genaro. 
Anticipaba actos portentosos. Don Juan se par en el borde de la ramada, mirando al sureste, form una 
bocina con las manos, y grit: 

-Genaro! Ven aqu! 

Un momento despus, don Genaro surgi del chaparral. Ambos resplandecan de contento. Prcticamente 
bailaron frente a m. 

Don Genaro me salud con abundantes efusiones y tom asiento en el cajn de leche. 

Algo espantoso me ocurra. Estaba calmado, impvido. Un increble estado de indiferencia y distanciamiento 
dominaba todo mi ser. Casi me pareca estarme observando desde un escondrijo. Con gran despreocupacin, 

#
le platiqu a don Genaro que durante mi ltima visita casi me haba matado a sustos, y que ni siquiera durante 
mis experiencias con plantas psicotrpicas me haba visto en un caos mayor. Ambos celebraron mis frases 
como si tuvieran propsito de chiste. Re con ellos. 

Obviamente estaban al tanto de mi estado de insensibilidad emotiva. Me vigilaban y me seguan la corriente 
como a un borracho. 

Dentro de m, algo luchaba desesperadamente por convertir la situacin en cosa familiar. Quera sentirme 
preocupado y temeroso. 

Al cabo de un rato, don Juan me salpic agua en la cara y me inst a sentarme y tomar notas. Dijo, como lo 
haba hecho antes, que de no tomar -notas me morira. El mero acto de poner por escrito algunas palabras hizo 
regresar mi nimo habitual. Fue como si algo se volviera de nuevo claro y cristalino, algo que unos momentos 
antes era opaco e inerte. 

El advenimiento de mi personalidad acostumbrada signific a la vez el de mis miedos habituales. Curio-
samente, yo tena menos miedo de tener miedo que de no tenerlo. La familiaridad de mis viejos hbitos, por 
desagradables que fuesen, era un respiro deleitoso. 

Entonces me di plena cuenta de que don Genaro acababa de surgir del chaparral. Mis procesos usuales 
empezaban a funcionar. Comenz rehusando a pensar o especular acerca del hecho. Hice la decisin de no 
preguntarle nada. Esta vez, sera un testigo silencioso. 

-Genaro ha venido de nuevo, exclusivamente por u -dijo don Juan. 

Don Genaro estaba reclinado en la pared de la casa, y reposaba la espalda, sentado en un cajn de leche 
puesto en declive. Pareca un jinete. Tena las manos enfrente, y daban la impresin de que sostena las 
riendas de un caballo. 

-Eso es cierto, Carlitos -dijo bajando el cajn a la horizontal del piso. 

Desmont, pasando la pierna derecha sobre el imaginario cuello equino, y salt a tierra. La destreza de sus 
movimientos me hizo sentir sin lugar a dudas que haba llegado cabalgando. Vino y se sent a mi izquierda. 

-Genaro vino porque quiere hablarte del otro -dijo don Juan. 

Hizo ademn de ceder la palabra. Don Genaro salud al auditorio. Se volvi ligeramente para darme la cara. 

-Qu es lo que te gustara saber, Carlitos? -pregunt en voz aguda. 

-Bueno, si va usted a hablarme del otro, cuntemelo todo -dije, fingiendo despreocupacin. 

Ambos menearon la cabeza y se miraron. 

-Genaro te va a hablar acerca del soador y el soado -anunci don Juan. 

Como ya sabes, Carlitos -dijo don Genaro con el aire de un orador que entra en materia-, el doble empieza en 
sueos. 

Me lanz una larga mirada y sonri. Sus ojos se deslizaron de mi cara a mi cuaderno y mi lpiz. 

-El doble es un sueo -dijo, rascndose los brazos, y luego se par. 

Dej la ramada y se meti en el chaparral. Se detuvo frente a una mata, mostrndonos tres cuartos de perfil; 
al parecer orinaba. Tras un momento vi que algo le ocurra. Pareca tratar desesperadamente de orinar sin 
conseguirlo. La risa de don Juan me indic que don Genaro haba vuelto a las andadas. 

Don Genaro contorsionaba su cuerpo en tan cmica manera, que nos puso prcticamente histricos. 

Don Genaro regres a la ramada y tom asiento. Su sonrisa irradiaba una inslita calidez. 

-Si no se puede, pues no se puede -dijo alzando los hombros. 

Luego, tras una pausa momentnea, aadi, suspirando: 

-S, Carlitos, el doble es un sueo. 

-Quiere usted decir que no es real? -pregunt. 

-No. Quiero decir que es un sueo -repuso. 

Don Juan intervino para explicar que don Genaro se refera a la primera manifestacin del hecho de darnos 
cuenta de ser seres luminosos. 

-Cada uno de nosotros es distinto, y por eso los detalles de nuestras luchas son distintos -dijo don Juan-. 
Pero los pasos que seguimos para llegar al doble son los mismos. Sobre todo los primeros pasos, que son 
confusos e inciertos. 

Don Genaro estuvo de acuerdo, y coment la incertidumbre del brujo en esa etapa. 

-Cuando me pas por primera vez, no supe lo que haba pasado -relat-. Un da haba estado recogiendo 
plantas en los cerros y me haba metido en un sitio que les tocaba a otros yerberos. Junt dos costalotes y ya 
estaba listo para irme a mi casa, cuando me dieron ganas de descansar un rato. Me acost junto al camino, a 
la sombra de un rbol, y me qued dormido. Despus o gente que bajaba del monte y despert. Al momento 
me escurr y me escond detrs de unas matas, al otro lado del camino muy cerca del sitio donde me haba 
echado a dormir. Estando all se me dio por pensar que me haba olvidado algo. Mir a ver si tena mis dos 
costales de plantas. No los tena conmigo. Mir para el otro lado del camino, al lugar donde haba estado dur-
miendo y casi me lleva la chingada. Yo segua all dormido! Era yo mismo! Toqu mi cuerpo. Yo era yo 
mismo! Ya para entonces, las gentes que bajaban del monte iban llegando a m que estaba dormido, mientras 
yo que estaba bien despierto miraba desde mi escondite sin poder hacer nada. Me lleva la chingada! Me van a 
encontrar all, pens, y me van a quitar mis costales. Pero las gentes pasaron junto a m que dorma como si yo 
no estuviera all. 

"La visin fue tan vivida que me puse como loco. Grit y entonces volv a despertar. Carajo! Haba sido un 
sueo!" 

#
Don Genaro ces su recuento y me mir como esperando una pregunta o un comentario. 

-Dile dnde despertaste la segunda vez -dijo don Juan. 

-Despert junto al camino -dijo don Genaro-, donde me qued dormido. Pero por un momento no supe bien 
dnde me encontraba en realidad. Casi puedo decir que me estaba viendo a m mismo despertar cuando algo 
me jal al otro lado del camino cuando ya estaba a punto de abrir los ojos. 

Hubo una larga pausa. Yo no saba qu decir. 

-Y qu hiciste despus? -pregunt don Juan. 

Me di cuenta, cuando ambos echaron a rer, de que me haca burla imitando mis preguntas. 

Don Genaro sigui hablando. Dijo que se qued atnito un momento v luego fue a verificar todo. 

-El sitio donde me escond era tal como lo haba visto -dijo-. Y las gentes que pasaron se encontraban a corta 
distancia, bajando el cerro. Lo s porque corr cuestabajo siguindolos. Eran los mismos que haba visto. Los 
segu hasta que llegaron al pueblo. Han de haber credo que estaba yo loco. Les pregunt si haban visto a mi 
amigo durmiendo junto al camino. Todos dijeron que no. 

-Ya ves -dijo don Juan-, todos pasamos por las mismas dudas. Nos da miedo volvernos locos, pero la 
desgracia es que, de a tiro, ya todos nosotros estamos locos. 

-Pero t eres un poquito ms loco que nosotros dos -me dijo don Genaro, e hizo un guio-. Y eres, como 
buen loco, ms sospechoso. 

Hicieron bromas sobre mi suspicacia. Luego, don Genaro volvi a hablar. 

-Todos somos seres densos -dijo-. No eres el nico, Carlitos. A m el sueo me tuvo espantado unos das, 
pero entonces tena que ganarme la vida y me ocupaba de muchas cosas y no me alcanzaba el tiempo para 
ponerme a pensar en el misterio de mis sueos. Y se me olvid la cosa. Yo era muy parecido a ti. 

"Pero un da, meses ms tarde, despus de una maana de mucho trabajo me qued dormido como una 
piedra en la media tarde. Acababa de empezar a llover y me despert una gotera. Salt de la cama y trep al 
techo para arreglarla antes de que se hiciera un chorro. Me senta tan bien y con tanta fuerza, que acab en un 
minuto y ni siquiera me moj mucho. Pens que el sueito que haba echado me hizo bien. Cuando termin, 
volv a la casa para comer algo, y me di cuenta de que no poda tragar. Pens que estaba enfermo. Junt unas 
hojas y races, las machuqu y me hice un emplasto en la garganta y fui a acostarme. Y otra vez, al llegar a mi 
cama, casi se me caen los calzones. Yo estaba all en la cama dormido! Quise sacudirme y despertarme, pero 
yo saba que no era eso lo que uno deba hacer. As que sal corriendo de la casa, despavorido. Anduve sin 
rumbo por el monte. No tena ni la menor idea a dnde iba, y aunque haba vivido all toda mi vida, me perd. 
Andaba en la lluvia y ni la senta. Pareca coipo si no pudiera pensar. Entonces el rayo y el trueno se hicieron 
tan fuertes que despert otra vez". 

Hizo una pausa. 

-Quieres saber dnde despert? -me pregunt. 

-Claro -contest don Juan. 

-Despert en el monte, en la lluvia -dijo l. 

-Pero cmo supo usted que haba despertado? -pregunt. 

-Mi cuerpo lo supo -respondi. 

-Esa pregunta fue idiota -terci don Juan-. T mismo sabes que algo en el guerrero se da cuenta siempre de 
cada cambio. La meta del camino del guerrero es precisamente cultivar y mantener ese sentido de darse 
cuenta. El guerrero lo limpia, lo pule y lo tiene siempre funcionando. 

Tena razn. Hube de admitir hallarme al tanto de ese algo que en m registraba y conoca todas mis 
acciones. No tena nada que ver con la habitual conciencia de m mismo. Era otra cosa que yo no poda 
precisar. Les dije que tal vez don Genaro pudiera describirlo mejor. 

-T lo haces muy bien -dijo don Genaro-. Es la voz de adentro que te dice qu es lo qu es. Y aquella vez me 
dijo que yo haba despertado por segunda vez. Claro, apenas despert qued convencido de que haba estado 
soando. Por lo visto este no haba sido un sueo ordinario, pero tampoco haba sido propiamente soar. Me 
conform con otra explicacin: me dije que haba andado dormido o medio despierto, supongo. No haba para 
m ningn otro modo de entenderlo. 

Don Genaro dijo que su benefactor le explic que no era un sueo lo experimentado, y que tampoco deba 
insistir en creerlo sonambulismo. 

-Qu cosa le dijo que era? -pregunt. 

Cambiaron miradas. 

-Me dijo que era el coco -repuso don Genaro, adoptando el tono de un nio pequeo. 

Les aclar que deseaba saber si el benefactor de don Genaro explicaba las cosas del mismo modo que ellos. 

-Claro que s -dijo don Juan. 

-Mi benefactor me explic que el sueo en el que uno se vea durmiendo -prosigui don Genaro- era la hora 
del doble. Me aconsej que, en vez de malgastar mi poder en dudas y preguntas, usara esa oportunidad para 
actuar, y que estuviera preparado para cuando llegara otra ocasin. 

"La siguiente me toc en la casa de mi benefactor. Yo lo estaba ayudando con el trabajo de casa. Me haba 
acostado a descansar y, como de costumbre, me dorm profundamente. Su casa era definitivamente un sitio de 
poder para m, y me ayud. Un gran ruido me sacudi de pronto y me despert. La casa de mi benefactor era 
grande. Era un hombre muy rico y mucha gente trabajaba para l. El ruido pareca ser el de una pala cavando 
grava. Me sent a escuchar y luego me levant. El ruido me inquietaba mucho, pero yo no saba la causa. 

#
Pensaba si salir a ver cuando me di cuenta de que estaba dormido en el piso. Esta vez saba qu esperar y 
qu hacer, y segu el ruido. Camin por toda la casa hasta llegar a la parte de atrs. All no haba nadie. El 
ruido pareca venir de ms lejos. Yo lo fui siguiendo. Mientras ms lo segua, ms rpido poda moverme. Fui a 
dar muy lejos y vi cosas increbles." 

Explic que en la poca de esos eventos se hallaba an en las etapas iniciales de su aprendizaje y haba 
incursionado muy poco en "soar", pero tena una facilidad extraa para soar que se miraba a s mismo. 

-A dnde fue usted a dar, don Genaro? -pregunt. 

-Esa era realmente la primera vez que me mova al soar -dijo-. Pero ya saba lo suficiente para portarme 
correctamente. No fij la vista directamente en nada y fui a parar a una caada muy honda donde mi 
benefactor tena sus plantas de poder. 

-Cree usted que es mejor si uno casi no sabe nada de soar? -pregunt. 

-No! -intervino don Juan-. Cada uno de nosotros tiene facilidad para algo en particular. La facilidad de 
Genaro es para soar. 

-Qu vio usted en las caada, don Genaro? -pregunt. 

-Vi a mi benefactor haciendo maniobras peligrosas con unas gentes. Pens que yo estaba all para ayudarlo y 
me escond detrs de unos rboles. Pero as como yo andaba en ese entonces no habra podido ayudar a 
nadie. De todos modos, yo no era tonto, y me di cuenta de que la escena esa era para mirarla de lejos y no 
para actuar en ella. 

-Cundo y cmo y dnde despert usted? 

-No s cundo despert. Han de haber pasado horas enteras. Lo nico que s es que segu a mi benefactor y 
los otros hombres, y cuando iban llegando a la casa de mi benefactor el ruido que hacan, porque andaban 
pelendose casi a puos, me despert. Estaba en el sitio donde me vi dormido. 

"Al despertar, me di cuenta de que todo eso que haba visto y hecho no era un sueo. En verdad me haba 
ido bastante lejos, guiado por el sonido." 

-Estaba su benefactor al tanto de lo que usted haca? 

-Seguro. l fue el que estuvo haciendo ruido con la pala para ayudarme a cumplir mi tarea. Cuando entr en 
la casa me rega de mentira por haberme dormido y por eso supe que me haba visto. Despus, cuando se 
fueron sus amigos, me dijo que haba notado mi brillo oculto entre los rboles. 

Don Genaro dijo que esos tres casos lo pusieron en el camino de "soar", y que tard quince aos en recibir 
la oportunidad siguiente. 

-La cuarta vez fue una visin ms rara y ms completa -dijo-. Me hall dormido enmedio de un sembrado. Me 
vi echado de costado, profundamente dormido. Supe de inmediato que eso era soar, porque me haba 
propuesto hacerlo cada noche que me iba a dormir. Por lo general, todas las veces que yo me haba visto a m 
mismo dormido, estaba en el sitio donde me haba echado a dormir. Esta vez no estaba en mi cama, y sabia 
que me haba acostado en mi cama esa noche. En este soar era de da. As que me puse a explorar. Me alej 
del sitio donde estaba yo echado y me orient. Supe dnde me encontraba. Andaba en realidad no muy lejos 
de mi casa, capaz a unos tres kilmetros. Camin por all, mirando cada detalle del sitio. Me par a la sombra 
de un gran rbol, a poca distancia; con la vista, cruc una franja de llano y mir una milpa en la ladera del 
cerro. En ese momento not algo muy raro: los detalles del paisaje no cambiaban ni desaparecan por ms que 
les clavara la vista. Me asust y volv corriendo al sitio donde dorma. Yo segua all, exactamente como haba 
estado antes. Empec a observarme. Senta una horrible indiferencia hacia -el cuerpo que miraba. 

"Entonces o el sonido de risas de gente que se acercaba. La gente siempre me anda encima. Sub corriendo 
una lomita y observ cuidadosamente desde all. Diez personas venan al campo donde yo estaba. Todos eran 
muchachos jvenes. Corr al sitio donde estaba dormido y pas los momentos ms angustiosos de mi vida, 
mirndome all tirado, roncando como cerdo. Saba que tena que despertarme, pero no tena idea de cmo 
hacerlo. Saba tambin que era cosa de muerte despertarme yo mismo. Pero si aquellos muchachos me 
encontraban all, se iba a armar un gran pleito. Todas esas deliberaciones que pasaban por mi mente no eran 
en realidad pensamientos. Ms bien eran escenas frente a mis ojos. Mi preocupacin, por ejemplo, era una 
escena en la cual yo me miraba a m mismo mientras tena la sensacin de estar encajonado. Llamo a eso 
preocuparse. Me ha pasado eso muchas veces desde aquella primera vez. 

"Bueno, como no saba qu hacer me qued mirndome a m mismo, dormido, esperando lo peor. Un montn 
de imgenes fugaces pasaron frente a mis ojos. Me agarr a una en particular, la imagen de mi casa y mi 
cama. La imagen se hizo muy clara. Caramba, cmo quera yo estar de vuelta en mi cama! Algo me dio un 
sacudn entonces; sent como si alguien me golpeara y despert. Estaba en mi cama! Por lo visto esto haba 
sido soar. Me levant de un salto y corr al sitio de mi soar. Era tal como lo haba visto. Los muchachos 
estaban all trabajando. Los observ por un largo rato. Eran los mismos que haba visto antes. 

"Regres al mismo lugar al fin del da, cuando ya todos se haban ido, y me par en el sitio exacto donde me 
vi dormido. Alguien se haba echado all. Las yerbas estaban aplastadas." 

Don Juan y don Genaro me observaban. Parecan dos extraos animales. Sent un escalofro en la espalda. 
Estaba a punto de entregarme al muy racional miedo de que no eran en realidad hombres como yo, pero don 
Genaro ech a rer. 

-En aquellos das -dijo- yo era igual que t, Carlitos. Quera confirmarlo todo. Era tan desconfiado como t. 

Hizo una pausa, alz el dedo y lo sacudi en mi direccin. Luego encar a don Juan. 

-A poco no eras t tan desconfiado como este sujeto? -pregunt. 

#
-Ni modo -dijo don Juan-. ste es el campen. 

Don Genaro se volvi hacia m e hizo un gesto de disculpa. 

-Creo que me equivocaba -dijo-. Yo tampoco era tan desconfiado como t. 

Rieron suavemente, como si no quisieran hacer ruido. El cuerpo de don Juan se convulsionaba de risa 
contenida. 

-ste es un sitio de poder para ti -dijo don Genaro en un susurro-. Te has roto los dedos escribiendo ah 
donde ests sentado. Has hecho alguna vez la prueba de echarte a soar a toda mquina aqu? 

-No, nunca lo ha hecho -dijo don Juan en voz baja-. Aqu l noms ha escrito a toda mquina. 

Se doblaron de risa. Pareca que no quisieran rer abiertamente. Sus cuerpos se sacudan. La risa suave era 
como un cacareo rtmico. 

Don Genaro enderez la espalda y se desliz sentado acercndose a m. Me dio repetidas palmadas en el 
hombro, llamndome bribn, luego, con gran fuerza, jal hacia s mi brazo izquierdo. Perd el equilibrio y ca de 
bruces. Casi me golpeo la cabeza en el piso. Automticamente adelant el brazo derecho y amortig la cada. 
Uno de ellos presion mi cuello para impedir que me levantara. No supe a ciencia cierta quin. La mano que 
me detena pareca la de don Genaro. Tuve un momento de pnico devastador Senta desmayarme; quiz me 
desmay. La presin en mi estmago era tan intensa que vomit. Mi siguiente percepcin clara fue la de que 
alguien me ayudaba a enderezarme. Don Genaro estaba en cuclillas frente a m. Volv la cara en busca de don 
Juan. No se vea en ninguna parte. Don Genaro luca una sonrisa resplandeciente. Sus ojos brillaban. Miraban 
fijamente los mos. Le pregunt qu me haba hecho y respondi que yo estaba en pedazos. Su tono era de 
reproche, y pareca molesto o insatisfecho conmigo. Repiti varias veces que me hallaba hecho pedazos y 
tena que juntarme de nuevo. Trataba de asumir un tono severo, pero ri a mitad de su arenga. Me deca cun 
terrible era verme desparramado por todo el suelo, y que l necesitara una escoba para reunir mis pedazos. 
Aadi que tal vez los trozos iban a quedar fuera de lugar y yo terminara con el dedo gordo del pie en lugar del 
pene. La risa le gan en ese punto. Quise rer tambin y experiment una sensacin inslita. Mi cuerpo se 
deshizo! Fue como si yo hubiera sido un juguete mecnico que se desarmara as como as. No tena 
sensaciones fsicas, ni tampoco miedo o cuidado. Desmoronarme era una escena que yo presenciaba desde la 
perspectiva del perceptor, y sin embargo no perciba nada desde un punto sensorial de referencia. 

La siguiente cosa de que me apercib fue que don Genaro manipulaba mi cuerpo. Tuve entonces una 
sensacin fsica, una vibracin tan intensa que me hizo perder de vista todo cuanto me rodeaba. 

Una vez ms sent que alguien me ayudaba a enderezarme. Vi de nuevo a don Genaro acuclillado frente a 
m. Me empuj de los sobacos y me ayud a caminar. Yo no poda determinar dnde estaba. Tena la 
sensacin de estar en un sueo, pero asimismo tena un sentido completo de secuencia temporal. Me hallaba 
agudamente consciente de que acababa de estar con don Genaro y don Juan en la ramada de la casa del 
segundo. 

Don Genaro caminaba conmigo; me apoyaba sosteniendo mi sobaco izquierdo. El paisaje que yo con-
templaba cambiaba de continuo. Yo no poda, sin embargo, determinar la naturaleza de lo que observaba. Lo 
que haba frente a mis ojos era ms bien un sentimiento o un estado de nimo, y el centro de donde irradiaban 
todos esos cambios estaba definitivamente en mi estmago. Establec esa relacin no como una idea o un 
darme cuenta, sino como una sensacin corprea que de pronto se hizo fija y predominante. Las fluctuaciones 
en torno mo salan de mi estmago. Yo creaba un mundo, una corriente interminable de sentimientos e 
imgenes. Todo cuanto conoca estaba all. Eso mismo era una sensacin, no un pensamiento ni una 
evaluacin consciente. 

Trat de llevar la cuenta durante un momento, a causa de mi hbito casi invencible de evaluarlo todo, pero en 
determinado instante mis procesos de contadura cesaron y un algo sin nombre me envolvi, sentimientos e 
imgenes de todo tipo. 

En cierto punto, algo en m inici de nuevo la tabulacin y not que una imagen se repeta constantemente: 
don Juan y don Genaro que trataban de alcanzarme. La imagen era fugaz; pasaba rpida frente a m. Era algo 
comparable a verlos desde la ventana de un vehculo en marcha veloz. Parecan tratar de agarrarme a la 
pasada. A fuerza de recurrir, la imagen se hizo ms clara y perdurable. En algn momento tuve conciencia de 
estarla aislando deliberadamente de toda una mirada de imgenes. Pasaba las otras por alto para llegar a esa 
escena particular. Finalmente pude sostenerla pensando en ella. Una vez que empec a pensar, mis procesos 
ordinarios tomaron las riendas. No eran tan definidos como en mis actividades ordinarias, pero s lo bastante 
claros para saber que haba aislado la escena o sentimiento de que don Juan y don Genaro estaban en la 
ramada de la casa del segundo y me detenan por los sobacos. Quise seguir huyendo a travs de otras 
imgenes y sensaciones, pero ellos no me dejaron. Me debat un instante. Me senta gil y contento. Saba que 
ambos me caan muy bien, y tambin que no les tena miedo. Quera bromear con ellos; no saba cmo, y rea 
y les daba palmadas en los hombros. Tuve otra peculiar toma de conciencia, la certidumbre de que estaba 
"soando". Cuando enfocaba los ojos en alguna cosa, inmediatamente se deshaca. 

Don Juan y don Genaro me hablaban. Yo no poda seguir el hilo de sus palabras ni distinguir quin de ellos 
las deca. Entonces don Juan dio vuelta a mi cuerpo y seal un bulto en el piso. Don Genaro me acerc al 
objeto y me hizo circundarlo. Era un hombre y yaca bocabajo, el rostro vuelto a la derecha. Al hablarme, 
sealaban al hombre. Me jalaban y me torean en torno a l. Yo no poda enfocarlo con los ojos, pero finalmente 
tuve una sensacin de quietud y sobriedad y mir al hombre. Despert con lentitud en la conciencia de que el 
hombre tirado en el suelo era yo. El reconocimiento no produjo terror ni sufrimiento. Simplemente lo acept sin 

#
emocin. En ese instante no me hallaba totalmente dormido, pero tampoco totalmente despierto y sereno. 
Tambin empec a sentir ms a don Juan y don Genaro, y poda distinguirlos cuando me hablaban. Don Juan 
dijo que bamos a ir al sitio redondo de poder en el chaparral. Apenas pronunci las palabras, la imagen del 
sitio brot en mi mente. Vi las masas oscuras de los arbustos en torno. Me volv a la derecha; don Juan y don 
Genaro estaban tambin all. Experiment una sacudida y la sensacin de tenerles miedo. Acaso porque 
parecan dos sombras amenazantes. Se acercaron. Al mirar sus facciones, mis temores desaparecieron. 

Mi efecto retorn. Era como si me hallase borracho y no tuviera asidero firme en ninguna parte. Me agarraron 
por los hombros y me sacudieron al unsono. Me ordenaban despertar. Yo oa sus voces clara y se-
paradamente. Tuve entonces un momento nico. Mi mente contena dos imgenes, dos sueos. Sent que algo 
de mi ser estaba profundamente dormido y empezaba a despertar y me hall en el piso de la ramada, con don 
Juan y don Genaro que me sacudan. Pero tambin me encontraba en el sitio de poder y don Juan y don 
Genaro seguan sacudindome. Durante un instante crucial, no estuve en un lugar ni en el otro, sino ms bien 
en ambos, como un observador que ve dos escenas al mismo tiempo. Tuve la increble sensacin de que en 
dicho instante habra podido tomar cualquier derrotero. Todo cuanto tena que hacer en ese momento era 
cambiar de perspectiva y, ms que observar cualquiera de ambas escenas desde el exterior, sentirla desde el 
punto de vista del sujeto. 

Haba algo muy clido en la casa de don Juan. De modo que prefer esa escena. 

Tuve entonces un ataque aterrador, tan brusco que recobr de golpe toda mi conciencia ordinaria. Don Juan 
y don Genaro me vertan encima baldes de agua. Estbamos en la ramada de la casa de don Juan. 

Horas ms tarde, tomamos asiento en la cocina. Don Juan insista en que yo procediera como si nada hu-
biese ocurrido. Me dio comida y dijo que deba comer mucho para compensar mi gasto de energa. 

Pasaban de las nueve de la noche cuando mir mi reloj despus de que nos sentamos a comer. Mi 
experiencia haba durado varias horas. Sin embargo, desde mi perspectiva de recuerdo, pareca que slo me 
haba dormido un corto rato. 

Aunque ya era totalmente el de siempre, segua atontado. No recobr mi conciencia habitual hasta que 
empec a escribir en mi cuaderno. Me sorprendi que el tomar notas pudiera producir sobriedad instantnea. 
Apenas me recobr, un torrente de pensamientos razonables se desat en mi mente; me propona explicar el 
fenmeno que haba experimentado. "Supe" en el acto que don Genaro me haba hipnotizado en el momento 
en que me detuvo contra el piso, pero no intent figurarme cmo lo haba hecho. 

Ambos rieron histricamente cuando expres mis ideas. Don Genaro examin mi lpiz y dijo que sa era la 
llave que me daba cuerda. Me puse belicoso. Estaba cansado e irritable. Me descubr prcticamente 
gritndoles, mientras sus cuerpos se sacudan de risa. 

Don Juan dijo que estaba bien el caerse al dar un salto, pero que no estaba bien el saltar de cara contra la 
pared, y que don Genaro haba venido exclusivamente para ayudarme y ensearme el misterio del Soador y 
el soado. 

Mi irritabilidad culmin. Don Juan hizo a don Genaro una sea con la cabeza. Ambos se levantaron y me 
llevaron a un lado de la casa. All don Genaro demostr su gran repertorio de gruidos y gritos animales. Me 
sugiri que eligiera el rebuzno de un burro y luego me ense a reproducirlo. 

Tras horas de prctica, llegu al punto de poderlo imitar bastante bien. El resultado final fue que ellos haban 
disfrutado mis torpes intentos y redo hasta lloras, y yo haba liberado mi tensin reproduciendo ese clamor. 
Les dije que haba algo aterrador en mi imitacin. El relajamiento de mi cuerpo era incomparable. Don Juan dijo 
que, si perfeccionaba yo el rebuzno, poda convertirlo en cosa de poder, o simplemente usarlo para aliviar mi 
tensin cuando fuera necesario. Me sugiri dormir. Pero yo tema dormirme. Me sent con ellos un largo rato, 
ante el fuego de la cocina, y despus, sin querer, ca en un hondo sueo. 

Despert al amanecer. Don Genaro dorma junto a la puerta. Pareci despertar al mismo tiempo que yo. Me 
haban tapado y pusieron mi chaqueta doblada a modo de almohada. Me senta muy tranquilo y descansado. 
Le coment a don Genaro que haba estado exhausto la noche anterior. Dijo que l tambin. Susurr, como si 
me hiciera una confidencia, que don Juan estaba todava ms cansado por ser ms viejo. 

-T y yo somos jvenes -dijo con un brillo en los ojos-. Pero l ya est muy viejo. Ya debe andar por los 
trescientos. 

Me sent apresuradamente. Don Genaro se tap la cara con su cobija y solt una carcajada. Don Juan entr 
en ese momento. 

Tuve un sentimiento de plenitud y paz. Por una vez, nada importaba realmente. Estaba tan a gusto que 
quera llorar. 

Don Juan dijo que la noche anterior yo haba empezado a tener presente mi luminosidad. Me advirti no 
entregarme a la sensacin de bienestar que atravesaba, porque se convertira en complacencia. 

-En este momento -dije-, no quiero explicar nada. No importa lo que don Genaro me haya hecho anoche. 

-Yo no te hice nada -repuso don Genaro-. Mira, soy yo, Genaro. Tu Genaro! Tcame! 

Abrac a don Genaro y ambos remos como nios. 

Pregunt si me pareca extrao poder abrazarlo entonces, cuando la ltima vez que nos vimos all me result 
imposible tocarlo. Le asegur que esas cuestiones ya no tenan pertinencia para m. 

El comentario de don Juan fue que yo me estaba entregando a ser tolerante y bueno. 

-Cuidado! -dijo-. Un guerrero jams baja la guardia. Si sigues as de feliz, vas a agotar el poco poder que te 
queda. 

#
-Qu debo hacer? -pregunt. 

-Ponte de nuevo como eres -dijo-. Duda de todo. Desconfa. 

-Pero no me gusta ser as, don Juan. 

-No es cosa de que te guste o no. Lo importante es qu puedes usar ahora a manera de escudo? Un 
guerrero debe usar todo lo que est a su alcance para cerrar su abertura mortal una vez que sta se abre. Por 
eso no importa que en realidad no te guste ser desconfiado o hacer preguntas. Eso es ahora tu nico escudo. 

"Escribe, escribe. O te mueres. Morir de contento es muerte de imbcil." 

-Cmo debe entonces morir un guerrero? -pregunt don Genaro exactamente en mi tono de voz. 

-Un guerrero muere a la mala -dijo don Juan-. Su muerte debe luchar para llevrselo. El guerrero no se 
entrega ni an a la muerte. 

Don Genaro abri desmesuradamente los ojos y luego parpade. 

-Lo que Genaro te ense ayer es de suma importancia -prosigui don Juan-. No te lo puedes sacudir 
hacindote el piadoso. Ayer me dijiste que la idea del doble te volva loco. Pero mrate ahora. Ya no te importa. 
Eso es lo malo de la gente que se vuelve loca; se vuelve loca para uno y otro lado. Ayer eras todo preguntas, 
hoy eres todo resignacin. 

Seal que l siempre encontraba una falta en lo que yo haca, sin importar cmo lo hiciera. 

-Eso no es verdad! -exclam-. No hay falla en el camino del guerrero. Sguelo y nadie podr criticar tus 
actos. Toma como ejemplo lo que pas ayer, el camino del guerrero habra sido, primero, hacer preguntas sin 
miedo y sin sospechas, y luego dejar que Genaro te enseara el misterio del soador, sin oponerle resistencia 
y sin agotarte. Hoy, el camino del guerrero sera juntar lo que aprendiste, sin presumir nada y sin hacerte el 
piadoso. Hazlo as y nadie podr encontrar fallas en lo que haces. 

Pens, por el tono, que don Juan estaba muy disgustado con mis errores. Pero me sonri y luego solt una 
risita que pareca motivada por sus propias palabras. 

Le dije que simplemente me estaba conteniendo, pues no deseaba agobiarlos con mis inquisiciones. A m me 
abrumaba en verdad lo que don Genaro haba hecho. Yo estuve convencido -aunque eso ya no importaba- de 
que don Genaro esper entre las matas que don Juan lo llamase. Ms tarde, aprovech mi susto para 
atontarme. Tenido a la fuerza en el suelo, debo haberme desmayado, y entonces don Genaro me hipnotiz. 

Don Juan arguy que yo era demasiado fuerte para que me dominaran con tal facilidad. 

-Qu ocurri entonces? -le pregunt. 

-Genaro vino a verte para decirte una cosa muy exclusiva -dijo-. Cuando sali de las matas, era Genaro el 
doble. Hay otro modo de hablar de todo esto que lo explicara mejor, pero no puedo usarlo ahora. 

-Por qu no, don Juan? 

-Porque todava no ests listo para hablar de la totalidad de uno mismo. Por lo pronto, slo puedo decirte que 
este Genaro que est aqu no es el doble. 

Seal a don Genaro con un movimiento de cabeza. Don Genaro parpade repetidas veces. 

-El Genaro de anoche era el doble. Y cono ya te lo he dicho, el doble tiene un poder inconcebible. Te ense 
un asunto de lo ms importante. Para hacerlo, tena que tocarte. El doble simplemente te toc en el pescuezo, 
en el mismo sitio que el aliado te pis hace aos. Naturalmente, te apagaste como vela. Y, naturalmente 
tambin, te entregaste como hijo de puta. Nos cost horas acorralarte de nuevo. As disipaste tu poder y, 
cuando te toc la hora de cumplir una hazaa de guerrero, te falt el jugo. 

-Cul era esa hazaa de guerrero, don Juan? 

-Ya dije que Genaro slo vino a ensearte una cosa: el misterio de los seres luminosos soadores. T 
queras saber del doble. Empieza en los sueos. Pero luego preguntaste. "Qu es el doble?" Y yo te dije que 
el doble es uno mismo. Uno mismo suea el doble. Eso debera ser sencillo, pero no tenemos nada de 
sencillos. Quiz los sueos comunes que uno tiene sean sencillos, pero eso no significa que uno sea sencillo. 
Una vez que uno aprende a soar el doble, se llega a esta encrucijada extraa, y en un momento dado uno se 
da cuenta de que el doble es quien lo suea a uno mismo. 

Yo haba anotado todas sus palabras. Tambin les haba prestado atencin, pero no las comprenda. 

Don Juan repiti sus aseveraciones. 

-La leccin de anoche, como te dije, trataba del soador y el soado, o quin suea a quin. 

-Perdone usted -dije. 

Ambos echaron a rer. 

-Anoche -prosigui don Juan- casi, casi escoges despertar en el sitio de poder. 

-Qu quiere usted decir, don Juan? 

-sa habra sido la hazaa. Si no te hubieras entregado a tus hbitos de imbcil, habras tenido poder 
suficiente para inclinar la balanza y, sin duda alguna, eso te habra matado de miedo. Por fortuna o por 
desgracia, como sea el caso, no tuviste poder suficiente. De hecho, malgastaste tu poder en confusiones hasta 
el punto que casi no te qued lo bastante para salvar tu vida. 

"As pues, como puedes entender muy bien, entregarte a tus caprichitos no es slo estpido y un desperdicio 
total, sino que tambin es perjudicial. Un guerrero que se agota no puede vivir. El cuerpo no es cosa 
indestructible. Habras podido enfermarte de gravedad. No sucedi as, simplemente porque Genaro y yo 
desviamos parte de tu imbecilidad." 

El pleno impacto de sus palabras empezaba a hacerse sentir en m. 

#
-Anoche, Genaro te gui por los laberintos del doble -prosigui don Juan-. Slo l es capaz de hacer eso por 
ti. Y no fue visin ni alucinacin cuando te viste tirado en el piso. Podras haberte dado cuenta de ello con 
infinita claridad si no te hubieras perdido en tu vicio de hacerte el niito, y podras haber sabido entonces que t 
mismo eres un sueo, que tu doble te est soando, de la misma manera en que t lo soaste anoche. 

-Pero cmo puede ser eso posible, don Juan? 

-Nadie sabe cmo sucede. Slo sabemos que s sucede. se es nuestro misterio como seres luminosos. 
Anoche tenas dos sueos y pudiste despertar en cualquiera, pero t no tenas ni siquiera suficiente poder para 
entender eso. 

Me miraron fijamente unos momentos. 

-Yo creo que s entiende -dijo don Genaro. 

 

EL SECRETO DE LOS SERES LUMINOSOS 

 

Don Genaro me deleit durante horas con algunas instrucciones absurdas para manejar mi mundo cotidiano. 
Don Juan dijo que yo deba tener mucho cuidado y seriedad con las recomendaciones de don Genaro, pues 
aunque eran chistosas no eran un chiste. 

A eso del medioda, don Genaro se puso en pie y sin decir palabra se meti al matorral. Yo iba tambin a 
levantarme, pero don Juan me retuvo gentilmente y, en tono solemne, anunci que don Genaro iba a hacer otra 
prueba conmigo. 

-Qu se trae? -pregunt-. Qu me va a hacer? 

Don Juan me asegur que no necesitaba preocuparme. 

-Te acercas a una encrucijada -dijo-. Cierta encrucijada a la que todo guerrero llega. 

Tuve la idea de que hablaba de mi muerte. Pareci anticipar mi pregunta y me hizo sea de callar. 

-No vamos a discutir este asunto -dijo-. Basta decir que la encrucijada a la cual me refiero es la explicacin de 
los brujos. Genaro cree que ya ests listo para recibirla. 

-Cundo me la va usted a dar? 

-No s cundo. T eres el que la va a recibir; por lo tanto, depende de ti. T decidirs cundo. 

-Qu tal ahora mismo? 

-Decidir no significa escoger un momento arbitrario -dijo-. Decidir significa que has puesto tu espritu en orden 
impecable, y que has hecho todo lo posible por ser digno del conocimiento y el poder. 

"Pero hoy debes resolverle a Genaro una adivinanza que te va a altar Se nos ha adelantado y nos va a 
esperar por ah en el matorral. Nadie sabe el sitio donde estar, ni la hora especfica de ir a verlo. Si eres capaz 
de determinar la hora correcta para salir de la casa, tambin podrs llegar al sitio donde est." 

Dije a don Juan que no imaginaba a nadie capaz de resolver tal acertijo. 

-Cmo puede el hecho de salir de la casa a fina hora especifica, guiarme a donde est don Genaro? 
-pregunt. 

Don Juan sonri y se puso a tararear una meloda. Pareca disfrutar mi agitacin. 

-se es et problema que Genaro te ha puesto -dijo-. Si tienes bastante poder personal, decidirs con certeza 
absoluta la hora justa para salir de la casa. Cmo te guiar el salir a la hora precisa es algo que nadie sabe. Y 
sin embargo, si tienes poder suficiente, t mismo atestiguars que, es as. 

-Pero cmo voy a ser guiado, don Juan? 

-Nadie sabe eso tampoco. 

-Yo creo que don Genaro me est tomando el pelo. 

-Entonces ten cuidado -dijo-. Si Genaro te toma el pelo, lo ms probable es que te lo arranque. 

Don Juan ri de su propio chiste. No pude secundarlo. Mi temor al peligro inherente en las manipulaciones de 
don Genaro era demasiado real. 

-Puede usted darme alguna pista? -pregunt. 

-No hay pistas! -dijo, cortante. 

-Por qu quiere hacer esto don Genaro? 

-Quiere probarte -repuso-. Digamos que le importa mucho saber si ya ests listo para recibir la explicacin de 
los brujos. Si resuelves la adivinanza, querr decir que has juntado suficiente poder personal y ests listo. Pero 
si lo echas a perder, ser porque no tienes poder suficiente, y en ese caso la explicacin de los brujos no 
tendra sentido para ti. Yo pienso que deberamos darte la explicacin sin cuidarnos de que la entiendas o no; 
sa es mi idea. Genaro es un guerrero ms conservador; quiere las cosas en el orden debido y no ceder 
hasta pensar que ests listo. 

-Por qu usted no me habla por su cuenta de la explicacin de los brujos? 

-Porque Genaro debe ser quien te ayude. 

-Por qu es as, don Juan? 

-Genaro no quiere que te diga por qu -dijo-. Todava no. 

-Me perjudicara conocer la explicacin de los brujos? -pregunt. 

-Yo creo que no. 

-Entonces, don Juan, dgamela, por favor. 

-No le hagas! Genaro tiene ideas precisas sobre este asunto, y debemos observarlas y respetarlas. 

Hizo un gesto imperativo para callarme. 

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Tras una pausa larga y desesperante, aventur una pregunta: 

-Pero cmo puedo resolver esta adivinanza, don Juan? 

-De veras no lo s, por eso no puedo aconsejarte -dijo-. Genaro es muy eficaz. Plane la adivinanza nada 
ms para ti. Puesto que lo est haciendo para beneficiarte, l est entonado slo contigo; por lo tanto, slo t 
puedes escoger la hora justa para salir de la casa. l mismo te llamar y te guiar por me dio de su llamada. 

-Cmo ser su llamada? 

-Eso yo no lo s. Su llamada es para ti, no para m. Te topar directamente en tu voluntad. En otras palabras, 
debes usar tu voluntad para saber cul es su llamada. 

"Genaro siente la necesidad de asegurarse de que el poder personal que has juntado hasta hoy en da es lo 
suficiente para convertir tu voluntad en una unidad que funcione." 

"Voluntad" era otro concepto que don Juan haba delineado con gran cuidado, pero sin aclararlo. Yo haba 
entendido a travs de sus explicaciones que la "voluntad" era una fuerza emanada de la regin umbilical a 
travs de una abertura invisible debajo del ombligo, abertura a la cual llamaba "boquete". Se alegaba que slo 
los brujos cultivaban la "voluntad". Les llegaba envuelta en el misterio y les daba la capacidad de realizar 
prodigios extraordinarios. 

Coment a don Juan que no haba posibilidad de que algo tan vago pudiera ser una unidad funcional en mi 
vida. 

-All es donde te equivocas -dijo-. La voluntad se desarrolla en un guerrero pese a toda la oposicin de la 
razn. 

-No puede acaso don Genaro, siendo brujo, saber, sin ponerme a prueba, si estoy listo o no? -pregunt. 

-Por supuesto que puede -dijo-. Pero ese conocimiento no te ser de valor ni consecuencia alguna, porque 
nada tiene que ver contigo. T, y no Genaro, eres el que est aprendiendo; y por lo tanto, t mismo debes 
reclamar el conocimiento como poder. A Genaro no le interesa un comino saber que l sabe, pero s le interesa 
saber que t sabes. T debes descubrir si tu voluntad trabaja o no. ste es un asunto muy difcil de aclarar. 
Pese a lo que Genaro o yo sepamos de ti, t debes comprobar por ti mismo que ests en la posicin de 
reclamar el conocimiento como poder. En otras palabras, t mismo debes convencerte de que puedes ejercer 
tu voluntad. Si no ests convencido, hoy te convencers. Pero si no puedes llevar a cabo esta tarea, Genaro 
sabr que a pesar de todo lo que l ve en ti, t no ests listo todava. 

Experiment una aprensin abrumadora. 

-Es necesario todo esto? -pregunt. 

-Esto es lo que Genaro pide, y esto es lo que se debe obedecer -dijo en tono firme pero amistoso. 

-Pero qu tiene don Genaro que ver conmigo? 

-Puede que a lo mejor hoy lo sepas -dijo sonriendo. 

Implor a don Juan sacarme de esa situacin intolerable y explicar toda la misteriosa conversacin. Riendo, 
me dio palmadas en el pecho e hizo un chiste sobre un levantador de pesas mexicano que tena enormes 
msculos pectorales pero no poda hacer trabajos fsicos pesados porque tena la espalda dbil. 

-Cuida esos msculos -dijo-. No deben ser nada ms para lucir. 

-Mis msculos no tienen nada que ver con lo que estaba usted diciendo -respond, belicoso. 

-Cmo no -dijo-. El cuerpo tiene que estar perfecto antes de que la voluntad funcione como una unidad. 

Don Juan haba desviado una vez ms la direccin de mis averiguaciones. Me sent inquieto y frustrado. 

Me levant y fui a la cocina a beber agua. Don Juan me sigui y sugiri que practicase el rebuzno que don 
Genaro me haba enseado. Fuimos a un lado de la casa; me sent en una pila de lea y me di a reproducirlo. 
Don Juan hizo algunas correcciones y me dio instrucciones sobre mi respiracin: el resultado fue una relajacin 
fsica completa. 

Regresamos a la ramada y tomamos asiento nuevamente. Le dije que a veces me irritaba conmigo mismo por 
ser tan indefenso. 

-No hay nada malo en sentirse indefenso -dijo-. Todos nosotros nos sentimos as. Acurdate que hemos 
pasado una eternidad como nios indefensos. Como ya te lo he dicho, en estos momentos eres como un nio 
que no puede salirse solo de la cuna, y mucho menos actuar por su cuenta. Genaro te saca de tu cuna, pues 
digamos, levantndote de los sobacos. Un nio quiere actuar y, como no puede, se queja. No hay nada malo 
en eso; pero darse por entero a lamentos y protestas es otro asunto. 

Me exigi conservar la calma; sugiri que le hiciera preguntas un rato, mientras pasaba a un mejor estado 
mental. 

Durante un momento perd el hilo y no supe qu preguntar. 

Don Juan desenroll un petate y me indic sentarme en l. Luego llen de agua un guaje grande y lo puso en 
una red portadora. Pareca prepararse para un viaje. Volvi a sentarse y, con un movimiento de cejas, me inst 
a iniciar el interrogatorio. 

Le ped que me hablara ms de la polilla. 

Me escudri con una larga mirada y chasque la lengua. 

-Eso era un aliado -dijo-. T lo sabes. 

-Pero qu es en realidad un aliado, don Juan? 

-No hay manera de saber lo que es exactamente un aliado, as como no hay tampoco manera de saber lo que 
es exactamente un rbol. 

-Un rbol es un organismo viviente -dije. 

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-Eso no me dice mucho -respondi-. Yo tambin puedo decir que un aliado es una fuerza, una tensin. Eso 
ya te lo he dicho, pero eso no dice mucho sobre un aliado. 

"Igual que en el caso de un rbol, el nico modo de saber lo que es un aliado es experimentndolo. Por aos 
enteros he luchado por prepararte para el interesantsimo encuentro con un aliado. A lo mejor no te has dado ni 
cuenta, pero te demoraste aos preparndote para presentarte con el rbol. Presentarte con el aliado no es 
distinto. Un maestro debe familiarizar a su discpulo poco a poco con el aliado, pedazo por pedazo. En el curso 
de los aos, has guardado una gran cantidad de conocimiento al respecto y ahora eres capaz de armar todo 
ese conocimiento para vivir al aliado del mismo modo en que vives al rbol." 

-No tengo idea de estar haciendo eso, don Juan. 

-Tu razn no se da cuenta, porque para empezar no acepta la posibilidad del aliado. Por fortuna, no es la 
razn lo que arma al aliado. Es el cuerpo. T has percibido al aliado en muchos estados y en muchas 
ocasiones. Cada una de esas percepciones fue guardada en tu cuerpo. La suma de todos esos pedazos es el 
aliado. Yo no conozco otra manera de describirlo. 

Dije no concebir que mi cuerpo actuara por s solo, como una entidad separada de la razn. 

-No hay separacin, pero hemos hecho una -dijo-. Nuestra razn es mezquina y siempre anda luchando al 
cuerpo. Esto, desde luego, es slo un decir, pero el triunfo de un hombre de conocimiento es que ha rejuntado 
a los dos. Como t no eres hombre de conocimiento, tu cuerpo hace ahora cosas que tu razn no puede 
comprender. El aliado es una de esas cosas. No estabas loco, ni tampoco soabas cuando percibiste al aliado 
aquella noche, aqu mismo. 

Le ped que me explicara ms acerca de la pava rosa idea, que l y don Genaro me implantaron, de que el 
aliado era una entidad que me estaba esperando al filo de un pequeo valle encajonado en las montaas del 
norte de Mxico. Me hablan dicho que tarde o temprano yo tena que cumplir esa cita con el aliado y luchar con 
l. 

-esas son maneras de hablar de misterios para los cuales no hay palabras -dijo don Juan-. Genaro y yo 
dijimos que al borde de esa planicie te esperaba el aliado. Eso era cierto, pero no tiene el sentido que t 
quieres darle. El aliado te espera, seguro, pero no al borde de ninguna planicie. Est aqu mismo, o all, o en 
cualquier otro sitio. El aliado te espera, igual que la muerte te espera, en todas partes y en ninguna en 
particular. 

-Por qu me espera el aliado a m? 

-Por la misma razn que la muerte te espera -dijo-, porque naciste. No hay posibilidad de explicar en este 
momento lo que eso significa. Primero debes vivir al aliado. Debes percibirlo en toda su fuerza, y acaso 
entonces la explicacin de los brujos pueda darte luz. Por ahora has tenido poder suficiente para aclarar por lo 
menos un punto: que el aliado es una polilla. 

"Hace unos aos, t y yo fuimos a las montaas y t te encontraste con algo. Yo no tena manera de aclararte 
lo que estaba ocurriendo: viste una sombra extraa volando de un lado a otro frente al fuego. T mismo dijiste 
que pareca una polilla; y aunque ni sabias lo que estabas diciendo, estabas absolutamente en lo cierto: la 
sombra era una polilla. Luego, en otra ocasin, y de nuevo frente a un fuego, algo casi te mata del susto 
despus de que te dormiste frente a una hoguera. Te haba advertido que no te durmieras, pero no me hiciste 
caso; eso te dej a merced del aliado y la polilla te pis la nuca. Por qu sobreviviste ser siempre un misterio 
para m. T lo supiste entonces, y yo tampoco te lo dije, pero va te haba dado por muerto. Esa noche 
anduviste a ciegas. 

"De all en adelante, cada vez que hemos andado en las montaas o en el desierto, aunque no lo hayas 
notado, la polilla siempre nos ha seguido. Si tomamos todo esto en cuenta, podemos decir que para ti el aliado 
es una polilla. Pero no puedo decir que sea realmente una polilla como son todas las polillas que conocemos. 
Llamar polilla al aliado es, nuevamente, slo una manera de decir las cosas, una manera de hacer entender 
esa inmensidad que est all afuera." 

-Para usted tambin es una polilla el aliado? -pregunt. 

-No. La manera que uno entiende al aliado es asunto personal -dijo. 

Mencion que habamos vuelto al punto de partida; no me haba dicho lo que en realidad era un aliado. 

-No hay necesidad de confundirse -dijo-. La confusin es un sentimiento en el que uno se mete, pero tambin 
uno puede salirse de l. En este momento no hay modo de dar aclaraciones. A lo mejor hoy, ms tarde, 
podremos considerar en detalle estos asuntos: depende de ti. O ms bien, depende de tu poder personal. 

Rehus decir una palabra ms. Me preocup mucho con el temor d fallar en la prueba. Don Juan me llev 
atrs de su casa y me hizo sentarme en un petate al borde de una zanja de riego. El agua se mova tan 
despacio que casi pareca estancada. Me orden estarme quieto, cesar mi dilogo interno y mirar el agua. Dijo 
haber descubierto, aos antes, que yo tena cierta afinidad con las masas de agua, un sentimiento de lo ms 
conveniente para las empresas en que me hallaba envuelto. Arg que yo no tena particular aficin a las 
masas acuticas, pero tampoco me disgustaban. Dije que precisamente por eso el agua era benfica para m: 
me es indiferente. En situaciones tensas que requeran esfuerzo mximo, el agua no poda atraparme, pero 
tampoco rechazarme. 

Se sent un poco atrs de m, a mi derecha, y me aconsej dejarme ir sin miedo, porque l estaba all para 
ayudarme si haba necesidad. 

Tuve un momento de temor. Lo mir, esperando otras instrucciones. Tom mi cabeza y la volvi hacia el 
agua, ordenndome proceder. Yo no tena idea de qu deba hacer, de modo que simplemente me relaj. Al 

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mirar el agua, percib los juncos en la otra orilla. Inconscientemente, pos en ellos mis ojos sin enfocar. La 
corriente despaciosa los haca vibrar. El agua tena el color de la tierra del desierto. Las ondulaciones en torno 
a los juncos me parecieron surcos o grietas sobre una superficie lisa. En cierto instante los juncos se 
agigantaron, el agua era una planicie ocre pulida, y luego, en cuestin de segundos, me qued profundamente 
dormido, o acaso entr en un estado perceptual que careca de paralelo. Lo que ms se acercara a describirlo 
sera decir que me dorm y tuve un sueo portentoso. 

Sent que poda seguir en l indefinidamente si as lo deseaba, pero deliberadamente le puse fin entrando en 
un dilogo interno consciente. Abr los ojos. Yaca en el petate. Don Juan estaba a unos metros. Mi sueo 
haba sido de tal magnificencia que empec a contrselo. Me hizo sea de callar. Con una larga vara, seal 
dos sombras que unas ramas secas de matorral proyectaban sobre el suelo. La punta de su vara sigui el 
permetro de una de las sombras -como si la estuviera dibujando; luego salt a la otra e hizo lo mismo con ella. 
Las sombras tenan unos treinta centmetros de largo y unos tres de ancho; distaban entre s doce o quince. El 
movimiento de la vara me hizo desenfocar los ojos y me hall mirando, a lo bizco, cuatro sombras largas; de 
repente las dos de enmedio se juntaron en una y crearon una extraordinaria percepcin de profundidad. Haba 
cierta inexplicable redondez y volumen en la sombra as formada. Era casi un tubo transparente, una barra 
redonda de alguna sustancia desconocida. Saba que tena los ojos cruzados, y sin embargo pareca enfocar 
un solo sitio; la imagen era all clara como el cristal. Pude mover los ojos sin disiparla. 

Continu observando, pero sin bajar la guardia. Experimentaba una curiosa compulsin de soltarme y 
sumergirme en la escena. Algo en lo que observaba pareca jalarme; pero algo dentro de m sali a la su-
perficie e inici un dilogo semiconsciente; casi en el acto tom conciencia de mi entorno en el mundo de la 
vida cotidiana. 

Don Juan me observaba. Pareca intrigado. Le pregunt si pasaba algo. No respondi. Me ayud a sentarme. 
Slo entonces advert que yo haba estado de espaldas, mirando el cielo, y que, don Juan haba estado 
inclinado casi sobre mi rostro. 

Mi primer impulso fue decirle que haba visto las sombras en el piso mientras miraba el cielo, pero me puso la 
mano en la boca. Estuvimos un rato en silencio. Yo no tena pensamientos. Experimentaba una exquisita 
sensacin de paz, y luego, abruptamente, tuve un impulso irrefrenable de pararme e ir al chaparral en busca de 
don Genaro. 

Hice un intento de hablar a don Juan: l sac la barbilla y torci los labios en un mandato mudo de callar. 
Trat de evaluar mi predicamento en forma racional; sin embargo, disfrutaba tanto mi silencio que no quera 
molestarme con consideraciones lgicas. 

Tras una pausa momentnea, sent de nuevo el deseo imperioso de adentrarme en el matorral. Segu una 
vereda. Don Juan iba a la zaga, como si yo fuera el gua. 

Caminamos cosa de una hora. Logr permanecer sin pensamientos. Luego llegamos a un cerro. Don Genaro 
estaba all, sentado cerca de la cima de un faralln. Me salud efusivamente, a gritos, pues se hallaba a unos 
quince metros del suelo. Don Juan me hizo tomar asiento y se sent junto a m. 

Don Genaro explic que yo haba hallado el sitio donde me esperaba porque l me gui con un sonido que 
hizo. Apenas pronunci esas palabras, me di cuenta de que en verdad haba estado oyendo un sonido peculiar 
que cre ser zumbido en mis odos; haba parecido ms bien un asunto interno, una condicin corporal, un 
sentimiento de sonido que por indeterminado escapaba a la evaluacin y la interpretacin conscientes. 

Cre que don Genaro tena un pequeo instrumento en la mano izquierda. Desde el lugar donde me hallaba, 
no lo distingua claramente. Pareca un birimbao; con l produca un sonido suave y extrao que era 
prcticamente indiscernible. Sigui tocndolo un momento, como dndome tiempo para enterarme por 
completo de lo que me haba dicho. Luego me mostr la mano izquierda. Estaba vaca; no tena en ella ningn 
instrumento. Yo haba tenido la impresin de que tocaba algo por la forma en que se llev la mano a la boca; 
de hecho, produca el sonido con los labios y con el borde de la mano izquierda, entre el pulgar y el ndice. 

Me volv hacia don Juan para explicarle que me haban engaado los movimientos de don Genaro. l hizo un 
ademn rpido y me dijo que no hablara y que prestase mucha atencin a lo que don Genaro haca. Me volva 
mirar a don Genaro, pero ya no estaba all. Pens que haba descendido. Esper unos momentos a que 
emergiera entre las matas. La roca donde haba estado era una formacin peculiar, algo as como un gran 
reborde en la cara del faralln. No le quit la vista de encima ms que algunos segundos. Si hubiera ascendido, 
lo habra visto antes de que llegara a la cima del faralln, y si hubiera bajado tambin hubiera sido visible desde 
donde me hallaba. 

Pregunt a don Juan dnde estaba don Genaro. Repuso que segua de pie en el reborde. Hasta donde yo 
poda juzgar, no haba nadie all, pero don Juan insisti una y otra vez en que don Genaro segua en la roca. 

No pareca bromear. Sus ojos eran fijos y fieros. Dijo en tono cortante que mis sentidos no eran la avenida 
correcta para apreciar lo que don Genaro haca. Me orden parar mi dilogo interno. Pugn un momento y 
empec a cerrar los ojos: Don Juan se lanz hacia m y me sacudi por los hombros. Susurr que yo deba 
mantener la vista en el reborde. 

Me senta sooliento y oa las palabras de don Juan como si llegasen de muy lejos. Automticamente mir el 
reborde. Don Genaro estaba all de nuevo. Eso no me interesaba. Not, a media conciencia, que me resultaba 
muy difcil respirar, pero antes de que pudiese pensar algo al respecto, don Genaro salt a tierra. Eso tampoco 
capt mi inters. Se acerc y me ayud a levantarme, sostenindome el brazo; don Juan me asi el otro. Entre 
los dos me levantaron. Luego, slo don Genaro me ayudaba a caminar. Me susurr al odo algo que no 

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entend, y de pronto sent que haba jalado mi cuerpo de alguna manera extraa; me agarr, por as decirlo, de 
la piel del estmago, y me subi al reborde, o quizs a otra roca. Yo podra haber jurado que era el reborde; sin 
embargo, la fugacidad de la imagen me impidi evaluarla en detalle. Luego sent que algo en m desfalleca y 
ca hacia atrs. Tuve una leve sensacin de angustia, o acaso incomodidad fsica. Lo siguiente que supe fue 
que don Juan me hablaba. No le entenda. Concentr mi atencin en sus labios. Tena la sensacin de que 
experimentaba un sueo; yo trataba de romper desde adentro una tela membranosa que me envolva, mientras 
don Juan haca por rasgarla desde afuera. Por fin se revent; las palabras de don Juan se hicieron audibles, y 
su significado ntido. Me ordenaba salir por m mismo a la superficie. Luch desesperadamente por cobrar 
sobriedad; no tuve xito. Me pregunt, en un plano bien consciente, por qu pasaba tantos apuros. Pugn por 
hablar conmigo mismo. 

Don Juan pareca al tanto de mi dificultad. Me inst a un mayor esfuerzo. Algo all afuera me impeda 
establecer mi dilogo interno habitual. Era como si una fuerza extraa me volviera sooliento e indiferente. 

Le opuse resistencia hasta quedarme sin aliento. O a don Juan hablarme. Mi cuerpo se contrajo invo-
luntariamente por la tensin. Me senta trabado en mortal combate con algo que me impeda respirar. No tema; 
antes bien, una furia incontrolable me dominaba. Mi ira llegaba a tal extremo que grua y gritaba como una 
bestia. Luego, una convulsin se apoder de mi cuerpo; recib una sacudida que me par de inmediato. 
Nuevamente pude respirar en forma normal, y entonces me di cuenta de que don Juan haba vaciado un guaje 
de agua en mi estmago y mi cuello, empapndome. 

Me ayud a sentarme. Don Genaro estaba en el reborde. Me llam por mi nombre y salt a tierra. Lo vi 
desplomarse desde una altura de quince metros o algo as, y experiment una sensacin insoportable en torno 
a la regin umbilical; he sentido lo mismo en sueos de cada. 

Don Genaro se acerc y me pregunt, sonriendo, si me haba gustado su salto. Trat sin xito de responder. 
Don Genaro volvi a gritar mi nombre. 

-Carlitos! Fjate! -dijo. 

Agit los brazos a los lados cuatro o cinco veces, como para ganar impulso, y luego desapareci de un salto, 
o eso cre. Tal vez hizo otra cosa para la cual yo careca de descripcin. Estaba a menos de dos metros de 
distancia, y de pronto se desvaneci como chupado por una fuerza incontrolable. 

Me senta ajeno, fatigado. Tena un sentimiento de indiferencia y no quera pensar ni hablar conmigo mismo. 
No senta miedo, sino una tristeza inexplicable. Tena ganas de llorar. Don Juan me dio varios coscorrones y ri 
como si todo lo ocurrido fuera un chiste. Me exigi hablar conmigo mismo porque en esa hora se necesitaba 
desesperadamente el dilogo interno. O que me ordenaba: 

-Habla! Habla! 

Tuve un espasmo involuntario en los msculos labiales. Mi boca se movi sin sonido. Record a don Genaro 
moviendo la boca en forma similar cuando estaba payaseando, y quise haber podido decir, como l: "Mi boca 
no quiere hablar." Trat de pronunciar las palabras y mis labios se contrajeron dolorosamente. Don Juan 
pareca a punto de desmembrarse de risa. Su regocijo era contagioso y re a mi vez. Finalmente, me ayud a 
ponerme en pie. Le pregunt si don Genaro iba a regresar. Dijo que Genaro ya se haba hartado de m por ese 
da. 

-Casi te sale bien -dijo don Juan. 

Estbamos sentados cerca de la estufa de tierra, donde arda un fuego. l haba insistido en que yo comiera. 
Yo no tena hambre ni cansancio. Una melancola inslita me saturaba; me senta distante de todos los eventos 
del da. Don Juan me dio mi cuaderno. Hice un intento supremo por recapturar mi estado habitual. Anot 
algunos comentarios. Poco a poco, entr de nuevo en mis viejos patrones. Fue como si un velo se alzara; de 
pronto me vi de nuevo envuelto en mi actitud familiar de inters y desconcierto. 

-Qu bueno! -dijo don Juan, dndome palmaditas en la cabeza-. Te he dicho que el verdadero arte de un 
guerrero consiste en equilibrar el terror y la maravilla. 

Don Juan estaba de un humor inslito. Se vea casi nervioso, angustiado. Pareca dispuesto a hablar por 
iniciativa propia. Cre que me preparaba para la explicacin de los brujos, y yo mismo me llen de ansiedad. 
Sus ojos tenan un brillo extrao que yo slo haba visto unas cuantas veces antes. Al decirle lo que pensaba 
de su extraa actitud, l respondi que se senta dichoso en mi nombre; que, como guerrero poda regocijarme 
en los triunfos de sus semejantes, si eran triunfos del espritu. Desdichadamente, agreg, yo no me hallaba 
todava listo para la explicacin de los brujos, pese a haber resuelto la adivinanza de don Genaro. Su 
argumento era que, cuando me vaci encima el guaje de agua, yo haba estado al borde de la muerte, y que 
toda mi hazaa se vio cancelada por mi incapacidad de rechazar la ltima embestida de don Genaro. 

-El poder de Genaro era como la marea y as te cubri -dijo. 

-Quera hacerme dao don Genaro? -pregunt. 

-No -repuso-. Genaro quiere ayudarte. Pero al poder slo se lo puede enfrentar con poder. Te estaba 
probando y fallaste. 

-Pero resolv su adivinanza, o no? 

-Lo hiciste muy bien -dijo-. Tan bien que Genaro te crey capaz de una hazaa completa de guerrero. Y eso 
tambin casi te sale. Pero lo que te tir al suelo esta vez no fue tu vicio de hacerte el chamaquito. 

-Qu fue entonces? 

-Eres demasiado impaciente y violento; en vez de dejarte ir y seguir a Genaro te pusiste a pelear con l. No 
puedes ganarle; es ms fuerte que t. 

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A continuacin, don Juan cambi el tema y me ofreci consejo y sugerencias acerca de mis relaciones 
personales con la gente. Sus observaciones eran la contraparte seria de lo que don Genaro me haba dicho 
antes en broma. Estaba locuaz, y sin ruegos por mi parte comenz a explicar lo que haba ocurrido en las dos 
ltimas ocasiones que estuve all. 

-Como sabes -dijo-, la clave de la brujera es el dilogo interno; sa es la llave que abre todo. Cuando un 
guerrero aprende a pararlo, todo se hace posible; se logran los planes ms descabellados. La entrada a todas 
las experiencias extraas y pavorosas que has tenido ltimamente fue el hecho de que pudiste dejar de hablar 
contigo mismo. Has atestiguado, en sobriedad completa, al aliado, al doble de Genaro, al soador y al soado, 
y hoy estuviste a punto de toparte con la totalidad de ti mismo; sa era la hazaa de guerrero que Genaro 
esperaba de ti. Todo esto ha sido posible por la cantidad de poder personal que has juntado. Empez la vez 
pasada que estuviste aqu; yo vislumbr entonces una seal muy propicia. Cuando llegaste, o al aliado 
merodeando; primero o sus pasos y luego vi que la polilla te miraba bajar de tu coche. El aliado estaba inmvil, 
observndote. Eso fue para m la mejor de las seales. Si el aliado se hubiera movido o si se hubiera agitado 
como si tu presencia lo disgustara, como siempre lo ha hecho, el curso de los eventos habra sido distinto. 
Muchas veces he visto al aliado en un estado de enojo contigo, pero esta vez la seal era buena y supe que el 
aliado te aguardaba para darte algn conocimiento. sa fue la razn por la que yo dije que tenas una cita con 
el conocimiento, una cita con una polilla, concertada hace mucho tiempo. Por razones inconcebibles para 
nosotros, el aliado escogi la forma de una polilla para manifestarse ante ti. 

-Pero usted me ha dicho muchas veces que el aliado careca de forma, y que uno slo poda juzgar sus 
efectos -dije. 

-Cierto -dijo l-. Pero el aliado es una polilla para los espectadores relacionados contigo: Genaro y yo. Para ti, 
el aliado es slo un efecto, una sensacin en tu cuerpo, o un sonido, o el polvo dorado del conocimiento. Sigue, 
sin embargo, siendo un hecho que, al escoger la forma de una polilla, el aliado nos dice, a Genaro y a m, algo 
de gran importancia. Las polillas son las portadoras del conocimiento, y las ayudantes y amigas de los brujos. 
Debido a que el aliado escogi ser eso contigo, es que Genaro te da tanta importancia. 

"La noche esa que te encontraste con la polilla, como yo anticipaba, fue para ti una verdadera cita con el 
conocimiento. Aprendiste su llamado, sentiste el polvo de oro de sus alas, pero, sobre todo, esa noche, por 
primera vez, te diste cuenta de que veas y tu cuerpo aprendi que somos seres luminosos. Todava no has 
tasado correctamente ese evento monumental en tu vida. Genaro te demostr, con tremenda fuerza y claridad, 
que somos un sentir; lo que llamamos nuestro cuerpo es un manojo de fibras luminosas que se dan cuenta. 

"Anoche estabas de nuevo bajo el buen amparo del aliado. Vino a mirarte cuando llegaste y as supe que 
debera llamar a Genaro para que te explicara el misterio del soador y el soado. T creste entonces, como 
siempre lo haces, que yo te engaaba, pero Genaro no estaba escondido entre las matas, como pensaste. 
Vino por ti, aunque tu razn se niegue a creerlo." 

Esa parte de las elucidaciones de don Juan fue, en verdad, la ms difcil de aceptar en su valor evidente. Yo 
no poda admitirla. Dije que don Genaro haba sido real y de este mundo. 

-Todo cuanto has atestiguado hasta ahora ha sido real y de este mundo -dijo don Juan-. No hay otro mundo. 
Lo que te hace tropezar es una peculiar insistencia por parte tuya, y esa peculiaridad no se te va a curar con 
explicaciones. De manera que, hoy, Genaro se dirigi directamente a tu cuerpo. Un examen cuidadoso de lo 
que hiciste hoy te revelar que tu cuerpo supo juntar las cosas en una forma digna de alabanza. De algn 
modo, te moderaste y no te diste a tus visiones junto a la zanja. Mantuviste un control muy raro y un dominio de 
ti mismo como debe ser para un guerrero; no creas nada, y sin embargo actuaste con eficacia y pudiste as 
seguir el llamado de Genaro. Lo encontraste sin ms ni ms y sin que yo te ayudara en nada. 

"Cuando llegamos a la roca, estabas llenito de poder y viste a Genaro parado donde otros brujos han estado 
parados, por razones similares. Se acerc a ti despus de que salt al suelo. l era todo poder. De haber 
procedido como antes, junto a la zanja, lo habras visto como es en realidad, un ser luminoso. En vez de eso te 
asustaste, sobre todo cuando Genaro te hizo saltar. Ese salto debera haber bastado para transportarte ms 
all de tus limites. Pero no tuviste fuerza y volviste a caer en el mundo de tu razn. Entonces, claro, te trabaste 
en combate mortal contigo mismo. Algo en ti, tu voluntad, quera ir con Genaro, mientras tu razn se le opona. 
De no ser por mi ayuda, estaras muerto y sepultado en ese sitio de poder. Pero, an con mi ayuda, el 
resultado estuvo en duda por un momento." 

Quedamos callados algunos minutos. Esper que l hablara. Por fin pregunt: 

-Me hizo don Genaro saltar hasta la cima de la roca? 

-No tomes ese salto en el sentido en que entiendes un salto -dijo-. Una vez ms, sta es slo una manera de 
decir las cosas. Mientras pienses que eres un cuerpo slido, no podrs concebir de qu cosa hablo. 

Derram entonces cenizas en el piso, junto a la linterna, cubriendo una zona cuadrangular de medio metro 
por fiado, y traz con los dedos un diagrama que tena ocho puntos interconectados por medio de lneas. Era 
una figura geomtrica. 

Haba dibujado una semejante aos atrs, al tratar de explicarme que no era ilusin el observar la misma hoja 
cayendo cuatro veces del mismo rbol. 

El diagrama en las cenizas tena dos epicentros; don Juan llam a uno "la razn", y al otro "la voluntad". 
"Razn se conectaba directamente con un punto que l llam "el habla". A travs de "el habla", "la razn" se 
relacionaba indirectamente con otros tres puntos, "el sentir", "el soar" y "el ver". El otro epicentro, "la 

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voluntad", se conectaba directamente con "el sentir" "el soar" y "el ver", pero slo en forma indirecta con "la 
razn" y "el habla". 

Coment que el diagrama era distinto del que copi aos antes. 

-La forma de afuera no tiene importancia -dijo-. Estos puntos representan a un ser humano y puedes 
dibujarlos como se te d la gana. 

-Representan el cuerpo de un ser humano? -pregunt. 

-No lo llames el cuerpo -dijo-. sos son ocho puntos en las fibras de un ser luminoso. Un brujo dice, como 
puedes ver en este dibujo, que el ser humano es, primero que nada, voluntad, porque la voluntad se relaciona 
con tres puntos: el sentir, el soar y el ver: despus, el ser humano es razn. Este es propiamente un centro 
ms pequeo que la voluntad; slo est conectado con el habla. 

-Qu son los otros dos puntos, don Juan? 

Se me qued mirando y sonri. 

-Ahora eres ya mucho ms fuerte que la primera vez que hablamos de este diagrama -dijo-. Pero todava no 
eres lo bastante fuerte para conocer todos los ocho puntos. Genaro te hablar algn da de los otros dos. 

-Tiene todo el mundo esos ocho puntos, o slo los brujos? 

-Podramos decir que cada uno de nosotros trae al mundo ocho puntos. Dos de ellos, la razn y el habla, los 
conocen todos. El sentir es siempre vago, pero de algn modo familiar. Pero slo en el mundo de los brujos 
llega uno a conocer por completo el soar, el ver y la voluntad. Y finalmente, en el ltimo borde de ese mundo, 
encuentra uno los otros dos. Los ocho puntos componen la totalidad de uno mismo. 

Me mostr sobre el diagrama que, en esencia, todos los puntos podan conectarse indirectamente. 

Volv a preguntar acerca de los dos misteriosos puntos restantes. Me ense que solo estaban conectados a 
"la voluntad": se hallaban aparte de "el sentir", "el soar" y "el ver", y mucho ms lejos de "el habla" y "la razn. 
Seal con el dedo cmo estaban aislados de los dems, y el uno del otro. 

-Estos dos puntos jams se someten al habla ni a la razn -dijo-. Slo la voluntad puede con ellos. La razn 
est tan lejos de ellos que es completamente intil tratar de figurrselos. sta es una de las cosas ms difciles 
de aceptar; despus de todo, el fuerte de la razn es razonarlo todo. 

Pregunt si los ocho puntos correspondan a zonas, o a ciertos rganos, del ser humano. 

-Pues s -repuso con sequedad y borr el diagrama. 

Me toc la cabeza y dijo que se era el centro de "la razn y "el habla". La punta de mi esternn era l centro 
de "el sentir". La zona debajo del ombligo era "la voluntad". "El soar" estaba en el lado derecho, contra las 
costillas. "El ver" en el izquierdo. Dijo que a veces, en algunos guerreros, "el ver" y "el sonar" estaban del lado 
derecho. 

-Dnde estn los otros dos puntos? -pregunt. 

Me dio una respuesta sumamente obscena y lanz la carcajada. 

-Qu vivo eres -dijo-. Crees que soy un viejo cabrn que anda medio dormido, verdad? 

Le expliqu que mis preguntas creaban su propio impulso. 

-No andes tan de prisa -dijo-. Ya lo sabrs a su debido tiempo, y despus que lo sepas estars por tu cuenta, 
t solo. 

-Quiere usted decir que ya no volver a verlo, don Juan? 

-Nunca jams -dijo-. Genaro y yo seremos entonces lo que siempre hemos sido, polvo en el camino. 

Sent una sacudida en la boca del estmago. 

-Qu dice usted, don Juan? 

-Digo que todos somos seres sin principio ni fin, luminosos y sin lmites. T, Genaro y yo estamos pegados, 
unidos por un propsito que no es decisin nuestra. 

-De qu propsito habla usted? 

-El de aprender el camino del guerrero. No puedes salirte de l, pero nosotros tampoco. Mientras nuestra 
misin est pendiente, nos encontrars a m o a Genaro, pero una vez cumplida, volars libremente y nadie 
sabe a dnde te llevar la fuerza de tu vida. 

-Que hace en esto don Genaro? 

-Ese tema no est an en tu esfera -dijo-. Hoy debo clavar el clavo que Genaro puso, el hecho, de que somos 
seres luminosos. Somos perceptores. Nos damos cuenta; no somos objetos; no tenemos solidez. No tenemos 
lmites. El mundo de los objetos y la solidez es una manera de hacer nuestro paso por la tierra ms 
conveniente. Es slo una descripcin creada para ayudarnos. Nosotros, o mejor dicho nuestra razn, olvida 
que la descripcin es solamente una descripcin y as atrapamos la totalidad de nosotros mismos en un crculo 
vicioso del que rara vez salimos en vida. 

"En este momento, por ejemplo, ests enredado en liberarte de los ganchos de la razn. Para ti es una cosa 
absurda que ni siquiera se puede imaginar el que Genaro apareciera as noms al borde del matorral, y sin 
embargo no puedes negar que t mismo lo atestiguaste. T percibiste que as fue." 

Dos Juan chasque la lengua. Dibuj cuidadosamente otro diagrama en las cenizas y lo cubri con su 
sombrero sin darme tiempo a copiarlo. 

-Somos perceptores -prosigui-. Pero el mundo que percibimos es una ilusin. Fue creado por una 
descripcin que nos dijeron desde el momento en que nacimos. 

#
"Nosotros, los seres luminosos, nacemos con dos anillos de poder, pero slo usamos uno para crear el 
mundo. Ese anillo, que se engancha al muy poco tiempo que nacemos, es la razn, y su compaera es el 
habla. Entre las dos urden y mantienen el mundo. 

"As pues, en esencia, el mundo que tu razn quiere sostener es el mundo creado por una descripcin y sus 
reglas dogmticas e inviolables, que la razn aprende a aceptar y defender, 

"El secreto de los seres luminosos es que tienen otro anillo de poder que nunca se usa, la voluntad. El truco 
del brujo es el mismo truco del hombre comn. Ambos tienen una descripcin: uno, el hombre comn, la 
sostiene con su razn; el otro, el brujo, la sostiene con su voluntad. Ambas descripciones tienen sus regias y 
las reglas se perciben, pero la ventaja del brujo es que la voluntad abarca ms que la razn. 

"Lo que quiero sugerirte a estas alturas es que, de ahora en adelante, te esfuerces por percibir si lo que 
sostiene la descripcin es tu razn o tu voluntad. Yo siento, por cierto, que esa es la nica manera de usar tu 
mundo diario como un desafo y como un vehculo para acumular suficiente poder personal, a fin de llegar a la 
totalidad de ti mismo. 

"A lo mejor la prxima vez que vengas tendrs lo bastante. De todos modos, espera hasta que sientas, como 
sentiste hoy junto a la zanja, que una voz interna te dice que lo hagas. Si vienes con cualquier otro espritu, 
ser una prdida de tiempo y un peligro para ti." 

Observ que, de esperar aquella voz interna, nunca volvera a verlos. 

-Vieras lo bien que puede uno actuar cuando tiene la espalda contra el paredn -dijo. 

Se puso en pie y recogi un atado de lea. Puso algunas varas secas en la estufa de tierra. Las llamas 
lanzaban un resplandor amarillento sobre el piso. Apag la linterna y se acuclill frente a su sombrero, que 
cubra el dibujo en las cenizas. 

Me orden estar en calma, cesar mi dilogo interno, y mantener los ojos en el sombrero. Me esforc unos 
momentos y luego tuve la sensacin de flotar, de caer desde un acantilado. Era como si nada me soportase, 
como si no me hallara sentado ni tuviese cuerpo. 

Don Juan levant el sombrero. Debajo haba espirales de ceniza. Las observ sin pensar. Sent moverse las 
espirales. Las sent en el estmago. Las cenizas parecieron apilarse. Luego, algo las agit y esponj, y de 
pronto don Genaro estaba sentado frente a m. 

La imagen me forz instantneamente a reanudar el dilogo interno. Pens que me haba dormido. Empec a 
respirar en boqueadas cortas y quise abrir los ojos, pero estaban abiertos. 

O a don Juan decirme que me parara y me moviera. Me levant de un salto y corr a la ramada. Don Juan y 
don Genaro me siguieron. Don Juan trajo la linterna. Yo no poda recuperar el aliento. Trat de calmarme como 
antes, trotando sin avanzar mientras miraba al oeste. Alc los brazos y comenc a respirar. Don Juan vino a mi 
lado y dijo que esos movimientos slo se hacan en el crepsculo. 

Don Genaro grit que para m era el crepsculo y ambos soltaron la risa. Don Genaro corri al borde del 
matorral y luego regres de un rebote a la ramada, como si una liga gigantesca lo hubiera hecho volver. Repiti 
los mismos movimientos tres o cuatro veces, y luego se me acerc. Don Juan me miraba con fijeza, riendo 
risitas de nio. 

Cruzaron una mirada furtiva. Don Juan dijo a don Genaro, en voz alta, que mi razn era peligrosa, y que 
poda matarme si no le daban la razn. 

-Por Dios santo! -exclam don Genaro con voz rugiente-. Dale la razn a su razn! 

Dieron de saltos riendo, como dos nios. 

Don Juan me hizo sentar bajo la linterna y me dio mi cuaderno. 

-Hoy si que te estbamos tomando el pelo -dijo en tono conciliador-. No tengas miedo. Genaro estaba 
escondido ah debajo de mi sombrero. 

 

SEGUNDA PARTE 

EL TONAL Y EL NAGUAL 

 

TENER QUE CREER 

 

Camin hacia el centro sobre el Paseo de la Reforma. Estaba cansado; sin duda, la altitud de la ciudad de 
Mxico tena algo que ver en ello. Podra haber tomado un autobs o un taxi pero, no obstante mi fatiga, 
deseaba caminar. Transcurra una tarde de domingo. Aunque el trnsito era mnimo, los escapes de los 
autobuses y camiones con motores de diesel daban a las estrechas calles del centro el aspecto de caadas de 
smog. 

Llegu al Zcalo y not que la Catedral pareca haber aumentado su inclinacin desde la ltima vez que la vi. 
Me adentr unas cuantos metros en los enormes recintos. Una idea cnica atraves mi mente. 

Despus me dirig al mercado de la Lagunilla. Careca de propsito definido. Camin al azar, pero a buen 
paso, sin mirar nada en particular. Fui a dar a los puestos de monedas antiguas y libros de segunda mano. 

-Vaya, vaya! Miren quin est aqu! -dijo alguien, tocando levemente mi hombro. 

La voz y el contacto me hicieron saltar. Rpidamente gir hacia la derecha. La sorpresa me hizo abrir la boca. 
La persona que me hablaba era don Juan. 

-Don Juan! -exclam, y un escalofro sacudi mi cuerpo de la cabeza a los pies-. Qu hace usted aqu? 

#
-T qu haces aqu? -replic como un eco. 

Le dije que me haba detenido unos das en la ciudad antes de adentrarme a buscarlo en las montaas de 
Mxico central. 

-Bueno, digamos entonces que yo baj de las montaas para encontrarte -dijo, sonriente. 

Me palme el hombro repetidas veces. Pareca contento de verme. Puso las manos en las caderas, infl el 
pecho y pregunt si me agradaba su apariencia. Slo entonces advert que don Juan vesta de traje. El impacto 
de tal incongruencia me golpe de lleno. Qued atnito. 

-Te gusta mi tacuche? -pregunt, regocijado-. Hoy ando de traje -aadi como si tuviera que explicar, y 
luego, sealando mi boca abierta-: Cirrala! Cirrala! 

Re, distrado. l not mi confusin. Sacudindose de risa, dio la vuelta para que yo pudiera verlo desde 
todos los ngulos. Su atuendo era increble. Vesta un traje caf claro con rayas delgadas, zapatos caf, 
camisa blanca. Y corbata! Y eso me hizo preguntarme: llevara calcetines, o se habra puesto los zapatos "a 
raz"? 

A mi desconcierto se sumaba la sensacin enloquecedora de que, cuando don Juan me toc el hombro y 
volv la cara, lo vi con su pantaln y su camisa de caqui, con sus huaraches y su sombrero de paja, y luego, 
cuando llam mi atencin sobre su atuendo y lo enfoqu en detalle, la unidad completa de su atavo se fij, 
como si yo la creara con mi pensamiento. La boca pareca ser la parte de mi cuerpo ms afectada por el 
asombro. Se abra involuntariamente. Don Juan me toc levemente la barbilla, como ayudndome a cerrarla. 

-De veras te est creciendo la papada -dijo, y ri en explosiones cortas. 

Tom nota, entonces, de que no llevaba sombrero; su cabello blanco y corto estaba peinado de raya. Se vela 
como un viejo caballero mexicano, un habitante urbano impecablemente vestido. 

Le dije que Hallarlo all me tena tan estremecido que necesitaba sentarme. Se mostr muy comprensivo y 
sugiri ir a un parque cercano. 

Anduvimos unas calles en completo silencio y llegamos a la Plaza Garibaldi, un sitio donde los mariachis 
ofrecen sus servicios: especie de centro de empleo para msicos. 

Don Juan y yo nos mezclamos con veintenas de espectadores y turistas y circunvalamos el parque. Tras un 
rato se detuvo, se reclin en una pared y alz levemente sus pantalones, en las rodillas; llevaba calcetines caf 
claro. Le ped decirme el significado de su misteriosa atavo. Su vaga rplica fue que, sencillamente, deba 
andar de traje -ese da por razones que se me aclararan despus. 

El hallar trajeado a don Juan haba sido tan extrao que mi agitacin resultaba casi incontrolable. Yo llevaba 
varios meses sin verlo y ms que nada en el mundo quera hablar con l, pero de algn modo la escena no 
encajaba y mi atencin se perda en vericuetos. Notando, sin duda, mi ansiedad, don Juan sugiri que 
furamos a la Alameda, un parque ms calmado, a algunas cuadras de distancia. 

No haba demasiada gente en el parque, ni tuvimos dificultad para hallar una banca vaca. Tomamos asiento. 
Mi nerviosismo haba cedido el paso a un sentimiento de incomodidad. No me atreva a mirar a don Juan. 

Hubo una larga pausa enervante; an sin verlo, dije que finalmente la voz interna me haba lanzado en busca 
suya, que los tremendos sucesos presenciados en su casa haban afectado muy hondamente mi vida, y que 
me era necesario hablar de ellos. 

Hizo un ademn de impaciencia y dijo que su poltica era no ocuparse nunca de sucesos pasados. 

-Lo importante es que has seguido mi consejo -dijo-. Has tomado tu mundo cotidiano como un desafo, y la 
prueba de que has reunido suficiente poder personal es el hecho indiscutible de que me has encontrado sin 
ninguna dificultad, en el sitio exacto en que debas. 

-Dudo mucho poder aceptar crdito por eso -dije. 

-Yo te estaba esperando y llegaste -dijo-. Eso es lo nico que s; eso es lo nico que a cualquier guerrero le 
importara saber. 

-Qu va a pasar ahora que lo he encontrado? -pregunt. 

-Por principio de cuentas -dijo-, no vamos a discutir los dilemas de tu razn; esas experiencias pertenecen a 
otro tiempo y a otro nimo. Son, hablando con propiedad, meros escalones de una escalera sin fin; darles 
importancia significara quitrsela a lo que est ocurriendo ahora. Un guerrero no puede de ningn modo 
permitirse eso. 

Tuve un deseo casi invencible de quejarme. No era que resintiese nada que me hubiera ocurrido, pero 
anhelaba solaz y simpata. Don Juan pareca estar al tanto de mi estado y habl como si yo hubiese dado voz a 
mis pensamientos. 

-Slo como guerrero puede uno soportar el camino del conocimiento -dijo-. Un guerrero no puede quejarse ni 
lamentar nada. Su vida es un desafo interminable, y no hay modo de que los desafos sean buenos o malos. 
Los desafos son simplemente desafos. 

Su tono era seco y severo; su sonrisa, clida y apaciguadora. 

-Ahora que ests aqu, lo que haremos ser esperar una seal -dijo. 

-Qu clase de seal? -pregunt. 

-Necesitamos averiguar si tu poder puede valerse por s solo -dijo-. La ltima vez se apag en forma 
miserable; esta vez las circunstancias de tu vida personal parecen haberte dado, al menos en la superficie, 
todo lo necesario para tratar con la explicacin de los brujos. 

-Hay alguna probabilidad de que usted me hable de ella? -pregunt. 

#
-Depende de tu poder personal -dijo-. Como pasa siempre en el hacer y el no-hacer de los guerreros, el poder 
personal es lo nico que importa. Hasta ahora, yo dira que vas muy bien. 

Tras un momento de silencio, como si quisiera cambiar de tema, se puso en pie y seal su traje. 

-Me puse mi traje para ti -dijo en tono misterioso-. Este traje es mi desafo. Mira qu bien me queda! Qu 
fcil! Eh? Como si no fuera nada 

En verdad, don Juan se vea extraordinariamente bien de traje. Todo lo que se me ocurra como rasero de 
comparacin era el aspecto que mi abuelo sola tener en su pesado traje de franela inglesa. Siempre me daba 
la impresin de que se senta desnaturalizado, fuera de lugar en un traje. Don Juan, al contrario, estaba a sus 
anchas. 

-Piensas que es fcil para m verme natural de traje? -pregunt don Juan. 

No supe qu decir. Sin embargo, conclu para mis adentros que, a juzgar por su apariencia y su porte, era 
para l lo ms fcil del mundo. 

-Andar de traje es un desafo para m -dijo-. Un desafo tan difcil como andar de huaraches y poncho sera 
para ti. Pero t nunca has tenido la necesidad de tomar eso como desafo. Mi caso es diferente; soy indio. 

Nos miramos. Alz las cejas en muda interrogacin, como pidindome comentarios. 

-La diferencia bsica entre un hombre comn y un guerrero es que un guerrero toma todo como un desafo 
-prosigui-, mientras un hombre ordinario toma todo como bendicin o maldicin. El hecho de que ests hoy 
aqu indica que has inclinado la balanza en favor del camino del guerrero. 

Su mirada fija me pona nervioso. Trat de levantarme y caminar, pero me hizo volver a mi sitio. 

-Vas a estarte aqu sentado y tranquilo hasta que acabemos -dijo, imperioso-. Estamos esperando una seal; 
no podemos proceder sin ella, porque no basta que me hayas encontrado, como no bast que encontraras a 
Genaro aquel da en el desierto. Tu poder debe acorralarse y dar una indicacin. 

-No puedo figurarme lo que usted quiere -dije. 

-Vi algo rondando por este parque -dijo. 

-Era el aliado? -pregunt. 

-No. No lo era. Conque debemos sentamos aqu y averiguar qu clase de seal est acorralando tu poder. 

Luego me pidi razn detallada de cmo haba yo llevado a cabo las recomendaciones que don Genaro y l 
mismo hicieron acerca de mi mundo cotidiano y mis relaciones con la gente. Me sent un poco apenado. Don 
Juan me tranquiliz con el argumento de que mis asuntos personales no eran privados, pues incluan una tarea 
de brujera que l y don Genaro estaban cultivando en m. Observ, en broma, que mi vida se haba arruinado 
a causa de esa tarea, e hice recuento de las dificultades para mantener mi mundo de da con da. 

Habl largo rato. Don Juan ri de mi relato hasta derramar lgrimas en abundancia. Se palmeaba repetidas 
veces los muslos; ese gesto, que yo le haba visto cientos de veces, estaba definitivamente fuera de lugar 
cuando se hacia sobre los pantalones de un traje. Me llen de una aprensin que me vi compelido a expresar. 

-Su traje me asusta ms que todo lo que usted me ha hecho -dije. 

-Ya te acostumbrars -repuso-. Un guerrero debe ser fluido y debe variar en armona con el mundo que lo 
rodea, ya sea el mundo de la razn o el mundo de la voluntad. 

"El aspecto ms peligroso de esa variacin surge cada vez que el guerrero descubre que el mundo no es ni lo 
uno ni lo otro. A m me dijeron que el nico modo de salir a flote en medio de esas variaciones era proseguir 
con nuestras acciones como si uno creyera. En otras palabras, el secreto de un guerrero es que l cree sin 
creer. Pero, por lo visto, un guerrero no puede nada ms decir que cree y dejar all las cosas. Eso sera 
demasiado fcil. Creer no ms que por creer lo librara de examinar su situacin. Cuan do un guerrero tiene por 
fuerza que creer, lo hace porque as lo escoge, como expresin de su predileccin ms ntima.. Un guerrero no 
cree; un guerrero tiene que creer." 

Se me qued mirando unos segundos mientras yo escriba en mi cuaderno. Permanec callado. No poda 
decir que comprenda la diferencia, pero tampoco quera discutir ni hacer preguntas. Quise pensar en lo que 
don Juan haba dicho, pero mi mente se dispers al mirar en torno. En la calle, a nuestras espaldas, haba una 
larga fila de automviles y autobuses, tocando sus bocinas. En el extremo del parque, a unos veinte metros de 
distancia, directamente en la lnea de la banca donde estbamos sentados, un grupo de unas siete personas, 
incluyendo tres policas de uniforme gris claro, estaba congregado junto a un hombre que yaca inmvil en el 
pasto. Pareca estar borracho, o acaso seriamente enfermo. 

Mir a don Juan. Tambin l haba estado observando al hombre. 

Le dije que, por algn motivo, me resultaba imposible esclarecer por m mismo lo que acababa de decirme. 

-Ya no quiero hacer preguntas -dije-. Pero sino le pido explicaciones, me quedo sin entender. No hacer 
preguntas es muy anormal para m. 

-Por favor, s normal, con toda confianza -repuso con seriedad fingida. 

Dije no comprender la diferencia entre creer y tener que creer. Para m, ambas cosas eran la misma. 

Discernir entre las dos formulaciones era bizantinismo. 

-Recuerdas la historia que una vez me contaste de tu amiga y los gatos? -pregunt don Juan con tono 
casual. 

Alz lo ojos al cielo y se reclin en la banca, estirando las piernas. Uni las manos detrs de la cabeza y 
contrajo los msculos de todo el cuerpo. Como siempre ocurre, sus huesos produjeron un fuerte crujido. 

#
Se refera a la historia de una amiga ma que hall dos gatitos, casi muertos, dentro de una secadora de 
lavandera automtica. Los revivi y, con excelente nutricin y cuidado, hizo de ellos dos gatos gigantescos, 
uno negro y otro rojizo. 

Dos aos despus, vendi su casa. Como no poda llevar a los gatos consigo, ni les encontraba otro hogar, 
slo le qued llevarlos a un hospital de animales para que dispusieran de ellos. 

Yo la acompa. Los gatos nunca haban estado en un coche; ella trataba de calmarlos. La araaron y la 
mordieron, sobre todo el gato rojizo, al que llamaba Max. Cuando finalmente llegamos al hospital, ella se llev 
primero al gato negro; con l entre los brazos, y sin pronunciar palabra, baj del coche. El gato jugaba con ella: 
la tocaba suavemente con la pata mientras ella abra, empujndola, la puerta de cristal de la clnica. 

Mir a Max; estaba sentado en la parte trasera. El movimiento de mi cabeza debe haberlo asustado, pues se 
escurri bajo el asiento del conductor. Deslic el asiento hacia atrs. No quera meter la mano debajo por 
miedo de que el gato me mordiera o rasguara. Max yaca en una concavidad en el piso del coche. Pareca 
muy agitado; su aliento se aceleraba. Me mir; nuestros ojos se encontraron y una sensacin avasalladora me 
posey. Algo se hizo cargo de mi cuerpo: una forma de aprensin, desesperanza, o acaso vergenza por ser 
parte de lo que ocurra. 

Sent la necesidad de explicar a Max que la decisin era de mi amiga, y que yo slo la ayudaba. El gato 
segua mirndome, como si entendiera mis palabras. 

Mir por ver si ella vena. La vi a travs de la puerta de cristal. Hablaba con la recepcionista. Mi cuerpo sinti 
una extraa sacudida, y automticamente abr la puerta del coche. 

-Corre, Max, corre! -dije al gato. 

Baj de un salto; cruz velozmente la calle con el cuerpo cerca de tierra, como un verdadero felino. El otro 
lado de la calle estaba vaco; no haba coches estacionados y pude ver a Max correr a lo largo de la cloaca. 
Lleg a la esquina de un gran bulevar y descendi por la compuerta de desage. 

Mi amiga regres. Le dije que Max se haba ido. Ella subi al auto y nos fuimos sin decir palabra. 

A lo largo de los meses, el incidente se convirti en un smbolo para m. Imagin, o acaso vi, un raro destello 
en los ojos de Max cuando me mir al saltar del coche. Y cre que por un instante ese animal domstico, 
castrado, gordo e intil, se hizo gato. 

Expres a don Juan mi conviccin de que, cuando Max corra calle abajo y se sumerga en el drenaje, su 
"espritu de gato" era impecable, y quizs en, ningn otro momento de su vida fue tan evidente su "gatunidad". 
El incidente me dej una impresin imborrable. 

Cont la historia a todos mis amigos; tras repetirla una y otra vez, mi identificacin con el gato lleg a ser muy 
placentera. 

Me pensaba yo mismo como Max: dejado, domesticado en muchos sentidos, pero no poda pasar por alto, sin 
embargo, que siempre haba la posibilidad de un momento en que el espritu del hombre se posesionara de 
todo mi ser, igual que el espritu "gatuno" llen el cuerpo hinchado e intil de Max. 

A don Juan le haba gustado la historia; hizo algunos comentarios casuales acerca de ella. Dijo que no era 
tan difcil dejar que el espritu del hombre fluyera a tomar las riendas; sostener el paso, sin embargo, era algo 
que slo un guerrero poda hacer. 

-Qu pasa con la historia de los gatos? -pregunt. -Me dijiste que crees estar corriendo el riesgo, como Max 
-dijo l. 

-As creo. 

-Lo que he estado queriendo decirte es que, como guerrero, no puedes nada ms creer eso y dejar las cosas 
as. Con Max, tener que creer significa que aceptas el hecho de que su fuga pudo ser un arranque intil. A lo 
mejor se meti por el desage y se muri en el acto. A lo mejor se ahog, o se muri de hambre, o se lo 
comieron las ratas. Un guerrero toma en consideracin todas esas posibilidades y luego elige creer de acuerdo 
con su predileccin intima. 

"Como guerrero, tienes que creer que a Max le sali todo bien; que no slo escap, sino que mantuvo su 
poder. Tienes que creerlo. Digamos que sin esa creencia no tienes nada." 

La diferencia se hizo muy clara. Pens que yo, en realidad, haba elegido creer en la supervivencia de Max, 
sabiendo que tena en su contra toda una vida regalada y llena de engreimientos. 

-Creer es lo de menos -sigui don Juan-. Tener que creer es otra cosa. En este caso, por ejemplo, el poder te 
dio una leccin esplndida, pero elegiste usarla slo en parte. Sin embargo, si tienes que creer, debes usar 
todo el suceso. 

-Ya me voy dando cuenta a qu se refiere usted -dije. 

Mi mente se hallaba en un estado de lucidez, y pareca aprehender los conceptos sin el menor esfuerzo. 

-Temo que todava no entiendes -dijo don Juan, casi en un susurro. 

Me mir con fijeza. Sostuve su mirada un momento. 

-Y el otro gato? -pregunt. 

-Uh? El otro gato? -repet involuntariamente. 

Lo haba olvidado. Mi smbolo haba girado en torno a Max. El otro gato no tena importancia para m. 

-Por supuesto que la tiene! -exclam don Juan cuando di voz a mis pensamientos-. Tener que creer significa 
que tambin tienes que tomar en cuenta al otro gato. Al que jugaba y lama las manos que lo llevaban a su fin. 
Ese fue el gato que march confiado hacia su muerte, repleto de sus juicios de gato. 

#
"T piensas que eres como Max; por eso te olvidas del otro gato. Ni siquiera sabes su nombre. Tener que 
creer significa que debes tomar todo en consideracin, y antes de decidir que eres como Max debes considerar 
que a lo mejor eres como el otro gato; en vez de luchar por tu vida y correr el riesgo, a lo mejor te vas feliz a tu 
muerte, repleto de tus juicios." 

Haba en sus palabras una tristeza inquietante, o acaso, la tristeza era ma. Permanecimos largo rato en 
silencio. Jams se me haba ocurrido que yo poda ser como el otro gato. La idea me conturbaba grandemente. 

Una leve conmocin y el sonido de voces apagadas me sacaron bruscamente de mis deliberaciones. Unos 
policas dispersaban a la gente reunida en torno al hombre tirado en el pasto. Alguien haba colocado, bajo la 
cabeza del yacente, un saco enrollado a manera de almohada. El hombre yaca paralelo a la calle. Miraba al 
este. Desde mi sitio, casi poda saber que tena los ojos abiertos. 

Don Juan suspir. 

-Qu tarde ms esplndida -dijo, mirando el cielo. 

-No me gusta la ciudad de Mxico -dije. 

-Por qu? 

-Odio el smog. 

Mene rtmicamente la cabeza, como asintiendo a mis palabras. 

-Preferira estar con usted en el desierto, o en las montaas -dije. 

-Si yo fuera t, nunca dira eso -replic. -No quise decir nada malo, don Juan. 

-Eso ya lo sabemos. Pero eso no es lo que importa. Un guerrero, o cualquier hombre si a sas vamos, no 
puede de ningn modo lamentarse por no estar en otra parte; un guerrero porque vive del desafo, un hombre 
comn porque no sabe dnde lo va a encontrar su muerte. 

"Mira a ese hombre ah al lado, tirado en el pasto: Qu crees que le pasa?" 

-Est borracho o enfermo -dije. 

-Se est muriendo! -dijo don Juan con definitiva conviccin-. Cuando nos sentamos aqu, vislumbr a su 
muerte hacindole la rueda. Por eso te dije que no te levantaras; llueva o truene, no puedes pararte de esta 
banca hasta el final. sta es la indicacin que esperbamos. Atardece. En estos momentos, el sol se va a 
poner. Es tu hora de poder. Mira! La escena con ese hombre es slo para nosotros. 

Seal que, desde donde nos hallbamos, tenamos campo abierto para ver al hombre. Un grupo de curiosos 
formaba semicrculo a su otro costado, frente a nosotros. 

La presencia del hombre tirado en la grama me inquietaba cada vez ms. Era delgado y moreno, todava 
joven. Su cabello negro era corto y rizado. Tena la camisa desabotonada y el pecho al descubierto. Llevaba un 
suter anaranjado, de punto, con hoyos en los codos, y astrosos pantalones grises. Sus zapatos, de algn 
color borrado, indefinible, estaban desatados. Se veta rgido. Yo no poda decir si respiraba o no. Me pregunt 
si estaba muriendo, como deca don Juan. O quiz don Juan usaba simplemente el evento para recalcar 
algo? Mis anteriores experiencias con l me daban la certeza de que, en alguna forma, estaba haciendo todo 
encajar en algn misterioso plan propio. 

Tras un largo silencio me volv hacia l. Tena los ojos cerrados. Empez a hablar sin abrirlos. 

-Ese hombre est a punto de morir -dijo-. Pero t no lo crees, verdad? 

Abri los ojos y me mir un segundo. La mirada, de tan penetrante, me aturdi. 

-No, no lo creo -dije. 

Senta en realidad que todo el asunto era demasiado sencillo. Vinimos a sentarnos en el parque y all mismo, 
como si todo fuera una representacin teatral, haba un moribundo. 

"El mundo se ajusta a s mismo -dijo don Juan despus de escuchar mis dudas-. Esto no es una farsa. Esto 
es un augurio, un acto de poder. 

"El mundo sostenido por razn hace de todo esto un asunto que podemos observar por un momento en 
camino hacia otras cosas ms importantes. Todo lo que podemos decir de esto es que un hombre est tirado 
en el pasto, en el parque, a lo mejor borracho. 

"El mundo sostenido por voluntad lo hace un acto de poder, un acto que podemos ver. Podemos ver que la 
muerte est girando velozmente sobre el hombre, que le hunde las garras ms y ms en sus fibras luminosas. 
Podemos ver que las cuerdas luminosas pierden tensin y se desvanecen una a una. 

"sas son las dos posibilidades que se abren a nosotros, los seres luminosos. T andas por ah en el medio; 
todava quieres tenerlo todo bajo la firma de la razn. Y sin embargo, cmo puedes descartar el hecho de que 
tu poder personal te trajo esta seal? Vinimos a este parque, despus de que me encontraste donde yo te 
esperaba -me encontraste as de sopetn, sin pensar, ni planear, ni usar deliberadamente tu razn-, y despus 
de que nos sentamos aqu a esperar una seal, nos dimos cuenta de ese hombre; cada uno de nosotros lo 
not a su manera: t con tu razn, yo con mi voluntad. 

"Ese moribundo es uno de los centmetros cbicos de suerte que el poder pone siempre a disposicin del 
guerrero. El arte del guerrero es ser perennemente fluido para poderlo coger de un tirn. Yo lo he cogido de un 
tirn, y t?" 

No pude responder. Tom conciencia de un abismo inmenso dentro de m, y por un momento tuve, en alguna 
forma, conocimiento de los dos mundos a los cuales se refera. 

-Qu seal ms exquisita es sta! -prosigui-. Y todo esto para ti. El poder te ensea que la muerte es el 
ingrediente indispensable del tener que creer. Si no se tiene en cuenta a la muerte, todo es ordinario, trivial. 
Slo porque la muerte nos anda al acecho es el mundo un misterio sin principio ni fin. El poder te ha mostrado 

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eso. Todo lo que yo he hecho es reunir los detalles de esta seal, a fin de que la direccin fuera clara; pero al 
reunir as los detalles, tambin yo te he mostrado que todo cuanto te he dicho hoy es lo que yo mismo tengo 
que creer, porque esa es la predileccin de mi espritu. 

Nos miramos a los ojos un momento. 

-Esto me recuerda la poesa esa que me leas -dijo, haciendo a un lado la mirada-. Acerca de ese hombre 
que jur morir en Pars. Te acuerdas cmo era? 

El poema era "Piedra negra sobre una piedra blanca", de Csar Vallejo. A peticin de don Juan, yo le haba 
ledo y recitado incontables veces las dos primeras estrofas. 

 

Me morir en Pars con aguacero, 

un da del cual tengo ya el recuerdo. 

Me morir en Pars -y no me corro- 

tal vez un jueves, como es hoy, de otoo. 

 

Jueves ser, porque hoy, jueves, que proso 

estos versos, los hmeros me he puesto 

a la mala y, jams como hoy, me he vuelto, 

con todo mi camino, a verme solo. 

 

El poema resuma para m una melancola indescriptible. 

Don Juan susurr que l tena que creer que el moribundo haba tenido bastante poder personal para 
permitirle escoger las calles de la ciudad de Mxico como el sitio de su muerte. 

-Volvemos otra vez a la historia de los dos gatos -dijo-. Tenemos que creer que Max se dio cuenta de lo que 
le andaba al acecho y, cmo ese hombre que est ah, tuvo al menos poder suficiente para escoger el sitio de 
su fin. Pero hubo el otro gato, como hay otros hombres cuya muerte los envolver mientras estn solos, 
desprevenidos, mirando las paredes y el techo de un cuarto desolado y feo. 

"En cambio, aquel hombre se est muriendo donde siempre ha vivido: en las calles. Tres policas son sus 
guardias de honor. Y, a medida que se desvanece, se acentuarn en sus ojos los ltimos resplandores de las 
luces de los aparadores de las tiendas que estn enfrente; de los coches, de los rboles, de las oleadas de 
gente que se arremolina en la calle; y sus odos se inundarn por ltima vez con los sonidos del trnsito y las 
voces de los hombres y las mujeres que pasan. 

"As que, si no fuera porque nos damos cuenta de la presencia de nuestra muerte no hubiera poder, ni 
misterio." 

Mir largo rato al hombre. Estaba inmvil. Acaso haba muerto. Pero mi incredulidad ya no importaba. Don 
Juan estaba en lo cierto. Tener que creer que el mundo es misterioso e insondable era la expresin de la 
predileccin intima de un guerrero. Sin ella, el guerrero no tena nada. 

 

LA ISLA DEL TONAL 

 

Don Juan y yo volvimos a vernos a eso del medioda siguiente, en el mismo parque. l luca an su traje caf. 
Tomamos asiento en una banca; se quit el saco, lo dobl con gran cuidado, pero a la vez con un aire de 
suprema indiferencia, y lo puso en la banca. Su despreocupacin era muy estudiada y, sin embargo, 
completamente natural. Me sorprend mirndolo con fijeza. l pareca al tanto de la paradoja que me 
presentaba, y sonri. Enderez su corbata. Llevaba una camisa beige de manga larga. Le quedaba muy bien. 

-Traigo todava mi traje porque quiero decirte algo de gran importancia -dijo, dando palmadas en mi hombro-. 
Ayer te salieron las cosas muy bien; as que ya es hora de llegar a ciertos arreglos finales. 

Hizo una larga pausa. Pareca estar preparando una declaracin. Tuve una sensacin extraa en el 
estmago. Mi suposicin inmediata fue que don Juan iba a darme all mismo la explicacin de los brujos. Se 
puso en pie un par de veces y se pase de un lado a otro frente a m, como si le resultara difcil dar voz a lo 
que tena en mente. 

-Vamos al restaurante de enfrente a comer algo -dijo finalmente. 

Desdobl el saco, y antes de ponrselo me mostr que tenla forro completo. 

-Hecho a la medida -dijo, y sonri como si eso lo enorgulleciera, como si le importara. 

-Tengo que llamarte la atencin sobre estas cosas, porque si no, no lo notaras, y es importante que tengas 
en cuenta que mi forro es completo. T te das cuenta de todo slo cuando piensas que as debes hacerlo; pero 
la condicin de un guerrero, es darse cuenta de todo en todo momento. 

"Mi traje y todos estos adornos son importantes porque representan mi condicin en la vida. O mejor dicho, la 
condicin de una de las dos partes de mi totalidad. Esta discusin ha estado pendiente, por muchos aos. Yo 
s que esta es la hora de tenerla. Todos los puntos de esta discusin tienen que estar, sin embargo, 
perfectamente cortados, de lo contrario no tendr sentido. Quise que mi traje te diera la primera pista. Creo que 
ha cumplido su misin. Ahora es tiempo de hablar, porque en los asuntos de este tema, no hay comprensin 
completa sin palabras." 

-Cul es el tema, don Juan? 

-La totalidad de uno mismo. 

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Se puso en pie abruptamente y me gui a un restaurante en un gran hotel al otro lado de la calle. Una 
recepcionista con cara de pocos amigos nos dio una mesa dentro, en un rincn ciego. Obviamente, los lugares 
preferentes estaban cerca de las ventanas. 

Dije a don Juan que la mujer me recordaba a otra encargada, en un restaurante de Arizona donde l y yo 
comimos una vez, la cual nos pregunt, antes de darnos el men, si tenamos dinero suficiente para pagar. 

-Es muy natural lo que le pasa a esta pobre mujer -dijo don Juan, como simpatizando con ella-. Los chicanos 
no le caen bien, as como a la otra. 

Ri suavemente. Dos o tres personas, en las mesas adyacentes, volvieron la cabeza y nos miraron. 

Don Juan dijo que sin saberlo, o quizs incluso contra sus propias intenciones, la recepcionista nos haba 
dado la mejor mesa en todo el local: una mesa donde podamos hablar, y yo poda escribir hasta hartarme. 

Acababa de sacar del bolsillo mi bloc de notas, y de ponerlo en la mesa, cuando de pronto el mesero se cirni 
sobre nosotros. Tambin pareca de mal humor. Nos miraba con aire de reto. 

Don Juan procedi a ordenar una comida muy complicada. Peda sin ver el men, como si lo conociese de 
memoria. Yo me hallaba desconcertado: la aparicin del mesero fue inesperada y no me dio tiempo de leer el 
men, de modo que le dije que me trajera lo mismo. 

-Te apuesto a que no tienen lo que orden -me susurr don Juan al odo. 

Estir brazos y piernas y me indic relajarme y ponerme cmodo, porque la comida tardara eternidades. 

-Ests en cierto trecho del camino, muy agudo y peligroso. Quizs sta sea la ltima encrucijada, y tambin, 
quiz, la ms difcil de entender. Algunas de las cosas que te voy a sealar hoy, probablemente nunca sern 
claras. De todos modos, no se supone que sean claras. Con que no te preocupes ni te desalientes. Todos 
nosotros somos una bola de idiotas cuando entramos en el mundo de la brujera, y entrar en ese mundo no nos 
garantiza, en ningn sentido, que cambiaremos. Algunos seguimos idiotas hasta el fin. 

Me gust que se incluyera entre los idiotas. Supe que no lo haca por bondad, sino como recurso pedaggico. 

-No te agites si no comprendes lo que voy a decirte -continu-. Teniendo en cuenta tu temperamento, temo 
que te rompas la crisma tratando de entender. No lo hagas! Lo que voy a decirte sirve slo para sealar una 
direccin. 

Tuve un sbito sentimiento aprensivo. Las admoniciones de don Juan me refundieron en una especulacin 
interminable. Otras veces me haba lanzado advertencias por el estilo, e invariablemente, aquello sobre lo cual 
me adverta haba resultado devastador. 

-Me pongo muy nervioso cuando usted habla as -dije. 

-Ya s -repuso calmadamente-. Trato, a propsito, de tenerte alerta. Necesito tu atencin, toda tu atencin. 

Hizo una pausa y me mir. Re nerviosa, involuntariamente. Supe que don Juan quera estirar al mximo las 
posibilidades dramticas de la situacin. 

-No te digo todo esto por crear un efecto -dijo como si leyera mis pensamientos-. Simplemente te estoy dando 
tiempo de hacer los ajustes del caso. 

En ese instante, el mesero se detuvo a nuestro lado para anunciar que no tenan lo que habamos ordenado. 
Don Juan ri en alta voz y pidi tortillas y frijoles. El mesero torci despectivamente la boca y dijo que no 
servan eso; sugiri filete o pollo. Optamos por una sopa. 

Comimos en silencio. No me gust la sopa, ni pude terminarla, pero don Juan vaci su propio plato. 

-Me he puesto mi traje -dijo de repente- para hablarte de algo, algo que ya conoces pero que necesita 
aclararse si va a ser efectivo. He esperado hasta ahora, porque Genaro siente que no slo debes estar 
dispuesto a emprender el camino del conocimiento, sino que tus esfuerzos, por s mismos, deben ser lo 
bastante impecables para hacerte digno de tal conocimiento. Te has portado muy bien. Ahora te dir cul es la 
explicacin de los brujos. 

Hizo una nueva pausa, se frot las mejillas y jug con su lengua dentro de la boca, como si se palpara los 
dientes. 

-Voy a hablarte del tonal y del nagual -dijo, y me dirigi una mirada penetrante. 

sta era la primera vez que usaba esos dos trminos en mi presencia. Yo tena una vaga familiaridad con 
ellos, gracias a la literatura antropolgica sobre las culturas de Mxico central. Sabia que el "tonal" era, segn 
la creencia, una especie de espritu guardin, generalmente un animal, que el nio obtena al nacer y con el 
cual tena lazos ntimos por el resto de su vida. "Nagual" era el nombre dado al animal en que los brujos, 
supuestamente, podan transformarse, o al brujo que efectuaba tal transformacin. 

-ste es mi tonal -dijo don Juan, frotndose las manos en el pecho. 

-Su traje? 

-No. Mi persona. 

Se golpe el pecho y los muslos y los flancos del costillar. 

-Mi tonal es todo esto. 

Explic que cada ser humano tena dos facetas, dos entidades distintas, dos contrapartes que entraban en 
funciones en el instante del nacimiento; una se llamaba "tonal" y la otra "nagual". 

Le dije lo que los antroplogos saban acerca de ambos conceptos. Me dej hablar sin interrumpirme. 

-Bueno, lo que fuera que sepas del tonal y el nagual es pura tontera -dijo-. Yo me baso para decir esto en el 
hecho de que habra sido imposible que alguien te hablara antes de lo que yo te estoy diciendo acerca del tonal 
y del nagual. Cualquier idiota se podra dar cuenta de que no sabes nada, porque para conocer al tonal y al 

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nagual tendras que ser brujo y no lo eres. O habras tenido que hablar de ellos con un brujo, y no lo has hecho. 
Conque olvdate o tira de lado todo cuanto has odo antes, porque nada de eso se puede aplicar. 

-Era slo un comentario -dije. 

Alz las cejas en un gesto cmico. 

-Tus comentarios no tienen cabida hoy -dijo-. Esta vez necesito tu atencin completa, puesto que te voy a 
presentar al tonal y al nagual. Los brujos tienen un inters nico y especial en ese conocimiento. Yo dira que el 
tonal y el nagual estn en el reino exclusivo de los hombres de conocimiento. En tu caso, sta es la tapa que 
cierra todo cuanto te he enseado. De all que he esperado hasta ahora para hablarte de esto. 

"El tonal no es el animal que custodia a una persona. Yo ms bien dira que es un guardin que puede 
representarse como animal. Pero eso no es lo importante." 

Sonri y me gui un ojo. 

Ahora estoy usando tus palabras dijo-. El tonal es la persona social. 

Ri, supongo que al ver mi desconcierto. 

-El tonal es, y con derecho, un protector, un guardin: un guardin que la mayora de las veces se transforma 
en guardia. 

Juguete con mi cuaderno. Trataba de prestar atencin a lo que don Juan deca. l ri y remed mis 
movimientos nerviosos. 

-El tonal es el organizador del mundo -prosigui-. Quiz la mejor forma de describir su obra monumental, es 
decir que en sus hombros descansa la tarea de poner en orden el caos del mundo. No es un absurdo sostener, 
como lo hacen los brujos, que todo cuanto sabemos y hacemos como hombres, es obra del tonal. 

"En este momento, por ejemplo, lo que se ocupa de dar sentido a nuestra conversacin es tu tonal; sin l slo 
habra sonidos raros y muecas y no comprenderas nada de lo que te digo. 

"Yo dira, pues, que el tonal es un guardin que protege algo muy, pero muy valioso: nuestro mismo ser. Por 
lo tanto, una cualidad nata del tonal es la de ser astuto, y celoso con su obra. Y como lo que hace es 
efectivamente la parte ms importante de nuestras vidas, no es del nada extrao que al fin y al cabo se 
convierta, en cada uno de nosotros, de guardin en guardia." 

Se detuvo y me pregunt si comprenda. Maquinalmente asent con la cabeza, y l sonri con aire de 
incredulidad. 

-Un guardin es magnnimo y comprensivo -explic-. Un guardia, en cambio, es un vigilante intolerante y, por 
lo siempre, un dspota. Yo dira que en todos nosotros el tonal se ha hecho un guardia insoportable y dspota, 
cuando debera ser un guardin magnnimo. 

Yo definitivamente no segua el hilo de su explicacin. Oa y escriba cada palabra, y sin embargo pareca 
hallarme atorado en algn dilogo interno por mi propia cuenta. 

-Me resulta muy difcil captar su idea -dije. 

-Si no te enredaras en hablar contigo mismo, no tendras los -dijo l en tono cortante. 

Su observacin me lanz a un largo parlamento explicativo. Finalmente recapacit, y ofrec disculpas por mi 
insistencia en defenderme. 

Sonri e hizo un gesto que pareca indicar que mi actitud no lo haba molestado en realidad. 

-El tonal es completamente todo lo que somos -prosigui-. Nombra cualquier cosa! El tonal es todo eso para 
lo cual tenemos palabras. Y como el tonal est hecho de sus propios hechos, todas las cosas, por lo visto, 
tienen que caer bajo su dominio. 

Le record su definicin del tonal como la persona social, un trmino que yo mismo haba usado ante l para 
significar un ser humano como producto final de los procesos de socializacin. Seal que, si el tonal era ese 
producto, no poda serlo todo, como l deca, porque el mundo en torno nuestro no era el producto de la 
socializacin. 

Don Juan me record, a su vez, que mi argumento no tena base para l, y que, mucho tiempo antes, ya l 
me haba explicado el tema de que el mundo no existe de por s, y que aquello que atestiguamos es slo una 
descripcin del mundo, la cual aprendemos a visualizar y a dar por sentada. 

-El tonal es todo cuanto conocemos -dijo-. Yo creo que esto, por s solo, es razn suficiente para que el tonal 
sea un asunto tan imponente. 

Call por un momento. Pareca, a las claras, esperar comentarios o preguntas, pero yo no tena ninguna. Sin 
embargo, me senta obligado a pronunciar una pregunta, y luch por formular alguna que fuese apropiada. 
Fracas. Sent que las admoniciones con que l inici nuestra conversacin haban servido, tal vez, como 
antdoto contra cualquier inquisicin por parte ma. Experimentaba una curiosa insensibilidad. No poda 
concentrarme ni ordenar mis ideas. De hecho, me senta y me saba, sin el menor lugar a dudas, incapaz de 
pensar, y de esto mismo tomaba conocimiento sin ayuda del raciocinio, si tal cosa era posible. 

Mir a don Juan. Tena los ojos fijos en la parte media de mi cuerpo. Alz la mirada y mi claridad mental 
retorn en el acto. 

-El tonal es todo cuanto conocemos -repiti lentamente-. Y eso no slo nos incluye a nosotros, como 
personas, sino a todo lo que hay en nuestro mundo. Puede decirse que el tonal es todo cuanto salta a la vista. 

"Lo empezamos a cuidar desde el momento de nacer. En el momento en que tomamos la primera bocanada 
de aire, tambin ese mismo aire es poder para el tonal. As que, es muy apropiado decir que el tonal de un ser 
humano est ligado ntimamente a su nacimiento. 

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"Debes recordar este punto. Es de gran importancia para entender todo esto. El tonal empieza en el 
nacimiento y acaba en la muerte." 

Quise recapitular todas las ideas expresadas. Llegu incluso a abrir la boca para pedirle repetir los puntos 
clave de nuestra conversacin, pero, para mi asombro, no pude vocalizar mis palabras. Sufra una incapacidad 
en extremo curiosa; mis palabras pesaban y yo no tena ningn control sobre esa sensacin. 

Mir a don Juan para indicarle que no poda hablar. l tena nuevamente la vista clavada en el rea alrededor 
de mi estmago. 

Alz los ojos y pregunt cmo me senta. Las palabras fluyeron de mi boca como si algo me hubiera 
destapado. Le dije que haba tenido la peculiar sensacin de no poder hablar ni pensar, pese a que mis ideas 
eran claras como el cristal. 

-Tus ideas eran claras como el cristal? -pregunt. 

Me di cuenta entonces de que la claridad no haba correspondido a mis ideas, sino a mi percepcin del 
mundo. 

-Me est usted haciendo algo, don Juan? -pregunt. 

-Estoy tratando de convencerte de que tus comentarios no son necesarios -dijo, y ri. 

-O sea, que usted no quiere que yo haga preguntas? 

-No, no. Pregunta lo que quieras, pero no dejes que tu atencin vacile. 

Hube de admitir que la inmensidad del tema me haba distrado. 

-Todava no puedo entender, don Juan, lo que quiso usted decir con la frase de que el tonal es todo -dije tras 
una pausa momentnea, 

-El tonal es lo que construye el mundo. 

-Es el tonal el creador del mundo? 

Don Juan se rasc las sienes. 

-El tonal construye el mundo slo en un sentido figurado. No puede crear ni cambiar nada, y sin embargo 
construye el mundo porque su funcin es juzgar, y evaluar, y atestiguar. Digo que el tonal construye el mundo 
porque atestigua y evala al mundo de acuerdo con las reglas del tonal. En una manera extrasima, el tonal es 
un creador que no crea nada. O sea que, el tonal inventa las reglas por medio de las cuales capta el mundo. 
As que, en un sentido figurado, el tonal construye el mundo. 

Tarare una meloda popular, golpeando con los dedos un lado de su silla, para llevar el ritmo. Sus ojos 
brillaban; parecan centellear. Chasque la lengua, meneando la cabeza. 

-No entiendes ni jota -dijo con una sonrisa. 

-S le entiendo. No hay problema -dije, pero no son muy convincente. 

-El tonal es una isla -explic-. La mejor manera de describirlo es decir que el tonal es esto. 

Pas la mano sobre la superficie de la mesa. 

-Podemos decir que el tonal es como la superficie de esta mesa. Una isla. Y en la isla tenemos todo. Esta isla 
es, de hecho, el mundo. 

"Hay un tonal que es personalmente para cada uno de nosotros, y hay otro que es colectivo para todos 
nosotros en cualquier momento dado, al cual llamamos el tonal de los tiempos." 

Seal las hileras de mesas en el restaurante. 

-Mira! Cada mesa tiene la misma configuracin. Hay ciertos objetos presentes en todas. Sin embargo, son 
individualmente distintas entre s: algunas mesas estn ms llenas que otras; tienen diferente comida, 
diferentes platos, diferente atmsfera, pero tenemos que admitir que todas las mesas en este restaurante son 
muy semejantes. Lo mismo pasa con el tonal. Podemos decir que el tonal de los tiempos es lo que nos hace 
semejantes, en la misma forma en que hace semejantes todas las mesas en este restaurante. No obstante, 
cada mesa por separado es un caso individual, lo mismo que el tono personal de cada uno de nosotros. Pero el 
factor importante que hay que tener en cuenta, es que todo cuanto conocemos de nosotros mismos y d 
nuestro mundo est en la isla del tonal. Ves lo que quiero decir? 

-Si el tonal es todo cuanto conocemos de nosotros mismos y de nuestro mundo, qu es entonces el nagual? 

-El nagual es la parte de nosotros mismos con la cual nunca tratamos. 

-Cmo dijo usted? 

-El nagual es la parte de nosotros para la cual no hay descripcin: ni palabras, ni nombres, ni sensaciones, ni 
conocimiento. 

-sa es una contradiccin, don Juan. En mi opinin, si no puede sentirse ni describirse ni nombrarse, no 
puede existir. 

-Es una contradiccin nada ms en tu opinin. Ya te lo advert: no te rompas la crisma tratando de entender 
esto. 

-Dira usted que el nagual es la mente? 

-No. La mente es un objeto encima de la mesa. La mente es parte del tonal. Digamos que la mente es la 
salsa picante. 

Tom una botella de salsa y la puso frente a m. 

-Es el nagual el alma? 

-No. El alma tambin est en la mesa. Digamos que el alma es el cenicero. 

-Es el nagual los pensamientos? 

-No. Los pensamientos tambin estn en la mesa. Los pensamientos son como los cubiertos. 

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Cogi un tenedor y lo puso junto a la salsa y el cenicero. 

-Es un estado de gracia? El cielo? 

-Tampoco es eso. Eso, sea lo que fuera, tambin es parte del tonal. Es, digamos, la servilleta. 

Segu proponiendo formas de describir aquello a lo que l aluda: intelecto puro, psique, energa, fuerza vital, 
inmortalidad, principio vital. Por cada cosa que yo nombraba, l hallaba en la mesa un objeto que serva de 
contraparte y lo pona frente a m, hasta que todo cuanto haba en la mesa qued apilado en un montn. 

Don Juan pareca disfrutar enormidades. Soltaba risitas y se frotaba las manos cada vez que yo nombraba 
otra posibilidad. 

-Es el nagual el Ser Supremo, el Omnipotente, Dios? -pregunt. 

-No. Dios tambin est en la mesa. Digamos que Dios es el mantel. 

Hizo, en broma, el gesto de jalar el mantel para amontonarlo con los otros objetos que haba puesto frente a 
m. 

-Pero, dice usted que Dios no existe? 

-No. No dije eso. Slo dije que el nagual no era Dios, porque Dios es un objeto de nuestro tonal personal y del 
tonal de los tiempos. El tonal es, como ya dije, todo lo que creemos que es parte del mundo, incluyendo a Dios, 
por supuesto. Dios no tiene otra importancia que la de ser parte del tonal de nuestro tiempo. 

-Segn yo lo entiendo, don Juan, Dios es todo No estamos hablando de lo mismo? 

-No. Dios es solamente todo aquello en lo que puedes pensar; por eso, propiamente hablando, Dios no es 
sino otro objeto en la isla. Dios no puede ser visto cuando uno quiere; slo podemos hablar de l. En cambio, 
el nagual est al servicio del guerrero. Puede ser visto, pero no se puede hablar de l. 

-Si el nagual no es ninguna de las cosas que he mencionado -dije-, quiz pueda usted decirme el sitio donde 
se encuentra. Dnde est? 

Don Juan hizo un amplio ademn y seal el rea ms all de los confines de la mesa. Movi la mano como 
si, con el dorso, limpiara una superficie imaginaria que rebasara los bordes de la mesa. 

-El nagual est all -dijo-. All, alrededor de la isla. El nagual est, all, donde el poder se cierne. 

"Desde el momento de nacer sentimos que hay dos partes en nosotros. A la hora de nacer, y luego por algn 
tiempo despus, uno es todo nagual. En ese entonces, nosotros sentimos que para funcionar necesitamos una 
contraparte a lo que tenemos. Nos falta el tonal y eso nos da, desde el principio, el sentimiento de no estar 
completos. A esas alturas el tonal empieza a desarrollarse y llega a tener una importancia tan absoluta para 
nuestro funcionamiento que opaca el brillo del nagual, lo avasalla; y as nos volvemos todo tonal. Desde el 
momento en que uno se vuelve todo tonal, no hacemos otra cosa sino aumentar esa vieja sensacin de estar 
incompletos; esa sensacin que nos acompaa desde el momento de nacer y que nos dice constantemente 
que hay otra parte de nosotros que nos hara ntegros. 

"A partir del momento en que somos todo tonal, empezamos a hacer pares. Sentimos nuestros dos lados, 
pero siempre los representamos con objetos del tonal. Decimos que nuestras dos partes son el alma y el cuer-
po. O la mente y la materia. O el bien y el mal. Dios y Satans. Nunca nos damos cuenta, sin embargo, de que 
slo estamos haciendo parejas con las cosas de la isla, algo muy semejante a hacer parejas con caf y t, o 
pan y tortillas, o chile y mostaza. Somos de verdad animales raros. Nos creemos tanto y, en nuestra locura, 
creemos tener perfecto sentido." 

Don Juan se puso en pie y me apostrof como un orador. Me seal con el ndice e hizo temblar su cabeza. 

-El hombre no se mueve entre el bien y el mal -dijo en un tono hilarantemente retrico, tomando el salero y el 
pimentero en ambas manos-. Su verdadero movimiento es entre lo negativo y lo positivo 

Dej la sal y la pimienta y cogi un tenedor y un cuchillo. 

-Lo dicho es un error! No hay movimiento ninguno -continu como si se respondiera a s mismo-. El hombre 
es slo mente! 

Cogi la botella de salsa y la puso en alto. Luego la dej. 

-Como puedes ver -dijo suavemente-, podramos muy fcilmente reemplazar mente por salsa de chile y 
acabar diciendo: -El hombre es slo salsa de chile! El hacer eso no nos volvera ms dementes de lo que ya 
estamos. 

-Mucho me temo no haber hecho la pregunta correcta -dije-. Quiz podramos llegar a una mejor comprensin 
si preguntara qu puede uno hallar, especficamente, en el rea ms all de la isla. 

-No hay manera de responder eso. Si yo te dijera: nada, slo hara al nagual parte del tonal. Todo cuanto 
puedo decir es que all, ms all de la isla, uno encuentra al nagual. 

-Pero, cuando usted, lo llama nagual, no lo coloca tambin en la isla? 

-No. Lo llam nagual solamente para que te dieras cuenta de l. 

-Muy bien! Pero al darme cuenta de l tambin he dado el primer paso para convertirlo en un nuevo objeto 
de mi tonal. 

-Creo que no me comprendes. Yo he nombrado al tonal y al nagual como un par verdadero. Eso es todo lo 
que he hecho. 

Me record que en una ocasin, al tratar de explicarle mi insistencia en el significado, discut la idea de que 
acaso los nios no fueran capaces de concebir la diferencia entre "padre" y "madre" hasta que no se 
desarrollaran lo suficiente en el manejo del significado, y que tal vez creeran que la diferencia estaba radicada 
en que "padre" usa pantalones y "madre" usa faldas, o en otras diferencias relativas al corte de pelo, o al 
tamao del cuerpo, o a la ropa. 

#
-Por cierto que hacemos lo mismo con las dos partes de nosotros -dijo-. Sentimos que en nosotros hay otro 
lado. Pero cuando tratamos de precisar cul es ese otro lado, el tonal se apodera de la batuta y, como director, 
es un fracaso. Es tan mezquino y celoso que nos deslumbra con su astucia y nos fuerza a destruir el menor 
indicio de la otra parte del par verdadero: el nagual. 

 

EL DA DEL TONAL 

 

Al salir del restaurante, dije a don Juan que haba tenido razn en advertirme acerca de la dificultad del tema, 
y que mi destreza intelectual no serva para captar sus conceptos y explicaciones. Suger que tal vez, si fuera 
yo a mi hotel a leer mis notas, mejorara mi comprensin del asunto. Trat de tranquilizarme; dijo que me 
estaba preocupando por palabras. Mientras hablaba, experiment un escalofro, y por un instante sent que, en 
verdad, haba otra zona dentro de m. 

Mencion a. don Juan mis inexplicables sensaciones. Su curiosidad pareci despertarse. Le dije que haba 
tenido antes dichas sensaciones, y que parecan ser lapsos momentneos, interrupciones en mi flujo de 
conciencia. Siempre se manifestaban como una sacudida en mi cuerpo, seguida por la impresin de hallarme 
suspendido en algo. 

Nos dirigimos al centro, caminando pausadamente. Don Juan me pidi relatar todos los detalles de mis 
lapsos. Me resultaba muy difcil describirlos, ms all de llamarlos momentos de olvido, o distraccin, o de no 
fijarme en lo que haca. 

Con toda paciencia me contradijo. Seal que yo era una persona exigente, tena una buena memoria y era 
muy cuidadoso en mis acciones. En un principio se me haba ocurrido que aquellos lapsos peculiares se 
asociaban con la cesacin del dilogo interno, pero tambin los experimentaba cuando haba hablado 
extensamente conmigo mismo. Parecan brotar de una zona independiente de todo cuanto yo conoca. 

Don Juan me dio palmadas en la espalda. Sonri con deleite visible. 

-Por fin empiezas a establecer relaciones reales -dijo. 

Le ped explicar la crptica frase, pero l detuvo abruptamente nuestra conversacin y me hizo sea de 
seguirlo al atrio de una iglesia. 

-,Este es el final de nuestro viaje al centro -dijo, y tom asiento en una banca-. Aqu tenemos un sitio ideal 
para observar a la gente. Unos pasan por la calle y otros vienen a la iglesia. Desde aqu podemos verlos a 
todos. 

Seal una ancha calle de comercios y el sendero de grava que llevaba a los escalones de la iglesia. Nuestra 
banca estaba a medio camino entre el templo y la calle. 

Vista es mi banca favorita -dijo, acariciando la madera. 

Me gui el ojo y aadi, sonriendo: 

-Le caigo bien. Por eso no haba nadie sentado aqu. Saba que yo vena. 

-La banca sabia eso? 

-No! La banca no. Mi nagual. 

-Es el nagual algo consciente? Se da cuenta de las cosas? 

-Por supuesto que se da cuenta de todo. Por eso me interesa tu relato. Lo que t llamas lapsos y sen-
saciones, es el nagual. Para hablar de l, debemos tomar prestado de la isla del tonal, as que es ms 
conveniente no explicarlo, sino sencillamente contar sus efectos. 

Quise decir alguna otra cosa sobre aquellas sensaciones peculiares, pero l me silenci. 

-Esto es todo por hoy. Hoy no es el da del nagual, hoy es el da del tonal dijo-. Me puse mi traje porque hoy 
soy todo tonal. 

Se me qued mirando. Yo iba a decirle que el tema estaba resultando ms difcil que cualquier cosa que 
jams me hubiera explicado; l pareci anticipar mis palabras. 

-Es difcil -dijo-. Lo s. Pero si se piensa que sta es la etapa final, la ltima etapa de lo que te he estado 
enseando, no estamos diciendo demasiado al decir que envuelve todo cuanto mencion desde el primer da 
en que nos encontramos. 

Guardamos silencio un largo rato. Yo senta que deba esperar la reanudacin de las explicaciones, pero tuve 
un repentino ataque de aprensin y pregunt apresuradamente: 

-Estn dentro de nosotros el nagual y el tonal? 

Me dirigi una mirada penetrante. 

-Esa es una pregunta muy difcil -dijo-. T mismo diras que estn dentro de nosotros. Yo mismo dira que no 
lo estn, pero ninguno de nosotros estara en lo cierto. El tonal de tu tiempo te empuja a mantener que todo lo 
que se trata de tus sensaciones y pensamientos tiene lugar dentro de ti. El tonal de los brujos dice lo contrario: 
todo est afuera. Quin tiene razn? Ninguno. Adentro, afuera: eso realmente no importa. 

Hice una observacin. Dije que, cuando hablbamos del tonal y del nagual, pareca que an hubiera una 
tercera parte. l haba dicho que el tonal "nos fuerza" a ejecutar acciones, y si era imposible tomar en cuenta al 
nagual, quin era entonces el ser forzado? 

No me respondi directamente. 

-Explicar todo esto no es tan sencillo -dijo-. Por muy astutas que sean las aduanas del tonal, el asunto es que 
el nagual salta a la superficie. Pero su salida a la superficie siempre es inadvertida. El gran arte del tonal es 

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reprimir toda manifestacin del nagual, de tal modo que, aunque su presencia sea lo ms obvio del mundo, 
pasa por alto. 

-Para quin pasa por alto? 

Chasque la lengua, sacudiendo la cabeza de arriba a abajo. Lo presion a responder. 

-Para el tonal -dijo-. Estoy hablando exclusivamente del tonal. Por supuesto que ando con rodeos, pero eso 
no debera sorprenderte ni molestarte. Te advert la dificultad de comprender lo que tengo que decirte. Me tuve 
que salir con todas estas bolas porque mi tonal se da cuenta de que est hablando de s mismo. En otras 
palabras, mi tonal se usa a s mismo a fin de entender la informacin que yo quiero que tu tonal tenga en claro. 
Digamos que el tonal, puesto que se da tremenda cuenta del esfuerzo que cuesta hablar de s mismo, ha 
creado los trminos yo", "yo mismo" y otros as por el estilo, como balance, y gracias a ellos puede hablar con 
otros tonales, o consigo mismo, acerca de s mismo. 

"Ahora, cuando digo que el tonal nos fuerza a hacer algo, no quiero decir que haya ah una tercera parte. Por 
lo visto, el tonal se fuerza a s mismo a seguir sus propios juicios. 

"En ciertas ocasiones, o bajo determinadas circunstancias especiales, algo en el mismo tonal se da cuenta de 
que hay ms en nosotros. Es como una voz que surge de las profundidades: la voz del nagual. Como se ve, la 
totalidad de nosotros mismos es una condicin natural que el tonal no puede aniquilar por entero, y hay 
momentos, sobre todo en la vida de un guerrero, en que la totalidad se hace aparente. Durante esos 
momentos, uno puede adivinar y avalorar lo que realmente somos. 

"Esas sacudidas que has tenido te resultan muy bien, porque sa es la forma en que surge el nagual. En esos 
momentos, el tonal se da cuenta de la totalidad de uno mismo. Siempre es una sacudida porque darse cuenta 
de esto desbarata el sosiego. Yo llamo a ese sentimiento: darse cuenta de la totalidad del ser que va a morir. 
La idea es que en el momento de la muerte el otro miembro del par verdadero; el nagual, empieza a operar por 
completo y el sentir y los recuerdos y las percepciones guardados en nuestras pantorrillas y muslos, en nuestra 
espalda y hombros y cuello, empiezan a expandirse y a desintegrarse. Como las cuentas de un interminable 
collar roto, se desparraman sin la fuerza unificadora de la vida." 

Me mir. Sus ojos eran apacibles. Me sent incmodo, estpido. 

-La totalidad de nosotros mismos es un asunto muy peliagudo -dijo-. Necesitamos solamente una porcin 
muy pequea de esa totalidad para llevar a cabo las tareas ms complejas de la vida. Pero, al morir, morimos 
con la totalidad de nosotros mismos. Un brujo hace la pregunta: "Si vamos a morir con la totalidad de nosotros 
mismos, por qu no, entonces, vivir con esa totalidad?" 

Movi la cabeza para indicarme mirar a las numerosas personas que pasaban. 

-Son todos tonal -dijo-. Voy a sealarte algunos para que tu tonal los evale, y al evaluarlos se evaluar a s 
mismo. 

Dirigi mi atencin hacia dos ancianas que acababan de salir de la iglesia. Se detuvieron un momento en la 
cima de los escalones de piedra caliza, y luego empezaron a descender con infinitos cuidados, descansando 
en cada peldao. 

-Observa con mucho cuidado a esas dos viejas -dijo-. Pero no las veas como personas, ni como rostros que 
tienen cosas en comn con nosotros; velas como tonales. 

Las dos mujeres llegaron al pie de los escalones. Se movan como si la spera grava estuviera hecha de 
canicas y ellas se viesen a punto de resbalar y perder el equilibrio. Caminaban del brazo, apuntalndose entre 
s con el peso de sus cuerpos. 

-Mralas! -dijo don Juan en voz baja-. Esas viejas son el mejor ejemplo del peor tonal que puede hallarse. 

Not que las mujeres eran de huesos pequeos, pero gordas. Tendran poco ms de cincuenta aos. Sus 
rostros mostraban una expresin dolorosa, como si descender los peldaos de la iglesia hubiera sido una 
empresa superior a sus fuerzas. 

Estaban frente a nosotros; vacilaron un momento y despus se detuvieron. Haba otro peldao ms en la 
senda de grava. 

-Tengan cuidado, seoras -grit don Juan al incorporarse dramticamente. 

Las mujeres lo miraron, al parecer confundidas por su repentina exclamacin. 

-El otro da, mi mami se rompi la cadera aqu mismo -aadi l mientras acuda a prestarles ayuda. 

Le dieron profusamente las gracias, y l les aconsej que, si alguna vez perdan el equilibrio y caan, per-
manecieran inmviles en el sitio hasta que llegara la ambulancia. Las mujeres se santiguaron. 

Don Juan volvi a sentarse. Sus ojos resplandecan. Habl con suavidad. 

-Esas mujeres no son tan viejas, ni sus cuerpos tan dbiles, y sin embargo estn decrpitas. Todo en ellas es 
sombro y triste: su ropa, su olor, su actitud. Por qu crees t que son as? 

-Quiz nacieron as -dije. 

-Nadie nace as. Nos hacemos as. El tonal de esas viejas es dbil y tmido. 

"Te dije que ste iba a ser el da del tonal; con eso quise decir que hoy quiero tratar exclusivamente con el 
tonal. Tambin te dije que me haba puesto mi traje para ese mismo propsito. Quise mostrarte con mi traje 
que un guerrero trata a su tonal en forma muy especial. Te hice ver que mi traje fue hecho a la medida, y que 
todo lo que hoy traigo puesto me queda a la perfeccin. No es mi vanidad lo que quera mostrar, sino mi 
espritu de guerrero, mi tonal de guerrero. 

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"Esas dos viejas te dieron hoy tu primera visin del tonal. La vida puede ser tan despiadada contigo como es 
con ellas, si eres descuidado con tu tonal. Yo me pongo de contraparte. Si comprendes correctamente, no ser 
necesario recalcar este punto." 

Tuve un repentino ataque de incertidumbre y le ped descifrarme lo que yo deba de haber entendido. Sin 
duda, mi voz son desesperada. Don Juan ri con fuerza. 

-Mira a ese muchacho de pantalones verdes y camisa rosada -susurr, indicando a un joven flaco y muy 
moreno, de facciones afiladas, parado casi frente a nosotros. Pareca indeciso entre ir hacia la iglesia o hacia la 
calle. Dos veces alz la mano en direccin del templo, como si hablara consigo mismo y estuviera a punto de 
encaminarse a la puerta. Luego me mir con expresin vaca. 

-Mira cmo est vestido -dijo don Juan en un susurro- Fjate en esos zapatos! 

La ropa del muchacho se vea andrajosa y arrugada, y sus zapatos estaban cayndose a pedazos. 

-Se ve que es muy pobre -dije. 

-Es eso todo lo que puedes decir? -pregunt don Juan. 

Enumer una serie de razones que podran haber explicado la astrosa apariencia del joven: mala salud, un 
revs de la suerte, indolencia, indiferencia hacia su apariencia personal, o la posibilidad de que acabara de salir 
de la crcel. 

Don Juan dijo que yo no haca sino especular, y que no le interesaba justificar nada sugiriendo que el joven 
era vctima de fuerzas inconquistables. 

-A lo mejor es un agente secreto que se ha disfrazado de vago -dije en son de broma. 

El muchacho se alej hacia la calle con paso incoherente. 

-No se ha disfrazado de vago; es un vago -dijo don Juan-. Mira qu dbil est su cuerpo. Tiene los brazos y 
las piernas como, alambres. Apenas puede caminar. Nadie es capaz de fingir esa apariencia. Algo anda muy 
mal con l, pero sin lugar a duda, no sus circunstancias. Debo insistir de nuevo que quiero que veas a ese 
hombre como a un tonal. 

-Qu implica el ver a alguien como a un tonal? 

-Implica dejar de juzgarlo en un sentido moral, o disculparlo con la idea de que es como una hoja a merced 
del viento. En otras palabras, implica ver a un hombre sin pensar que no tiene ni esperanza ni remedio. 

"T sabes exactamente lo que yo estoy diciendo. Puedes valorar a ese muchacho sin condenarlo ni 
perdonarlo." 

-Bebe demasiado -dije. 

No fue una frase volitiva. Simplemente la enunci sin saber en realidad por qu. Por un instante, incluso sent 
que alguien parado a mis espaldas haba dicho las palabras. Me vi impulsado a explicar que la afirmacin era, 
otra de mis especulaciones. 

-se no fue el caso -dijo don Juan-. El tono de tu voz tena una certeza que no tena antes. No dijiste: "A lo 
mejor es borracho." 

Me sent apenado, aunque sin poder determinar con exactitud el motivo. Don Juan ri. 

-Viste a travs de ese hombre -dijo-. Eso fue ver. Ver es as. Uno hace afirmaciones con gran certeza, y sin 
saber cmo. 

"T sabes que el tonal de ese joven est fundido, pero no sabes cmo lo sabes." 

Hube de admitir que de algn modo haba tenido esa impresin 

-Es muy cierto -dijo don Juan-. No importa realmente que sea joven; est tan decrpito como esas dos viejas. 
La juventud no le pone de ningn modo barrera al deterioro del tonal. 

"T pensaste que podra haber muchsimas razones para la condicin de aquel hombre. Yo encuentro que 
slo hay una: su tonal. No es que su tonal sea dbil por la bebida; es al contrario: bebe porque su tonal es 
dbil. Esa debilidad lo fuerza a ser lo que es. Pero lo mismo nos pasa a todos nosotros en una forma o en otra." 

-Pero no est usted tambin justificando la conducta de ese muchacho al decir que es cosa de su tonal? 

-Te estoy dando una explicacin que jams has encontrado antes. No es una justificacin ni una condena. El 
tonal de ese muchacho es dbil y timorato. Y sin embargo l no es nico en esto. Todos nosotros pasamos 
ms o menos por las mismas. 

En ese momento, un hombre de gran corpulencia pas frente a nosotros, en direccin a la iglesia. Vesta un 
fino traje de negocios gris oscuro, y llevaba un portafolios. El cuello de su camisa estaba desabotonado, y la 
corbata floja. Sudaba profusamente. Su piel era muy blanca, lo cual hacia an ms obvia la transpiracin. 

-Fjate en l! -me orden don Juan. 

Los pasos del hombre eran cortos pero pesados. Su andar tena cierto bamboleo. No subi hacia la iglesia; la 
rode y desapareci tras ella. 

-No hay necesidad de tratar el cuerpo de una manera tan atroz -dijo don Juan con un toque de sarcasmo-. 
Pero la triste verdad es que todos nosotros hemos aprendido a la perfeccin cmo debilitar a nuestro tonal. Yo 
llamo a eso entregarse al vicio. 

Puso la mano sobre mi cuaderno y no me dej escribir ms. Razonaba que, mientras yo siguiera tomando 
notas, sera incapaz de concentrarme. Me sugiri relajarme, cortar el dilogo interno y dejarme ir, para as 
fundirme con la persona observada. 

Le ped explicar a qu se refera con fundirse. Repuso que no haba manera de explicarlo; era algo que el 
cuerpo senta o haca al ponerse en contacto de observacin con otros cuerpos. Luego clarific el tema 
diciendo que en el pasado haba llamado "ver" a ese proceso, el cual consista en un lapso de verdadero 

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silencio interno, seguido por una elongacin externa de algo en el s-mismo: una elongacin que encontraba y 
se funda con el otro cuerpo, o con cualquier cosa dentro del campo de percepcin. 

En ese momento quise volver a mi cuaderno, pero don Juan me detuvo y empez a sealar distintas 
personas entre la multitud que pasaba. 

Indic docenas de individuos, cubriendo una amplia gama de tipos entre hombres, mujeres y nios de 
diversas edades. Don Juan dijo que elega personas cuyo dbil tonal encajara en un esquema de cate-
gorizacin; as, me haba mostrado una preconcebida variedad de tonales que se entregaban al vicio de darse 
a s mismos. 

No me era posible recordar a toda la gente que l haba sealado y discutido. Quejoso, dije que, de haber 
tomado notas, habra al menos bosquejado su intrincado esquema de tonales que se entregaban a dicho vicio. 
El caso era que l no quera repetirlo, o quiz tampoco lo recordaba. 

Riendo, dijo que no lo recordaba, porque en la vida de un brujo, el responsable de la creatividad era el 
nagual. 

Mir el cielo y dijo que se hacia tarde, y que desde ese momento en adelante cambiaramos de rumbo. En 
vez de tonales dbiles, aguardaramos la aparicin de un "tonal hecho y derecho". Aadi que slo un guerrero 
posea tal tonal, y que el hombre comn, cuando mucho, poda tener un "tonal en buen estado". 

Cuando hubimos esperado unos minutos, se dio una palmada en el muslo y chasque la lengua. 

-Mira quines vienen -dijo, sealando la calle con un movimiento de barbilla-. Como si los hubiramos 
encargado. 

Vi a tres indios que se acercaban. Vestan cotones pardos de lana, pantalones blancos que les llegaban a 
media pantorrilla, camisas blancas de manga larga, huaraches sucios y gastados y viejos sombreros de paja. 
Cada uno llevaba un bulto atado a la espalda. 

Don Juan se levant y fue a encontrarlos. Les habl. Ellos, sorprendidos al parecer, lo rodearon. Le sonrieron. 
Aparentemente les deca algo acerca de m; los tres se volvieron a sonrerme. Estaban a tres o cuatro metros 
de distancia; escuch con atencin, pero no pude or lo que decan. 

Don Juan meti la mano en el bolsillo y les dio unos billetes. Parecieron alegrarse; movan los pies con 
nerviosismo. Me simpatizaron mucho. Daban las impresin de ser unos nios. Todos tenan dientes pequeos 
y blancos, y facciones apacibles, muy agradables. Uno de ellos, el mayor segn todas las apariencias, tena 
bigotes. Sus ojos se vetan cansados, pero bondadosos. Se quit el sombrero y se acerc a la banca. Los otros 
lo siguieron. Los tres me saludaron al unsono. Nos dimos la mano. Don Juan me dijo que les diera algo de 
dinero. Lo agradecieron y, tras un silencio corts, dijeron adis. Don Juan volvi a sentarse en la banca y los 
miramos desaparecer en la multitud. 

Dije a don Juan que, por algn motivo extrao, me haban simpatizado en extremo. 

-No es tan extrao -dijo l-. Has de haber sentido que tienen un buen tonal. Un tonal bueno, s, pero no para 
nuestro tiempo. 

"Probablemente sentiste que eran como nios. Lo son. Y eso es muy duro. Yo los entiendo mejor que t; por 
eso no pude menos que sentir un poquitn de tristeza. Los indios son como perros: no tienen nada. Pero sa es 
la naturaleza de su fortuna, y no debera entristecerme. Mi tristeza, desde luego, es mi propia manera de 
entregarme a mi vicio. 

-De dnde son, don Juan? 

-De las sierras. Han venido aqu a buscar fortuna. Quieren hacerse comerciantes. Son hermanos. Les dije 
que yo tambin vine de las sierras y que soy comerciante. Dije que eras mi socio. El dinero que les dimos fue 
un rasgo que tuvimos con ellos; un guerrero debe tener rasgos todo el tiempo. Sin duda necesitan el dinero, 
pero la necesidad no debe ser una consideracin esencial cuando se tiene un rasgo. Lo que hay que buscar es 
el sentimiento. A m en lo personal me conmovieron esos tres. 

"Los indios son los desafortunados de nuestro tiempo. Su cada empez con los espaoles y ahora, bajo el 
reino de sus descendientes, los indios lo han perdido todo. No es una exageracin decir que los indios han 
perdido su tonal." 

-Es eso una metfora, don Juan? 

-No. Es un hecho. El tonal es muy vulnerable. No soporta el maltrato. El hombre de razn, el blanco, desde el 
da en que puso el pie en esta tierra, ha destruido sistemticamente no slo el tonal del tiempo, sino tambin el 
tonal personal de cada indio. Uno puede fcilmente darse cuenta de que para el pobre indio comn, el reino del 
blanco ha sido un verdadero infierno. Y sin embargo, la irona es que, para otra clase de indio, ha sido una 
verdadera bendicin. 

-De quin habla usted? Cules es esa otra clase de indio? 

-El brujo. Para el brujo, la Conquista fue un desafo a muerte. Esos fueron los nicos a los que la Conquista 
no destruy; se adaptaron a ella y le sacaron el ltimo jugo. 

-Cmo pudo ser eso, don Juan? Yo tena la impresin de que los espaoles arrasaron con todo. 

-Digamos que arrasaron con todo lo que estaba dentro de los limites de su propio tonal. Pero en la vida que 
vivan los indios haba cosas incomprensibles para el blanco; esas cosas ni siquiera las notaron. Capaz fue la 
pura suerte de los brujos, o capaz fue su conocimiento lo que los salv. Despus que el tonal del tiempo, y el 
tonal personal de cada indio, fueron aniquilados, los brujos se encontraron agarrados de lo nico que segua en 
pie: el nagual. En otras palabras, el tonal del brujo busc refugio en su nagual. Esto no habra podido pasar de 
no ser por las penurias del pueblo vencido. Los hombres de conocimiento de hoy, son el producto de esas 

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condiciones y los nicos catadores del nagual, puesto que los dejaron all, totalmente solos. En esos 
matorrales, el blanco nunca se ha aventurado. Es ms an, ni siquiera tiene la idea de que existen. 

Me sent impelido en ese punto a presentar un argumento. Arg con toda sinceridad que el pensamiento 
europeo haba tomado nota de lo que l llamaba nagual, Traje a colacin el concepto del Ego Trascendente, o 
el observador inobservado presente en todas nuestras ideas, percepciones y sentimientos. Expliqu a don 
Juan que el individuo poda percibirse o intuirse a s mismo, como una entidad en s, a travs del Ego 
Trascendente, porque slo ste era capaz de juicio, capaz de revelar la realidad dentro del terreno de su 
conciencia. 

Don Juan no se inmut. Ech a rer. 

-Revelar la realidad -dijo, remedndome-. Eso es lo que hace el tonal. 

Aduje que el tonal poda llamarse el Ego Emprico localizado en la corriente pasajera de la propia conciencia 
o experiencia, mientras que el Ego Trascendente se hallaba detrs de esa corriente. 

-Observando, supongo -dijo l con sorna. 

-Cierto. Observndose a s mismo -dije. 

-Oigo lo que dices -repuso-. Pero no dices nada. El nagual no es ni la experiencia ni la intuicin ni el 
consciente. Esos trminos, y todos los dems que se te d la gana decir, son slo objetos en la isla del tonal. El 
nagual, en cambio, solo es efecto. El tonal empieza al nacer y termina al morir, pero el nagual nunca termina. 
El nagual no tiene lmites. He dicho que el nagual es donde se cierne el poder; sa era slo una forma de 
aludirlo. Quiz, por razones del efecto que causa, el nagual pueda entenderse mejor en trminos de poder. Por 
ejemplo, cuando hace rato te sentiste entumido y sin poder hablar, yo te estaba en verdad tranquilizando; esto 
es, mi nagual actuaba sobre ti. 

-Cmo le fue posible hacer eso, don Juan? 

-No vas a creerlo, pero nadie sabe cmo. Yo nada ms s que quera tu atencin completa, y entonces mi 
nagual se encarg de hacerte el resto. Esto yo lo s porque soy el testigo de sus efectos, pero no s cmo 
funciona. 

Call un momento. Yo quera seguir sobre el tema. Intent hacer una pregunta: me silenci. 

-Uno puede decir que el nagual es el responsable de la creatividad -dijo al fin, y me mir con ojos 
penetrantes-. El nagual es la nica parte de nosotros capaz de crear. 

Permaneci callado, mirndome. Sent que estaba encaminando la discusin a un tpico que yo haba 
deseado que l elucidara ms ampliamente. Me haba dicho que el tonal no creaba nada, sino slo atestiguaba 
y evaluaba. Le pregunt cmo explicaba el hecho de que construimos magnficas estructuras y mquinas. 

-Eso no es creatividad -dijo-. Eso es solamente moldear cualquier cosa con nuestras manos, ya sea 
personalmente o en conjunto con las manos de otros tonales. Un grupo de tonales puede moldear lo que sea: 
estructuras magnficas, como dices. 

-Pero entonces qu es la creatividad, don Juan? 

Se me qued mirando, los ojos entrecerrados. Chasque suavemente la boca, alz la mano derecha por 
encima de la cabeza y, con un brusco tirn, torci la mueca como si hiciera girar una perilla de puerta. 

-La creatividad es esto -dijo al poner la mano, con la palma ahuecada, al nivel de mis ojos. 

Tard un tiempo increblemente largo en enfocar los ojos en su mano. Sent que una membrana transparente 
sujetaba todo mi cuerpo en una posicin fija, y que tena que romperla para posar la vista en aquella mano. 

Me esforc hasta que gotas de sudor fluyeron a mis ojos. Por fin, o o sent un chasquido, y mis ojos y mi 
cabeza se libraron de golpe. 

En la diestra de don Juan haba el roedor ms curioso que yo hubiese visto. Pareca una ardilla de cola 
esponjosa. La cola, sin embargo, era ms bien la de un puercoespn. Tena pas tiesas. 

-Tcalo! -dijo don Juan con suavidad. 

Maquinalmente lo obedec y pas un dedo sobre el lomo suave. Don Juan acerc ms su mano a mis ojos, y 
entonces not algo que me produjo espasmos nerviosos. La ardilla tena anteojos y dientes muy grandes. 

-Parece un japons -dije, y me ech a rer histricamente. 

El roedor empez a crecer en la palma de don Juan. Y mientras mis ojos seguan llenos de lgrimas de risa, 
se hizo tan enorme que desapareci. Literalmente, sali de mi campo de visin. Ocurri con tal rapidez que me 
qued a la mitad de un espasmo de risa. Citando mir de nuevo, o cuando enjugu mis ojos y los enfoqu 
debidamente, me hall mirando a don Juan. Estaba sentado en la banca y yo de pie frente a l, aunque no 
recordaba haberme parado. 

Por un momento mi nerviosismo fue incontrolable. Con toda calma, don Juan se levant, me forz a tomar 
asiento, apoy mi barbilla entre el bceps y el antebrazo de su brazo izquierdo y me golpe en la cima de la 
cabeza con los nudillos de su diestra. El efecto fue como la sacudida de una corriente elctrica. Me tranquiliz 
de inmediato. 

Yo deseaba preguntar tantas cosas. Pero mis palabras no lograban vadear todos esos pensamientos. Tuve 
entonces aguda conciencia de que haba perdido el control sobre mis cuerdas vocales. Pero no quise 
esforzarme por hablar, y me reclin contra el respaldo de la banca. Don Juan dijo con energa que yo deba 
integrarme y dejarme de tonteras. Me senta un poco mareado. Imperioso, me orden escribir mis notas, y me 
alarg mi bloque y mi lpiz tras recogerlos de bajo la banca. 

Hice un esfuerzo supremo por decir algo, y de nuevo tuve la clara sensacin de que una membrana me 
envolva. Resopl y gru durante un momento, mientras don Juan rea, hasta que o o sent otro chasquido. 

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Inmediatamente me puse a escribir. Don Juan habl como si me dictara. 

-Uno de los actos de un guerrero es no dejar que nunca lo afecte nada -dijo-. De este modo, un guerrero 
puede estar viendo al mismo diablo, pero jams dejar que nadie lo sepa. El control del guerrero tiene que ser 
impecable. 

Esper a que yo terminara de escribir y luego pregunt, riendo: 

-Anotaste todo eso? 

Suger que friramos a un restaurante a cenar. Me senta desfallecer. l dijo que debamos quedarnos hasta 
que apareciera el "tonal hecho y derecho". Aadi con seriedad que, si no vena aquel da, tendramos que 
quedarnos en la banca hasta que le diera la gana aparecer. 

-Qu es un tonal hecho y derecho? -pregunt. 

-Un tonal en su punto justo, equilibrado y armonioso. Se supone que hoy encontrars uno, o mejor dicho, que 
tu poder nos lo traer. 

-Pero cmo puedo distinguirlo de otros tonales? 

-No te apures por eso. Yo te lo sealar. 

-Cmo es el tonal ese, don Juan? 

-Eso es muy difcil de saber. Depende de ti. La funcin es para ti; por lo tanto, t mismo pondrs esas 
condiciones. 

-Cmo? 

-Eso yo no lo s. Lo har tu poder, tu nagual. 

"Hablando en general, hay dos lados en cada tonal. Uno es la parte externa, el margen, la superficie de la 
isla. sa es la parte relacionada con la accin y la actuacin, el lado spero. La otra parte es la decisin y el 
juicio, el tonal interno, ms suave, ms delicado y ms complejo. 

"El tonal hecho y derecho es un tonal donde los dos niveles se encuentran en perfecta armona y equilibrio." 

Don Juan call. Ya haba oscurecido bastante, y me era difcil tomar notas. Me indic estirarme y descansar. 
Dijo que el da haba sido agotador, pero muy prolfico, y que sin duda el tonal hecho y derecho aparecera. 

Pasaron docenas de personas. Estuvimos sentados, en calma y silencio, unos diez o quince minutos. En-
tonces don Juan se incorpor abruptamente. 

-No le hagas, hombre! Mira lo que viene all. Una vieja! 

Seal con una inclinacin de cabeza a una joven que cruzaba el parque y se aproximaba a la vecindad de 
nuestra banca. Don Juan dijo que la joven era el tonal hecho y. derecho, y que si se detena a hablar con 
cualquiera de nosotros, sera una indicacin extraordinaria, y tendramos que hacer lo que ella quisiese. 

No me era posible distinguir con claridad las facciones de la mujer, aunque an haba luz suficiente. Se 
acerc a menos de un metro, pero pas sin mirarnos. Don Juan me orden, en un susurro, alcanzarla y 
hablarle. 

Corr tras ella; pretend estar perdido y le ped orientacin. Me acerqu mucho a ella. Era joven, de unos 
veinticinco aos, de estatura mediana, muy atractiva y bien arreglada. Sus ojos eran claros y apacibles. 
Sonrea al escucharme. Haba en ella algo que conquistaba. Me simpatiz tanto como los tres indios. 

Regres a la banca y tom asiento. 

-Es esa chica un guerrero? -pregunt. 

-No tanto -dijo don Juan-. Tu poder todava no tiene la agudeza necesaria para traer un guerrero. Pero ese es 
un tonal en muy buen estado, que podra convertirse en tonal hecho y derecho. Los guerreros estn hechos de 
esa madera. 

Sus frases avivaron mi curiosidad. Le pregunt si las mujeres podan ser guerreros. Me mir, aparentemente 
desconcertado por la pregunta. 

-Claro que pueden -dijo-, y estn an mejor equipadas que los hombres para el camino del conocimiento. 
Slo que los hombres son un poco ms resistentes. Pero yo dira que, a fin de cuentas, las mujeres llevan una 
ligera ventaja. 

Me declar intrigado por el hecho de que jams habamos hablado de mujeres en relacin con su 
conocimiento. 

-T eres hombre -dijo l-; por ello uso el gnero masculino al hablar contigo. Eso es todo. Lo dems es igual. 

Quise proseguir el interrogatorio, pero l hizo un gesto para cerrar el tema. Alz la vista. El cielo estaba casi 
negro. Los conglomerados de nubes se vean extremadamente oscuros. Haba an, sin embargo, algunas 
reas en que las nubes tenan un leve tinte anaranjado. 

-El final del da es tu mejor hora -dijo don Juan-. La aparicin de esa muchacha en el filo mismo del da, es 
una indicacin. Hablbamos del tonal; por tanto, es una indicacin acerca de tu tonal. 

-Qu significa la indicacin, don Juan? 

-Significa que te queda muy poco tiempo para organizar tus arreglos. Cualquier arreglo que puedas haber 
construido tiene que ser en un arreglo vivo, porque no tienes tiempo para hacer otros nuevos. Tus arreglos 
deben funcionar ahora, o no tienen nada de arreglos. 

"Te recomiendo que cuando vuelvas a tu casa, revises tus lneas y te asegures de que son fuertes. Las vas a 
necesitar." 

-Qu va a pasar conmigo, don Juan? 

-Hace aos hiciste oferta al poder. Has seguido fielmente las penalidades del aprendizaje, sin inquietarte ni 
apurarte. Ahora ests al filo del da. 

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-Qu significa eso? 

-Para un tonal hecho y derecho, todo cuanto hay en la isla del tonal es un desafo. Otra forma de decirlo es 
que, para un guerrero, todo en este mundo es un desafo. El mayor de todos es, desde luego, su oferta al 
poder. Pero el poder viene del nagual, y cuando un guerrero se encuentra al filo del da, eso significa que se 
aproxima la hora del nagual, la hora en que el poder acepta la oferta del guerrero. 

-Sigo sin comprender el sentido de todo esto, don Juan. Significa que voy a morir pronto? 

-Si eres estpido, pues ni modo -repuso l, cortante-. Pero, vamos a ponerlo en trminos ms amenos; todo 
esto que he dicho significa que se te van a caer los calzones. Una vez hiciste oferta al poder, y esa oferta no se 
puede retirar. No dir que ests a punto de cumplir tu destino, porque no hay destino. Lo nico que uno puede 
decir es que ests a punto de cumplir tu oferta. La seal fue clara. La muchacha esa vino a ti al filo del da. Te 
queda muy poco tiempo, y ninguno para idioteces. Esplndido estado. Yo dira que lo mejor de nosotros 
siempre sale a flote cuando estamos de espaldas contra la pared, cuando sentimos que la espada se cierne 
sobre nuestra cabeza. En lo personal, yo prefiero ese estado y no vivira de ningn otro modo. 

 

REDUCIR EL TONAL 

 

La maana del mircoles dej mi hotel a eso de las nueve cuarenta y, cinco. Camin despacio, permitin-
dome quince minutos para llegar al sitio en el que don Juan y yo habamos quedado de vernos. l haba 
elegido una esquina del Paseo de la Reforma, a cinco o seis cuadras de distancia, frente a la oficina de boletos 
de una aerolnea. 

Yo acababa de desayunarme con un amigo. Quiso acompaarme, pero le insinu que iba a ver a una 
muchacha. Deliberadamente, camin por la acera opuesta al lado de la calle donde estaba la oficina. Tena la 
persistente sospecha de que mi amigo, que siempre me peda presentarle a don Juan, saba que yo iba a verlo 
y acaso me siguiera. Tema que, de volverme, lo hallara detrs de m. 

Vi a don Juan en un puesto de revistas, al otro lado de la calle. Empec a cruzar, pero tuve que detenerme en 
el camelln y esperar hasta que fuera seguro atravesar el resto de la ancha avenida. Me volv, con aire casual, 
para ver si mi amigo me segua. Estaba parado en la esquina detrs de m. Sonri avergonzado y salud con la 
mano, como dicindome que haba sido incapaz de dominarse. Ech a correr hacia la otra acera sin darle 
tiempo de alcanzarme. 

Don Juan pareca al tanto de mi predicamento. Cuando llegu con l, lanz una mirada furtiva por encima de 
mi hombro. 

-Ah viene -dijo-. Mejor nos metemos por la calle lateral. 

Seal una calle que desembocaba diagonalmente en el Paseo de la Reforma en el punto donde nos ha-
llbamos. Rpidamente me orient. Nunca estuve en esa calle, pero dos das antes haba ido a la oficina de la 
aerolnea. Conoca su peculiar distribucin. La oficina estaba en la cuchilla formada por las dos calles. Una 
puerta daba a cada una; la distancia entre ambas sera de tres o cuatro metros. Un pasillo cruzaba la oficina de 
puerta a puerta, y era fcil pasar de una calle a otra. Haba escritorios a un lado del pasadizo y, del otro, un 
gran mostrador redondo con dependientes y cajeras. El da en que estuve all, el sitio se hallaba repleto de 
gente. 

Quera apresurarme, incluso correr, pero el paso de don Juan era calmado. Cuando llegbamos a la puerta 
de la oficina, en la calle diagonal, supe, sin tener que volverme, que mi amigo haba, atravesado corriendo la 
avenida y estaba a punto de tomar la calle por donde bamos. Mir a don Juan, en la esperanza d que tuviera 
una solucin. Alz los hombros. Me sent molesto; tampoco a m se me ocurra nada, excepto propinar una 
trompada a mi amigo. Debo de haber suspirado o exhalado en ese momento preciso, pues de buenas a 
primeras sent una sbita prdida de aire debida a un formidable empujn que don Juan me haba dado, y que 
me lanz, girando, por la puerta de la oficina. Impelido por el tremendo empelln, prcticamente entr volando. 
Don Juan me tom tan desprevenido que mi cuerpo no ofreci resistencia alguna; el susto se mezcl con la 
sacudida concreta del empuje. Automticamente extend los brazos para proteger mi rostro. La fuerza del 
empujn fue tan grande que la saliva brot de mi boca y experiment un vrtigo leve al trastabillar dentro del 
recinto. Casi perd el equilibrio y tuve que hacer un esfuerzo supremo por no caer. Gir un par de veces; 
pareci que la velocidad de mis movimientos emborronara la escena. Vagamente advert una multitud de 
clientes que realizaban sus negocios. Me sent muy apenado. Supe que todo el mundo me miraba cruzar 
tambaleante la oficina. La idea de que estaba haciendo el ridculo era ms que incmoda. Una serie de 
pensamientos cruz en destellos mi mente. Tuve la certeza de que caera de cara. O chocara con un cliente, 
acaso una anciana que sera lastimada por el impacto. O peor aun, la puerta de cristal en el otro lado estara 
cerrada, y me estrellara contra ella. 

En un estado de ofuscacin, alcanc la puerta al Paseo de la Reforma. Estaba abierta y sal. Mi preocupacin 
del momento era conservar la calma, dar vuelta a la derecha y caminar hacia el centro como si nada hubiera 
ocurrido. Estaba seguro de que don Juan se me unira, y tal vez mi amigo haba seguido caminando por la calle 
diagonal. 

Abr los ojos, o mejor dicho los enfoqu en el rea frente a m. Tuve un largo momento de insensibilidad antes 
de tomar plena conciencia de lo que haba pasado. No me hallaba en el Paseo de la Reforma, como debera 
haber sido, sino en el mercado de La Lagunilla, a dos kilmetros y medio de distancia. 

#
Lo que experiment en el instante de ese reconocimiento, fue un azoro tan intenso que slo pude mirar, 
estupefacto. 

Observ en torno para orientarme. Advert que me hallaba muy cerca de donde haba encontrado a don Juan 
durante mi primer da en la ciudad de Mxico, Acaso estuviera incluso en el mismo sitio. Los puestos de 
monedas antiguas estaban a metro y medio. Hice un esfuerzo supremo por cobrar dominio de m. Obviamente, 
experimentaba una alucinacin. No poda ser de ningn otro modo. Rpidamente me volv para trasponer de 
nuevo la puerta de la oficina, pero a mis espaldas no hall ms que una hilera de puestos con libros y revistas 
de segunda mano. Don Juan estaba junto a m, a mi derecha. Luca una enorme sonrisa. 

Haba una presin en mi cabeza, una sensacin cosquilleante, como si por mi nariz pasara soda carbona-
tada. Me hallaba mudo. Trat, sin xito, de decir algo. 

O con claridad la voz de don Juan: me deca que no tratara de hablar ni de pensar, pero yo quera decir algo, 
cualquier cosa. Una angustia espantosa creca dentro de mi pecho. Sent lgrimas rodar por mis mejillas. 

Don Juan no me sacudi, como suele hacer cuando caigo presa de un miedo incontrolable. En vez de ello, 
me dio suaves palmaditas en la cabeza. 

-Ya, ya, Carlitos -dijo-. No te me deschavetes. 

Sostuvo mi rostro entre sus manos por un instante. 

-No trates de hablar -dijo. 

Soltndome, seal lo que tena lugar en torno nuestro. 

-Esto no es para hablar -dijo-. Esto es nada ms para observar. Observa! Observa todo! 

Yo estaba en verdad llorando. Pero mi reaccin al llanto era muy extraa; lo dejaba fluir sin ninguna 
preocupacin. No me importaba, en ese momento, si haca o no el ridculo. 

Mir alrededor. Precisamente frente a m haba un hombre de edad madura, con camisa rosa de manga corta 
y pantalones gris oscuro. Pareca norteamericano. Una mujer regordeta, sin duda su esposa, lo tomaba del 
brazo. El hombre manipulaba algunas monedas, mientras un muchacho de trece o catorce aos, acaso el hijo 
del propietario, lo vigilaba. El muchacho segua cada movimiento del hombre. Finalmente, ste puso de nuevo 
las monedas sobre la mesa, y el muchacho se relaj de inmediato. 

-Observa todo! -volvi a ordenar don Juan. 

No haba nada inslito que observar. La gente pasaba en todas direcciones. Me volv. Un hombre, que 
pareca atender el puesto de revistas, me miraba con fijeza. Parpade repetidas veces, como a punto de 
quedarse dormido. Se vea cansado o enfermo, amn de andrajoso. 

Sent que no haba nada que observar, al menos nada de verdadera importancia. Contempl la escena. 
Descubr que era imposible concentrar mi atencin en cualquier cosa. Don Juan camin en crculo a mi 
derredor. Actuaba como si evaluase algo en m. Mene la cabeza y frunci los labios. 

-Vamos, vamos -dijo, tomndome gentilmente del brazo-. Es hora de andar. 

Apenas empezamos a movernos, advert que mi cuerpo era muy ligero. De hecho, senta esponjosas las 
plantas de los pies. Tenan una elasticidad peculiar, como si fueran de hule. 

Don Juan estaba sin duda al tanto de mis sensaciones: me sostena con fuerza, como para impedirme 
escapar; me lastraba, como temiendo que yo fuera a ascender ms all de su alcance, a semejanza de un 
globo. 

Caminando me sent mejor. El nerviosismo cedi el paso a una tranquilidad amable. 

Nuevamente, don Juan insisti en que yo deba observarlo todo. Le dije que no haba nada que yo quisiera 
observar, que no me concerna lo que la gente estuviera haciendo en el mercado, y que no deseaba sentirme 
como un idiota, obsecrando cumplidamente la trivial actividad de alguien que compraba mondas o libros viejos, 
mientras lo importante se me escapaba entre los dedos. 

-Y cul es lo importante? -pregunt. 

Me detuve y le dije con vehemencia que lo importante era lo que l hubiese hecho para hacerme percibir que 
en cuestin de segundos haba cubierto la distancia entre la oficina de boletos y el mercado. 

En ese punto me ech a temblar y sent que iba a enfermar. Don Juan me hizo poner las manos contra el 
estmago. 

Seal en torno y declar una vez ms, en tono sereno, que la actividad mundana en nuestro derredor era lo 
nico importante. 

Me enoj con l. Tuve una sensacin fsica de girar. Aspir hondo. 

-Qu hizo usted, don Juan? -pregunt con forzada naturalidad. 

En tono confortante, repuso que de eso poda hablarme en cualquier momento, pero que los acontecimientos 
en torno mo no se repetiran jams. Yo estaba en completo acuerdo con ello. La actividad que yo presenciaba 
no poda, obviamente, repetirse en toda su complejidad. Mi argumento fue que en cualquier momento me era 
posible observar una actividad muy semejante. En cambio, la implicacin de haber sido transportado a travs 
de la distancia, fuera en la forma que fuere, era inconmensurablemente significativa. 

Cuando expuse este parecer, don Juan hizo temblar su cabeza como si lo que oa le resultara doloroso. 

Anduvimos un trecho en silencio. Mi cuerpo estaba enfebrecido. Not que las palmas de mis manos y las 
plantas de mis pies ardan. El mismo calor inslito pareca tambin localizarse en mis fosas nasales y mis 
prpados. 

-Qu hizo usted, don Juan? -pregunt, implorante. 

#
En vez de responder, me palme el pecho y ri. Dijo que los hombres eran criaturas muy frgiles, y se hacan 
an ms frgiles a travs de su vicio de entregarse a todo. En un tono sumamente serio, me exhort a no 
sentirme a punto de perecer; a empujarme ms all de mis lmites y, simplemente, centrar la atencin en el 
mundo en torno mo. 

Seguimos caminando, a un paso muy lento. Mi preocupacin era suprema. No me permita prestar atencin a 
nada. Don Juan se detuvo y pareci deliberar si hablaba o no. Abri la boca para decir algo, pero 
aparentemente cambi de idea y echamos a andar de nuevo. 

-Lo que pas es que viniste aqu -dijo de repente, mientras se volva a mirarme con fijeza. 

-Cmo ocurri eso? 

Dijo que lo ignoraba; lo nico que saba era que yo mismo haba elegido ese lugar. 

El nudo ciego se complicaba an ms conforme hablbamos. Yo quera conocer los pasos que l haba 
seguido, y l insista en que la eleccin del sitio era la nica cosa que podamos discutir, y como yo no saba 
por qu lo eleg, no haba esencialmente nada de qu hablar. Critic, sin enfado, mi obsesin por razonarlo 
todo, y la llam una entrega innecesaria. Dijo que actuar sin buscar explicaciones era ms sencillo y efectivo, y 
que yo disipaba mi experiencia hablando y pensando acerca de ella. 

Tras unos momentos, declar que debamos dejar ese sitio, pues yo lo haba echado a perder y me sera 
cada vez ms daino. 

Dejamos el mercado y caminamos hasta la Alameda. Me hallaba exhausto. Me desplom en una banca. Slo 
entonces se me ocurri mirar mi reloj. Eran las 10:20 AM. Tuve que realizar un gran esfuerzo para enfocar mi 
atencin. No recordaba la hora exacta en que don Juan y yo nos encontramos. Calcul que habra sido 
alrededor de las diez. Y no podamos haber tardado ms de diez minutos en caminar del mercado al parque, lo 
cual dejaba slo otros diez minutos fuera de cuenta. 

Habl a don Juan de mis clculos. Sonri. Tuve la certeza de que la sonrisa ocultaba desprecio, aunque nada 
haba en su rostro que traicionara tal sentimiento. 

-Usted piensa que soy un idiota sin remedio, no es cierto, don Juan? 

-Aj! -exclam, incorporndose de un salto. 

Su reaccin fue tan inesperada que yo tambin salt al mismo tiempo. 

-Dime exactamente que es lo que estoy sintiendo -dijo con nfasis. 

Yo senta conocer sus sentimientos. Era como si yo mismo los sintiera. Pero cuando trat de decir lo que 
senta, me di cuenta de que no poda hablar de ello. Hablar requera un esfuerzo tremendo. 

Don Juan dijo que yo todava no tena poder suficiente para "verlo" a l. Pero ciertamente poda "ver" lo 
bastante para encontrar por m mismo explicaciones adecuadas de lo que estaba ocurriendo. 

-No tengas pena -dijo-. Dime exactamente lo que ves. 

Tuve un pensamiento sbito y extrao, muy similar a los que suelen acudir a mi mente antes de quedarme 
dormido. Era ms que una idea; podra llamrsele, con ms exactitud, una imagen completa. Vi un cuadro que 
contenta diversos personajes. El que estaba justo enfrente de m era un hombre sentado tras un marco de 
ventana. El rea ms all del marco era difusa, pero el marco y el hombre resaltaban con la claridad del cristal. 
El hombre me miraba; tena la cabeza vuelta ligeramente hacia la izquierda, de manera que la mirada era de 
reojo. Pude ver que sus ojos se movan para conservarme en foco. Apoyaba en el pretil el codo derecho. Tena 
empuada la mano y contrados los msculos. 

A la izquierda del hombre, haba otra imagen en el cuadro. Era un len volador. Es decir, la cabeza y la 
melena eran de len, pero la parte inferior del cuerpo perteneca a un perro de aguas de pelambre blanca y 
rizada. 

Iba yo a enfocar en l mi atencin, cuando el hombre produjo con los labios un ruido chasqueante y sac por 
la ventana la cabeza y el tronco. Todo su cuerpo emergi como si algo lo empujara. Qued suspendido un 
momento, agarrando el pretil con las puntas de los dedos mientras oscilaba como pndulo. Despus se solt. 

Experiment en mi propio cuerpo la sensacin de cada. No era un desplome, sino un descenso suave, y 
luego un flotar acojinado. El hombre careca de peso. Permaneci estacionario un instante y luego se perdi de 
vista como si una fuerza incontrolable lo hubiera absorbido a travs de una grieta en el cuadro. Un segundo 
despus se hallaba de nuevo en la ventana, mirndome de reojo. Su antebrazo derecho descansaba en el 
pretil, slo que esta vez su mano se agitaba dicindome adis. 

El comentario de don Juan fue que mi "ver" era demasiado elaborado. 

-Eso no es lo mejor que tienes -dijo-. Quieres que te explique lo que sucedi? Bueno, pues yo quiero que 
uses tu ver para explicarlo. Ahorita viste, pero viste porqueras. Esa clase de informacin es intil para un 
guerrero. Llevara demasiado tiempo descifrar qu es qu. El ver debe ser directo, porque un guerrero no 
puede malgastar su tiempo en deshilar lo que l mismo est viendo. Ver es ver porque acaba con todas esas 
idioteces. 

Le pregunt si consideraba que mi visin haba sido slo una alucinacin, y no "ver" en realidad. l estaba 
convencido, a causa de lo intrincado del detalle, de que haba sido "ver", pero que no se ajustaba a la ocasin. 

-Piensa usted que mis visiones explican algo? -pregunt. 

-Seguro que s. Pero si yo estuviera en tu lugar no me pondra a deshilvanarlas. Al principio, ver es confuso y 
es muy fcil perderse all. Pero, a medida que el guerrero se pone ms fuerte, su ver se convierte en lo que 
debera ser: un conocimiento directo. 

#
Mientras don Juan hablaba, tuve uno de aquellos peculiares lapsos de sentimiento, y claramente percib que 
estaba a punto de quitar el velo a algo que ya conoca, una cosa que me eluda convirtindose en algo borroso. 
Tom conciencia de hallarme enmedio de una pugna. Mientras ms intentaba definir o alcanzar aquel esquivo 
conocimiento, ms hondo se hunda. 

-Ese ver fue demasiado... demasiado visionario -dijo don Juan. 

El sonido de su voz me estremeci. 

-Un guerrero hace una pregunta, y a travs d su ver obtiene una respuesta, pero la respuesta es sencilla, 
nunca es adornada hasta el punto de que hay perros de aguas voladores. 

Remos de la imagen. Y, medio en broma, le dije que l era demasiado estricto; cualquiera que atravesara lo 
que yo haba atravesado esa maana, mereca un poco de tolerancia. 

-Eso es irse por lo fcil -dijo-. Es el camino de la entrega. T haces girar el mundo sobre el sentimiento de 
que todo es demasiado para ti. T no ests viviendo como guerrero. 

Le dije que, habiendo tantas facetas en lo que l llamaba el camino del guerrero, resultaba imposible 
cumplirlas todas, y que el sentido del concepto slo se aclaraba cuando yo encontraba nuevas instancias en 
las que deba aplicarlo. 

-Una regla bsica para un guerrero -repuso- es hacer sus decisiones con tanto cuidado que nada de lo que 
pueda ocurrir como resultado de ellas sea capaz de sorprenderlo, mucho menos de menguar su poder. 

"Ser un guerrero significa ser humilde y alerta. Hoy da, lo que tenas que haber hecho era observar la escena 
que se desarrollaba frente a tus ojos, no romperte el seso tratando de razonar cmo era eso posible. Enfocaste 
tu atencin en el sitio que no debas. Si yo quisiera ser bueno contigo, me sera fcil decir que, siendo sta la 
primera vez que te ocurri, no estabas preparado. Pero eso no se puede permitir, porque viniste aqu como un 
guerrero, dispuesto a morir; por lo tanto, lo que te ocurri hoy no deba haberte agarrado con los pantalones en 
la mano." 

Conced que mi tendencia era la de entregarme al miedo y al desconcierto. 

-Digamos que una regla bsica para ti debe ser que, cuando vengas a verme, vengas preparado a morir -dijo 
l-. Si vienes dispuesto a morir, no habr cadas, ni sorpresas desagradables, ni acciones innecesarias. Todo 
caer suavemente en su sitio, porque t no ests esperando nada. 

-Eso es fcil de decir, don Juan. Pero yo estoy en la lnea de fuego. Yo soy el que tiene que vivir con todo 
esto. 

-El caso no es el que tengas que vivir con todo esto. T eres todo esto. No ests solamente tolerndolo por lo 
pronto. Tu decisin de unir fuerzas con este maligno mundo de la brujera, debera haber quemado todos esos 
pesados sentimientos de confusin y debera haberte dado la ligereza necesaria para reclamar todo esto como 
tu mundo. 

Me sent apenado y triste. Las acciones de don Juan, por ms preparado que me hallara, me abrumaban en 
tal forma que cada vez que entraba en contacto con el no me quedaba otro recurso sino el de actuar y sentirme 
como una persona regaona, semirracional. Experiment un brote de ira y no quise seguir escribiendo. En ese 
momento, deseaba desgarrar mis notas y tirarlas en el bote de la basura. Y lo hubiera hecho de no ser por don 
Juan, quien ri y detuvo mi brazo. 

En tono burln dijo que mi "tonal" estaba a punto de caer en sus tonteras habituales. Me recomend ir a la 
fuente y echarme agua en el cuello y las orejas. 

El agua me tranquiliz. Permanecimos callados largo tiempo. 

-Escribe, escribe -me inst don Juan en tono amistoso-. Digamos que tu cuaderno es la nica brujera que 
tienes. Romperlo es otro modo de abrirte a tu muerte. Sera otro de tus berrinches, un berrinche vistoso cuando 
mucho, pero no un cambio. Un guerrero jams deja la isla del tonal. La utiliza. 

Seal en torno con un rpido ademn, y luego toc mi cuaderno. 

-ste es tu mundo. No puedes renunciar a l. Es intil enojarse y desilusionarse con uno mismo. Eso simple y 
llanamente prueba que el tonal de uno est envuelto en una batalla interna; una batalla dentro del propio tonal 
es una de las luchas ms imbciles que pueden ocurrir. La vida ajustada de un guerrero est diseada para 
acabar con esa lucha. Desde el principio te he enseado a evitar la fatiga y el desgaste. Ahora ya no hay la 
guerra esa que haba dentro de ti, porque el camino del guerrero es armona: la armona entre las acciones y 
las decisiones, al principio, y luego la armona entre tonal y nagual. 

"Durante todo este tiempo que llevo de conocerte, he hablado tanto a tu tonal como a tu nagual. sa es la 
forma de conducir la instruccin. 

"Al comienzo, uno tiene que hablarle al tonal. El tonal es el que debe ceder el control. Pero hay que hacerlo 
que lo ceda con alegra. Por ejemplo, tu tonal ha cedido algunos controles sin mucho forcejeo, porque se le 
hizo claro que, de seguir como estaba, la totalidad de ti estara muerta hoy en da. En otras palabras, se hace 
que el tonal abandone cosas innecesarias como el sentirse importante y el entregarse al vicio, las cuales slo 
lo hunden en el aburrimiento. Todo el problema es que el tonal se aferra a esas cosas cuando debera dar las 
gracias por librarse de esa porquera. La tarea es entonces convencer al tonal de que se haga libre y fluido. 
Eso es lo que un brujo necesita antes que cualquier otra cosa: un tonal fuerte, y libre. Mientras ms se 
fortalece, menos se aferra a sus hechos, y ms fcil resulta encogerlo. As, lo que ocurri esta maana fue que 
vi la oportunidad de encoger tu tonal. Por un instante, estabas distrado, apurado, sin pensar, y agarr ese 
momento para empujarte. 

#
"El tonal se encoge en determinados momentos, sobre todo cuando se apena. De hecho, una caracterstica 
del tonal es su timidez. Su timidez no viene realmente al caso. Pero hay ciertas ocasiones en que el tonal es 
tomado por sorpresa, y su timidez, inevitablemente, lo encoge. 

"Esta maana atrap mi centmetro cbico de suerte. Not la puerta abierta de esa oficina y te di un empujn. 
Un empujn es entonces la tcnica para encoger el tonal. Uno tiene que empujar en el instante preciso; para 
ello, por supuesto, uno debe saber cmo ver. 

"Una vez que el hombre ha sido empujado y su tonal se encoge, su nagual, si es que ya est en movimiento, 
por ms pequeo que sea este movimiento, toma las riendas y realiza hazaas extraordinarias. Tu nagual tom 
las riendas esta maana y acabaste en el mercado." 

Permaneci en silencio unos instantes. Pareca aguardar preguntas. Nos miramos. 

-De veras no s cmo -dijo como si leyera mi mente-. Slo s que el nagual es capaz de hazaas 
inconcebibles. 

"Esta maana te ped observar. Esa escena frente a ti, fuera lo que fuese, tena un valor incalculable para ti. 
Pero en vez de seguir mi consejo, te entregaste a lamentar tu suerte y la confusin y no observaste. 

"Durante un rato fuiste todo nagual y no podas hablar. se era el momento de observar. Luego, poco a poco, 
tu tonal recuper las riendas; y antes que tirarte a una batalla mortal entre tu tonal y tu nagual, te hice caminar 
hasta aqu." 

-Qu haba en esa escena, don Juan? Qu era tan importante? 

-No lo s. Eso no me estaba pasando a m. 

-Qu quiere usted decir: 

-Fue experiencia tuya, no ma. 

-Pero usted estaba conmigo. O no? 

-No. Yo no estaba. T estabas solo. Te dije repetidas veces que observaras todo, porque esa escena era slo 
para ti. 

-Pero usted estaba parado junto a m, don Juan. 

-No. No estaba. Pero es intil hablar de eso. Lo que yo pudiera decir carece de sentido, porque durante esos 
momentos estbamos en la hora del nagual. Los asuntos del nagual slo pueden atestiguarse con el cuerpo, 
no con la razn. 

-Si usted no estaba conmigo, don Juan, quin o qu era la persona que yo atestig como usted? 

-Era yo, y sin embargo yo no estaba all. 

-Dnde estaba usted, entonces? 

-Estaba contigo, pero no all. Digamos que andaba contigo, pero no en el sitio particular donde tu nagual te 
haba llevado. 

-O sea que usted no saba que estbamos en el mercado? 

-No, no lo saba. Nada ms te fui siguiendo para no perderte. 

-Esto es verdaderamente espantoso, don Juan. 

-Estbamos en la hora del nagual, y eso nada tiene de espantoso. Somos capaces de hacer mucho ms que 
todo eso. Tal es nuestra naturaleza como seres luminosos. Nuestro error es que insistimos en permanecer en 
nuestra isla, montona y fastidiosa, pero conveniente. El tonal es el villano y no debera serlo. 

Describ lo poco que recordaba. l quiso saber si me haba fijado en algunas caractersticas del cielo, como la 
luz, las nubes, el sol. O si haba odo ruidos de cualquier especie. O si haba visto personas o sucesos fuera de 
lo comn. Quiso saber si alguien peleaba. O si la gente gritaba, y en ese caso, lo que haba dicho. 

No pude responder a ninguna de sus preguntas. La verdad era que yo simplemente acept el hecho segn su 
apariencia, admitiendo como axioma el haber "volado" una distancia considerable en uno o dos segundos para, 
gracias al conocimiento de don Juan, fuera el que fuese, aterrizar en toda mi corporeidad material dentro del 
mercado. 

Mis reacciones fueron un corolario directo de tal interpretacin. Quise saber los procedimientos, lo que saba 
cada uno, de "cmo se hace". Por tanto, no me importaba observar lo que, segn mi conviccin, eran los 
sucesos cotidianos de un hecho mundano. 

-Piensa usted que la gente me vio en el mercado? -pregunt. 

Don Juan no respondi. Riendo, me golpe levemente con el puo. 

Trat de recordar si haba tenido algn contacto fsico con la gente. La memoria me fall. 

-Qu cree usted que vio la gente cuando entr en la oficina de la aerolnea? 

-Probablemente vieron a un hombre que cruzaba como borracho de una puerta a la otra. 

-Pero me vieron desaparecer en el aire? 

-De eso se ocupa el nagual. Yo no s cmo. Todo lo que puedo decirte es que somos seres luminosos y 
fluidos, hechos de fibras. El acuerdo de que somos objetos slidos es cosa del tonal. Cuando el tonal se 
encoge, son posibles cosas extraordinarias. Pero slo son extraordinarias para el tonal. 

"Para el nagual, no es nada moverse como t hiciste esta maana. Sobre todo para tu nagual, que ya es 
capaz de tretas difciles. Da por hecho que ya est hundido en algo terriblemente extrao. Puedes sentir lo 
que es?" 

Un milln de preguntas y sensaciones me invadieron de pronto. Fue como si una racha de viento hubiera 
desprendido mi capa de compostura. Me estremec. Mi cuerpo se senta al borde de un abismo. Luchaba yo 
con algn conocimiento misterioso pero concreto. Era como hallarme a punto de que me mostraran algo, y sin 

#
embargo alguna terca parte de m insista en cubrirlo con una nube. La pugna me adormeca gradualmente, 
hasta que ya no senta mi propio cuerpo. Tena la boca abierta y los ojos entrecerrados. Tuve la sensacin de 
que poda ver mi rostro endurecerse ms y ms, hasta ser el rostro de un cadver reseco, con la piel 
amarillenta adherida al crneo. 

Lo siguiente que sent fue una sacudida. Don Juan estaba de pie a mi lado, con una cubeta vaca en las 
manos. Me haba empapado. Tos y me enjugu el agua de la cara, y sent otro escalofro en la espalda. De un 
salto abandon la banca. Don Juan me haba echado agua por el cuello. 

Un grupo de nios me miraba y rea. Don Juan me sonri. Recogi mi cuaderno y dijo que sera bueno ir a mi 
hotel para que yo pudiera cambiarme. Me sac del parque. Estuvimos un momento parados en la acera antes 
de que pasara un coche de alquiler. 

Horas despus, tras almorzar y descansar, don Juan y yo tomamos asiento en su banca favorita del parque 
junto a la iglesia. En forma oblicua, llegamos al tema de mi extraa reaccin. l pareca muy cauteloso. No me 
enfrent directamente con ella. 

-Esas cosas pasan -dijo-. El nagual, una vez que aprende a salir a la superficie puede causar un gran dao al 
tonal si sale sin ningn control. Pero tu caso es especial. Te entregas de un modo tan exagerado que podras 
morir sin que te importara, o peor aun, sin darte siquiera cuenta de que te ests muriendo. 

Le dije que mi reaccin empez al preguntarme l si poda sentir lo que mi nagual haba hecho. Crea saber 
exactamente a qu cosa aluda, pero al tratar de describir qu era, me descubr incapaz de pensar con lucidez. 
Experimentaba una sensacin de ligereza, casi una indiferencia, como si nada me importara en realidad. 
Luego, tal sensacin se convirti en una concentracin mesmerizante. Era como si todo cuanto haba en ml 
fuera extrado por lenta succin. Lo que atraa y atrapaba mi atencin era la clara sensacin de que un secreto 
portentoso estaba a punto de revelrseme, y yo no quera que nada interfiriera con tal revelacin. 

-Lo que se te iba a revelar era tu muerte -dijo don Juan-. Ese es el riesgo de entregarse. Sobre todo para ti, 
que de natural eres tan exagerado. Tu tonal es tan dado a darse de por s a todo que amenaza tu totalidad. sa 
es una terrible forma de ser. 

-Qu puedo hacer? 

-Tu tonal debe convencerse con razones, tu nagual con acciones, hasta que cada uno apuntale al otro. Como 
te he dicho, el tonal gobierna, pero as y todo es muy vulnerable. El nagual, en cambio, nunca, o casi nunca, 
acta; pero cuando lo hace, aterra al tonal. 

"Esta maana tu tonal se asust y empez a encogerse por s mismo, y entonces tu nagual empez a 
imponerse. 

"Tuve que pedirle su cubeta a uno de los fotgrafos del parque, para azotar al nagual como a un perro 
rabioso y volverlo a su sitio. Hay que proteger al tonal a cualquier costo. Hay que quitarle la corona, pero debe 
permanecer como el supervisor protegido. 

"Cualquier amenaza para el tonal resulta siempre en su muerte. Y si el tonal muere, muere tambin el 
hombre. A causa de su debilidad nata, el tonal se destruye con facilidad, y as una de las artes del equilibrio del 
guerrero es hacer que el nagual emerja para apuntalar al tonal. Digo que es un arte, porque los brujos saben 
que slo tirando al tonal para arriba puede emerger el nagual. Ves a qu me refiero? Ese tirn se llama poder 
personal." 

Don Juan se puso en pie, estir los brazos y arque la espalda. Empec a levantarme yo tambin, pero lo 
impidi empujndome con suavidad. 

-T debes quedarte en esta banca hasta el crepsculo -dijo-. Yo tengo que irme ahora mismo. Genaro me 
espera en las montaas. Ven a su casa dentro de tres das y all nos encontraremos. 

-Qu va a hacer usted en casa de don Genaro? -pregunt. 

-Depende de que tengas suficiente poder -dijo-, a lo mejor Genaro te ensea el nagual. 

Haba otra cosa que yo necesitaba expresar en ese momento. Tena que saber si su traje era un recurso de 
choque reservado para m, o. parte normal de su vida. Ninguno de sus actos haba causado nunca en m tal 
desconcierto como el que se vistiera de traje No era slo el acto mismo el que me impresionaba tanto, sino el 
hecho de que don Juan era elegante. Sus piernas posean una agilidad juvenil. Parecera que el usar zapatos 
hubiera alterado su punto de equilibrio; sus pasos eran ms largos y firmes que de costumbre. 

-Usa usted traje todo el tiempo? -pregunt. 

-S -repuso con una sonrisa encantadora-. Tengo otros, pero no quise ponerme hoy un traje distinto, porque 
eso te habra asustado ms todava. 

No supe qu pensar. Sent haber llegado al final de mi camino. Si don Juan usaba traje y se vea elegante, 
todo era posible. 

l ri; pareca disfrutar mi confusin. 

-Soy un accionista -dijo en tono misterioso, pero sin afectacin alguna, y se alej. 

A la maana siguiente, jueves, ped a un amigo acompaarme a caminar desde la puerta de la oficina donde 
don Juan me empuj, hasta el mercado de la Lagunilla. Tomamos la ruta ms directa. Tardamos treinta y cinco 
minutos. Una vez que llegamos, trat de orientarme. Fracas. Entr en una tienda de ropa, en la esquina de la 
ancha avenida donde nos hallbamos. 

-Disculpe usted -dije a una joven que limpiaba gentilmente un sombrero con un sacudidor-. Dnde estn los 
puestos de monedas y libros usados? 

-No tenemos de eso -repuso con mal humor. 

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-Pero yo los vi ayer, por aqu en este mercado. 

-No me diga -contest yendo tras el mostrador. 

Corr tras ella y le supliqu decirme dnde estaban los puestos. Me mir de arriba a abajo. 

-No pudo usted haberlos visto ayer -dijo-. Esos puestos se arman nada ms los domingos, aqu mismo junto a 
esta pared. No los tenemos entre semana. 

-Nada ms los domingos? -repet maquinalmente. 

-S. Nada ms los domingos. As es la cosa. Entre semana, estorbaran el trnsito. 

Seal la ancha avenida llena de coches. 

 

LA HORA DEL NAGUAL 

 

Sub corriendo una pendiente frente a la casa de don Genaro y vi a don Juan y don Genaro sentados en un 
espacio despejado junto a la puerta. Me sonrieron. Haba en sus sonrisas tal calor e inocencia, que mi cuerpo 
experiment un estado de alarma inmediata. Automticamente aminor el paso. Los salud. 

-Pero, cmo ests? -me pregunt Genaro, con tal afectacin que todos remos. 

-Est ms que bien intervino don Juan antes de que yo pudiera responder. 

-Eso veo -repuso don Genaro-. Mira esa papada! Y mira ese chicharrn en los cachetes! 

Don Juan se ech a rer agarrndose el estmago. 

-Tienes la cara redonda -prosigui don Genaro-. A qu te has dedicado? A comer? 

Don Juan le asegur, en son de broma, que mi estilo de vida me impona comer en abundancia. De la 
manera ms amistosa, hicieron bromas acerca de mi vida, y luego don Juan me pidi sentarme entre ellos. El 
sol ya se haba puesto detrs de la enorme cordillera del oeste. 

-Dnde est tu famoso cuaderno? -me pregunt don Genaro, y cuando lo saqu del bolsillo grit como los 
charros y me lo quit de las manos. 

Obviamente, me haba observado con gran cuidado y conoca a la perfeccin mis manerismos. Sostuvo el 
Cuaderno en ambas manos y jug nerviosamente con l, como si no supiera en qu ocuparlo. Dos veces 
pareci a punto de arrojarlo a un lado, pero se contuvo. Luego lo reclin contra sus rodillas y fingi escribir 
febrilmente, como yo hago. 

Don Juan ri tanto que casi se ahoga. 

-Qu hiciste despus de que me fui? -pregunt cuando ambos se hubieron calmado. 

-El jueves fui al mercado -dije. 

-Qu hacas all? Desandando tus pasos? -repuso. 

Don Genaro cay hacia atrs y produjo con los labios el ruido seco de una cabeza al golpear contra el suelo. 
Me mir de reojo e hizo un guio. 

-Tuve que hacerlo -dije-. Y descubr que entre semana no hay puestos de monedas ni de libros usados. 

Los dos rieron. Luego don Juan dijo que hacer preguntas no revelara nada nuevo. 

-Qu es lo que realmente pas, don Juan? -pregunt. 

-Creme, no hay manera de saberlo -dijo con sequedad-. En esos asuntos, t y yo estamos en las mismas. 
Mi ventaja sobre ti en este momento es que yo s cmo llegar al nagual, y t no. Pero una vez que llego all, no 
tengo ms ventaja ni ms conocimiento que t. 

-Aterric realmente en el mercado, don Juan? -pregunt. 

-Claro que s. Ya te lo dije: el nagual est a las rdenes del guerrero. No es cierto, Genaro? 

-Cierto! -exclam don Genaro con voz atronadora y se incorpor en un solo movimiento. Fue como si su voz 
lo hubiera alzado, desde una postura yacente, hasta una perfectamente vertical. 

Don Juan casi rodaba por el suelo de tanto rer. Don Genaro, con aire de indiferencia, hizo una cmica 
reverencia y dijo adis. 

-Genaro te ver maana en la maana -dijo don Juan-. Ahora debes quedarte aqu sentado en silencio 
completo. 

No dijimos otra palabra. Tras horas de silencio, me qued dormido. 

Mir mi reloj. Eran casi las seis de la maana. Don Juan examin la slida masa de nubes, blancas y densas, 
sobre el horizonte oriental, y concluy que sera un da nublado. Don Genaro olfate el aire y aadi que 
tambin sera caluroso y sin viento. 

-Hasta dnde vamos? -pregunt. 

-Hasta esos eucaliptos de all -replic don Genaro, sealando lo que pareca ser una arboleda, a menos de 
dos kilmetros de distancia. 

Cuando llegamos all, pude ver que no era una arboleda; los eucaliptos haban sido plantados en lneas 
rectas para marcar los limites de campos donde se hacan diferentes cultivos. Caminamos por el borde de un 
maizal, bajo una fila de rboles enormes, delgados y derechos, de ms de treinta metros de altura, y llegamos 
a un campo baldo. Supuse que la cosecha acababa de recogerse. Quedaban slo hojas y tallos secos de unas 
plantas que no reconoc. Me agach a recoger una hoja, pero don Genaro me detuvo. Asi mi brazo con gran 
fuerza. Me retraje dolorido, y entonces not que slo me tocaba suavemente con los dedos. 

Evidentemente saba lo que haba hecho y lo que yo experimentaba. Con un veloz movimiento, quit los 
dedos de mi brazo y luego los puso de nuevo, gentilmente. Lo repiti una vez ms y ri de mi mueca de dolor, 

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como un nio deleitado. Luego me mostr el perfil. Su nariz aguilea le daba aspecto de pjaro: de un pjaro 
con extraos y largos dientes blancos. 

En voz suave, don Juan me dijo que no tocara nada. Le pregunt si saba qu clase de cosecha se haba 
levantado all. Pareca a punto de responder, pero don Genaro terci diciendo que era un campo de gusanos. 

Don Juan me mir con fijeza, sin asomo de sonrisa. La respuesta absurda de don Genaro tena visos de 
chiste. Aguard el pie para empezar a rer, pero ellos slo me miraron. 

-Un campo de gusanos muy lindos -dijo don Genaro-. S, lo que aqu creca eran los gusanos ms bonitos 
que yo he visto. 

Se volvi hacia don Juan. Ambos se miraron un instante. 

-No es cierto? -pregunt. 

-Absolutamente cierto -dijo don Juan, y volvindose a m aadi en voz baja-: Genaro tiene hoy la batuta; slo 
l puede decir qu es qu, conque haz exactamente lo que diga. 

La idea de que don Genaro tena las riendas me llen de terror. Mir a don Juan para decrselo; pero antes 
de que pudiera pronunciar una sola palabra, don Genaro solt un largo y formidable grito: un clamor tan fuerte 
y temible que sent cmo mi nuca se hinchaba y el cabello flotaba como si un viento lo moviera. Tuve un 
instante de disociacin completa y habra permanecido inmvil en mi sitio de no haber sido por don Juan, quien 
con increble velocidad y dominio hizo girar mi cuerpo para que mis ojos atestiguaran una hazaa inconcebible. 
Don Genaro estaba parado horizontalmente, a unos treinta metros del suelo, sobre el tronco de un eucalipto 
que se hallaba acaso a cincuenta metros de distancia. Es decir, estaba parado con las piernas abiertas, 
perpendicular al tronco. Era como si tuviese ganchos en el calzado y con ellos pudiera desafiar la gravedad. 
Tena los brazos cruzados sobre el pecho y me daba la espalda. 

Lo mir fijamente. No quera parpadear por miedo a perderlo de vista. Realic un rpido juicio y conclu que, 
de conservarlo dentro de mi campo de visin, tal vez podra detectar un indicio, un movimiento, un gesto, o 
cualquier cosa que me ayudara a comprender qu ocurra. 

Sent la cabeza de don Juan junto a mi odo derecho; en un susurro me dijo que cualquier intento de explicar 
era intil e idiota. Lo o repetir: 

-Empuja la barriga para abajo, para abajo. 

Era una tcnica que me haba enseado, aos antes, para momentos de gran peligro, miedo o tensin. 
Consista en empujar hacia abajo el diafragma mientras se tomaban cuatro marcadas bocanadas de aire, 
seguidas por cuatro hondas inhalaciones y exhalaciones por la nariz. Haba explicado que las bocanadas 
tenan que sentirse como sacudidas en la parte media del cuerpo, y que el mantener las manos apretadamente 
enlazadas, cubriendo el ombligo, daba fuerza a la seccin abdominal y ayudaba a controlar las bocanadas y las 
inhalaciones profundas, que deban retenerse hasta la cuenta de ocho mientras el diafragma se presionaba 
hacia abajo. Las exhalaciones se hacan dos veces a travs de la nariz y dos a travs de la boca, en forma 
lenta o acelerada, segn la propia preferencia. 

Maquinalmente obedec a don Juan. No me atreva, sin embargo, a apartar los ojos de don Genaro. 
Conforme segua respirando, mi cuerpo se relaj y me di cuenta de que don Juan torca mis piernas. Al 
parecer, cuando me hizo girar mi pie derecho se ator en un montn de tierra y mi pierna izquierda qued 
forzadamente doblada. Cuando me enderez, cobr conciencia de que el choque de ver a don Genaro parado 
en el tronco de un rbol me haba hecho ignorar mi incomodidad. 

Don Juan me susurr al odo que no fijara la vista en don Genaro. 

-Parpadea! Parpadea! -lo o decir. 

Durante un momento sent renuencia. Don Juan volvi a ordenarme. Yo estaba convencido de que todo el 
fenmeno se ligaba de algn modo a m como el observador, y que si yo, nico testigo de la hazaa de don 
Genaro, dejaba de mirarlo, caera por tierra, o acaso la escena entera desaparecera. 

Tras una inmovilidad torturantemente larga, don Genaro gir sobre sus talones, cuarenta y cinco grados a la 
derecha, y empez a caminar tronco arriba. Su cuerpo temblaba: Lo vi dar un pequeo paso tras otro, hasta 
que hubo avanzado ocho. Incluso rode una rama. Luego, con los brazos cruzados todava sobre el pecho, 
tom asiento en el tronco, dndome la espalda. Sus piernas pendan como si se hallara sentado en una silla, 
como si la gravedad no tuviera efecto sobre l. Luego pareci andar sentado, hacia abajo. Alcanz una rama 
paralela a su cuerpo y por unos segundos se reclin en ella con el brazo izquierdo y la cabeza; pareca 
apoyarse para lograr un efecto dramtico ms que para sostener su cuerpo. Luego reanud su camino 
pasando, centmetro a centmetro, del tronco a la rama, hasta que hubo cambiado de postura y se hall 
sentado como cualquiera podra sentarse normalmente en una rama. 

Don Juan ri por lo bajo. Yo tena un horrible sabor en la boca. Quise volverme hacia don Juan, que se 
hallaba un poco detrs de m, a la derecha, pero no me atreva a perderme ninguna de las acciones de don 
Genaro. 

Tras unos minutos, cruz los pies y los meci suavemente; finalmente, volvi a deslizarse hacia arriba sobre 
el tronco. 

Don Juan me tom la cabeza entre las manos y la inclin hacia la izquierda a modo que mi lnea de visin 
fuera paralela al rbol, ms que perpendicular. Mirando a don Genaro desde ese ngulo, no pareca estar 
desafiando la gravedad. Simplemente se hallaba sentado en el tronco de un rbol. Not entonces que, si lo 
miraba sin pestaear, el trasfondo se haca vago y difuso, y la claridad del cuerpo de don Genaro se 
intensificaba; su forma se haca predominante, como si nada ms existiera. 

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Velozmente, don Genaro volvi a deslizarse a la rama. Qued sentado meciendo los pies, como en un 
trapecio. El mirarlo desde una perspectiva sesgada haca que ambas posiciones, especialmente aqulla sobre 
el tronco, parecieran factibles. 

Don Juan volvi mi cabeza a la derecha hasta llevarla a descansar sobre mi hombro. La posicin de don 
Genaro en la rama se miraba perfectamente normal, pero cuando pas de nuevo al tronco, no pude efectuar el 
ajuste de percepcin necesario y lo vi como si estuviese al revs, con la cabeza hacia el suelo. 

Don Genaro se desplaz varias veces de un lado a otro, y don Juan, a la par, mova mi cabeza de lado a 
lado. El resultado de sus manipulaciones fue que perd por entero la pista de mi perspectiva normal, y sin ella 
las acciones de don Genaro no eran tan espeluznantes. 

Don Genaro permaneci un largo rato en la rama. Don Juan me enderez el cuello y susurr que don Genaro 
estaba a punto de descender. Lo o decir en tono imperioso: 

-Empuja para abajo, para abajo. 

Me hallaba a mitad de una exhalacin rpida cuando el cuerpo de don Genaro pareci transfigurarse por 
alguna especie de tensin; resplandeci, se hizo laxo, oscil hacia atrs y colg un momento de las rodillas. 
Sus piernas parecan flccidas, incapaces de seguir dobladas, y cay al suelo. 

En el instante que empez a caer, yo mismo experiment una sensacin de cada a travs de espacio 
interminable. Mi cuerpo entero senta una angustia dolorosa y. al mismo tiempo altamente placentera; una 
angustia de tal intensidad y duracin que mis piernas no pudieron ya soportar el peso de mi cuerpo y ca sobre 
la tierra suave. Apenas pude mover los brazos para aminorar la cada. Respiraba tan agitadamente que la tierra 
se meti en mi nariz y me daba comezn. Trat de levantarme; mis msculos parecan haber perdido la fuerza. 

Don Juan y don Genaro vinieron a mi lado. oa sus voces como si estuvieran lejos, pero los senta jalarme. 
Deben de haberme levantado, asindome cada uno por un brazo y una pierna, Para llevarme en vilo. Yo tena 
plena conciencia de la incmoda posicin de mi cuello y mi cabeza. Mis ojos estaban abiertos. Vea el suelo y 
trozos de hierba pasar debajo de m. Finalmente, tuve un ataque de fro. El agua entraba en mi boca y mi nariz 
y me haca toser. Mis brazos y mis piernas se movieron frenticamente. Empec a nadar, pero el agua -no era 
lo bastante profunda, y me hall de pie en el ro de poco fondo al que me haban arrojado. 

Don Juan y don Genaro rieron hasta la tontera. Don Juan se enroll los pantalones y se acerc a m; me mir 
a los ojos, dijo que an no estaba completo, y suavemente volvi a empujarme al agua. Mi cuerpo no ofreci 
resistencia. Yo no deseaba sumergirme de nuevo, pero no haba manera de conectar mi volicin a mis 
msculos, v me desplom hacia atrs. El fro fue todava ms intenso. Me levant de un salto y, por error, sal 
corriendo a la ribera opuesta. Don Juan y don Genaro se pusieron a gritar y a silbar y arrojaban piedras a los 
arbustos delante de m, como si acorralaran a un novillo fugitivo. Regres cruzando el ro y tom asiento en 
una roca junto a ellos. Don Genaro me dio mi ropa y entonces advert que me hallaba desnudo, aunque no 
recordaba cundo ni cmo me quit la ropa. Estaba empapado, y no quise ponrmela de inmediato. Don Juan 
se volvi a don Genaro y dijo con voz resonante: 

-Por amor de Dios, dnle una toalla a este hombre! 

Tard un par de segundos en advertir el absurdo. Me senta muy bien. De hecho, era tan feliz que no 
deseaba hablar. Tuve, empero, la certeza de que, si mostraba mi euforia, volveran a echarme al agua. 

Don Genaro me vigilaba. Sus ojos brillaban como los de un animal salvaje. Me atravesaban. 

-Ya ests mejor -me dijo don Juan de repente-, Ya ests controlndote ahora, pero all junto a los eucaliptos 
te diste a tus vicios como hijo de puta. 

Quise rer histricamente. Las palabras de don Juan parecan tan por entero graciosas que cost un esfuerzo 
supremo dominarme. Una comezn incontrolable en la parte media de mi cuerpo me hizo quitarme la ropa y 
echarme de nuevo al agua. Permanec en el ro unos cinco minutos. La frialdad restaur mi sentido de lo 
propio. Cuando sal, era yo mismo otra vez. 

-Bien hecho -dijo don Juan, tocndome el hombro. 

Me guiaron de regreso a los eucaliptos. Conforme bamos, don Juan explic que mi tonal haba resultado 
peligrosamente vulnerable, y al parecer tuvo demasiado con la incongruencia de los actos de don Genaro. Dijo 
que decidieron ya no meterse con l y regresar a la casa de don Genaro, pero el hecho de que supe que deba 
lanzarme al ro cambiaba todo. No dijo, sin embargo, lo que se proponan. 

Nos detuvimos a mitad de un campo, en el sitio donde estuvimos antes. Don Juan estaba a mi derecha y don 
Genaro a mi izquierda. Ambos tensaban los msculos, en estado de alerta. Mantuvieron la tensin unos diez 
minutos. Yo mova los ojos del uno al otro. Pens que don Juan me indicara qu hacer. Tena razn. En 
determinado momento relaj el cuerpo y pate unos terrones. Sin mirarme, dijo: 

-Creo que mejor nos vamos. 

Automticamente razon que don Genaro deba de haber tenido la intencin de darme otra demostracin del 
nagual, pero decidi no hacerlo. Me sent aliviado. Esper otro momento por una confirmacin definitiva. Don 
Genaro tambin se destens y entonces ambos dieron un paso. Supe que habamos terminado all. Pero en el 
instante mismo en que me afloj, don Genaro volvi a lanzar un grito increble. 

Empec a respirar frenticamente. Mir en torno. Don Genaro haba desaparecido. Don Juan estaba frente a 
m. Su cuerpo se estremeca de risa. Me dio la cara. 

-Lo siento dijo en un susurro-. No hay otro modo. 

Quise preguntar por don Genaro, pero senta que, de no seguir respirando y presionando m diafragma, 
morira. Don Juan seal con su barbilla un sitio a mis espaldas. Sin mover los pies, empec a volverme a 

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mirar sobre el hombro izquierdo. Pero antes de que pudiese ver lo que sealaba, don Juan salt y me detuvo. 
La fuerza de su salto y la celeridad con que me aferr hicieron que perdiese mi equilibrio. Al caer de espaldas 
tuve la sensacin de que mi reaccin sobresaltada haba sido agarrarme a don Juan, y que en consecuencia lo 
arrastraba en mi cada. Pero cuando alc la vista, hubo total discordancia entre las impresiones de mis sentidos 
tctil y visual. Vi a don Juan de pie junto a m, riendo, mientras mi cuerpo senta sin lugar a dudas el peso y la 
presin de otro cuerpo encima de m, casi inmovilizndome. 

Don Juan extendi la mano y me ayud a levantarme. Mi sensacin corporal fue la de que l alzaba dos 
cuerpos. Sonri como quien sabe y susurr que nunca haba que volverse a la izquierda para enfrentar al 
nagual. Dijo que el nagual era fatdico y que no haba necesidad de acrecentar todava ms el riesgo. Luego 
me dio vuelta con gentileza y me hizo encarar un enorme eucalipto. Era acaso el rbol ms viejo de las 
inmediaciones. Su tronco era casi dos veces ms grueso que el de cualquier otro. Don Juan seal hacia arriba 
con los ojos. Don Genaro se hallaba encaramado en una rama. Me daba el rostro. Vi sus ojos como dos 
espejos enormes que reflejaban luz. No quera mirar pero don Juan insisti en que no apartara la vista. En un 
susurro muy enrgico me orden que no parpadeara ni sucumbiera al susto o a la entrega. 

Advert que si pestaeaba de continuo, los ojos de don Genaro no eran tan imponentes. Slo al fijar la vista el 
resplandor enloqueca. 

Estuvo largo tiempo acuclillado en la rama. Luego, sin mover el cuerpo para nada, salt y aterriz, en la 
misma postura, a un par de metros de donde me encontraba. Presenci la secuencia completa de su salto, y 
supe haber percibido ms de lo que mis ojos me permitieron aprehender. Don Genaro no haba saltado en 
verdad. Algo lo haba empujado desde atrs hacindolo deslizar en curso parablico. La rama donde estuvo 
trepado se hallaba a unos treinta metros de altura, y el rbol creca como a cuarenta y cinco de distancia; as, 
su cuerpo tuvo que trazar una parbola para caer donde cay. Pero la fuerza necesaria para, cubrir el trecho 
no era producto de los msculos de don Genaro; un "soplo" impuls su cuerpo desde la rama hasta el suelo. 
En cierto punto vi las suelas de sus zapatos, y su posterior, conforme su cuerpo describa la parbola. Despus 
aterriz con suavidad, aunque su peso deshizo los terrones duros y secos e incluso levant algo de polvo. 

Don Juan ri por lo bajo a mis espaldas. Don Genaro se puso en pie-como si nada hubiese ocurrido y me jal 
de la manga para indicar que nos bamos. 

Nadie habl en el camino a la casa. Me senta lcido y compuesto. Un par de veces, don Juan se detuvo y 
examin mis ojos mirndolos detenidamente. Pareci satisfecho. Apenas llegamos, don Genaro fue atrs de la 
casa. Todava era temprano. Don Juan tom asiento en el suelo junto a la puerta y. me seal un sitio donde 
sentarme. Yo estaba exhausto. Me acost y me apagu como una vela. 

Despert porque don Juan me sacuda. Quise ver la hora. No tena reloj. Don Juan lo sac del bolsillo de su 
camisa y me lo devolvi. Era la una de la tarde. Alc los ojos y encontr los suyos. 

-No. No hay explicacin -dijo, volvindose-. El nagual es slo para atestiguarse. 

Di la vuelta a la casa buscando a don Genaro; no lo hall. Regres a la parte frontal. Don Juan me haba 
hecho algo de comer. Cuando lo hube comido empez a hablar. 

-Cuando uno est tratando con el nagual, nunca hay que mirarlo de frente -dijo-. T te le quedaste mirando 
fijamente esta maana, y por eso te vaciaste. La nica manera de mirar al nagual es como si fuera cosa 
comn. Uno tiene que pestaear para romper la fijacin. Nuestros ojos son los ojos del tonal, o quiz sera ms 
exacto decir que nuestros ojos han sido entrenados por el tonal, por eso el tonal los reclama. Una de tus 
fuentes de confusin y desconcierto es que tu tonal no te suelta los ojos. El da que lo haga, tu nagual habr 
ganado una gran batalla. Tu obsesin, o mejor dicho la obsesin de todos nosotros, es arreglar el mundo 
segn reglas de tonal; as, cada vez que nos enfrenta el nagual, hacemos lo imposible por volver nuestros ojos 
tiesos e intransigentes, Debo apelar a la parte de tu tonal que entiende este dilema, y debes hacer un esfuerzo 
por liberar tus ojos. La cosa es convencer al tonal de que hay otros mundos que pueden pasar frente a las 
mismas ventanas. El nagual te lo ense esta maana. Conque deja que tus ojos sean libres; djalos ser 
verdaderas ventanas. Los ojos pueden ser ventanas para contemplar el aburrimiento o para atisbar aquella 
infinitud. 

Don Juan traz con el brazo izquierdo un amplio arco para sealar el entorno. Haba un brillo en sus ojos, y 
su sonrisa era a la vez temible e irresistible. 

-Cmo puedo hacer eso? -pregunt. 

-Yo digo que es un asunto muy fcil. Quiz lo llamo fcil porque llevo tanto tiempo hacindolo. Todo lo que 
tienes que hacer es instalar tu intencin como aduana. Cuando ests en el mundo del tonal, deberas de ser un 
tonal impecable; ah no hay tiempo para porqueras irracionales. Pero cuando ests en el mundo del nagual, 
tambin deberas ser impecable; ah no hay tiempo para porqueras racionales. Para el guerrero, la intencin 
es la puerta de enmedio. Se cierra por completo detrs de l cuando va o cuando viene. 

"Otra cosa que uno debe hacer cuando se enfrenta al nagual es cambiar la lnea de los ojos de tiempo en 
tiempo, para as romper el encantamiento. Cambiar la posicin de los ojos siempre alivia la carga del tonal. 
Esta maana not que estabas muy vulnerable y te cambi la posicin de tu cabeza. Si ests en un aprieto de 
sos, deberas ser capaz de cambiar t solo. Pero el cambio ese slo es para alivio, y no es otra manera de 
parapetarse para proteger el orden del tonal. Yo apostara que t vas a procurar usar esta tcnica para 
esconder la racionalidad de tu tonal, y creer que as la ests salvando de la extincin. La falla de tu 
razonamiento es que nadie quiere ni busca la extincin de la racionalidad del tonal. Ese miedo es infundado. 

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"Nada ms puedo decirte, excepto que sigas todos los movimientos de Genaro, sin agotarte. Ahora ests 
probando si tu tonal est o no repleto de banalidades. Si hay en tu isla demasiados objetos innecesarios, no 
podrs sostener el encuentro con el nagual." 

-Qu me pasara? 

-Podras morirte. Nadie es capaz de sobrevivir un encuentro voluntario con el nagual, sin una larga 
preparacin. Lleva aos preparar al tonal para tal encuentro. Por regla general, si un hombre comn y corriente 
se encuentra un da cara a cara con el nagual, la impresin es tan grande que lo mata. La meta de la 
preparacin del guerrero no es entonces ensearle conjuros ni embrujos, sino preparar a su tonal para que no 
se caiga de narices. Una empresa de lo ms difcil. Al guerrero se le debe ensear a ser impecable y a estar 
totalmente vaco antes de que Pueda an siquiera concebir el ser testigo del nagual. 

"En tu caso, por ejemplo, tienes que dejar de calcular. Lo que hacas esta maana era absurdo. T lo llamas 
explicar. Yo lo llamo una insistencia estril y tediosa del tonal por tener todo bajo su control. Cada vez que no le 
salen bien las cosas, hay un instante de confusin y entonces el tonal se abre a la muerte. Qu hijo de la 
chingada! Primero se mata antes que ceder el control. Y sin embargo muy poco podemos hacer por cambiar 
esa condicin." 

-Cmo la cambi usted, don Juan? 

-Hay que barrer la isla del tonal y mantenerla limpia. Es la nica alternativa que tiene el guerrero. Una isla 
limpia no ofrece resistencia; es como si all no hubiera nada. 

Rode la casa y tom asiento en una gran roca lisa. Desde all se miraba hacia una hondonada. Me hizo sea 
de sentarme junto a l. 

-Puede decirme, don Juan, qu ms vamos a hacer hoy? -pregunt. 

-No vamos a hacer nada. Es decir, t y yo seremos slo testigos. Tu benefactor es Genaro. 

Pens haber malentendido en mi afn de tomar notas. En las primeras etapas de mi aprendizaje, el mismo 
don Juan haba introducido el trmino "benefactor". Mi impresin haba sido siempre la de que l mismo era mi 
benefactor. 

Don Juan haba callado y me miraba. Hice una rpida evaluacin y conclu que sin duda se refera a que don 
Genaro era algo as como el actor estelar de aquella ocasin. Don Juan ri como si leyera mi mente. 

-Genaro es tu benefactor -repiti. 

-Usted lo es, o no? -pregunt en tono frentico. 

-Yo soy el que te ayud a barrer la isla del tonal -dijo-. Genaro tiene dos aprendices, Pablito y Nstor. Los 
est ayudando a barrer la isla; pero soy yo el que les ensear el nagual. Yo ser su benefactor. Genaro es 
slo su maestro. En estos andares, uno habla o acta; uno no puede hacer las dos cosas con la misma 
persona. Uno toma la isla del tonal, o toma el nagual. En tu caso, mi deber ha sido trabajar con tu tonal. 

Mientras don Juan hablaba, tuve un ataque de terror tan intenso que estuve a punto de enfermarme. Sent 
que iba a dejarme con don Genaro, y la idea me espantaba. 

Don Juan ri y ri al escuchar mis miedos. 

-Lo mismo le pasa a Pablito -dijo-. Noms me ve y se enferma. El otro da entr en la casa cuando Genaro no 
estaba. Yo estaba solo aqu y haba dejado mi sombrero junto a la puerta. Pablito lo vio y su tonal se asust 
tanto que de verdad se cag en los calzones. 

Yo poda entender fcilmente los sentimientos de Pablito y proyectarme en ellos. Considerando con cuidado, 
haba que admitir que don Juan era aterrador. Yo, sin embargo, haba aprendido a sentirme a gusto con l. 
Experimentaba una familiaridad nacida de nuestra larga asociacin. 

-No voy a dejarte con Genaro -dijo, riendo an-. Yo soy quien cuida tu tonal. Sin l ests muerto. 

-Tiene todo aprendiz un maestro y un benefactor? -pregunt para calmar mi turbacin. 

-No, no todo aprendiz. Pero algunos s. 

-Por qu tienen algunos maestro y benefactor? 

-Cuando un hombre comn y corriente est listo, el poder le consigue un maestro, y se hace aprendiz. 
Cuando el aprendiz est listo, el poder le consigue un benefactor, y se hace brujo. 

-Qu es lo que hace que un hombre est listo, para que el poder le consiga un maestro? 

-Nadie lo sabe. Slo somos hombres. Algunos somos hombres que han aprendido a ver y a usar al nagual, 
pero nada de lo que hayamos podido ganar en el curso de nuestras vidas puede revelarnos los designios del 
poder. As pues, no todo aprendiz tiene un benefactor. El poder decide eso. 

Le pregunt si l mismo haba tenido un maestro y un benefactor, y -por primera vez en trece aos habl 
libremente de ellos. Dijo que tanto su maestro como su benefactor eran de Oaxaca. Yo siempre haba 
considerado que ese tipo de informacin era valioso para mi investigacin antropolgica, pero por algn motivo, 
-en el momento de la revelacin, no me import. 

Don Juan me lanz un vistazo. Pens que era una mirada de preocupacin. Luego cambi abruptamente de 
tema y me pidi relatar cada detalle de lo que experiment en la maana. 

-Un susto repentino siempre encoge al tonal -dijo al comentar la descripcin de mi reaccin al grito de don 
Genaro-. El problema es aqu no dejar que el tonal se encoja ms de la cuenta. Un grave asunto para un 
guerrero es el saber precisamente cundo dejar que su tonal se encoja y cundo detenerlo. Eso s que es un 
arte. El guerrero debe luchar como demonio para encoger su tonal; pero en el mismo momento en que el tonal 
se encoge, el guerrero debe voltear al revs la lucha inmediatamente para no dejarlo encogerse ms. 

-Pero al hacer eso, no regresa a lo que ya era? -pregunt. 

#
-No. Despus que el tonal se encoge, el guerrero cierra la puerta desde el otro lado. Mientras nada desafe a 
su tonal y sus ojos estn encajados slo para el mundo del tonal, el guerrero anda en el lado seguro de la 
cerca. Est en terreno familiar y conoce todas las reglas. Pero cuando su tonal se encoge, est en el lado de 
los ventarrones, y esa abertura debe sellarse en el acto, o el viento lo barrer como a una hoja. Y esto no es 
slo una manera de decir las cosas. Ms all de la puerta de los ojos del tonal, el viento es furibundo. Y ese es 
un viento real. Esto no es una metfora. Un viento que le puede volar a uno la vida. De hecho, se es el viento 
que se vuela a todas las cosas vivas que estn sobre la tierra. Hace aos te present a ese viento. Pero t lo 
tomaste en broma. 

Se refera a una vez que me llev a las montaas para ensearme ciertas propiedades del viento. A m, sin 
embargo, nunca me pareci cosa de broma. 

-No es importante si lo tomaste en serio o no -dijo tras escuchar mis protestas-. Por regla, el tonal debe 
defenderse, a cualquier costo, siempre que se ve amenazado; as que no tiene importancia alguna la forma en 
que el tonal reacciona para lograr su defensa. Lo nico importante es que el tonal de un guerrero debe entrar 
en relaciones con otras alternativas. Lo que un maestro trata de alcanzar, en este caso, es el peso total de 
esas posibilidades. El peso de esas nuevas posibilidades es lo que ayuda a encoger el tonal. Del mismo modo, 
ese mismo peso ayuda a impedir que el tonal se encoja ms de la cuenta. 

Me indic proseguir el relato de los sucesos matinales, y me interrumpi en la parte en que don Genaro se 
deslizaba de un lado a otro entre el tronco y la rama. 

-El nagual puede ejecutar cosas extraordinarias -dijo-. Cosas que no parecen posibles, cosas impensables 
para el tonal. Pero lo extraordinario es que el que acta no tiene manera de saber cmo ocurren esas cosas. 
En otras palabras, Genaro no sabe cmo hace esas cosas; l slo sabe que las hace. El secreto de un brujo es 
que sabe cmo llegar al nagual, pero una vez que llega all, su opinin no vale ms que la tuya, acerca de lo 
que ah pasa. 

-Pero qu siente uno al hacer esas cosas? 

-Uno siente que uno est haciendo algo. 

-Sentira don Genaro que estaba caminando por el tronco de un rbol? 

Don Juan me mir un momento; luego apart la cara. 

-No -dijo en un susurro enrgico-. No del modo que t quieres decir. 

No dijo nada ms. Yo casi contena el aliento, esperando su explicacin. Al fin tuve que preguntar: 

-Pero qu siente? 

-No puedo decirlo, no porque sea asunto personal, sino porque no hay manera de describirlo. 

-ndele -lo anim-. No hay nada que uno no pueda explicar o elucidar con palabras. Creo que, aunque no 
sea posible describir algo directamente, uno puede aludir, andarse por las ramas. 

Don Juan ri. Su risa era amistosa y amable. Y sin embargo, haba en ella un toque de burla y de travesura. 

-Tengo que cambiar el tema -dijo-. Baste decir que el nagual estaba apuntndote a ti esta maana. Lo que 
hizo Genaro fue una mezcla entre t y l. Su nagual se templaba con tu tonal. 

Insist en sondearlo y pregunt: 

Guando usted le ensea el nagual a Pablito, qu cosa siente? 

-No puedo explicarlo -dijo con voz suave-. Y no porque no quiera; sencillamente, no puedo. Mi tonal se para 
all. 

No quise presionarlo ms. Permanecimos un rato en silencio; luego, l empez a hablar de nuevo. 

-Digamos que un guerrero aprende a entonar su voluntad, a dirigirla a un punto directo, a enfocarla donde 
quiere. Es como si su voluntad, que sale de la parte media de su cuerpo, fuera una sola fibra luminosa, una 
fibra que l puede dirigir a cualquier sitio concebible. Esa fibra es el camino al nagual. O tambin yo podra 
decir que el guerrero se hunde en el nagual a travs de esa sola fibra. 

"Una vez que se ha hundido, la expresin del nagual es asunto de su temperamento personal. Si el guerrero 
es chistoso, el nagual es chistoso. Si el guerrero es espantoso, el nagual es espantoso. Si el guerrero es 
perverso, el nagual es perverso. 

"Genaro siempre me hace rer porque es uno de los seres ms divertidos que hay. Nunca s con qu va a 
salir. Eso, para m, es la esencia ltima de la brujera. Genaro es un guerrero tan fluido que el ms leve 
enfoque de su voluntad hace que su nagual acte en formas increbles." 

-Observ usted mismo lo qu don Genaro hacia en los rboles? -pregunt. 

-No. Nada ms supe, porque vi, que el nagual estaba en los rboles. El resto del espectculo era para ti solo. 

-O sea, don Juan, que, como la vez que usted me empuj y fui a dar al mercado, usted no estaba conmigo? 

-Fue algo as. Cuando uno se encuentra cara a cara con el nagual, uno siempre tiene que estar solo, Yo nada 
ms andaba por ah para proteger a tu tonal. se es mi cargo. 

Don Juan dijo que mi tonal casi estall en pedazos cuando don Genaro descendi del rbol; no tanto por 
alguna cualidad de riesgo inherente al nagual, sino porque mi tonal se entreg al desconcierto. Dijo que uno de 
los propsitos de la preparacin del guerrero era cortar el desconcierto del tonal, hasta que el guerrero fuese lo 
bastante fluido para admitirlo todo sin admitir nada. 

Cuando describ los saltos de don Genaro al subir al rbol y al bajar de l, don Juan dijo que el grito del 
guerrero era uno de los asuntos ms importantes de la brujera, y que don Genaro era capaz de enfocarse en 
su grito, usndolo como vehculo. 

#
Tienes razn -dijo-. A Genaro lo jalaron en parte su grito y en parte el rbol. En eso s viste bien. Esa fue una 
verdadera vista del nagual. La voluntad de Genaro estaba enfocada en su grito, y su carcter personal hizo que 
el rbol jalara al nagual. Las lneas iban en ambos sentidos, de Genaro al rbol y del rbol a Genaro. 

"Lo que debiste ver cuando Genaro salt del rbol era que estaba enfocando un sitio enfrente de ti y luego el 
rbol lo empuj. Pero slo pareca un empujn; en esencia era ms bien como si el rbol lo soltara. El rbol 
solt al nagual y el nagual regres al mundo del tonal en el sitio que Genaro enfocaba. 

"La segunda vez que Genaro baj del rbol, tu tonal no estaba tan desconcertado; no te entregabas tan duro 
y por eso no te agotaste tanto como la primera vez." 

A eso de las cuatro de la tarde, don Juan detuvo la conversacin. 

-Vamos a volver a los eucaliptos -dijo-. El nagual nos espera all. 

-No corremos el riesgo de que nos vea la gente? -pregunt. 

-No. El nagual mantendr todo suspendido -respondi. 

EL SUSURRO DEL NAGUAL 

 

Cuando nos acercamos a los eucaliptos vi a don Genaro sentado en un tronco. Sonriente, agit la mano. 
Fuimos hasta l. 

Haba en los rboles una bandada de cuervos. Graznaban como asustados. Don Genaro dijo que perma-
neciramos quietos y en silencio hasta que los cuervos se calmaran. 

Don Juan reclin la espalda contra un rbol y me indic otro que estaba cerca, a su izquierda. Ambos 
dbamos la cara a don Genaro, que estaba a tres o cuatro metros de nosotros. 

Con un sutil movimiento de los ojos, don Juan me indic reacomodar mis pies. Se ergua de pie, con firmeza, 
los pies ligeramente separados, y slo la parte superior de sus omoplatos, y el centro de su nuca, tocaban el 
tronco. Los brazos le pendan a los lados. 

Estuvimos as tal vez una hora. Yo los vigilaba detenidamente, sobre todo a don Juan. En determinado 
momento se dej resbalar suavemente por el tronco y tom asiento, manteniendo an las mismas reas de su 
cuerpo en contacto con el rbol.. Sus rodillas quedaron alzadas, y descans en ellas los brazos. Imit sus 
movimientos. Tena las piernas sumamente fatigadas, y el cambio de postura me confort. 

Los cuervos cesaron poco a poco de graznar, hasta que no hubo un sonido en el campo. El silencio me 
turbaba ms que el ruido de los cuervos. 

Don Juan me habl en voz baja. Dijo que el crepsculo era mi mejor hora. Mir el cielo. Pasaran de las seis. 
El da fue nublado y yo no haba tenido manera de comprobar la posicin del sol. O a lo lejos alboroto de 
gansos y quiz pavos. Pero en el campo de los eucaliptos no haba rumor alguno. Desde un largo rato atrs, no 
se escuchaban pjaros ni insectos grandes. 

Los cuerpos de don Juan y don Genaro haban guardado una inmovilidad perfecta, hasta donde yo poda 
juzgar, excepto en los instantes en que, para descansar, desplazaban su centro de gravedad. 

Cuando don Juan y yo estbamos sentados en el suelo, don Genaro hizo un movimiento sbito. Alz los pies 
y se puso en cuclillas sobre el tronco. Luego gir cuarenta y cinco grados, y me hall mirando su perfil 
izquierdo: Busqu en don Juan una indicacin. l ech hacia adelante la barbilla; era una orden de mirar a don 
Genaro. 

Una agitacin monstruosa me invadi. Era incapaz de contenerme. Mis intestinos se soltaban. Pude sentir en 
lo absoluto lo que Pablito debe de haber sentido al ver el sombrero de don Juan. Experimentaba tal tumulto 
intestinal que me fue necesario correr a los arbustos. O a los viejos aullar de risa. 

No me atrev a regresar con ellos. Titube un rato; pens que mi repentina explosin habra roto el hechizo. 
No tuve que meditar mucho tiempo; don Juan y don Genaro vinieron a donde me hallaba. Me flanquearon y 
fuimos a otro campo. Nos detuvimos en su centro mismo, y record que estuvimos all en la maana. 

Don Juan me habl. Me dijo que fuera fluido y silencioso y detuviera mi dilogo interno. Yo escuch con 
atencin. Don Genaro debe haber advertido que toda mi concentracin se enfocaba en las admoniciones de 
don Juan, y aprovech ese momento para repetir lo que hizo en la maana; de nuevo solt su grito 
enloquecedor. Me pesc de sorpresa, pero no desprevenido. Casi inmediatamente recuper mi equilibrio por 
medio de la respiracin. El choque fue aterrador, pero no tuvo un efecto prolongado, y pude seguir con la vista 
los movimientos de don Genaro. Lo mir saltar a una rama baja. Al seguir su curso en una distancia de ms o 
menos veinticinco metros, mis ojos experimentaron una extravagante distorsin. No era que saltara por medio 
de la accin elstica de sus msculos; ms bien se deslizaba por el aire, catapultado en parte por su formidable 
alarido, y jalado por unas vagas lneas emanadas del rbol. Era como si el rbol lo chupara a travs de esas 
lneas. 

Don Genaro qued un momento encaramado en la rama. Yo vea su perfil izquierdo. Empez a ejecutar una 
serie de movimientos extraos. Su cabeza oscilaba, su cuerpo se estremeca. Varias veces ocult la cabeza 
entre las rodillas. Mientras ms se mova y se agitaba, mayor era mi dificultad para enfocar los ojos en su 
cuerpo. Pareca disolverse. Parpade como desesperado y luego alter mi lnea de visin torciendo la cabeza a 
diestro y siniestro, como don Juan me haba enseado. Desde mi perspectiva izquierda vi el cuerpo de don 
Genaro como nunca antes lo haba visto. Pareca haberse puesto un disfraz. Luca un traje peludo, del color de 
un gato siams: ante claro, con toques de chocolate oscuro en las piernas y la espalda; tena una cola gruesa y 

#
larga. El atavo de don Genaro lo haca verse como un cocodrilo peludo y caf, de patas largas, sentado en una 
rama. No se discernan su cabeza ni sus facciones. 

Enderec la cabeza hasta una postura normal. La visin de don Genaro disfrazado se mantuvo sin alteracin. 

Sus brazos se estremecieron. Se par en la rama, pareci agacharse, y salt hacia el suelo. La rama estaba 
a cinco o seis metros de altura. Hasta donde yo poda juzgar, fue el salto ordinario de un hombre ataviado con 
un disfraz. Vi el cuerpo de don Genaro a punto de tocar el suelo, y entonces la gruesa cola de su disfraz vibr 
y, en vez de aterrizar, despeg como impelido por un silencioso motor de turbina. Ascendi por encima de los 
rboles y luego plane casi hasta el suelo. Repiti una y otra vez la maniobra. En ocasiones asa una rama y 
se meca dando la vuelta al rbol, o se esconda como una anguila entre las ramas. Y luego planeaba y 
describa crculos en torno nuestro, o aleteaba con los brazos al tocar su estmago la punta de los rboles. 

Los juegos de don Genaro me llenaban de asombro. Mis ojos lo seguan, y dos o tres veces percib con toda 
claridad que usaba unas lneas brillantes, como si fueran poleas, para deslizarse de un sitio a otro. Luego pas, 
hacia el sur, por encima de los rboles, y desapareci tras ellos. Trat de anticipar el sitio donde reaparecera, 
pero ya no se mostr. 

Advert que yaca bocarriba, aunque no haba tenido conciencia de ningn cambio en la perspectiva. Todo el 
tiempo cre estar de pie mirando a don Genaro. 

Don Juan me ayud a sentarme, y entonces vi que don Genaro se acercaba. Caminaba con un aire de 
descuido. Sonri con recato y pregunt si me haba gustado su vuelo. Trat de decir algo, pero me hallaba 
mudo. 

Don Genaro cruz con don Juan una extraa mirada y volvi a acuclillarse. Inclinndose, susurr en mi odo 
izquierdo. Lo o decir: 

-Por qu no vienes a volar conmigo? 

Repiti la frase cinco o seis veces. Don Juan se acerc y me susurr en el odo derecho: 

-No hables. T noms sigue a Genaro. 

Don Genaro me hizo poner en cuclillas y susurr de nuevo. Yo lo oa con precisin cristalina. Repiti unas 
diez veces: 

-Confa en el nagual. El nagual te va a llevar. 

Entonces don Juan susurr otra frase en mi odo derecho. Dijo: 

-Cambia tus sentimientos. 

Yo los oa hablarme a la vez, pero tambin perciba sus voces por separado. Cada una de las indicaciones de 
don Genaro tena que ver con el contexto general de deslizarse por el aire. Las que repeta docenas de veces 
parecan ser aquellas que se grababan en mi memoria. En cambio, las palabras de don Juan se referan a 
rdenes especficas que repiti incontables veces. El efecto del susurro doble fue por dems extraordinario. 
Pareca que el sonido de sus palabras individuales me partiera por la mitad. Finalmente, el abismo entre mis 
odos fue tan ancho que perd todo sentido de unidad. Haba algo que sin duda era yo, pero careca de solidez. 
Semejaba una niebla resplandeciente, una neblina amarillo oscuro dotada de sentimientos. 

Don Juan dijo que iba a moldearme para el vuelo. Tuve entonces la sensacin de que las palabras eran como 
unas pinzas que torcan y moldeaban mis "sentimientos". 

Las palabras de don Genaro eran una invitacin a seguirlo. Sent que deseaba hacerlo, pero no poda. La 
disociacin era tan grande que me incapacitaba. O entonces las mismas frases cortas interminablemente 
repetidas por ambos; cosas como: 

-Mira qu bonita figura para volar. 

-falta, salta. 

-Tus piernas te subirn a la copa de los rboles. 

-Los eucaliptos son puntos verdes. 

-Los gusanos son luces. 

Algo ha de haber cesado en m en un momento dado; quiz la conciencia de que se me diriga la palabra. 
Senta que don Genaro se hallaba an conmigo, pero en lo tocante a percepcin slo discerna una masa 
enorme de las ms extraordinarias luces. A ratos el fulgor disminua y a ratos se intensificaba. Asimismo, yo 
experimentaba movimiento. El efecto era el de ser jalado por un vaco que no me daba tregua. Cada vez que 
mi movimiento pareca disminuir y me era posible enfocar la atencin en las luces, el vaco me jalaba de nuevo. 

En cierto momento, entre el jaln hacia adelante Y hacia atrs, experiment la mxima confusin. El mundo 
en torno mo, fuera lo que fuese, iba y vena al mismo tiempo; de all el efecto de vaco. Yo vea dos mundos 
por separado; uno que se alejaba de m Y otro que se acercaba. No me di cuenta de esto en forma ordinaria; 
es decir, no tom conciencia de ello como de algo que hasta entonces no se revelaba. Ms bien tuve dos 
percepciones que no llegaron a unificarse. 

Despus, mis percepciones se opacaron. O carecan de precisin, o eran demasiadas y no haba modo de 
diferenciarlas. El siguiente grupo de percepciones discernibles fue una serie de sonidos en el extremo de una 
larga configuracin semejante a un tubo. El tubo era yo mismo y los sonidos eran don Juan y don Genaro, que 
de nuevo me hablaban uno por cada odo. Conforme hablaban, el tubo se iba acortando, hasta quedar los 
sonidos en una gama que yo reconoca. Es decir: el sonido de las palabras de don Juan y don Genaro alcanz 
mi gama normal de percepcin; los sonidos se hicieron reconocibles primero como ruidos, luego como palabras 
gritadas, y finalmente como palabras susurradas en mis orejas. 

#
A continuacin not objetos del mundo familiar. Al parecer me hallaba tendido bocabajo. Distingua terrones, 
piedras, hojas secas. Y luego me percat del campo de eucaliptos. 

Don Juan y don Genaro estaban de pie junto a m. An haba luz. Sent que deba meterme en el agua para 
consolidarme. Fui al ro, me quit la ropa y permanec en el agua fra el tiempo suficiente para restaurar mi 
equilibrio perceptual. 

Don Genaro se march apenas llegamos a su casa. Al despedirse, me dio una palmada en el hombro. Me 
apart de un salto por accin refleja. Pensaba que su contacto sera doloroso; para mi sorpresa, no fue ms 
que un suave golpecito en el hombro. 

Don Juan y don Genaro rieron como dos nios celebrando una travesura. 

-No seas tan nervioso -dijo don Genaro-. El nagual no anda tras de ti todo el tiempo. 

Chasque los labios como reprobando mi reaccin excesiva, y con aire de candor y camaradera abri los 
brazos. Lo abrac. Me palme la espalda en un gesto sumamente clido y amistoso. 

-Debes preocuparte del nagual slo en ciertos momentos -dijo-. El resto del tiempo, t y yo somos como 
cualquier otra gente de este mundo. 

Se volvi a don Juan y le sonri. 

-No es as, Juancho? -pregunt. 

-As es, Gerancho -repuso don Juan. 

Ambos tuvieron una explosin de risa. 

-Debo prevenirte -me dijo don Juan-: tienes que ejercer la vigilancia ms exigente para estar seguro de 
cundo un hombre es un nagual y cundo es simplemente un hombre. Puedes morir si entras en contacto 
fsico directo con el nagual. 

Don Juan se volvi a don Genaro y con ancha sonrisa pregunt: 

-No es as, Gerancho? 

-Pues as es, Juancho -repuso don Genaro y ambos rieron. 

Su alegra infantil me conmovi en alto grado. Los sucesos del da haban sido agotadores y mi emotividad 
estaba a flor de piel. Una oleada de autocompasin me envolvi. Casi lloraba al repetirme una y otra vez que lo 
que ellos me haban hecho, fuera lo que fuese, posea carcter de irreversible y probablemente de perjudicial. 
Don Juan pareca leer mis pensamientos; mene la cabeza en un gesto de incredulidad. 

Chasque la lengua. Hice un esfuerzo por detener mi dilogo interno, y la autocompasin desapareci. 

-Genaro es muy carioso -coment don Juan cuando don Genaro se fue-. El designio del poder fue que 
hallaras un benefactor gentil. 

No supe qu decir. La idea de que don Genaro era mi benefactor me intrigaba sobremanera. Quise que don 
Juan me dijera ms al respecto. l no pareca tener ganas de hablar. Mir el cielo y la cima de la oscura silueta 
de unos rboles al lado de la casa. Tom asiento con la espalda contra un grueso palo ahorquillado, plantado 
casi frente a la puerta, y me indic sentarme junto a l, a su izquierda. 

As lo hice. Tomndome del brazo me jal ms cerca, hasta que nuestros cuerpos se tocaron. Dijo que esa 
hora de la noche era peligrosa para m, sobr todo en aquella ocasin. Con voz muy tranquila me dio una serie 
de instrucciones: no nos moveramos del sitio hasta que l lo creyera conveniente; seguiramos hablando, en 
tono sosegado, sin interrupciones largas; yo deba respirar y parpadear como si me hallara frente al nagual. 

-Est por aqu el nagual? -pregunt. 

-Desde luego -dijo, y ri por lo bajo. 

Prcticamente me acurruqu contra don Juan. l empez a hablar y solicit de m cualquier tipo de 
preguntas. Incluso me dio mi libreta y mi lpiz, como si yo pudiera escribir en la oscuridad. Afirm que yo 
necesitaba estar lo ms tranquilo y normal que fuese posible, y no haba mejor modo de fortificar mi tonal que 
el de tomar notas. Plante el asunto en un nivel conminatorio; dijo que si anotar era mi predileccin, deba ser 
capaz de hacerlo aun entre tinieblas. Haba en su voz un tono de reto cuando me dijo que yo poda convertir la 
anotacin en una tarea de guerrero, en cuyo caso la oscuridad no sera ningn obstculo. 

De algn modo debe de haberme convencido, pues logr garrapatear partes de nuestra conversacin. El 
tema principal fue don Genaro como benefactor mo. Yo tena curiosidad de saber cundo se haba vuelto tal, y 
don Juan me inst a recordar un supuesto suceso extraordinario que tuvo lugar el da en que conoc a don 
Genaro, y que sirvi de seal propicia. No pude recordar nada por el estilo. Empec a recontar la experiencia; 
hasta donde recordaba, fue un encuentro de lo ms comn y casual, ocurrido en la primavera del ao 1968. 
Don Juan me detuvo. 

-Si eres tan tonto que no te acuerdas -dijo-, ms vale dejarlo as. Un guerrero sigue los dictados del poder. Lo 
recordars cuando se haga necesario: 

Don Juan dijo que tener benefactor era un asunto muy difcil. Cit como ejemplo el caso de su aprendiz Eligio, 
que llevaba muchos aos con l. Dijo que Eligio no haba podido encontrar benefactor. Le pregunt si a la larga 
lo hallara; repuso que no haba modo de predecir los caprichos del poder. Me record que una vez, aos atrs, 
habamos encontrado un grupo de indios jvenes explorando el desierto en el norte de Mxico. Dijo que haba 
"visto" en aquella ocasin que ninguno de ellos tena benefactor, y que el entorno general y el nimo del 
momento eran propicios para que l les diera una ayuda mostrndoles el nagual. Hablaba de una noche en que 
cuatro jvenes presenciaron, sentados junto al fuego, lo que yo consider un truco espectacular, en el cual don 
Juan pareci manifestarse en diferente forma ante cada uno de nosotros. 

-Esos muchachos ya saban bastante -dijo-. T eras el nico novato entre ellos. 

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-Qu les ocurri despus? -pregunt. 

-Algunos hallaron benefactor -fue la respuesta. 

Don Juan dijo que el deber del benefactor era entregar a su pupilo al poder, y que el benefactor imparta al 
nefito su toque personal, tanto como el maestro o ms todava. 

Durante una corta pausa en la pltica, o un extrao ruido rasposo en la parte trasera de la casa. Don Juan 
me retuvo; yo casi me haba levantado como reaccin. Antes del ruido, nuestra conversacin haba sido para 
m una cosa comn y corriente. Pero cuando ocurri la pausa, y hubo un momento de silencio, el extrao ruido 
se meti por l. En ese instante tuve la certeza de que nuestra conversacin era un suceso extraordinario. 
Sent que el sonido de las palabras de don Juan y las mas, era como una capa quebradiza, y que el ruido 
haba estado al acecho, en espera de una oportunidad para irrumpir. 

Don Juan me orden seguir sentado sin prestar atencin al entorno. El sonido rasposo evocaba a un topo 
cavando en suelo duro y seco. En el momento en que pens en el smil, tuve asimismo la imagen visual de un 
roedor como el que don Juan me haba enseado en la palma de su mano. Era como si me estuviese 
durmiendo y mis pensamientos se hicieran visiones o sueos. 

Inici el ejercicio de respiracin y sostuve mi estmago con las manos entrelazadas. Don Juan segua 
hablando, pero yo no lo escuchaba. Mi atencin se hallaba en el suave crujir de una cosa serpentina al 
deslizarse sobre pequeas hojas secas. Tuve un momento de pnico y repulsin fsica ante la idea de que una 
serpiente me pasara encima. Involuntariamente met los pies bajo las piernas de don Juan mientras respiraba y 
parpadeaba frenticamente. 

O el ruido tan cerca que pareca estar a menos de un metro. Mi pnico aument. Don Juan dijo cal-
madamente que la nica manera de repeler al nagual era permanecer inalterable. Me orden estirar las piernas 
y no enfocar la atencin en el ruido. Imperioso, exigi que escribiera c preguntara, e hiciera un esfuerzo por no 
sucumbir. 

Tras una gran pugna le pregunt si era don Genaro quien haca el ruido. Dijo que era el nagual y que no los 
confundiese; Genaro era el nombre del tonal. Aadi otra cosa, pero no pude entenderle. Algo describa 
crculos en torno a la casa y yo no poda concentrarme en la conversacin. Me orden hacer un esfuerzo 
supremo. En determinado momento me hall balbuciendo inanidades. Tuve una sacudida de miedo y entr en 
un estado de gran lucidez. Don Juan me dijo entonces que poda escuchar. Pero no haba sonido alguno. 

-El nagual ya se fue -dijo don Juan, y levantndose entr en la casa. 

Encendi una linterna de kerosn y prepar comida. La consumimos en silencio. Le pregunt si el nagual 
volvera. 

-No -dijo con expresin seria-. Nada ms te estaba probando. A esta hora, justo despus del crepsculo, 
siempre deberas de ocuparte en algo. Cualquier cosa es buena. Se trata slo de un periodo corto, acaso una 
hora, pero en tu caso, una hora mortal. 

"Esta noche, el nagual quiso hacerte perder el paso, pero fuiste lo bastante fuerte para rechazar su asalto. 
Una vez sucumbiste y tuve que echarte agua en todo el cuerpo; ahora lo hiciste mejor." 

Observ que la palabra "asalto" daba a lo ocurrido un aire de peligro. 

-Un aire de peligro? Bonita manera de decirlo -repuso-. No estoy tratando de asustarte. Las acciones del 
nagual son mortales. Ya te lo he dicho, y no es que Genaro trate de hacerte dao; al contrario, su preocupacin 
por ti es impecable, pero si no tienes el poder suficiente para detener la embestida del nagual, te mueres, pese 
a mi ayuda o a la preocupacin de Genaro. 

Cuando terminamos de comer, don Juan tom asiento junto a m y por encima de mi hombro mir las notas. 
Coment que probablemente tardara aos en ordenar todo lo que me haba pasado ese da. Me haban 
inundado percepciones que ni siquiera tena la esperanza de entender. 

-Si no entiendes, ests pero muy bien -dijo l-. Cuando entiendes es cuando te va mal. Eso es desde el punto 
de vista de un brujo, por supuesto. Desde el punto de vista de un hombre comn, si no entiendes te vas a 
pique. En tu caso, yo dira que un hombre comn creera que ests disociado, o que empiezas a disociarte. 

Re ante su eleccin de trminos. Supe que me devolva el concepto de disociacin; yo se lo haba 
mencionado alguna vez antes en conexin con mis temores. Le asegur que en esta ocasin no iba a 
preguntar nada acerca de lo que haba atravesado. 

-Nunca te he prohibido hablar -dijo l-. Podemos hablar del nagual todo lo que se te d la regalada gana, 
siempre y cuando no trates de explicarlo. Si recuerdas correctamente, dije que el nagual es slo para 
presenciarse. Conque podemos hablar de lo que presenciamos y de cmo lo presenciamos. Pero t quieres 
abordar la explicacin de cmo es todo aquello posible, y eso es una abominacin. Quieres explicar el nagual 
con el tonal. Eso es una estupidez, especialmente en tu caso, puesto que t ya no puedes esconderte en -tu 
ignorancia. T sabes muy bien que nosotros tenemos sentido al hablar slo porque permanecemos dentro de 
ciertas fronteras, y esas fronteras no se aplican al nagual. 

Intent aclarar el asunto. No era solamente que yo quisiese explicarlo todo desde un punto de vista racional; 
mi tendencia a explicar brotaba de la necesidad de mantener el orden a travs de los tremendos asaltos de 
percepciones y estmulos caticos que haba sufrido. 

El comentario de don Juan fue que yo trataba de defender un argumento en el que no crea. 

-Sabes muy bien que te ests entregando -dijo-. Mantener el orden significa ser un tonal perfecto, y ser un 
tonal perfecto significa darse cuenta de todo cuanto ocurre en la isla del tonal. Pero t no ests haciendo eso. 
Conque tu argumento de mantener el orden carece de verdad. Lo usas slo para ganar una discusin. 

#
No supe qu decir. Don Juan me consol, ms o menos, diciendo que se requera una pugna titnica para 
limpiar la isla del tonal. Luego me pidi relatar cuanto haba percibido en mi segunda sesin con el nagual. 
Despus de escucharme, seal que lo que v; como un cocodrilo peludo era el eptome del sentido humorstico 
de don Genaro. 

-Qu lstima que todava seas tan pesado -dijo-. Siempre te atoras en el desconcierto y pierdes de vista el 
verdadero arte de Genaro. 

-Advirti usted su apariencia, don Juan? 

-No. La funcin era nada ms para ti. 

-Qu vio usted? 

-Todo lo que pude ver hoy fue el movimiento del nagual, deslizndose entre los rboles y girando en torno 
nuestro. Cualquiera que vea puede presenciar eso. 

-Y alguien que no ve? 

-No presenciara nada; slo, quiz, los rboles agitados por un ventarrn. Nosotros siempre interpretamos 
cualquier expresin desconocida del nagual como algo que conocemos; en este caso el nagual podra 
interpretarse como una brisa que sacude las hojas, o an como una luz extraa, como una lucirnaga de gran 
tamao. Si un hombre que no ve se halla presionado, dir que crey ver algo pero no pudo recordar qu. Esto 
es muy natural. l estara diciendo la verdad. Despus de todo, sus ojos no habran juzgado nada 
extraordinario; siendo los ojos del tonal, tienen que limitarse al mundo del tonal, y en ese mundo no hay nada 
asombrosamente nuevo, nada que los ojos no puedan captar y el tonal no pueda explicar. 

La pregunt por las inslitas percepciones que me produjeron al susurrar en mis odos. 

-sa fue la mejor parte de todo lo ocurrido -dijo-. Podramos prescindir de los dems, pero se fue el punto 
final del da. La regla pide que el benefactor y el maestro hagan ese arreglo final. El ms difcil de todos los 
actos. Tanto el maestro como el benefactor deben ser guerreros impecables antes de intentar siquiera la 
hazaa de partir a un hombre. T no sabes eso, porque todava est ms all de tu dominio, pero el poder ha 
sido otra vez benvolo contigo. Genaro es el guerrero ms impecable que existe. 

-Por qu es el partir a un hombre tan grande hazaa? 

-Porque es peligrosa. Podras haber muerto como un bicho. O, peor todava, podramos no haber logrado 
juntarte de nuevo y te habras perdido en ese extrao plano de sentimientos. 

-Por qu era necesario que ustedes me hicieran eso, don Juan? 

-Hay un cierto momento en que el nagual debe susurrar en el odo del aprendiz y partirlo. 

-Qu significa eso, don Juan? 

-Para ser un tonal comn y corriente, un hombre debe tener unidad. Todo su ser debe pertenecer a la isla del 
tonal. Sin esa unidad el hombre se saldra de quicio; un brujo, sin embargo, debe romper esa unidad, pero sin 
poner en peligro su ser. La meta de un brujo es durar; es decir, no corre riegos innecesarios, por ello pasa aos 
barriendo su isla hasta el momento en que puede, por as decirlo, escaparse de ella. Partir a un hombre en dos 
es la puerta para esa fug. 

"El partirte en dos, lo cual ha sido la cosa ms peligrosa que has atravesado, fue sencillo y fcil. El nagual te 
gui con maestra. Creme, slo un guerrero impecable puede hacer eso. Me sent muy bien por ti." 

Don Juan me puso una mano en el hombro y experiment un enorme impulso de llorar. 

-Ya estamos llegando al punto en que usted no volver a verme, verdad? -pregunt. 

Riendo, mene la cabeza. 

-Te entregas a tu vicio como un hijo de la... -dijo-. Pero todos lo hacemos. De diferentes modos, eso es todo. 
A veces yo tambin me entrego. Mi modo es sentir que te he consentido y debilitado. S que Genaro siente lo 
mismo con respecto a Pablito. Lo consiente como a un nio. Pero as lo dispuso el poder. Genaro da a Pablito 
todo lo que es capaz de dar, y uno no puede desear que hiciera otra cosa. Uno no puede criticar a un guerrero 
por hacer cuanto impecablemente puede. 

Call un rato. Yo estaba demasiado nervioso pasa guardar silencio. 

-Qu cree usted que me pasaba cuando me senta chupado por un vaco? -pregunt. 

-Te deslizabas -dijo como si tal cosa. 

-Por el aire? 

-No. Para el nagual no hay tierra, ni aire, ni agua. En este momento, t mismo puedes estar de acuerdo con 
esto. Des veces estuviste en ese limbo y slo estabas a las puertas del nagual. Me has dicho que todo cuanto 
encontraste era inslito. As pues el nagual se desliza, o vuela, o hace lo que haga, en la hora del nagual, que 
nada tiene que ver con la hora del tonal. Las dos cosas no casan. 

Mientras don Juan hablaba, sent un temblor en el cuerpo. Mi quijada descendi y mi boca se abri 
involuntariamente. Mis odos se destaparon y pude escuchar un zumbido o vibracin apenas perceptible. Al 
describir mis sensaciones a don Juan, not que mis palabras sonaban como si alguien ms las pronunciase. 
Era una sensacin compleja, equivalente a or lo que an no deca. 

Mi odo izquierdo era una fuente de percepciones extraordinaria. Sent que era ms potente y exacto que mi 
odo derecho. Tena algo que no haba tenido antes. Cuando me volv a encarar a don Juan, que estaba a mi 
derecha, advert, en torno a ese odo, un campo de clara percepcin auditiva. Era un espacio fsico, un campo 
dentro del cual los sonidos adquiran una fidelidad increble. Volviendo la cabeza, yo poda barrer el entorno 
con mi odo. 

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-El susurro del nagual te hizo eso -dijo don Juan cuando describ mi experiencia sensorial-. Vendr a ratos y 
luego se perder. No le tengas miedo a esto, ni tampoco a ninguna sensacin desacostumbrada que tengas de 
aqu en adelante. Pero sobre todo, no te des a tu vicio ni te obsesiones con esas sensaciones. S que tendrs 
xito. El momento que escogimos para partirte fue correcto. El poder dispuso todo eso. Ahora lo dems 
depende de ti. Si tienes poder suficiente, soportars el gran choque de la particin. Pero si eres incapaz de 
soportarlo, perecers. Empezars a marchitarte, a perder peso; te volvers plido, distrado, irritable, callado. 

-Quiz -dije- si usted me hubiera dicho hace aos lo que usted y don Genaro hacan, yo tendra bastante... 

Alz la mano y me impidi terminar. 

-Lo que dices no tiene sentido -dijo-. Una vez me dijiste que, de no ser por el hecho de que eres terco y dado 
a explicaciones racionales, ya seras un brujo hoy en da. Pero ser brujo significa, en tu caso, que debes 
superar la terquedad y la necesidad de explicaciones racionales, que obstruyen tu camino. Ms an: esas 
limitaciones son tu camino al poder. No puedes decir que el poder fluira hacia ti si tu vida fuera diferente. 

"Genaro y yo tenemos que actuar igual que t; dentro de ciertos lmites. El poder dispone esos lmites y un 
guerrero es, digamos, un prisionero del poder; un prisionero que puede hacer una decisin: la decisin de 
actuar como un guerrero impecable, o actuar como un asno. A fin de cuentas, quizs el guerrero no sea un 
prisionero sino un esclavo del poder, porque la decisin ya no es una decisin para l. Genaro no puede actuar 
en ninguna otra forma ms que impecablemente. Actuar como un asno lo agota ra y lo llevara a la tumba. 

"La razn por la que tienes miedo de Genaro, es porque l debe usar la avenida del susto para encoger tu 
tonal. Tu cuerpo sabe eso, aunque tal vez tu razn lo ignore, y por esto tu cuerpo quiere salir corriendo cada 
vez que Genaro anda cerca." 

Mencion que tena curiosidad por saber si don Genaro se propona deliberadamente asustarme. Don Juan 
dijo que el nagual haca cosas extraas, cosas que no podan preverse. Puso como ejemplo lo que haba 
ocurrido entre nosotros esa maana, cuando l me impidi voltear a la izquierda para mirar a don Genaro en el 
rbol. Dijo que se dio cuenta de lo que su nagual haba hecho, aunque no tena manera de saberlo por 
adelantado. Su explicacin del asunto fue que mi sbito movimiento hacia la izquierda era un paso en direccin 
de mi muerte, un acto suicida que mi tonal realizaba a propsito. Ese movimiento agit el nagual de don Juan, 
con el resultado de que una parte suya cay encima de m. 

Hice un gesto involuntario de perplejidad. 

-Tu razn te est diciendo otra vez que eres inmortal -dijo. 

-Qu quiere usted decir con eso, don Juan? 

-Un ser inmortal tiene todo el tiempo del mundo para dudas y desconciertos y temores. Un guerrero, en 
cambio, no puede aferrarse a los significados que se hacen bajo las rdenes del tonal, porque el guerrero sabe 
con certeza que la totalidad de s mismo tiene slo un poquito de tiempo sobre esta tierra. 

Quise presentar un argumento serio. Mis temores, mis dudas, mi desconcierto, no se daban en un nivel 
consciente y, por mucho que intentara controlarlos, me senta desamparado cada vez que me enfrentaba con 
don Juan y don Genaro. 

-Un guerrero no puede sentirse desamparado -dijo l-. Ni desconcertado ni asustado, bajo ninguna 
circunstancia. Para un guerrero, slo hay tiempo para su impecabilidad; todo lo dems agota su poder, la 
impecabilidad lo renueva. 

-Volvamos a mi vieja pregunta, don Juan. Qu es la impecabilidad? 

-S, volvemos a tu vieja pregunta y por supuesto volvemos a mi vieja respuesta: "La impecabilidad es hacer lo 
mejor que puedas en lo que fuese." 

-Pero, don Juan, yo me refiero a que siempre tengo la impresin de estar haciendo lo mejor que puedo, 
cuando por lo visto no lo hago. 

-No es tan complicado como lo haces parecer. La clave de todos estos asuntos de impecabilidad es el sentido 
de tener o no tener tiempo. Por regla general, cuando te sientes y actas como un ser inmortal que tiene todo 
el tiempo del mundo, no eres impecable; en esos momentos debes volverte, mirar alrededor tuyo, y entonces te 
dars cuenta de que tu sentimiento de tener tiempo es una idiotez. No hay sobrevivientes en esta tierra! 

 

LAS ALAS DE LA PERCEPCIN 

 

Don Juan y yo pasamos todo el da en las montaas. Salimos al amanecer. Me llev a cuatro sitios de poder, 
y en cada uno de ellos me dio instrucciones especficas sobre cmo proceder al cumplimiento de la tarea 
particular que aos antes me haba bosquejado como situacin de por vida. Regresamos al atardecer. Despus 
de comer, don Juan dej la casa de don Genaro. Me dijo que esperara a Pablito, el cual llevara combustible 
para la lmpara, y que hablara con l. 

Me puse a trabajar en mis notas y, absorto, no o llegar a Pablito sino hasta tenerlo a mi lado. l coment que 
haba estado practicando el "paso de poder", y que debido a eso yo no hubiera podido orlo de ningn modo,  
menos que fuera capaz de "ver". 

Pablito siempre me haba simpatizado. Sin embargo, aunque ramos buenos amigos, las oportunidades de 
charlar a solas con l haban sido escasas. Pablito me pareca una persona sumamente encantadora. Su 
nombre, por supuesto, era Pablo, pero el diminutivo le sentaba mejor. Era pequeo de huesos, pero duro. 
Como don Genaro, era magro de carnes, insospechadamente musculoso y fuerte. Andara quiz pisando los 

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treinta aos, pero pareca tener dieciocho. Era moreno y de estatura media. Tena ojos cafs, claros y 
brillantes, y -de nuevo como don Genaro- una sonrisa cautivante, con cierto toque de malicia. 

Le pregunt por su amigo Nstor, el otro aprendiz de don Genaro. Anteriormente siempre los haba visto 
juntos, y me daban la impresin de tener una excelente relacin mutua; sin embargo, eran opuestos en 
apariencia fsica y en carcter. Mientras Pablito era jovial y franco, Nstor era sombro y reservado. Tambin 
era ms alto, ms pesado, ms moreno y mucho mayor. 

Pablito dijo que Nstor se haba involucrado finalmente en su trabajo con don Genaro, y que se haba vuelto 
una persona totalmente distinta desde la ltima vez que lo vi. No quiso detallar el trabajo de Nstor ni su 
cambio de personalidad, y cambi abruptamente el tema. 

-Entiendo que el nagual te anda pisando los talones -dijo. 

Me sorprendi que lo supiera y le pregunt cmo lo averigu. 

-Genaro me cuenta todo -repuso. 

Not que no hablaba de don Genaro con el formalismo que yo usaba. Simplemente le deca Genaro, en tono 
familiar. Dijo que don Genaro era como su hermano, y que entre ambos exista una confianza de verdaderos 
parientes. Profes abiertamente su gran cario por don Genaro. Su sencillez y su candor me conmovieron en lo 
profundo. Hablndome, me di cuenta de la gran semejanza de temperamento entre don Juan y yo; debido a 
ella, nuestra relacin era formal y estricta en comparacin con la de don Genaro y Pablito. 

Pregunt a Pablito por qu tena miedo de don Juan. Hubo un titubeo en su mirada. Era como si la sola idea 
de don Juan lo hiciera retraerse. No respondi. Pareca evaluarme en alguna forma misteriosa. 

-A poco t no le tienes miedo? pregunt. 

Le dije que tena miedo de don Genaro, y ri como si hubiera esperado or todo menos eso. Dijo que la 
diferencia entre don Juan y don Genaro era como la diferencia entre el da y la noche. Don Genaro era el da; 
don Juan era la noche y, como tal, el ser ms atemorizante del mundo. De la descripcin de su temor hacia don 
Juan, Pablito pas a comentar su propia condicin como aprendiz. 

-Estoy que me lleva la chingada -dijo-. Si vieras lo que hay en mi casa, te daras cuenta de que s demasiado 
para ser un hombre comn, pero si me vieras con el nagual, te daras cuenta de que no s lo suficiente. 

Rpidamente cambi el tema y ri de que yo tomara notas. Dijo que don Genaro los haba divertido horas 
enteras imitndome. Aadi que don Genaro me quera mucho, con todo y mis rarezas, y que se declaraba 
encantado de que yo fuera su "protegido". 

Era la primera vez que yo escuchaba ese trmino. Guardaba coherencia con otro que don Juan introdujo en 
el comienzo de nuestra asociacin. Me haba dicho que yo era su "escogido". 

Pregunt a Pablito por sus encuentros con el nagual y me cont el primero de ellos. Dijo que cierta vez don 
Juan le dio una canasta, que l consider un regalo de buena voluntad. La puso en un gancho sobre la puerta 
de su cuarto, y como en ese momento no poda hallarle ningn uso, la olvid todo el da. Pensaba, dijo, que la 
canasta era un regalo de poder y deba utilizarse para algo muy especial. 

Al anochecer -sa era, tambin para l, la hora mortfera-, Pablito fue a su cuarto por su chamarra. Estaba 
solo en la casa y se dispona a ir de visita. La habitacin se hallaba a oscuras. Tom la chamarra y, cuando 
estaba por llegar a la puerta, la canasta cay frente a l y rod cerca de sus pies. Pablito ri de su propio 
sobresalto al ver que slo haba sido la canasta, cada del gancho. Se inclin para recogerla y se llev el susto 
de su vida. La canasta salt fuera de su alcance y empez a sacudirse y a rechinar, como si alguien la 
aplastara y la torciera. Pablito dijo que de la cocina entraba luz suficiente para discernir con claridad cuanto 
haba en el cuarto. Por un momento se qued mirando la canasta, aunque senta que no deba Hacerlo. La 
canasta empez a convulsionarse en medio de una ardua respiracin, pesada y rasposa. Al narrar su 
experiencia, Pablito asever que vio y oy respirar a la canasta; que estaba viva y lo persigui por el aposento, 
cortndole la salida. Dijo que luego la canasta empez a hincharse; las tiras de carrizo se destramaron para 
formar una pelota gigantesca, como un amaranto seco que rodara hacia l. Cay de espaldas en el piso y la 
bola empez a reptar por sus pies. Pablito dijo que para entonces se hallaba fuera de quicio y gritaba como 
histrico. La bola lo tena atrapado y se mova sobre sus piernas como alfileres que lo atravesaran. Trat de 
apartarla y entonces vio que la bola era el rostro de don Juan, con la boca abierta para devorarlo. Incapaz de 
soportar ms tiempo el terror, perdi el conocimiento. 

En forma muy franca y abierta, Pablito me relat una serie de encuentros aterradores que l y otros miembros 
de su familia haban tenido con el nagual. Pasamos horas hablando. El brete en el cual se hallaba pareca ser 
muy similar al mo, pero Pablito posea sin duda mayor sensibilidad para conducirse dentro del marco de 
referencia proporcionado por la brujera. 

En determinado momento se levant y dijo que senta venir a don Juan y no deseaba que lo hallara all. Se 
march con rapidez increble. Fue como si algo lo jalara sacndolo del cuarto. Me dej con el adis en la boca. 

Don Juan y don Genaro no tardaron en volver. Rean. 

-Pablito corra por el camino como alma que lleva el diablo -dijo don Juan-. Pero qu tendr? 

-Yo creo que se asust de ver a Carlitos gastarse los dedos hasta el hueso -dijo don Genaro, burlndose de 
mi escritura. 

Se me acerc. 

-Oye! Tengo una idea -dijo, casi en un susurro-. Ya que tanto te gusta escribir, por qu no aprendes a 
escribir sin lpiz, con el puro dedo? Eso sera lo mejor. 

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Don Juan y don Genaro tomaron asiento junto a m y especularon, entre risas, sobre la posibilidad de escribir 
con el dedo. Don Juan, en tono serio, hizo un comentario extrao. Dijo: 

-No hay duda de que podra escribir con el dedo, pero sera capaz de leerlo? 

Don Genaro se dobl de risa y repuso: 

-Estoy seguro de que puede leer cualquier cosa. 

Luego empez a narrar una historia muy desconcertante acerca de un patn campesino que se convirti en 
funcionario de importancia durante una poca de trastornos polticos. Don Genaro dijo que el hroe de su 
cuento fue nombrado ministro, o gobernador, quizs incluso presidente, porque no haba modo de saber lo que 
la gente hara en su locura. A causa de este nombramiento, lleg a creer que en verdad era importante y 
aprendi a actuar en consecuencia. 

Don Genaro hizo una pausa y me examin con el aire de un cmico sobreactuado. Me gui los ojos y movi 
las cejas de arriba a abajo. Dijo que el hroe de la historia era muy bueno en las apariciones pblicas y poda 
improvisar discursos sin la menor dificultad, pero su posicin requera que leyera sus discursos y el hombre era 
analfabeto. De modo que us el ingenio para salvar las apariencias. Tena una hoja de papel con algo escrito, y 
la blanda cada vez que pronunciaba un discurso. As, su eficiencia y sus otras cualidades eran innegables 
para todos los campesinos. Pero cierto da, un fuereo con alguna preparacin lleg por all y advirti que, al 
leer su discurso, el hroe sostena la hoja al revs. Se ech a rer y seal el engao a todo el mundo. 

Don Genaro hizo una nueva pausa; me mir, achicando los ojos, y pregunt: 

-Crees que el hroe qued atrapado? Ni modo. Mir a la gente con toda calma y dijo: "Al revs? Eso no le 
hace al que sabe leer." Y los campesinos estuvieron de acuerdo. 

Don Juan y don Genaro estallaron en carcajadas. Don Genaro me dio suaves palmadas en la espalda. Era 
como si yo fuese el hroe del cuento. Me sent apenado y re con nerviosismo. Pens que acaso la historia 
tena algn sentido oculto, pero no me atrev a preguntar. 

Don Juan se acerc ms a m. Inclinndose, susurr en mi odo derecho: 

-No te parece chistoso? 

Don Genaro se inclin tambin hacia m y susurr en mi odo izquierdo: 

-Qu cosa dijo? 

Tuve una reaccin automtica a ambas preguntas y realic una sntesis involuntaria. 

-S. Me parece que pregunt es chistoso? -dije. 

Obviamente advertan el efecto de sus maniobras; ambos rieron hasta derramar lgrimas. Como de cos-
tumbre, don Genaro exageraba ms que don Juan; se tir de espaldas y se puso a rodar a unos metros de m. 
Echado bocabajo, extendi brazos y piernas y gir como un rehilete. Dio de vueltas hasta que lleg junto a m y 
su pie toc el mo. Abruptamente se sent y sonri con mansedumbre. 

Don Juan se agarraba los costados. Rea muy duro y al parecer le dola el estmago. 

Tras un rato, ambos volvieron a hablarme al odo. Trat de memorizar la secuencia de sus frases, pero tras 
un esfuerzo ftil, desist. Eran demasiadas. 

Me susurraron en los odos hasta que nuevamente tuve la sensacin de haberme partido por la mitad. Como 
el da anterior, me convert en una niebla, en un resplandor amarillo que perciba todo en forma directa. Es 
decir, yo "conoca" las cosas. No haba pensamientos; slo haba certezas. Y al entrar en contacto con una 
sensacin suave, esponjosa, elstica, exterior a m y sin embargo parte ma, "supe" que era un rbol. Lo 
percib por su olor. No ola como ningn rbol especfico que yo recordara, pero algo en m "saba" que ese olor 
peculiar era la "esencia" del rbol. Yo no tena solamente la sensacin de saber, ni razonaba mi conocimiento, 
ni barajaba datos. Simplemente saba que haba algo en contacto conmigo, en todo mi derredor; un aroma 
tibio, amable, apremiante, emanado de algo que no era slido ni lquido sino un indefinido algo ms, que yo 
"saba" que era un rbol. Sent que al "saber" en esa forma calaba yo su esencia. No me repela. Ms bien me 
invitaba a fundirme con l. Me abarcaba o yo lo abarcaba. Haba entre nosotros un lazo que no era exquisito ni 
desagradable. 

La siguiente sensacin que pude recordar con claridad fue una oleada de maravilla y regocijo. Todo mi ser 
vibraba. Era como si me atravesaran cargas de electricidad. No dolan. Eran agradables, pero en forma tan 
indeterminada que no haba modo de categorizarlas. Supe, sin embargo, que aquello con lo que me hallaba en 
contacto era el suelo. Cierta parte de mi ser reconoca con certeza y concisin que se trataba del suelo. Pero 
en el instante en que trat de discernir la infinitud de percepciones directas que experimentaba, perd toda 
capacidad de diferenciarlas. 

Luego, de pronto, era de nuevo yo mismo. Pensaba. La transicin fue tan abrupta que cre haber despertado. 
Pero algo haba en el modo que me senta, que no era del todo mo. Supe que, en verdad, algo faltaba, antes 
de abrir por entero los ojos. Mir en torno. Me hallaba an en un sueo, o en alguna visin. Sin embargo, mis 
procesos mentales no slo funcionaban intactos, sino con extraordinaria claridad. Realic una rpida 
evaluacin. No me caba duda de que don Juan y don Genaro haban inducido mi estado onrico para algn 
propsito especfico. Pareca hallarme a punto de entender cul era ese propsito, cuando algo ajeno a m me 
forz a prestar atencin al entorno. Tard un largo momento en orientarme. 

Yaca bocabajo, y aquello sobre lo cual yaca era un piso de lo ms espectacular. Examinndolo, no pude 
evitar un sentimiento de pavor y maravilla. No conceba de qu pudiera estar hecho. Losas irregulares de 
alguna sustancia desconocida haban sido colocadas en forma intrincada y, a la vez, sencilla. Las haban 

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puesto juntas, pero no estaban pegadas al suelo ni entre s. Eran elsticas y cedan cuando yo intentaba 
apartarlas con los dedos, pero libres de presin volvan en el acto a su posicin original. 

Quise incorporarme y me vi posedo por una grotesca distorsin sensorial. Careca de control sobre mi 
cuerpo; de hecho, no pareca pertenecerme. Se hallaba inerte; yo no tena conexin con ninguna de sus partes 
y cuando trat de levantarme no pude mover los brazos y, balancendome inerme sobre mi estmago, rod 
hasta quedar de costado. El impulso del balanceo casi me hizo dar la vuelta completa y quedar bocabajo de 
nuevo. Mis brazos y piernas, extendidos, lo impidieron, y qued tendido de espaldas. En esa posicin pude 
percibir dos piernas de forma extraa, y los pies ms distorsionados que jams haba visto. Era mi cuerpo! 
Pareca estar envuelto en una tnica. La idea que me vino a la mente fue que experimentaba una escena en la 
que yo era un paraltico o un invlido de alguna ndole. Intent curvar la espalda y mirarme las piernas pero 
slo pude mover a tirones el cuerpo. Miraba directamente un cielo amarillo, un cielo profundo y vvido, amarillo 
limn. Tena surcos o canales de un tono amarillo ms oscuro, y un nmero interminable de protuberancias que 
colgaban como gotas de agua. El efecto total de ese cielo increble era apabullante. No pude determinar si las 
protuberancias eran nubes. Tambin haba reas de sombras y reas de diferentes tonos de amarillo, que 
descubr al mover la cabeza de lado a lado. 

Entonces algo ms atrajo mi atencin: un sol en el cenit mismo del cielo amarillo, directamente sobre mi 
cabeza, un sol tibio -a juzgar por el hecho de que poda mirarlo de frente- que despeda una luz blancuzca, 
apacible y uniforme. 

Antes de que pudiese ponderar todas estas visiones ultraterrenas, me vi sacudido con violencia; mi cabeza 
oscilaba hacia adelante y hacia atrs. Sent que me alzaban. O una voz aguda, riente, y enfrent un 
espectculo asombroso: una gigantesca mujer descalza. Su rostro era redondo y enorme. Su cabello negro es-
taba cortado al estilo paje. Sus brazos y piernas eran descomunales. Me levant y me llev hasta sus hombros 
como si fuera yo un mueco. Mi cuerpo colgaba flccido. Mir desde arriba su vigorosa espalda. Tena un fino 
vello en torno de los hombros y sobre la espina dorsal. Desde su hombro, vi de nuevo el piso magnifico. Lo oa 
ceder elsticamente bajo el gran peso de la mujer, y vea las huellas que la presin de sus pies dejaba en l. 

Me coloc bocabajo frente a una estructura, una especie de edificio. Not entonces que algo fallaba en mi 
percepcin de profundidad. No poda, mirando el edificio, calcular su tamao. Por momentos pareca 
ridculamente pequeo, pero cuando, al parecer, ajust mi percepcin, sus proporciones monumentales me 
maravillaron. 

La muchacha gigante se sent junto a m haciendo rechinar el piso. Yo tocaba su enorme rodilla. Ola a dulce 
o a fresas. Me habl y yo entend todo lo que dijo; sealando la estructura, deca que yo iba a vivir all. 

Mi habilidad de observador pareca aumentar conforme yo superaba el choque inicial de encontrarme all. 
Not que el edificio tena cuatro exquisitas columnas no funcionales. No soportaban nada; estaban encima del 
edificio. Su forma era la sencillez misma; eran proyecciones largas y grciles que parecan tenderse hacia 
aquel impresionante cielo de increble amarillo. El efecto de esas columnas invertidas era para m la belleza 
pura. Tuve un ataque de xtasis esttico. 

Las columnas parecan hechas de una pieza; yo no poda siquiera concebir tal factura. Las dos de enfrente 
estaban unidas por una delgada viga, una vara monumentalmente larga que, pens, poda ser un barandal de 
algn tipo, o un prtico sobre la fachada. 

La muchacha gigante me desliz bocarriba al interior de la estructura. El techo era negro y plano, lleno de 
agujeros simtricos que dejaban pasar el resplandor amarillento del sol, creando intrincados diseos. Me 
sobrecogi la absoluta y sencilla belleza lograda por esos puntos de cielo amarillo que se mostraban a travs 
de aquellos precisos agujeros en el techo, y los dibujos de sombras creados sobre el piso intrincado y 
magnfico. La estructura era cuadrada, Y ms all de su punzante belleza, incomprensible para m. 

Mi exaltacin era en ese momento tan intensa que quise llorar, o quedarme all para siempre. Pero alguna 
fuerza o tensin, o algo indefinible, empez a jalarme. De pronto me hall fuera de la estructura; an yaca 
bocarriba. La muchacha gigante segua all, pero con ella haba otro ser, una mujer tan grande que casi llegaba 
al cielo y eclipsaba el sol. Comparada con ella, la muchacha era slo una niita. La mujer estaba enojada; asi 
la estructura por una de sus columnas, la alz, la volte al revs y la puso en el suelo. Era una silla! 

Esa realizacin fue como un catalizador; dio rienda suelta a percepciones avasalladoras. Atraves una serie 
de imgenes que, pese a su inconexin, podan ordenarse en una secuencia. En destellos sucesivos vi o supe 
que el suelo magnfico e incomprensible era una estera de paja; el cielo amarillo, era el techo estucado de una 
habitacin; el gol, un foco elctrico; la estructura que tanto me extasi, una silla puesta de cabeza por una nia 
que jugaba a la casita. 

Tuve an otra visin coherente y secuencial de una misteriosa estructura arquitectnica de proporciones 
monumentales. Se ergua aislada. Casi pareca la concha puntiaguda de un caracol parado de cabeza. Las 
paredes constaban de placas cncavas y convexas de algn extrao material violeta; cada placa tena surcos 
que parecan ms funcionales que ornamentales. 

Examin la estructura meticulosa y detalladamente, y hall que, como la anterior, era incomprensible por 
completo. Esperaba ajustar de pronto mi percepcin para captar la "verdadera" naturaleza de la estructura. 
Pero no ocurri nada por el estilo. Experiment luego un conglomerado de "tomas de conciencia" o "hallazgos", 
ajenos e inextricables, acerca del edificio y su funcin; no tenan sentido, pues yo careca de un marco de 
referencia donde colocarlos. 

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De un momento a otro recobr mi conciencia normal. Don Juan y don Genaro estaban junto a m. Me hallaba 
cansado. Buqu mi reloj; haba desaparecido. Don Juan -y don Genaro soltaron risitas unsonas. 

Don Juan dijo que no me preocupara por el tiempo y que me concentrara en seguir ciertas recomendaciones 
que don Genaro me haba hecho. 

Mir a don Genaro y l hizo un chiste. La recomendacin ms importante, dijo, era que aprendiese a escribir 
con el dedo, para ahorrar lpices y para presumir. 

Bromearon un rato ms acerca de mis notas y luego me qued dormido. 

Don Juan y don Genaro escucharon el detallado recuento de mi experiencia, que a peticin de don Juan hice 
al despertar al da siguiente. 

-Genaro cree que ya tuviste suficiente por el momento -dijo don Juan cuando hube terminado. 

Don Genaro asinti con la cabeza. 

-Qu significa lo que experiment anoche? -inquir. 

-Le echaste un vistazo al asunto ms importante de la brujera -dijo don Juan-. Anoche te asomaste a la 
totalidad de ti mismo. Pero stas palabras, desde luego, no tienen sentido para ti en este momento. Por lo que 
queda dicho, ya sabes que llegar a la totalidad de uno mismo no es cosa de que uno quiera aceptar, o de que 
uno est dispuesto a aprender. Genaro piensa que tu cuerpo necesita tiempo para que el susurro del nagual te 
penetre. 

Don Genaro volvi a asentir. 

-Bastante tiempo -dijo, meneando la cabeza de arriba a abajo-. Unos veinte o treinta aos. 

No supe cmo reaccionar. Mir a don Juan en busca de una gua. Ambos tenan expresiones serias. 

-De veras me faltan veinte o treinta aos? -pregunt. 

-Claro que no! -grit don Genaro, y ambos soltaron la risa. 

Don Juan me dijo que volviera cuando mi voz interna as lo indicase, y que mientras tanto intentara ordenar 
todas las sugerencias que me hicieron cuando estaba partido. 

-Cmo lo hago? -pregunt. 

-Cerrando tu dilogo interno y dejando que algo en ti fluya y se expanda -repuso don Juan-. Ese algo es tu 
percepcin, pero no trates de razonar de lo que te digo. Nada ms djate guiar por el susurro del nagual. 

Luego dijo que la noche anterior yo haba tenido dos perspectivas intrnsecamente distintas. Una era 
inexplicable; la otra, perfectamente natural, y el orden en que ocurrieron indicaba una condicin inmanente en 
todos nosotros. 

-Una vista era l nagual, la otra el tonal -aadi don Genaro. 

Le ped explicar su frase. Me mir y me palme la espalda. 

Don Juan terci para decir que las dos primeras visiones eran el nagual, y que don Genaro haba elegido un 
rbol y el suelo como puntos de nfasis. Las otras dos eran visiones del tonal seleccionadas por l mismo; una 
de ellas fue mi percepcin del mundo cuando nio. 

-Te pareca un mundo extrao porque tu percepcin todava no haba sido cortada para ajustarla al molde 
deseado -dijo. 

-Era as como yo vea realmente el mundo? -pregunt. 

-Claro -dijo-. Eso fue tu memoria. 

Pregunt a don Juan si el sentimiento de apreciacin esttica que me haba extasiado era tambin parte de 
mi recuerdo. 

-Entramos en esas vistas tal como somos hoy -dijo-. Veas la escena como la veras ahora. Pero el ejercicio 
era de percepcin. sa era la escena de la poca en que el mundo se volvi para ti lo que es ahora. Una poca 
en que una silla se hizo una silla. 

No quiso discutir la otra escena. 

-Eso no era un recuerdo de mi niez -dije. 

-Pues claro que no -repuso-. Eso era otra cosa. 

-Era algo que ver en el futuro? -pregunt. 

-No hay futuro! -exclam, cortante-. El futuro no es ms que una manera de hablar. Para un brujo slo existe 
el aqu y el ahora. 

Dijo que esencialmente no haba nada que decir al respecto porque el propsito del ejercicio fue abrir las alas 
de mi percepcin, y que, si bien no vol con esas alas, toqu sin embargo cuatro puntos inconcebibles de 
alcanzar desde el punto de vista de mi percepcin ordinaria. 

Empec a reunir mis cosas para marcharme. Don Genaro me ayud a empacar mi cuaderno; lo puso en el 
fondo de mi portafolios. 

-All estar calientito y tranquilo -dijo, guiando un ojo-. Puedes tener la seguridad de que no se resfriar. 

En esos momentos don Juan pareci cambiar de idea con respecto a mi partida y empez a hablar de mi 
experiencia. Automticamente quise tomar mi portafolios de manos de don Genaro, pero l lo dej caer antes 
de que yo lo tocara. Don Juan hablaba de espaldas a m. Recog el portafolios y busqu presuroso mi 
cuaderno. Dan Genaro lo haba empacado tan apretadamente que sacarlo me cost un trabajo infernal; 
finalmente lo tuve en mis manos y empec a escribir. Don Juan y don Genaro me observaban. 

-Pero que mal andas -dijo don Juan, riendo-. Buscas tu cuaderno como un borracho la botella. 

-Como una madre amorosa busca a su nio -replic don Genaro. 

-Como un cura busca su crucifijo -aadi don Juan. 

#
-Como una mujer busca sus calzones -grit don Genaro. 

Siguieron acumulando smiles y aullando de risa mientras me acompaaban hasta mi coche. 

 

TERCERA PARTE 

LA EXPLICACIN DE LOS BRUJOS 

 

TRES TESTIGOS DEL NAGUAL 

 

Al volver a casa me vi una vez ms ante la tarea de organizar mis notas de campo. Lo que don Juan y don 
Genaro me hicieron experimentar ganaba aun ms en poder de conmocin conforme yo recapitulaba los 
sucesos. Not, sin embargo, que mi acostumbrada reaccin de entregarme meses enteros al desconcierto o al 
pavor por lo que haba atravesado, no era tan intensa como antes. Varias veces intent deliberadamente 
concentrar mis sentimientos, como otrora, en especulaciones e incluso en autocompasin; pero algo faltaba. 
Tuve asimismo la intencin de anotar cierto nmero de preguntas que hara a don Juan, a don Genaro y hasta 
a Pablito. El proyecto fracas antes de iniciado. Haba en m algo que me impeda entrar en un estado de 
inquisicin o perplejidad. 

No me propuse volver con don Juan y don Genaro, pero tampoco rehua la posibilidad. Un buen da, sin 
premeditacin alguna por mi parte, sent simplemente que era tiempo de verlos. 

En el pasado, cada vez que me dispona a salir rumbo a Mxico, tena la sensacin de que haba miles de 
Preguntas importantes y urgentes que deseaba plantear a don Juan; esta vez mi mente se hallaba en blanco. 
Era como si, despus de trabajar en mis notas, me hubiera deshecho del pasado y estuviese listo Para el aqu 
y el ahora del mundo de don Juan y don Genaro. 

Slo tuve que esperar unas cuantas horas antes de que don Juan me "encontrara" en el mercado de un 
pequeo pueblo, en las montaas de Mxico central. Me salud con gran afecto e hizo una sugerencia casual. 
Dijo que antes de llegar a casa de don Genaro le gustara visitar a los aprendices de ste, Pablito y Nstor: 
Guando dejamos la carretera me dijo que vigilara con atencin por si haba algo fuera de lo comn al lado del 
camino o en el camino mismo. Le ped darme pistas ms precisas al respecto. 

-No puedo -respondi-. El nagual no necesita pistas precisas. 

Disminu la velocidad en reaccin automtica a su rplica. Ri y con un ademn me inst a seguir manejando. 

Al acercarnos al pueblo donde Pablito y Nstor vivan, don Juan me hizo detener el coche. Movi 
imperceptiblemente la barbilla, sealando un grupo d peascos no muy grandes al lado izquierdo del camino. 

-Ah est el nagual -dijo en un susurro. 

No haba nadie en las cercanas. Yo haba esperado ver a don Genaro. Mir de nuevo los peascos y luego 
escudri el rea circundante. Nada a la vista. Esforc los ojos por discernir cualquier cosa: un animal 
pequeo, un insecto, una sombra, una configuracin extraa en las rocas, cualquier cosa fuera de lo comn. 
Tras un momento desist y me volv a encarara a don Juan. l sostuvo sin sonrer mi mirada interrogante y 
luego empuj suavemente mi brazo con el dorso de su mano para hacerme mirar de nuevo los peascos. 
Obedec; luego don Juan baj del coche y me dijo que lo siguiera para examinarlos. 

Ascendimos lentamente una pendiente suave durante sesenta o setenta metros, hasta llegar a la base de las 
rocas. Don Juan se detuvo all un momento y me susurr en el odo derecho que el nagual me esperaba en ese 
mismo sitio. Le dije que, por ms que me esforzaba, no poda discernir sino las rocas y unos mechones de 
hierba y algunos cactos. Insisti, sin embargo, en que el nagual se hallaba all, esperndome. 

Me orden tomar asiento, suspender mi dilogo interno y mantener los ojos sin enfocar, en la cima de los 
peascos. Sentado junto a m, acerc la boca a mi odo derecho y susurr que el nagual me haba visto, que 
estaba all aunque yo no pudiera visualizarlo, y que mi problema era simplemente la incapacidad de suspender 
por entero el dilogo interno. O cada una de sus palabras en un estado de silencio interior. Entenda todo y sin 
embargo no poda responder; el esfuerzo necesario para pensar y hablar exceda lo posible. Mis reacciones a 
sus comentarios no fueron pensamientos propiamente dichos sino ms bien unidades completas de 
sentimiento, las cuales tenan todas las implicaciones de significado que suelo asociar con el pensamiento. 

Susurr que era muy difcil emprender por uno mismo el camino hacia el nagual, y que yo haba tenido en 
verdad una gran suerte al ser iniciado por la polilla y su cancin. Dijo que, manteniendo el recuerdo del 
"llamado de la polilla", yo poda hacerlo volver en mi ayuda. 

Tal vez sus palabras eran una sugerencia avasalladora, o bien rememor aquel fenmeno perceptual que l 
llamaba el "llamado de la polilla", pues apenas hubo susurrado esas palabras, el extraordinario borboteo se 
hizo audible. Su riqueza tonal me hizo sentir dentro de una cmara de ecos. Al crecer el ruido en volumen o 
proximidad, detect tambin, en un estado de entresueo, que algo se mova encima de los peascos. El 
movimiento me produjo un susto tan intenso que de inmediato recobr mi claridad de conciencia. Mis ojos se 
enfocaron en los peascos. Don Genaro estaba sentado en uno de ellos! Sus pies pendan, y con los talones 
martillaba la roca, produciendo un sonido rtmico que pareca sincronizado con el "llamado de la polilla". Sonri 
y agit la mano saludndome. Quise pensar racionalmente, Tuve la sensacin, el deseo de averiguar cmo 
lleg l all, o cmo lo vi en ese sitio, pero no poda convocar a mi razn en modo alguno. Lo nico posible, 
bajo las circunstancias, era mirarlo ah sentado, sonriente, agitando la mano. 

#
Tras un instante pareci disponerse a bajar deslizndose por el redondeado peasco. Lo vi tensar las 
piernas, preparar los pies para aterrizar en el duro suelo, y arquear la espalda, hasta casi tocar la superficie de 
la roca, con el fin de ganar impulso de deslizamiento. Pero a medio descenso su cuerpo se detuvo. Tuve la 
impresin de que se haba atorado. Patale dos o tres veces con ambas piernas como si flotara en el agua. 
Pareca querer soltarse de algo que lo tena asido por el asiento-de sus pantalones. Frenticamente se frot 
con ambas manos las caderas. Me daba la impresin de hallarse dolorosamente atrapado. Quise correr a 
ayudarlo, pero don Juan me retuvo por el brazo y lo o decir, medio ahogado de risa: 

-Obsrvalo! Obsrvalo! 

Don Genaro patale, contrajo el cuerpo y se retorci de lado a lado como si aflojara un clavo; luego o un 
fuerte tronido y se desliz, o fue arrojado, hasta donde don Juan y yo nos hallbamos. Aterriz de pie, a metro 
y medio de m. Se frot las nalgas y salt repetidas veces en una danza de dolor, gritando obscenidades. 

-La piedra no quera dejarme ir y me agarr por el culo -me dijo en tono de mansedumbre. 

Experiment una sensacin de alegra sin igual. Re con fuerza. Not que mi regocijo era equiparable a mi 
claridad mental. Me hallaba sumergido en un estado de gran perceptividad. Todo cuanto me rodeaba era claro 
y cristalino. Antes haba estado sooliento o distrado a causa de mi silencio interno. Pero luego, algo en la 
sbita aparicin de don Genaro haba creado un estado de suma lucidez. 

Don Genaro continu frotndose las nalgas y saltando durante un rato ms; luego coje hasta mi coche, abri 
la puerta y subi con dificultad al asiento trasero. 

Automticamente me volv para hablar con don Juan. No lo vi en ninguna parte. Empec a llamarlo en voz 
alta. Don Genaro sali del coche y se puso a correr en crculos, gritando tambin el nombre de don Juan en un 
tono chilln y frentico. Slo entonces, al observarlo, me di cuenta de que me remedaba. Yo haba tenido tal 
ataque de miedo al verme a solas con don Genaro, que inconscientemente corr tres o cuatro veces en torno al 
coche, gritando el nombre de don Juan. 

Don Genaro dijo que tenamos que recoger a Pablito y Nstor, y que don Juan nos estara esperando en 
algn punto del camino. 

Habiendo superado mi susto inicial, le dije que me alegraba de verlo. Hizo bromas sobre mi reaccin. Dijo que 
don Juan no era como un padre para m, sino ms bien como una madre. Hilvan graciosas observaciones y 
juegos de palabras sobre "madres". Yo rea tanto que no me haba dado cuenta de que habamos llegado a 
casa de Pablito. Don Genaro me indic parar y baj del coche. Pablito estaba parado junto a la puerta de su 
casa. Vino corriendo y subi en el coche para sentarse a mi lado. 

-Vamos por Nstor -dijo como si tuviera prisa. 

Me volv en busca de don Genaro. No estaba. Pablito, en tono suplicante, me inst a apresurarme. 

Fuimos a casa de Nstor. Tambin l esperaba junto a la puerta. Bajamos del coche. Sent que los dos 
saban qu cosa pasaba. 

-A dnde vamos? -pregunt. 

-No te dijo Genaro? -pregunt a su vez Pablito, incrdulo. 

Les asegur que ni don Juan ni don Genaro me haban mencionado nada. 

-Vamos a un sitio de poder -dijo Pablito. 

-Qu vamos a hacer all? -pregunt. 

Ambos dijeron al unsono que no saban. Nstor aadi que don Genaro le haba dicho que me guiara al sitio. 

-Veniste de casa de Genaro? -pregunt Pablito. 

Repuse que haba estado con don Juan y que hallamos a don Genaro en el camino y don Juan me dej con 
l. 

-A dnde fue don Genaro? -pregunt a Pablito. 

Pero Pablito no supo de qu hablaba yo. No haba visto a don Genaro en mi coche. 

-Fue conmigo a tu casa -dijo. 

-Creo que traas al nagual en tu coche -dijo Nstor, asustado. 

No quiso ir en la parte trasera y se hizo caber junto a Pablito y a m en el asiento de adelante. 

Viajamos en silencio, a excepcin de las breves rdenes que Nstor daba para indicar el camino. 

Quise pensar en los sucesos de esa maana, pero de algn modo saba que cualquier intento de explicarlos 
era una infructuosa entrega de mi parte. Trat de trabar conversacin con Nstor y Pablito; dijeron que dentro 
del coche iban demasiado nerviosos y no podan hablar. Disfrut su cndida respuesta y no los presion ya. 

Ms de una hora despus, dejamos el coche en un ramal y ascendimos la ladera de una abrupta montaa. 
Caminamos en silencio otra hora o algo as, con Nstor a la cabeza, y nos detuvimos al pie de un enorme 
acantilado, casi vertical, de unos sesenta metros de altura. Con ojos entrecerrados, Nstor escudri el suelo, 
buscando un sitio adecuado donde sentarnos. Tuve la penosa conciencia de que se conduca con torpeza. 
Pablito, que se hallaba junto a m, pareci varias veces a punto de adelantarse y corregirlo, pero se contena y 
se relajaba. Finalmente, tras un titubeo momentneo, Nstor eligi un sitio. Pablito suspir aliviado. Supe que 
el sitio elegido por Nstor era el correcto, pero ignoraba cmo lo supe. Me envolv en el seudoproblema de 
imaginar qu sitio habra yo escogido de haber ido guindolos. Pablito, obviamente, se daba cuenta de lo que 
yo haca. 

-No puedes hacer eso -me susurr. 

#
Re apenado, como si me hubiera sorprendido en algn acto ilcito. Riendo, Pablito dijo que don Genaro 
siempre caminaba con ellos dos por las montaas y los turnaba en el papel de gua; as, l saba que no haba 
manera de imaginar cul habra sido la propia eleccin. 

-Genaro dice que la razn por la que uno no puede hacer eso, es porque slo hay decisiones bien hechas o 
decisiones mal hechas. Si es una decisin mal hecha tu cuerpo lo sabe, y tambin el cuerpo de los dems; 
pero si es una decisin bien hecha, el cuerpo lo sabe y descansa y se olvida rapidsimo de que hubo una 
decisin. Vuelves a cargar tu cuerpo, ves, como una escopeta, para la siguiente decisin. Si quieres usar otra 
vez tu cuerpo para hacer la misma decisin, no funciona. 

Nstor me mir; aparentemente le daba curiosidad el que yo tomase notas. Asinti como para secundar a 
Pablito y luego sonri por vez primera. Dos de sus dientes superiores estaban chuecos. Pablito explic que 
Nstor no era malo ni sombro; sus dientes lo apenaban y sa era la razn de que nunca sonriera. Nstor ri, 
tapndose la boca. Le dije que poda mandarlo con un dentista para que le enderezara los dientes. Creyeron 
que mi sugerencia era un chiste y rieron como nios. 

-Genaro dice que l solo tiene que vencer la vergenza dijo Pablito-. Adems, Genaro dice que tiene suerte; 
mientras que todo el mundo muerde del mismo modo, Nstor puede partir un hueso a lo largo con sus 
dientotes chuecos, y si te muerde un dedo te puede hacer un agujero, como un clavo. 

Nstor abri la boca y me ense los dientes. El incisivo y el canino izquierdos haban crecido de lado. 
Entrechoc los dientes, hacindolos sonar, y gru como un perro. Fingi dos o tres tarascadas en mi 
direccin. Pablito ri. 

Yo nunca haba visto a Nstor tan contento. Las pocas veces que estuve antes con l, me daba la impresin 
de ser un hombre de edad madura. Mirndolo all sentado, sonriendo con sus dientes chuecos, me maravill su 
apariencia juvenil. Pareca tener poco ms de veinte aos. 

Pablito nuevamente ley a la perfeccin mis pensamientos. 

-Est perdiendo la importancia -dijo-. Por eso se ve ms joven. 

Nstor asinti y, sin decir palabra, solt un sonoro pedo. Sobresaltado, dej caer mi lpiz. 

Pablito y Nstor casi se mueren de risa. Cuando se hubieron calmado, Nstor vino a mi lado y me mostr un 
aparato hecho en casa, que produca un sonido peculiar al ser aplastado con la mano. Explic que don Genaro 
le haba enseado a hacerlo. Tena un fuelle diminuto, y el vibrador poda ser cualquier clase de hoja que se 
colocara en una ranura entre las dos piezas de madera que eran los compresores. Nstor dijo que el tipo de 
sonido producido dependa de la hoja que se usara como vibrador. Quiso que lo probara y me mostr cmo 
aplastar los compresores para producir cierto sonido, y cmo abrirlos para producir otro. 

-Para qu te sirve? -pregunt. 

Ambos cruzaron una mirada. 

-Es su cazador de espritus, pendejo -dijo Pablito, cortante. 

Su tono era malhumorado, pero sonrea amistosamente. Ambos eran una mezcla extraa e inquietante de 
don Genaro y don Juan. 

Me absorbi un horrible pensamiento. Estaban don Juan y don Genaro jugndome una treta? Tuve un 
momento de supremo terror. Pero algo cedi dentro de mi estmago e inmediatamente me calm de nuevo. 
Supe que Pablito y Nstor usaban a don Genaro y don Juan como modelos de conducta. Yo mismo haba 
descubierto que cada vez me portaba ms como ellos. 

Pablito dijo que Nstor era afortunado por tener un cazador de espritus y que l mismo careca de uno. 

-Qu vamos a hacer aqu? -pregunt a Pablito. 

Nstor respondi como si me hubiera dirigido a l. 

-Genaro me dijo que esperramos aqu, y que mientras esperamos debemos rernos y divertirnos -dijo. 

-Cunto crees que tendremos que esperar? -pregunt. 

No respondi; mene la cabeza y mir a Pablito como preguntndole a l. 

-Yo tampoco s -dijo Pablito. 

Iniciamos entonces una animada conversacin sobre las hermanas de Pablito, que dur hasta que Nstor, 
bromeando, dijo que la mayor tena una mirada tan maligna que mataba los piojos con slo verlos. Pablito, 
aadi, le tena miedo porque era tan fuerte que una vez, en un arrebato de ira, le arranc un puado de 
cabellos como quien despluma a un pollo. 

Pablito concedi que su hermana mayor haba sido una bestia, pero que el nagual la haba metido en cintura. 
Cuando me cont la historia, me di cuenta de que Pablito y Nstor nunca mencionaban el nombre de don Juan, 
sino que se referan a l como el nagual. Al parecer, don Juan haba intervenido en la vida de Pablito para 
obligar a todas sus hermanas a llevar una vida ms armoniosa. Pablito dijo que, cuando el nagual acab con 
ellas, quedaron hechas unas santas. 

La conversacin dur hasta despus que se haba puesto el sol. Nstor la interrumpi sbitamente y quiso 
saber qu haca yo con mis notas. Les expliqu mi trabajo. Tuve la extraa sensacin de que se interesaban 
verdaderamente en lo que yo deca, y termin hablando de antropologa y filosofa. Me sent ridculo y quise 
parar, pero me hallaba inmerso en mi explicacin e incapaz de interrumpirla. Tuve la sensacin inquietante de 
que los dos, como equipo, me forzaban de alguna manera a ese largo discurso. Tenan los ojos fijos en m. No 
parecan aburridos ni, cansados. 

Me encontraba a la mitad de un comentario cuando o el leve sonido del "llamado de la polilla". Mi cuerpo se 
tens y mi frase qued inconclusa. 

#
-El nagual est aqu -dije maquinalmente. 

Nstor y Pablito cruzaron una mirada que me pareci de terror puro y, saltando a mi lado, me flanquearon. 
Tenan la boca abierta. Parecan nios asustados. 

Tuve entonces una inconcebible experiencia sensorial. Mi oreja izquierda empez amoverse. Sent como si 
se agitara por s sola. Prcticamente volte mi cabeza en un semicrculo, hasta que me hall encarando lo que 
crea el oriente. Mi cabeza se inclin levemente a la derecha; en esa posicin me era posible detectar el rico 
sonido barbotante del "llamado de la polilla". Sonaba lejano, hacia el noreste. Una vez que establec la 
direccin, mi odo registr una increble cantidad de sonidos. Sin embargo, yo no tena manera de saber si eran 
recuerdos de sonidos escuchados antes, o sonidos reales que se producan en esos momentos. 

El sitio en que nos hallbamos era la spera ladera occidental de una cordillera. Hacia el noreste haba 
arboledas y conglomerados de arbustos montaeses. Mi odo pareci captar el sonido de algo pesado que se 
mova sobre las rocas, procedente de esa direccin. 

Nstor y Pablito respondan a mis acciones, o bien escuchaban los mismos sonidos. Me habra gustado 
preguntrselos, pero no me atreva; o tal vez me era imposible interrumpir mi concentracin. 

Cuando el sonido se hizo ms fuerte y ms prximo, Nstor y Pablito se acurrucaron contra mis flancos. 
Nstor pareca el ms afectado; su cuerpo temblaba fuera de control. En determinado momento, mi brazo 
izquierdo empez a sacudirse; se alz sin volicin ma hasta que estuvo casi al nivel de mi rostro, y luego 
seal un rea de arbustos. O un sonido vibratorio o un rugido; era un sonido familiar para m. Lo haba odo 
aos antes bajo la influencia de una planta psicotrpica. Discern en los arbustos una gigantesca figura negra. 
Era como si los arbustos mismos se hubieran oscurecido gradualmente hasta producir una ominosa negrura. 
No tena forma definida pero se mova. Pareca alentar. O un chillido escalofriante, que se mezcl a los gritos 
aterrados de Nstor y Pablito; y los arbustos, o la masa negra en la que se haban trocado, volaron hacia 
nosotros. 

No pude mantener la ecuanimidad. De algn modo, algo en m cedi. La masa se cirni sobre nosotros, y 
luego nos trag. La luz en torno se hizo opaca. Era como si el sol se hubiese ocultado. O como si de pronto 
llegara el crepsculo. Serio las cabezas de Nstor y Pablito bajo mis axilas; hice bajar los brazos -en un 
inconsciente movimiento protector y ca, girando hacia atrs. 

Pero no llegu a tocar el suelo rocoso, pues un instante despus me hall de pie flanqueado por Pablito y 
Nstor. Ambos, aunque ms altos que yo, parecan haberse encogido; con las piernas y la espalda arqueadas, 
disminuan su estatura al grado de caber bajo mis brazos. 

Don Juan y don Genaro estaban de pie frente a nosotros. Los ojos de don Genaro brillaban como los de un 
felino en la noche. Los ojos de don Juan tenan el mismo brillo. Yo nunca haba visto as n don Juan. Era en 
verdad imponente. Ms aun que don Genaro. Se vea ms joven y ms fuerte que de costumbre. Mirando a los 
dos, tuve el sentimiento enloquecedor de que no eran hombres como yo. 

Pablito y Nstor geman quedamente. Entonces don Genaro dijo que ramos la imagen de la Trinidad. Yo era 
el Padre, Pablito el Hijo y Nstor el Espritu Santo. Don Juan y don Genaro rieron en tono resonante. Pablito y 
Nstor sonrieron mansamente. 

Don Genaro dijo que debamos desenredarnos, porque los abrazos slo eran permisibles entre hombres Y 
mujeres, o entre un hombre y su burro. 

Not entonces que me hallaba en el mismo sitio que antes; obviamente, no haba girado hacia atrs, como 
me pareci. De hecho, Nstor y Pablito estaban tambin en los mismos sitios. 

Don Genaro hizo un sea con la cabeza a Pablito y Nstor. Don Juan me indic seguirlos. Nstor tom la 
gua y me seal un sitio donde sentarme, y otro para Pablito. Formamos una lnea recta, a unos cincuenta 
metros del sitio donde don Juan y don Genaro se erguan inmviles al pie del acantilado. Mis ojos, fijos en 
ellos, se desenfocaron involuntariamente. Supe que bizqueaba, pues vea cuatro personas. Luego la imagen de 
don Juan en el ojo izquierdo se superpuso a la de don Genaro en el derecho; el resultado de la fusin fue un 
ser iridiscente parado entre don Juan y don Genaro. N o era un hombre como suelo verlos. Ms bien era una 
bola de fuego blanco, cubierta por algo como fibras de luz. Sacud la cabeza; se disip la doble imagen, y sin 
embargo persisti la visin de don Juan y don Genaro como seres luminosos. Yo vea dos extraos objetos 
alargados, hechos de luz. Parecan balones blancos, iridiscentes, con fibras, y las fibras tenan luz propia. 

Los dos seres luminosos se estremecieron; vi temblar sus fibras, y luego desaparecieron como una ex-
halacin. Los jal un largo filamento, un hilo de araa que pareca surgido de la cima del acantilado. La 
sensacin que tuve fue la de que un largo rayo de luz, o una lnea luminosa, haba bajado de la roca para 
alzarlos. Percib la secuencia con los ojos y con el cuerpo. 

Tambin poda advertir enormes disparidades en mi modo de percepcin, pero me resultaba imposible 
especular sobre ellas como ordinariamente habra hecho. As, tena conciencia de estar mirando directamente 
hacia la base del acantilado, y sin embargo vea a don Juan y don Genaro en la cima, como si hubiese alzado 
la cara en un ngulo de cuarenta y cinco grados. 

Quise tener miedo, acaso cubrirme el rostro y llorar, o hacer cualquier otra cosa dentro de mi gama normal de 
reacciones. Pero pareca hallarme trabado. Mis deseos no eran pensamientos, tal como los conozco; por tanto, 
no podan evocar la respuesta emocional que yo estaba acostumbrado a despertar en m mismo. 

Don Juan y don Genaro se desplomaron al suelo. Sent que lo haban hecho a juzgar por la consumante 
sensacin de cada que experiment en el estmago. 

#
Don Genaro permaneci donde haba aterrizado, pero don Juan vino a nosotros y tom asiento detrs de m, 
a mi derecha. Nstor se agazapaba con las piernas contra el estmago; reposaba la barbilla en las palmas d 
las manos; sus antebrazos, apoyados contra los muslos, servan de soportes. Pablito estaba sentado con el 
cuerpo ligeramente hacia adelante y las manos contra el estmago. Advert entonces que yo haba cruzado los 
antebrazos sobre la regin umbilical, y que asa la piel de mis flancos. Me haba agarrado con tal fuerza que 
tena los flancos adoloridos. 

Don Juan habl en un murmullo seco, dirigindose a todos nosotros. 

-Deben fijar la vista en el nagual -dijo-. Todos los pensamientos y las palabras deben borrarse. 

Lo repiti cinco o seis veces. Su voz era extraa, desconocida para m; me daba la sensacin concreta de las 
escamas en la piel de una lagartija. Este smil era un sentimiento, no un pensamiento consciente. Cada una de 
sus palabras se desprenda como una escama; tenan un ritmo extrao; eran ahogadas, secas, como una tos 
suave; un murmullo rtmico hecho mando. 

Don Genaro estaba inmvil. Al mirarlo no pude mantener mi conversin de imagen, y cruc los ojos 
involuntariamente. Entonces volv a notar una extraa luminosidad en el cuerpo de don Genaro. Mis ojos 
empezaban a cerrarse, o a rasgarse. Don Juan acudi a mi rescate. Lo o dar la orden de no cruzar los ojos. 
Sent un golpe suave en la cabeza. Al parecer me haba pegado con una piedrecilla. Vi la piedra rebotar un par 
de veces sobre las rocas cercanas. Tambin debe haber golpeado a Nstor y a Pablito; o el rebote de otras 
piedras en las rocas. 

Don Genaro adopt una extraa postura de danza. Dobl las rodillas, extendi los brazos a los lados, estir 
los dedos. Pareca a punto de girar; -de hecho, dio una media vuelta y luego fue jalado hacia arriba. Tuve la 
clara percepcin de que el hilo de una oruga gigante haba alzado su cuerpo hasta la cima del acantilado. Mi 
percepcin del movimiento ascendente fue una extraa mezcla de sensaciones visuales y corpreas. Medio vi, 
medio sent su vuelo vertical. Haba algo que se vea o se senta como una lnea o un hilo casi imperceptible de 
luz, y que lo jalaba. No presenci su vuelo en el sentido en el que seguira con los ojos a un ave. No hubo 
secuencia lineal en el movimiento. No tuve que alzar la cabeza para mantenerlo dentro de mi campo visual. Vi 
la lnea jalarlo, luego sent su movimiento en mi cuerpo, o con mi cuerpo; y en el instante siguiente se hallaba 
encima del acantilado, a decenas de metros de altura. 

Tras unos minutos se desplom. Sent su Cada y gru involuntariamente. 

Don Genaro repiti su hazaa tres veces ms. En cada ocasin, mi percepcin se enton. Durante su ltimo 
salto, pude claramente distinguir, una serie de lneas que emanaban de su parte media, y supe cundo estaba 
a punto de ascender y descender, juzgando por la forma en que las lneas de su cuerpo se movan. Cuando 
estaba a punto de saltar hacia arriba, las lneas se tendan en esa direccin; al contrario, cuando se dispona a 
saltar hacia abajo, las lneas se tendan hacia afuera y en descenso. 

Despus de su cuarto salto, don Genaro vino a nosotros y tom asiento detrs de Pablito y Nstor. Luego don 
Juan pas al frente y se par donde don Genaro estuvo. Qued inmvil un rato. Don Genaro dio breves 
instrucciones a Pablito y Nstor. No entend lo que haba dicho. Mirndolos, vi que cada uno recoga una piedra 
y la colocaba contra su regin umbilical. Me preguntaba si yo tambin deba hacerlo, cuando don Genaro me 
dijo que la precaucin no se aplicaba en mi caso, pero que sin embargo tuviera una piedra a la mano, por si me 
enfermaba. Ech hacia adelante la quijada para indicarme mirar a don Juan Y luego dijo algo ininteligible; lo 
repiti y, aunque no comprend las palabras, supe qu era ms o menos la misma frmula que don Juan haba 
pronunciado. Las palabras no importaban en realidad; era, el ritmo, la sequedad del tono, la cualidad de tosido. 
Tuve la certeza de que el lenguaje empleado por don Genaro, fuera el que fuese, resultaba ms adecuado que 
el espaol para el ritmo en staccato. Don Juan hizo exactamente lo que don Genaro haba hecho en un 
principio, pero luego, en vez de saltar hacia arriba, gir como un gimnasta sobre su propio eje. En mi 
semiconciencia, esper que aterrizara de nuevo sobre sus pies. Nunca lo hizo. Su cuerpo sigui dando vueltas 
a poca distancia del suelo. Los crculos eran muy rpidos al principio, luego se hicieron ms lentos. Desde 
donde me hallaba, pude ver que el cuerpo de don Juan colgaba, como el de don Genaro, de un hilo de luz. 
Giraba despacio como para permitirnos verlo con detenimiento. Luego empez a ascender; gan altura hasta 
alcanzar la cima del acantilado. Flotaba como carente de peso. Sus vueltas despaciosas evocaban la imagen 
de un astronauta en el espacio, en estado de ingravidez. 

Me mare de observarlo. Mi sensacin de malestar pareci darle impulso; empez a girar con mayor rapidez. 
Se apart del acantilado y, conforme ganaba velocidad, me enferm verdaderamente. Cog la piedra y la puse 
sobre mi estmago. La apret contra mi cuerpo lo ms que pude. Su contacto me calm un poco. La accin de 
tomar la piedra y apretarla me haba permitido un descanso momentneo. Aunque no apart los ojos de don 
Juan, mi concentracin se interrumpi. Antes de procurar la piedra senta que la velocidad ganada por el 
cuerpo flotante emborronaba su forma; pareca un disco giratorio y luego una luz en rotacin. Cuando tuve la 
roca contra el cuerpo, su velocidad mengu; pareca un sombrero flotando en el aire, un volador que oscilaba 
hacia adelante y hacia atrs. 

El movimiento del volador fue todava ms perturbador. Mi malestar se hizo incontrolable. O un aletear de 
pjaro, y tras un momento de incertidumbre supe que el acontecimiento haba concluido. 

Me senta tan enfermo y exhausto que me tend a dormir. Debo haber dormitado un rato. Abr los ojos cuando 
alguien sacudi mi brazo. Era Pablito. En tono frentico, me deca que no poda dormirme, pues si lo haca 
todos moriramos. Insisti en que debamos irnos en el acto, aunque fuera a gatas. Tambin l pareca 
fsicamente exhausto. De hecho, tuve la idea de que pasramos all la noche. El prospecto de caminara 

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oscuras hasta el coche me pareca espantable. Trat de convencer a Pablito, cuyo frenes creca. Nstor se 
hallaba tan mal que la indiferencia lo dominaba. 

Pablito se sent, desesperado por entero. Hice un esfuerzo por organizar mis ideas. Ya haba oscurecido, 
aunque todava haba suficiente luz para discernir las rocas en torno. La quietud era exquisita y confortante. Yo 
disfrutaba sin reservas el momento, pero de pronto mi cuerpo salt; o el sonido distante de una rama 
quebrada. Maquinalmente encar a Pablito. l pareca saber lo que me ocurra. Tomamos a Nstor por los 
sobacos y lo levantamos. Corrimos, arrastrndolo. Al parecer slo l conoca el camino. Nos daba breves 
rdenes de tiempo en tiempo. 

Yo no me preocupaba por lo que hacamos: Enfocaba mi atencin en mi odo izquierdo, que pareca ser una 
unidad independiente del resto de mi persona. Algn sentimiento me forzaba a detenerme cada determinado 
tramo para reconocer el entorno con mi odo. Sabia que algo iba siguindonos. Era algo masivo; aplastaba las 
piedras al avanzar. 

Nstor recobr en cierta medida la compostura y camin por s mismo, asiendo ocasionalmente el brazo de 
Pablito. 

Llegamos a una arboleda. La oscuridad era ya total. O un sonido repentino y extremadamente fuerte. Era 
como el chasquido de un ltigo monstruoso que azotara la copa de los rboles. Sent sobre nuestras cabezas 
el escarceo de una ola de alguna especie. 

Pablito y Nstor gritaron y salieron de all a toda velocidad. Quise detenerlos. No estaba seguro de poder 
correr en las tinieblas. Pero en aquel instante o y sent una serie de pesadas exhalaciones justamente atrs de 
m. El susto fue indescriptible. 

Los tres corrimos juntos hasta llegar al coche. Nstor nos gui en alguna forma desconocida. 

Pens dejarlos en sus casas e irme a un hotel en el pueblo. No habra ido a casa de don Genaro por nada del 
mundo. Pero Nstor no quera dejar el coche, ni Pablito ni yo tampoco. Terminamos en casa de Pablito. Mand 
a Nstor a comprar cerveza y refrescos de cola mientras su madre y sus hermanas nos preparaban de comer. 
Nstor, bromeando; pregunt si la hermana mayor no lo acompaara, por si acaso lo atacaran perros o 
borrachos. Pablito ri y me dijo que le haban confiado a Nstor. 

-Quin te lo confi? -pregunt. 

-El poder, por supuesto! -repuso-. En otro tiempo Nstor era mayor que yo, pero Genaro le hizo algo y ahora 
es mucho ms joven. T te diste cuenta, no? 

-Qu le hizo don Genaro? -pregunt. 

-Ya sabes, lo volvi nio otra vez. Era demasiado importante y pesado. Ya se habra muerto si no lo vuelven 
ms joven. 

Haba en Pablito algo verdaderamente cndido y encantador. La sencillez de su explicacin me avasallaba. 
Nstor haba en verdad rejuvenecido; no slo se vea ms joven, sino que actuaba como un nio inocente. 
Supe sin la menor duda que as se senta. 

-Yo lo cuido -prosigui Pablito-. Genaro dice que es un honor cuidar a un guerrero. Nstor es un magnfico 
guerrero. 

Sus ojos brillaban, como los de don Genaro. Me dio vigorosas palmadas en la espalda y ri. 

-Desale el bien, Carlitos -dijo-. Desale el bien. 

Me senta muy fatigado. Tuve un extrao brote de tristeza alegre. Le dije que vena de un sitio donde rara 
vez, si acaso, se deseaba el bien. 

-Yo lo s -dijo-. Lo mismo me pasaba a m. Pero ahora soy un guerrero y ya puedo desear el bien. 

 

LA ESTRATEGIA DE UN BRUJO 

 

Don Juan estaba en casa de don Genaro cuando llegu all al declinar la maana. Lo salud. 

-Oye, qu te pas? Genaro y yo te esperamos toda la noche -dijo. 

Supe que bromeaba. Me senta ligero y contento. Me haba rehusado sistemticamente a ponderar lo 
atestiguado el da anterior. En ese momento, sin embargo, mi curiosidad era incontrolable y lo interrogu al 
respecto. 

-Ah, esa fue nada ms que una demostracin de todas las cosas que debes saber antes de recibir la 
explicacin de los brujos -dijo-. Lo que hiciste ayer le dio a Genaro la impresin de que has juntado poder 
suficiente para entrarle a lo de verdad. Por lo que se ve, has seguido sus indicaciones. Ayer dejaste que las 
alas de tu percepcin se abrieran. Estabas tieso, pero aun as percibiste todas las idas y venidas del nagual; en 
otras palabras, viste. Tambin confirmaste algo que en este momento es todava ms importante que ver, y eso 
fue el hecho de que ya puedes poner tu atencin entera en el nagual. Y eso es lo que decidir el resultado del 
ltimo asunto, la explicacin de los brujos. 

"Pablito y t la recibirn al mismo tiempo. Es un obsequio del poder el ser acompaado por un guerrero tan 
excelente." 

Al parecer no quera decir nada ms. Tras un rato, pregunt por don Genaro. 

-Anda por ah -dijo-. Fue al matorral a hacer temblar a las montaas. 

O en ese momento un rumor lejano, como trueno sofocado. 

Don Juan me mir y se ech a rer. 

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Me hizo tomar asiento y pregunt si haba comido. Al responderle afirmativamente, me entreg mi cuaderno y 
me gui al sitio favorito de don Genaro, una gran roca en el lado occidental de la casa, mirando a una honda 
caada. 

-Ahora es cuando necesito toda tu atencin -dijo don Juan-. Atencin en el sentido en que los guerreros la 
entienden: una verdadera pausa, para dejar que la explicacin de los brujos te empape por entero. Estamos al 
final de nuestra labor; toda la instruccin necesaria te ha sido dada y ahora debes detenerte, volver la vista y 
reconsiderar tus pasos. Los brujos dicen que ste es el nico modo de consolidar lo ganado: Yo habra 
preferido decirte todo esto en tu propio sitio de poder, pero Genaro es tu benefactor y tal vez su sitio te resulte 
ms benfico en un caso como ste. 

Lo que llamaba mi "sitio de poder" era la cumbre de un cerro en el desierto norte de Mxico; l me la haba 
mostrado aos antes y me la haba "dado" como propia. 

-Debo escucharlo nada ms, sin tomar notas? -pregunt. 

-sta es de veras una maniobra peliaguda -dijo-. Por una parte, necesito toda tu atencin, y por otra, 
necesitas tener calma y confianza en tus propias fuerzas. La nica forma de que ests calmado es escribiendo, 
de modo que ste es el momento de echar mano de todo tu poder personal y cumplir esta imposible tarea de 
ser lo que eres sin ser lo que eres. 

Se dio una palmada en el muslo y ri. 

-Ya te he dicho que estoy a cargo de tu tonal y que Genaro est a cargo de tu nagual -prosigui-. Mi deber ha 
sido ayudarte en todos los asuntos concernientes a tu tonal y todo cuanto te he hecho o he hecho contigo ha 
sido a fin de cumplir una sola tarea, la tarea de limpiar y reordenar tu isla del tonal. se es mi trabajo como t 
maestro. La tarea de Genaro como tu benefactor, es darte demostraciones innegables del nagual y ensearte 
cmo llegar a l. 

-Qu quiere usted decir con limpiar y reordenar la isla del tonal? -pregunt. 

-Quiero decir el cambio total del que te he hablado desde el primer da que nos vimos -dijo-. Te he dicho 
incontables veces que necesitabas un cambio drstico si queras triunfar en el camino del conocimiento. Este 
cambio no es un cambio de nimo, o de actitud, o de lo que uno espera en la vida; ese cambio implica la 
transformacin de la isla del tonal. T has cumplido con esa tarea. 

-Cree usted que he cambiado? -pregunt. 

Tras un titubeo, solt la carcajada. 

-Eres el mismo idiota de siempre -dijo-. Y sin embargo no eres el mismo. Ves lo qu quiero decir? 

Se burl de mis anotaciones y dijo que echaba de menos a don Genaro, quien habra disfrutado el absurdo 
de que yo escribiera la explicacin de los brujos. 

-En este punto preciso del camino, un maestro le tiene que decir a su discpulo que han llegado a una 
encrucijada final -prosigui-. Pero decirlo as no ms es falso. En mi opinin no hay encrucijada final, ni paso 
final en ninguna cosa. Y como no hay paso final en nada, no debe haber secreto acerca de nada de lo que es 
nuestra suerte como seres luminosos. El poder personal decide quin puede y quin no puede sacar provecho 
de una revelacin; la experiencia que tengo con mis semejantes me ha mostrado que pocos, poqusimos de 
ellos estaran dispuestos a escuchar; y de los pocos que escuchan, menos an estaran dispuestos a actuar de 
acuerdo a lo que han escuchado; y de aquellos que estn dispuestos a actuar, menos an tienen suficiente 
poder personal para sacar provecho de sus actos. Conque el asunto del secreto con respecto a la explicacin 
de los brujos se reduce a una rutina, quizs una rutina tan vaca como cualquier otra. 

"En todo caso, ya sabes ahora del tonal y del nagual, lo cual es el centro de la explicacin de. los brujos. 
Saber de ellos parece ser totalmente inofensivo. Estamos aqu sentados, hablando inocentemente del tonal y 
del nagual como si esto slo fuera un tema comn de conversacin. T escribes tranquilamente como lo has 
hecho durante aos. El paisaje que nos rodea es una imagen de la quietud. Ha pasado el medioda pero 
todava no es tarde, el da es hermoso, las montaas que nos rodean nos han envuelto en un capullo protector. 
Uno no tiene que ser brujo para darse cuenta de que este sitio, que habla del poder y la impecabilidad de 
Genaro, es el escenario ms adecuado para abrir la puerta; porque eso es lo que estoy haciendo este da: 
abrirte la puerta. Pero antes de aventurarnos ms all de este punto, es de justicia hacer una advertencia; el 
maestro debe hablar con fervor y advertir a su discpulo que la inocencia y la placidez de este momento son un 
espejismo, que hay un abismo sin fondo frente a l, y que una vez que la puerta se abre no hay manera de 
volverla a cerrar." 

Call unos instantes. 

Me senta ligero y contento; desde el sitio predilecto de don Genaro, tena un panorama imponente. Don Juan 
estaba en lo cierto; el da y el paisaje eran ms que hermosos. Quise preocuparme por sus admoniciones y 
advertencias, pero de algn modo la tranquilidad en torno impeda todos mis intentos, y me sorprend 
deseando y esperando que estuviera hablando slo de peligros metafricos. 

Sbitamente, don Juan habl de nuevo. 

-Los aos de duro entrenamiento son slo una preparacin para el devastador encuentro del guerrero con . . . 

Hizo otra pausa, me mir achicando los ojos, y chasque la lengua. 

- . . .con lo que fuera que est ah, ms all de este punto dijo. 

Le ped explicar sus frases ominosas. 

-La explicacin de los brujos, que no parece en nada una explicacin, es mortal -dijo-. Parece inofensiva y 
encantadora, pero apenas el guerrero se abre a ella, descarga un golpe que nadie puede parar. 

#
Solt una fuerte carcajada. 

-Conque preprate para lo peor, pero no te apures ni te asustes -prosigui-. Ya no te queda ms tiempo, y sin 
embargo te rodea la eternidad. Qu paradoja para tu razn! 

Don Juan se puso en pie. Limpi una depresin lisa, en forma de cuenco, y all se sent cmodamente, con la 
espalda contra la roca, mirando al noroeste. Me indic otro sitio donde yo tambin poda sentarme con 
comodidad. Me hall a su izquierda, tambin con la cara hacia el noroeste. La roca estaba tibia y me dio un 
sentimiento de serenidad, de proteccin. Era un da templado; un viento suave hacia agradable el calor, del sol 
vespertino. Me quit el sombrero, pero don Juan insisti en que lo tuviera puesto. 

-Ahora ests mirando hacia tu propio sitio de poder -dijo-. se es un apoyo que tal vez te proteja. Hoy 
necesitas todos los apoyos que puedas usar. Tal vez tu sombrero sea otro de ellos. 

-Por qu me lo advierte usted, don Juan? Qu va a ocurrir realmente? -pregunt. 

-Lo que ocurra aqu hoy depender de si tienes o no suficiente poder personal para enfocar tu atencin entera 
en las alas de tu percepcin -dijo. 

Sus ojos relumbraban. Pareca ms excitado de lo que yo jams lo haba visto. Me pareci que en su voz 
haba algo inslito, acaso un nerviosismo desacostumbrado. 

Dijo que la ocasin requera que all mismo, en el sitio de predileccin de mi benefactor, l recapitulara 
conmigo cada uno de los pasos que haba tomado en su lucha por ayudarme a limpiar y reordenar mi isla del 
tonal. Su recapitulacin fue minuciosa y le llev unas cinco horas. En forma brillante y clara, me dio un sucinto 
recuento de todo cuanto me haba hecho desde el da en que nos conocimos. Fue como si un dique se 
rompiera. Sus revelaciones me tomaron por sorpresa. Yo me haba acostumbrado a ser el tenaz inquisidor; por 
lo tanto, el hecho de que don Juan -quien siempre era la parte renuente- explicara de modo tan acadmico los 
puntos de su enseanza, era tan asombroso como el de que vistiera traje en la ciudad de Mxico. Su dominio 
del idioma, su exactitud dramtica y su eleccin de palabras eran tan extraordinarios que yo no tena modo de 
explicarlos racionalmente. Dijo que en momentos tales el maestro deba hablar en trminos exclusivos a cada 
guerrero, que la forma en que me hablaba y la claridad de su explicacin eran parte de su ltima treta, y que 
slo al final tendra sentido para ml todo lo que l haca. Habl sin parar, hasta concluir su recapitulacin. Y yo 
escrib cuanto dijo, sin necesidad de ningn esfuerzo consciente. 

-Empezar por decirte que un maestro nunca busca aprendices y nadie puede solicitar las enseanzas -dijo-. 
Lo que seala al aprendiz es siempre un augurio. El guerrero que est en la posicin de volverse maestro debe 
andar siempre despierto para as coger su centmetro cbico de suerte. Yo te vi justo antes de que nos 
presentaran; tenas un tonal en buen estado, como aquella muchacha que encontramos en Mxico: Despus 
de verte aguard, tal como hicimos con la muchacha aquella noche en el parque. La muchacha pas sin 
prestarnos atencin. Pero a ti te trajo hasta donde yo estaba, un hombre que sali corriendo despus de decir 
babosadas. T te quedaste all frente a m, tambin diciendo babosadas. Supe que deba actuar con rapidez y 
engancharte; t mismo habras tenido que hacer algo por el estilo si aquella muchacha te hubiera hablado. Lo 
que hice fue agarrarte con mi voluntad. 

Don Juan aluda al modo extraordinario en que me mir el da en que nos conocimos. Fij en m su vista y 
tuve una inexplicable sensacin de vacuidad, o entorpecimiento. No pude hallar ninguna explicacin lgica de 
mi reaccin, y siempre he credo que despus de nuestro primer encuentro volv a buscarlo slo porque esa 
mirada me obsesionaba. 

-se era el modo ms rpido de engancharte -dijo-. Fue un golpe directo a tu tonal. Lo adormec enfocando 
en l mi voluntad. 

-Cmo lo hizo usted? -pregunt. 

-La mirada del guerrero se coloca en el ojo derecho de la otra persona -dijo-. Y lo que hace es parar el 
dilogo interno; entonces el nagual se hace cargo. De all el peligro de esa maniobra. Cada vez que el nagual 
prevalece, as sea noms por un instante, no hay manera de describir la sensacin que el cuerpo experimenta. 
S que has pasado horas sin fin tratando de aclarar lo que sentiste, y que hasta hoy no has podido. Pero yo 
logr lo que quera. Te enganch. 

Le dije que an recordaba cmo haba fijado su vista en m. 

-La mirada en el ojo derecho no es fijar la vista -dijo-. Es ms bien un agarrn duro que uno da a travs del 
ojo de la otra persona. Es decir, uno agarra algo que hay detrs del ojo. Uno tiene la sensacin fsica y real de 
estar agarrando algo con la voluntad. 

Se rasc la cabeza echando el sombrero hacia adelante, sobre su rostro. 

-Esto, naturalmente, es slo una manera de decir -continu-. Una manera de explicar sensaciones fsicas 
extraas. 

Me orden dejar de escribir y mirarlo. Dijo que iba a "agarrar" gentilmente mi tonal con su "voluntad". La 
sensacin que experiment fue una repeticin de la que tuve aquel primer da que nos vimos y en otras 
ocasiones en qu don Juan me haba hecho sentir que sus ojos me tocaban fsicamente. 

-Pero cmo me hace usted sentir que me est tocando, don Juan? Qu hace usted concretamente? 
-pregunt. 

-No hay modo de describir con exactitud lo que uno hace -dijo-. Algo sale de algn sitio abajo del estmago; 
ese algo posee direccin y puede enfocarse en cualquier cosa. 

Nuevamente sent que algo como unas pinzas suaves asa alguna parte indefinida de mi persona. 

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-Slo funciona cuando el guerrero aprende a enfocar su voluntad -explic don Juan tras apartar los ojos-. No 
hay manera de practicarlo; por eso no he recomendado ni animado su uso. En un momento dado en la vida del 
guerrero, ocurre simplemente. Nadie sabe cmo. 

Call un rato. Me senta extremadamente aprensivo. Don Juan, de repente, habl de nuevo. 

-El secreto est en el ojo izquierdo dijo-. Conforme un guerrero progresa en el camino del conocimiento, su 
ojo izquierdo puede coger cualquier cosa. Por lo general, el ojo izquierdo del guerrero tiene una apariencia 
extraa; a veces se queda bizco, o se hace ms pequeo que el otro, o ms grande, o diferente de algn 
modo. 

Me mir y en son de broma fingi examinar mi ojo izquierdo. Mene la cabeza simulando desaprobacin y ri 
para s. 

-Una vez que el aprendiz ha sido enganchado empieza la instruccin -prosigui-. El primer acto del maestro 
es introducir la idea de que el mundo que creemos ver es slo una visin, una descripcin del mundo. Cada 
esfuerzo del maestro se dirige a demostrar este punto al aprendiz. Pero aceptarlo parece ser una de las cosas 
ms difciles de hacer; estamos complacientemente atrapados en nuestra particular visin del mundo, que nos 
compele a sentirnos y a actuar como si supiramos todo lo que hay que saber acerca del mundo. Un maestro, 
desde el primer acto que efecta, se propone parar esa visin. Los brujos lo llaman parar el dilogo interno, y 
estn convencidos de que esa tcnica es la ms importante que el aprendiz puede aprender. 

"Para detener esa visin del mundo que uno ha tenido desde la cuna, no es suficiente el que uno sim-
plemente tenga el deseo, o se haga la resolucin. Uno necesita una tarea prctica; esa tarea se llama la forma 
correcta de andar. Parece una cosa inocente y sin sentido. Como todo lo que tiene poder en s o de por s, la 
forma correcta de andar no llama la atencin. T la entendiste y la consideraste, al menos durante varios aos, 
una manera curiosa de comportarse. No se te hizo claro, hasta hace muy poco, que era el modo ms eficaz de 
parar tu dilogo interno." 

-Cmo detiene la forma correcta de andar el dilogo interno? -pregunt. 

-El andar en esa forma especfica satura el tonal -dijo-. Lo inunda. Vers: la atencin del tonal tiene que 
colocarse en sus creaciones. De hecho, esa atencin es la que por principio de cuentas crea el orden del 
mundo; el tonal debe prestar atencin a los elementos de su mundo con el fin de mantenerlo, y debe, sobre 
todo, sostener la visin del mundo como dilogo interno. 

Dijo que la forma correcta de andar era un subterfugio. El guerrero, al curvar los dedos, llama la atencin 
hacia sus brazos; luego, mirando sin enfocar cualquier punto directamente frente a l en el arco que empieza 
en las puntas de sus pies y termina sobre el horizonte, inunda literalmente a su tonal con informacin. El tonal, 
sin su relacin de uno-a-uno con los elementos de su descripcin, no poda hablar consigo mismo, y as uno 
llegaba al silencio. 

Don Juan explic que la posicin de los dedos no importaba en absoluto, que la nica consideracin era 
llamar atencin hacia los brazos poniendo los dedos en diversas posiciones desacostumbradas, y que lo 
importante era la forma en que los ojos, mantenidos fuera de foco, detectaban un enorme nmero de detalles 
del mundo sin tener claridad con respecto a ellos. Aadi que en tal estado los ojos podan captar detalles 
demasiado fugaces para la visin normal. 

-Junto con la forma correcta de andar -prosigui don Juan-, el maestro debe ensear al aprendiz otra 
posibilidad, todava ms sutil: la posibilidad de actuar sin creer, sin esperar recompensa; de actuar slo por 
actuar. No exagero al decirte que el xito de la empresa del maestro depende de lo bien y lo armoniosamente 
que gue a su aprendiz en este aspecto especfico. 

Dije a don Juan que yo no recordaba ninguna ocasin en la que l hubiera discutido el "actuar slo por 
actuar" como una tcnica particular; todo cuanto recordaba eran sus comentarios constantes, pero divagados, 
al respecto. 

Ri y dijo que su maniobra haba sido tan hbil que se me haba escapado hasta ese da. Luego me trajo a la 
memoria todas las tareas sin sentido que, bromeando, sola encomendarme cada vez que iba yo a su casa. 
Labores absurdas como acomodar la lea segn cierto diseo, circundar la casa con una cadena continua de 
crculos concntricos dibujados en el polvo con el dedo, barrer la basura de un sitio a otro, y as por el estilo. 
Las tareas incluan tambin actos que yo deba realizar por m mismo en casa, tales como ponerme una gorra 
negra, o atar primero mi zapato derecho, o abrocharme el cinturn de derecha a izquierda. 

La razn de que nunca las hubiera tomado ms que en guasa era que l siempre me deca que las olvidara 
despus de haberlas establecido como rutinas habituales. 

Conforme l recapitulaba las tareas que me haba dado, me di cuenta de que, al hacerme realizar rutinas sin 
sentido, haba implantado en mi la idea de actuar sin esperar nada a cambio. 

-Parar el dilogo interno es, sin embargo, la llave del mundo de los brujos -dijo-. El resto de las actividades 
son slo apoyos; lo nico que hacen es acelerar el efecto de parar el dilogo interno. 

Dijo que haba dos actividades o tcnicas principales usadas para acelerar el cese del dilogo interno: borrar 
la historia personal y "soar". Me record que, durante las primeras etapas de mi aprendizaje, me haba dado 
cierto nmero de mtodos especficos para cambiar mi "personalidad". Yo los puse en mis notas y los olvid 
durante aos, hasta advertir su importancia. Esos mtodos parecan al principi recursos altamente 
idiosincrsicos para coaccionarme a modificar mi conducta. 

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Explic que el arte del maestro consista en desviar la atencin del discpulo de los asuntos principales. Un 
agudo ejemplo de tal arte era el hecho de que hasta ese da yo no me haba percatado de su treta para 
hacerme aprender ese punto de lo ms crucial: actuar sin esperar recompensa. 

Dijo que, en lnea con aquella premisa, haba centrado mi inters en la idea de "ver", que bien entendido era 
el acto de tratar directamente con el nagual, un acto que a su vez era el inevitable producto final de sus 
enseanzas, pero una tarea inalcanzable como tarea en s. 

-Cul fue el objeto de engaarme as? -pregunt. 

-Los brujos estn convencidos de que todos nosotros somos una bola de idiotas -dijo-. Nunca podemos 
abandonar voluntariamente nuestro control; por eso hay que engaarnos. 

Su argumento era que al hacerme enfocar mi atencin en una seudotarea, aprender a "ver", haba logrado 
dos cosas. Primero, bosquej el encuentro directo con el nagual, sin mencionarlo, y segundo, me llev a 
considerar los verdaderos puntales de sus enseanzas como asuntos sin consecuencia. El borrar la historia 
personal y el "soar" nunca fueron para mi tan importantes como "ver". Yo los consideraba actividades muy 
divertidas. Incluso pensaba que eran las prcticas para las cuales yo tena la mayor facilidad. 

-La mayor facilidad -dijo, burln, al or mis comentarios-. Un maestro no debe dejar nada al azar. Te he dicho 
que tenas razn al sentir que te engaaban. El problema fue que estabas convencido de que el engao se 
diriga a embaucar a tu razn. Para m, la treta consista en distraer tu atencin, o en atraparla segn el caso. 

Me mir achicando los ojos y seal en torno con un amplio ademn. 

-El secreto de todo esto est en la atencin de uno -dijo. 

-Qu quiere usted decir, don Juan? 

-Todo esto existe slo a causa de nuestra atencin. Este mismo peasco donde estamos sentados es un 
peasco porque hemos sido forzados a ponerle nuestra atencin como peasco. 

Quise que explicara esa idea. Ri y me apunt con un dedo acusador. 

-Esto es una recapitulacin -dijo-. Llegaremos a eso despus. 

Asever que gracias a su maniobra encubridora yo me interes en borrar la historia personal y en "soar". 
Dijo que el efecto de esas dos tcnicas era ultimadamente devastador si se ejercitaban en su totalidad, y que 
entonces su preocupacin fue la de todo maestro: no dejar que su discpulo hiciera nada que fuera a arrojarlo 
en la aberracin y la morbidez. 

-Borrar la historia personal y soar deberan ser slo una ayuda -dijo-. Lo que un aprendiz necesita para 
apuntalarse es la sobriedad y la fuerza. Por eso el maestro habla del camino del guerrero, o vivir como un 
guerrero. sa es la goma que pega todas las partes en el mundo de un brujo. El maestro debe forjarla y 
desarrollarla poco a poco. Sin la solidez y la serenidad del camino del guerrero no hay posibilidad de resistir la 
senda del conocimiento. 

Don Juan dijo que aprender el camino del guerrero era una instancia en la que la atencin del aprendiz deba 
atraparse ms que desviarse, y que l atrap mi atencin sacndome de mis circunstancias ordinarias cada 
vez que yo iba a verlo. Nuestros andares por el desierto y las montaas fueron el medio de lograr eso. 

La maniobra de alterar el contexto de mi mundo ordinario llevndome a excursiones y a cazar, era otra 
instancia de su sistema que yo haba pasado por alto. El desarreglo del contexto significaba que yo no conoca 
las claves y tena que enfocar la atencin en todo cuanto don Juan hiciera. 

-Qu truco! Eh? -dijo, riendo. 

Re a mi vez, impresionado. Nunca haba supuesto tal deliberacin en l. 

A continuacin enumer los pasos seguidos para guiar y atrapar mi atencin. Al finalizar su recuento, aadi 
que el maestro deba tomar en cuenta la personalidad del aprendiz, y que en mi caso tuvo que actuar con 
cuidado, pues yo era violento y me habra resultado fcil matarme en un arranque de desesperacin. 

-Usted es un tipo terrible, don Juan -dije en broma, y l estall en una enorme carcajada. 

Explic que, para ayudar a borrar la historia personal, se enseaban otras tres tcnicas: perder la 
importancia, asumir la responsabilidad, y usar a la muerte como consejera. La idea era que, sin el efecto 
benfico de esas tcnicas, el borrar la historia personal hara del aprendiz un individuo tornadizo, evasivo e 
innecesariamente dudoso de s y de sus acciones. 

Don Juan me pidi decirle cul haba sido, antes de hacerme aprendiz, mi reaccin ms natural en los 
momentos de tensin, frustracin y desencanto. Dijo que su propia reaccin haba sido la ira. Le dije que la ma 
era la autocompasin. 

-Aunque no te das cuenta de ello, tuviste que trabajar como loco para hacer de se un sentimiento natural 
-dijo-. Para ahora, no hay manera de que recuerdes el inmenso esfuerzo que necesitaste para establecer eso 
como un detalle de tu isla. La compasin por ti mismo era el testigo de todo cuanto hacas. La llevabas en la 
punta de los dedos, lista para aconsejarte. El guerrero considera a la muerte un consejero ms tratable, que 
tambin puede llevarse a ser el testigo de todo cuanto uno hace, igual que la compasin por ti mismo o la ira. 
Por lo visto, tras una lucha sin cuento aprendiste a tenerte lstima. Pero tambin puedes aprender, en la misma 
forma, a sentir tu fin inminente, y as puedes aprender a tener en la punta de los dedos la idea de tu muerte. 
Como consejero, la compasin por ti mismo no es nada comparada con la muerte. 

Don Juan seal entonces que haba una aparente contradiccin en la idea del cambio; por una parte, el 
mundo de los brujos peda una transformacin drstica, y por otra, la explicacin de los brujos deca que la isla 
del tonal estaba completa y que ni un solo elemento poda quitarse de ella. El cambio, pues, no significaba 
eliminar nada, sino ms bien alterar el uso asignado a dichos elementos. 

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-La compasin por ti mismo, por ejemplo -dijo-. No hay manera de librarse de eso de una vez por todas; tiene 
un sitio y un carcter definidos en tu isla, una fachada definida que se puede identificar. As; cada vez que se 
presenta la ocasin, la compasin por ti mismo se activa. Tiene historia. Si cambias entonces su fachada, 
habrs cambiado su sitio de prominencia. 

Le ped explicar el significado de sus metforas, especialmente la idea de cambiar fachadas. Yo la entenda 
como, quizs, el acto teatral de interpretar ms de un papel al mismo tiempo. 

-La fachada se cambia alterando el uso de los elementos de la isla -replic-. Tomemos de nuevo el tenerte 
lstima a ti mismo. Te era til porque te sentas importante y digno de mejores condiciones, de mejor trato, o 
bien porque no deseabas asumir responsabilidad por aquello que te despertaba la compasin por ti mismo, o 
porque eras incapaz de hacer que la idea de tu muerte atestiguara tus actos y te aconsejara. 

"Borrar la historia personal, y sus tres tcnicas compaeras, son los medios que usa el brujo para cambiar la 
fachada de los elementos de la isla. Por ejemplo, al borrar tu historia personal, le quitaste el uso al tener 
lstima por ti mismo; para que la compasin por ti mismo funcionara tenas que sentirte importante, 
irresponsable, inmortal. Cuando esos sentimientos se alteraron en alguna forma, ya no te fue posible tenerte 
lstima. 

"Lo mismo vale para todos los otros elementos que has cambiado en tu isla. Sin usar esas cuatro tcnicas, 
jams habras logrado cambiarlos. Pero cambiar fachadas significa slo que uno ha asignado un sitio 
secundario a un elemento antes importante. Tu compasin por ti mismo sigue siendo un detalle de tu isla; 
seguir all, relegada al segundo plano, igual que la idea de tu muerte, o tu humildad, o la responsabilidad de 
tus actos, estaban all, sin usarse nunca." 

Don Juan dijo que, una vez presentadas todas esas tcnicas, el aprendiz llegaba a una encrucijada. Segn su 
sensibilidad, haca una de dos cosas. Tomaba en lo que valan las recomendaciones y los consejos de su 
maestro, actuando sin esperar recompensa, o bien tomaba todo como un chiste o una aberracin. 

Observ que, en mi propio caso, la palabra "tcnicas" me haba confundido. Siempre esperaba yo una serie 
de direcciones precisas, pero l slo me daba vagas sugerencias, y yo haba sido incapaz de tomarlas en serio 
o de actuar en concordancia con sus estipulaciones. 

-se fue tu error dijo-. Entonces tuve que decidir si usar o no las plantas de poder. Podras haber empleado 
esas cuatro tcnicas para limpiar y reordenar tu isla del tonal. Te habran llevado con el nagual. Pero no todos 
somos capaces de reaccionar a simples recomendaciones. T, y yo si a sas vamos, necesitbamos otra cosa 
que nos sacudiera; necesitbamos esas plantas de poder. 

En verdad, yo haba tardado aos en advertir la importancia de aquellas primeras sugerencias hechas por 
don Juan. El extraordinario efecto que las plantas psicotrpicas tuvieron sobre m fue lo que me dio la idea de 
que su uso era el elemento clave en las enseanzas. Me aferr a dicha conviccin, y slo en los aos 
posteriores de mi aprendizaje ca en la cuenta de que las transformaciones y los descubrimientos significativos 
de los brujos siempre se realizaban en estados de sobriedad consciente. 

-Qu habra pasado si yo hubiera tomado en serio sus recomendaciones? -pregunt. 

-Habras llegado al nagual -repuso. 

-Pero habra llegado al nagual sin tener benefactor? 

-El poder da de acuerdo a tu impecabilidad -dijo-. Si hubieras empleado seriamente esas cuatro tcnicas, 
habras juntado suficiente poder personal para hallar un benefactor. Habras sido impecable y el poder habra 
abierto las vas necesarias. sa es la regla. 

-Por qu no me dio usted ms tiempo? -pregunt. 

-Tuviste todo el tiempo que necesitabas -dijo-. El poder me mostr el camino. Una noche te di un acertijo que 
resolver; tenas que hallar tu sitio frente a la puerta de mi casa. Esa noche t actuaste de maravilla, pero a la 
mala, y en la maana te dormiste sobre una piedra muy especial que yo haba puesto all. El poder me mostr 
que haba que empujarte sin misericordia para que hicieras algo. 

-Me ayudaron las plantas de poder? -pregunt. 

-Claro -dijo-. Te abrieron al detener tu visin del mundo. En este aspecto, las plantas de poder tienen el 
mismo efecto sobre el tonal que la forma correcta de andar. Ambas cosas lo inundan de informacin y fuerzan 
el dilogo interno a detenerse. Las plantas son excelentes para eso, pero muy costosas. Causan al cuerpo un 
dao incalculable. sa es su desventaja, sobre todo con la yerba del diablo. 

-Si sabia usted que eran tan peligrosas, por qu me dio tantas, y tantas veces? -pregunt. 

Me asegur que los detalles del procedimiento eran decididos por el poder mismo. Dijo que, si bien se 
supona que las enseanzas cubrieran los mismos asuntos en el caso de todo aprendiz, el orden era diferente 
para cada uno, y que l haba recibido repetidas indicaciones de que yo necesitaba una gran cantidad de 
coercin para que me molestara en hacer cualquier cosa. 

-Estaba yo tratando con un ser inmortal lleno de arrogancia que no tena respeto por su vida ni por su muerte 
-dijo, riendo. 

Mencion el hecho de que l haba descrito y discutido aquellas plantas en trminos de cualidades 
antropomrficas. Sus referencias a ellas sugeran invariablemente que las plantas posean personalidad. 
Replic que se era un medio prescrito para desviar la atencin del aprendiz del verdadero propsito, que era 
detener el dilogo interno. 

-Si slo se usan para detener el dilogo interno, cul es su conexin con el aliado? -pregunt. 

#
-Eso es un punto difcil de explicar -dijo-. Esas plantas llevan al aprendiz directamente al nagual, y el aliado es 
un aspecto del nagual. Funcionamos exclusivamente en el centro de la razn, sin importar quines somos ni de 
dnde venimos. La razn puede naturalmente responder en una u otra forma por todo lo que ocurre dentro de 
su visin del mundo. El aliado es algo que se halla fuera de esa visin, fuera del terreno de la razn. El aliado 
se puede atestiguar solamente en el centro de la voluntad en momentos en que nuestra visin ordinaria se ha 
parado, por ello, el aliado es propiamente el nagual. Los brujos, sin embargo, pueden aprender a percibir el 
aliado en una forma de lo ms intrincada, y al hacerlo as, se meten demasiado adentro en una nueva visin. 
As que, para protegerte de ese destino, yo no recalqu el aliado como los brujos lo hacen. Tras generaciones 
de usar plantas de poder, los brujos han aprendido a dar cuenta en sus visiones de todo lo que se pueden dar 
cuenta acerca de ellas. Yo dira que los brujos, al usar su voluntad, han logrado ampliar sus visiones del 
mundo. Mi maestro y mi benefactor eran claros ejemplos de esto. Eran hombres de gran poder, pero no eran 
hombres de conocimiento. Jams rompieron las barreras de sus enormes visiones y por eso jams llegaron a 
la totalidad de s mismos, aunque saban que exista. No era que viviesen vidas aberradas, tratando de agarrar 
cosas ms all de su alcance; saban que haban perdido la ocasin y que slo a la hora de su muerte se les 
revelara el misterio total. La brujera les haba permitido echar slo un vistazo, pero nunca les dio el verdadero 
medio de llegar a esa esquiva totalidad de uno mismo. 

"Yo te di lo suficiente de la visin de los brujos sin permitir que te enganchara. Te dije que si uno hace encarar 
a dos visiones, la una contra la otra, puede escurrirse entre ambas para llegar al mundo real. Me refera a que 
slo puede llegarse a la totalidad de uno mismo cuando uno tiene bien entendido que el mundo es simplemente 
una visin, sin importar que esa visin pertenezca a un hombre comn o a un brujo. 

"Aqu es donde me he apartado de la tradicin. Tras una lucha de toda la vida, s que lo importante no es 
aprender una nueva descripcin sino llegar a la totalidad de uno mismo. Hay que llegar al nagual sin maltratar 
al tonal, y sobre todo, sin daar el cuerpo. T tornaste esas plantas siguiendo los pasos exactos que yo mismo 
segu. La nica diferencia fue que, en vez de sumergirte en ellas, te detuve cuando cre que ya habas juntado 
suficientes visiones del nagual. sa es la razn por la que nunca quise discutir tus encuentros con plantas de 
poder, ni dejarte hablar como loco de ellas; no vena al caso tratar de hablar de lo que no se puede hablar. 
sas fueron verdaderas excursiones al nagual, a lo desconocido." 

Mencion que mi necesidad de hablar sobre mis percepciones bajo la influencia de plantas psicotrpicas, se 
deba al inters por aclarar una hiptesis ma. Me hallaba convencido de que, con ayuda de dichas plantas, don 
Juan me haba dado memorias de inconcebibles formas de percibir. Esas memorias, que en el momento de 
experimentarlas pudieron parecerme idiosincrsicas y desconectadas de todo lo significante, se ensamblaban 
despus en unidades de significado. Supe que don Juan me haba guiado certeramente en cada ocasin, y que 
cualquier ensamblaje de significado se realizaba bajo su gua. 

-No quiero recalcar esos hechos ni explicarlos -dijo con sequedad-. El acto de meternos en explicaciones nos 
pondra de nuevo en donde no queremos estar; es decir, seramos arrojados dentro de una visin del mundo, 
esta vez una visin mucho ms amplia. 

Don Juan dijo que, una vez detenido el dilogo interno del discpulo por el efecto de las plantas de poder, 
surga un obstculo invencible. El aprendiz empezaba a reconsiderar y a tener dudas de todo su aprendizaje. 
En opinin de don Juan, hasta el discpulo ms ferviente sufra en ese punto una grave prdida de inters. 

-Las plantas de poder sacuden al tonal y amenazan la solidez de toda la isla -dijo-. A estas alturas el aprendiz 
se retira, lo cual es una cosa muy sana; y quiere salir de todo el enredo. Tambin a estas alturas es cuando el 
maestro coloca su trampa ms artera, al adversario que vale la pena. Esta trampa tiene dos propsitos. 
Primero, hace que el maestro atrape a su aprendiz, y segundo, hace que el aprendiz tenga un punto de 
referencia para su uso. La trampa es una maniobra, que trae a la arena al adversario que vale la pena. Sin la 
ayuda de un adversario as, que no es en realidad un enemigo sino un adversario totalmente dedicado, el 
aprendiz no tiene posibilidad de continuar en la senda del conocimiento. El mejor de los hombres se saldra 
volado a estas alturas si de l dependiera la decisin. Yo te traje, como un adversario que vale la pena, al 
mayor guerrero que pude encontrar, la Catalina. 

Don Juan hablaba de una ocasin, aos atrs, en que me haba llevado a una batalla de largo alcance con 
una bruja india. 

-Te puse en contacto corporal con ella -prosigui-. Eleg una mujer porque t confas en las mujeres. 
Traicionar esa confianza fue muy difcil para ella. Aos despus me confes que le habra gustado renunciar el 
encargo, porque t le gustabas. Pero es una gran guerrera y, a pesar de sus sentimientos, casi te borra del 
planeta. Desarregl tu tonal en forma tan intensa que nunca volvi a ser el mismo. Efectivamente, la Catalina 
cambi tan profundamente el panorama de tu isla, que sus actos te metieron en otro terreno. Puede decirse 
que la Catalina habra podido ser tu benefactor, de no ser porque no estabas cortado para ser un brujo como 
ella. Algo andaba mal entre ustedes dos. Eras incapaz de tenerle miedo. Casi te vuelves loco una noche en 
que te acos, pero a pesar de eso ella te atraa. Era para ti una mujer deseable; por ms asustado que 
estuvieras. Ella lo saba. Una vez te sorprend en el pueblo mirndola; temblabas de miedo y sin embargo se te 
caa la baba. 

"Es debido, entonces, a los actos de un adversario que vale la pena, que el aprendiz puede quedar hecho 
pedazos o cambiar radicalmente. Las acciones de la Catalina contigo, como no te mataron -no porque ella no 
se esforzara lo bastante, sino porque eres resistente-, tuvieron en ti un efecto benfico, y tambin trajeron a tu 
alcance una decisin. 

#
"El maestro usa al adversario para forzar al aprendiz a hacer la decisin de su vida. El aprendiz debe escoger 
entre el mundo del guerrero y su mundo ordinario. Pero no hay decisin posible si el aprendiz no entiende lo 
que tiene que decidir; por eso, el maestro debe tener una actitud enteramente paciente y comprensiva y debe 
guiar al aprendiz, con mano firme, a que elija el mundo y la vida del guerrero. Yo logr esto pidindote que me 
ayudaras a vencer a la Catalina. Te dije que estaba a punto de matarme y que necesitaba tu ayuda para 
librarme de ella. Te advert las consecuencias de tu decisin y te di tiempo suficiente para saber si la hacas o 
no." 

Yo recordaba claramente que don Juan me dej ir aquel da. Me dijo que, si no quera ayudarlo, estaba en 
libertad de irme y nunca volver. Sent en ese momento que me hallaba en libertad de elegir mi propio curso y 
que ya no tena obligaciones hacia l. 

Sub al coche y me alej de su casa con una mezcla de tristeza y contento. Me entristeca dejas a don Juan y 
a la vez me alegraba haber roto con todas sus desconcertantes actividades. Pens en Los ngeles y en mis 
amigos y en todas las rutinas cotidianas que me aguardaban, esas pequeas rutinas que siempre me haban 
dado tanto placer. Durante un rato me sent eufrico. La rareza de don Juan y de su vida quedaba tras de m y 
yo era libre. 

Pero mi felicidad no dur mucho. El deseo de abandonar el mundo de don Juan era insostenible. Mis rutinas 
haban perdido su poder. Quise pensar en algo que deseara hacer en Los ngeles, pero no haba nada. Una 
vez don Juan me haba dicho que yo tena miedo a la gente y haba aprendido a defenderme no queriendo 
nada. Dijo que no querer nada era el mejor logro de un guerrero. Sin embargo, en mi estupidez. yo haba 
ampliado la sensacin de no querer nada, hacindola caer en la de no disfrutar nada. As, mi vida era tediosa y 
vaca. 

Tena razn y, al correr haca el norte sobre la carretera, me golpe al fin el impacto pleno de mi propia locura 
insospechada. Empec a recapacitar en lo que mi eleccin implicaba. Yo dejaba un mundo mgico de 
renovacin continua por mi vida blanda y tediosa en Los ngeles. Me puse a recordar mis das vacos. 
Rememor un domingo en particular. Todo aquel da me sent inquieto, sin nada que hacer. Ningn amigo 
llegaba a visitarme. Nadie me haba invitado a una fiesta. La gente que deseaba ver no estaba en casa y, lo 
peor de todo, yo haba visto todas las pelculas que se exhiban en la ciudad. Al caer la tarde, desesperado en 
extremo, hurgu de nuevo en la lista de pelculas y hall una que jams haba querido ver. La pasaban en un 
pueblo a sesenta kilmetros de distancia. Fui a verla, y la detest, pero hasta eso era mejor que no tener nada 
que hacer. 

Bajo el impacto del mundo de don Juan, yo haba cambiado. Por principio de cuentas, desde que lo conoc no 
haba tenido tiempo de aburrirme. Eso en s era suficiente para m; en verdad, don Juan se haba asegurado de 
que yo eligiera el mundo del guerrero. Di la vuelta y regres a su casa. 

-Qu habra ocurrido si decido volver a Los ngeles? pregunt. 

-Eso habra sido una imposibilidad -repuso-. Esa decisin no exista. Todo cuanto se requera de ti era que 
dejaras que tu tonal se diera cuenta de haber decidido unirse al mundo de los brujos. El tonal no sabe que las 
decisiones estn en el terreno del nagual. Cuando creemos decidir, no hacemos ms que reconocer que algo 
ms all de nuestra comprensin ha puesto el marco de nuestra dizque decisin, y todo lo que nosotros 
hacemos es consentir. 

"En la vida del guerrero slo hay una cosa, un nico asunto que en realidad no est decidido: qu tan lejos 
puede uno avanzar en la senda del conocimiento y el poder. se es un asunto abierto y nadie puede predecir el 
resultado. Una vez te dije que la libertad que un guerrero tiene, es actuar impecablemente, o bien actuar como 
un imbcil. La impecabilidad es de verdad el nico acto que es libre y, por ello, la verdadera medida del espritu 
de un guerrero." 

Don Juan dijo que, una vez que el aprendiz haca su decisin de unirse al mundo de los brujos, el maestro le 
daba una labor pragmtica, una tarea que cumplir en su vida cotidiana. Explic que la tarea, planeada de 
acuerdo a la personalidad del aprendiz, suele ser una especie de situacin vital trada de los cabellos, en la 
cual el aprendiz debe meterse como medio de afectar permanentemente su visin del mundo. En mi propio 
caso, yo haba entendido la tarea ms como un divertido chiste que como una situacin vital seria. Con el paso 
del tiempo, sin embargo, llegu a comprender que deba encararla con fervor. 

-Una vez que el aprendiz ha recibido su tarea de brujera, est listo para otra clase de instruccin -prosigui-. 
Es entonces un guerrero. En tu caso, como ya no eras aprendiz, te ense las tres tcnicas que ayudan a 
soar: romper las rutinas de la vida, la marcha de poder, y no-hacer. T, como siempre, eras persistente, tonto 
como aprendiz y tonto como guerrero. Escribas muy meticulosamente lo que yo deca y todo lo que te pasaba, 
pero no hacas exactamente lo que yo te deca que hicieras. De modo que todava tuve que reventarte con 
plantas de poder. 

Don Juan detall entonces, paso a paso, cmo haba apartado mi atencin del "soar", hacindome creer que 
el problema importante era una actividad muy difcil que l llamaba no-hacer, juego perceptual que consista en 
enfocar la atencin en partes del mundo comnmente pasadas por alto, como las sombras de las cosas. Don 
Juan dijo que su estrategia haba sido la de destacar el no-hacer imponiendo un estricto secreto a ese 
respecto. 

-No-hacer es, como todo lo dems, una tcnica muy importante, pero no era el asunto principal -dijo-. Te 
embauc el secreto. T, el hablador, obligado a guardar un secreto! 

Riendo, dijo que se imaginaba los problemas que yo habra atravesado para mantener la boca cerrada. 

#
Explic que romper las rutinas, el paso de poder y no-hacer eran avenidas para aprender nuevas maneras de 
percibir, el mundo; maneras que daban al guerrero un anticipo de posibilidades increbles de accin. La opinin 
de don Juan era que el tener conciencia de que el mundo del "soar" era independiente y pragmtico, se haca 
posible por el uso de aquellas tres tcnicas. 

-Soar es una ayuda prctica que los brujos inventaron -dijo-. No eran tontos; saban lo que estaban haciendo 
y buscaron la utilidad del nagual entrenando a su tonal para que se dejara ir por un momento, por as decirlo, y 
luego volviera a agarrarse. Esta frase no tiene sentido para ti. Pero eso es lo que has estado haciendo hasta 
ahora: entrenndote para dejarte ir sin perder la chaveta. Soar es, por supuesto, la corona del esfuerzo de los 
brujos, el uso mximo del nagual. 

Repas todos los ejercicios de no-hacer que me haba puesto a ejecutar, las rutinas de mi vida diaria que l 
haba aislado para su rompimiento, y todas las ocasiones en que me haba forzado a adoptar el paso de poder. 

-Vamos llegando al fin de mi recapitulacin -dijo-. Ahora tenemos que hablar de Genaro. 

Don Juan dijo que hubo un augurio muy importante el da en que conoc a don Genaro. Le dije que no 
recordaba nada fuera de lo comn. Me record que ese da estbamos sentados en una banca en un parque. 
l haba mencionado que esperaba a un amigo que yo no conoca, y luego, cuando el amigo apareci, lo 
seal sin titubear entre una gran multitud. sa fue la indicacin que los hizo darse cuenta de que don Genaro 
era mi benefactor. 

Me acord, cuando l lo mencion, que mientras charlbamos volv la cara y vi a un hombre pequeo y 
delgado que irradiaba extraordinaria vitalidad, o gracia, o simple alegra; acababa de dar la vuelta a una 
esquina y entraba en el parque. En vena de guasa, dije a don Juan que su amigo se acercaba, y que sin duda 
era un brujo a juzgar por su apariencia. 

-Desde ese da, Genaro recomend lo que se tena que hacer contigo -continu don Juan-. Como tu gua 
para entrar en el nagual, te dio demostraciones impecables, y cada vez que ejecutaba un acto como nagual, te 
dejaba un conocimiento que desafiaba y pasaba por alto a tu razn. Desarm tu visin del mundo, aunque 
todava t no te das cuenta de eso. Nuevamente, en, este caso, te comportaste igual que en el caso de las 
plantas de poder: necesitabas ms de lo necesario. Unas cuantas embestidas del nagual debieran bastar para 
desmantelar la visin de uno; pero hasta el da de hoy, despus de todos los ataques del nagual, tu visin 
parece invulnerable. Y aunque parezca mentira, se es tu mejor detalle. 

"En general, entonces, el trabajo de Genaro ha sido guiarte al nagual. Pero aqu tenemos una pregunta 
extraa. Qu cosa era guiada hacia el nagual?" 

Con un movimiento de los ojos, me inst a responder. 

-Mi razn? -pregunt. 

-No, la razn no tiene ningn sentido aqu -repuso-. La razn se raja apenas sale de sus lmites estrechos y 
seguros. 

-Entonces era mi tonal -dije. 

-No, el tonal y el nagual son las dos partes natas de nosotros mismos -replic con sequedad-. No pueden 
llevarse el uno al otro. 

-Mi percepcin? -pregunt. 

-Exacto -grit como si yo fuera un nio dando la respuesta correcta-. Ahora llegamos a la explicacin de los 
brujos. Ya te advert que no explicara nada, y sin embargo... 

Hizo una pausa y me mir con ojos brillantes. 

-sta es otra de las tretas de los brujos -dijo. 

-A qu se refiere usted? Cul es la treta? -pregunt con un matiz de alarma. 

-La explicacin de los brujos, por supuesto -repuso-. Ya lo vers por ti mismo. Pero sigamos adelante. Los 
brujos dicen que estamos dentro de una burbuja. En una burbuja en la que somos colocados en el instante de 
nuestro nacimiento. Al principio est abierta, pero luego empieza a cerrarse hasta que nos ha sellado en su 
interior. Esa burbuja es nuestra percepcin. Vivimos dentro de esa burbuja toda la vida. Y lo que presenciamos 
en sus paredes redondas es nuestro propio reflejo. 

Baj la cabeza y me mir de, reojo. Solt una risita. 

-No te me duermas -dijo-. Aqu es donde debes hacer una observacin. 

Re. De algn modo, sus advertencias acerca de la explicacin de los brujos, aunadas a la revelacin de su 
impresionante gama de conciencia, se hacan sentir finalmente en m. 

-Cul es la observacin que yo deba hacer? -pregunt. 

-Si lo que presenciamos en las paredes es nuestro propio reflejo, entonces lo que se est reflejando debe ser 
la cosa real -dijo, sonriendo. 

-Buena observacin -dije en tono de chanza. 

Mi razn poda seguir con facilidad ese argumento. 

-La cosa reflejada es nuestra visin del mundo -dijo-. Esa visin es primero una descripcin, que se nos da 
desde el instante en que nacernos hasta que toda nuestra atencin queda atrapada en ella y la descripcin se 
convierte en visin. 

"La tarea del maestro consiste en reacomodar la visin, a fin de preparar al ser luminoso para el momento en 
que el benefactor abre la burbuja desde afuera." 

Hizo otra pausa deliberada y luego una nueva observacin acerca de mi falta de atencin, juzgada por mi 
incapacidad de hacer un comentario o una pregunta adecuados. 

#
-Cul debera haber sido mi pregunta? -inquir. 

-Por qu se tiene que abrir la burbuja? -repuso. 

-Buena pregunta -dije, y l ri con fuerza y me palme la espalda. 

-Por supuesto! -exclam-. Tiene que ser una buena pregunta para ti; es una de las tuyas. 

"La burbuja se abre para permitir al ser luminoso una visin de su totalidad -prosigui-. Naturalmente, esto de 
llamarla burbuja es slo una manera de hablar, pero en este caso la manera es exacta. 

"La delicada maniobra de llevar a un ser luminoso a la totalidad de s mismo requiere que el maestro trabaje 
desde adentro de la burbuja y el benefactor desde afuera. El maestro reorganiza la visin del mundo, yo le he 
llamado a esa visin la isla del tonal. He dicho que todo lo que somos se encuentra en esa isla. La explicacin 
de los brujos dice que la isla del tonal est hecha por nuestra percepcin, que ha sido entrenada a enfocarse 
en ciertos elementos; cada uno de esos elementos y todos juntos forman nuestra visin del mundo. El trabajo 
del maestro, en lo referente a la percepcin del aprendiz, consiste en reordenar todos los elementos de la isla 
en una mitad de la burbuja. Para ahora ya te habrs dado cuenta de que limpiar y reordenar la isla del tonal 
significa reagrupar todos sus elementos en el lado de la razn. Mi tarea ha sido desarreglar tu visin ordinaria, 
no para destruirla sino para forzarla a ponerse en el lado de la razn. Y t has hecho esto mejor que cualquiera 
que yo conozco." 

Traz en la roca un crculo imaginario y lo dividi en dos a lo largo de un dimetro vertical. Dijo que el arte del 
maestro era forzar al discpulo a agrupar su visin del mundo en la mitad derecha de la burbuja. 

-Por qu la mitad derecha? -pregunt. 

-se es el lado del tonal -dijo-. El maestro siempre se dirige a ese lado, y al presentar a su aprendiz, por una 
parte, el camino del guerrero, lo obliga al raciocinio, a la sobriedad, a la fuerza de carcter y de cuerpo; y al 
presentarle, por otra parte, situaciones inimaginables pero reales, que el aprendiz no puede abarcar, lo obliga a 
reconocer que su razn, por ms maravillosa que sea, slo puede cubrir una zona pequea Una vez 
enfrentado con su incapacidad de razonarlo todo, el guerrero har hasta lo imposible por reforzar y defender su 
razn derrotada, y para lograr tal efecto reunir en torno a ella todo cuanto tiene. El maestro se ocupa de ello, 
martillndolo sin piedad hasta que toda su visin del mundo est en una mitad de la burbuja. La otra mitad, la 
que ha quedado limpia, puede entonces ser reclamada por algo que los brujos llaman la voluntad. 

"Esto podemos explicarlo mejor diciendo que la tarea del maestro es limpiar una mitad de la burbuja y 
reordenar todo lo que hay en la otra mitad. Entonces, la tarea del benefactor es abrir la burbuja en el lado 
despejado. Una vez roto el sello, el guerrero nunca vuelve a ser el mismo. Tiene ya el dominio de su totalidad. 
La mitad de la burbuja es el centro mximo de la razn, el tonal. La otra mitad es el centro mximo de la 
voluntad, el nagual. se es el orden que debe prevalecer; cualquier otro acomodo es absurdo y maligno, 
porque va en contra de nuestra naturaleza; nos roba nuestra herencia mgica v nos reduce a nada." 

Don Juan se incorpor y estir los brazos y la espalda y camin para desentumir los msculos. Ya hacia un 
poco de fro. 

Le pregunt si habamos terminado. 

-Pero si la funcin todava ni empieza! -exclam, riendo-. se fue slo el principio. 

Mir al cielo y seal hacia el oeste con un ademn casual. 

-Ms o menos dentro de una hora, el nagual estar aqu -dijo y sonri. 

Volvi a sentarse. 

-Nos queda un solo asunto por terminar -continu-. Los brujos lo llaman el secreto de los seres luminosos, y 
se trata del hecho de que somos perceptores. Los hombres y todos los otros seres luminosos que hay sobre la 
tierra somos perceptores. sa es nuestra burbuja, la burbuja de la percepcin. Nuestro error es creer que la 
nica percepcin digna de reconocerse es lo que pasa por nuestra razn. Los brujos creen que la razn es slo 
un centro y que no debera drsele tanto vuelo. 

"Genaro y yo te liemos enseado que la totalidad de nuestra burbuja de percepcin se compone de ocho 
puntos. Conoces seis. Hoy, Genaro y yo seguiremos despejando tu burbuja de percepcin, y despus de eso 
conocers los dos puntos restantes." 

Cambiando abruptamente de tema, me pidi un recuento detallado de mis percepciones del da anterior, a 
partir del punto en que vi a don Genaro sentado en una roca junto al camino. No hizo ningn comentario ni me 
interrumpi para nada. Al terminar, aad una observacin por cuenta propia. En la maana haba hablado con 
Nstor y Pablito; me dijeron que sus percepciones haban sido similares a las mas. Mi comentario era que don 
Juan me haba dicho que el nagual era una experiencia individual que slo el observador puede atestiguar. El 
da anterior, haba tres observadores, y todos nosotros habamos presenciado ms o menos la misma cosa. 
Las diferencias se expresaban slo en trminos de cmo se senta o reaccionaba cada uno con respecto a 
cualquier instancia especfica del fenmeno total. 

-Lo que ocurri ayer fue una demostracin del nagual para ti, y para Nstor y Pablito. Yo soy su benefactor. 
Entre Genaro y yo, cancelamos el centro de la razn en ustedes tres.. Genaro y yo tuvimos poder suficiente 
para ponerlos a ustedes de acuerdo en lo que presenciaban. Hace varios aos, t y yo estuvimos cierta noche 
con un grupo de aprendices, pero yo solo sin Genaro no tena suficiente poder para hacer que todos ustedes 
presenciaran lo mismo. 

Dijo que, a juzgar por lo que yo deba haber presenciado el da anterior y por lo que l haba "visto" de m, su 
conclusin era que me hallaba listo para la explicacin de los brujos. Aadi que Pablito tambin lo estaba, 
pero tena dudas acerca de Nstor. 

#
-Estar preparado para la explicacin de los brujos es algo muy difcil de lograr -dijo-. No debera serlo, pero 
insistimos en entregarnos a la visin del mundo que hemos tenido toda la vida. En este aspecto, t y Nstor y 
Pablito se parecen. Nstor se esconde detrs de su timidez y su mal humor, Pablito detrs de su irresistible 
personalidad; y t te escondes detrs de tu engreimiento y tus palabras. Todas son visiones que parecen 
invencibles, y mientras ustedes persistan en usarlas, sus burbujas de percepcin no han sido despejadas y la 
explicacin de los brujos no tendr sentido. 

En son de broma dije que la famosa explicacin de los brujos me haba obsesionado desde mucho tiempo 
atrs, pero mientras ms me acercaba a ella ms lejos pareca hallarse. Iba a aadir un comentario jocoso 
cuando l me quit las palabras de la boca. 

-Qu tal si la explicacin de los brujos resulta un fiasco? -pregunt entre risas sonoras. 

Me palme la espalda y pareca deleitado, como un nio que anticipa algo agradable: 

-Genaro siempre quiere atenerse a la regla -dijo en tono confidencial-. La condenada explicacin no es nada 
del otro mundo. Si por m fuera, te la habra dado hace aos. No esperes gran cosa de ella. 

Alz la vista para examinar el cielo. 

-Ahora ests listo -dijo en tono dramtico y solemne-. Es hora de ir. Pero antes de dejar este sitio, he de 
decirte una ltima cosa: El misterio, o el secreto, de la explicacin de los brujos es que tiene que ver con el acto 
de abrir las alas de la percepcin. 

Puso la mano sobre mi libreta y me dijo que fuera al matorral a ocuparme de mis funciones corporales, para 
despus quitarme la ropa y dejarla en un bulto precisamente donde nos hallbamos. Lo mir inquisitivamente y 
explic que yo deba estar desnudo, pero que poda dejarme los zapatos y el sombrero. 

Insist en saber por qu deba estar desnudo. Don Juan ri y dijo que la razn era ms bien personal y tena 
que ver con mi propia comodidad, y que yo mismo le haba dicho que as lo deseaba. Su explicacin me 
desconcert. Sent que me jugaba una broma o que, en conformidad con lo que me haba revelado, 
simplemente distraa mi atencin. Quise enterarme de por qu lo haca. 

Empez a hablar de un incidente ocurrido aos antes, una vez que estuvimos con don Genaro en las 
montaas del norte de Mxico. Ellos me explicaban entonces que la "razn" no poda en modo alguno dar 
cuenta de todo cuanto ocurra en el mundo. Para darme una demostracin innegable de ello, don Genaro 
ejecut un magnfico salto de nagual, y se "alarg" para alcanzar la cima de unos picos a quince o veinte 
kilmetros de distancia. Don Juan dijo que la intencin me pas inadvertida, y que en lo referente a convencer 
a mi "razn", la demostracin de don Genaro fue un fracaso, pero desde el punto de vista de mi reaccin 
corporal result muy divertida. 

La reaccin corporal a la que don Juan se refera, conservaba gran vividez en mi mente. Vi a don Genaro 
desaparecer frente a mis propios ojos como si un viento se lo hubiera llevado. Su salto, o lo que fuese, tuvo en 
m un efecto tan profundo que sent como si su movimiento hubiera desgarrado algo en mis entraas. Mis 
intestinos se soltaron y tuve que tirar mis pantalones y camisa. Incmodo y apenado hasta lo indecible, camin 
desnudo, tocado slo con un sombrero, por una carretera muy transitada, hasta llegar a mi coche. Don Juan 
me record que fue entonces cuando le ped no volver a permitirme arruinar mi ropa. 

Cuando me hube desvestido, caminamos unas decenas de metros hasta una roca de gran tamao que 
miraba a la misma caada. Don Juan me hizo asomar. Haba un despeadero de ms de treinta metros. Luego 
me dijo que interrumpiera mi dilogo interno y escuchara los sonidos en torno. 

Tras unos momentos o el sonido de un guijarro que rebotaba de roca en roca, despeadero abajo. Percib 
con inconcebible claridad cada rebote del guijarro. Luego o caer otro, y otro ms: Alc la cabeza para alinear 
mi odo izquierdo con la direccin del sonido y vi a don Genaro sentado encima de la roca, a unos cuatro o 
cinco metros de donde estbamos. Con aire casual, arrojaba piedras a la caada. 

Apenas lo vi, grit y cacare, y dijo que haba estado all escondido en espera de que yo lo descubriese. Tuve 
un instante de desconcierto. Don Juan me susurr al odo, repetidas veces, que mi "razn" no estaba invitada a 
ese acontecimiento, y que yo deba abandonar la necedad de querer controlarlo todo. Dijo que el nagual era 
una percepcin slo para m, y que por ese motivo Pablito no lo haba visto en mi coche. Aadi, como si 
leyera mi oculto sentir, que si bien el nagual era slo para que yo lo presenciara, segua siendo don Genaro en 
persona. 

Don Juan me tom del brazo y en son de juego me llev a donde se hallaba don Genaro. ste se puso de pie 
y se me acerc. Su cuerpo radiaba un calor visible, un resplandor que me deslumbraba. Vino a mi lado y, sin 
tocarme, puso la boca cerca de mi odo izquierdo y empez a susurrar. Don Juan hizo lo mismo en mi otro 
odo. Sus voces se sincronizaban. Ambos repetan las mismas frases. Me decan que no tuviera miedo, y que 
posea fibras largas y poderosas, las cuales no eran para protegerme, porque no haba nada que proteger ni de 
lo cual protegerse, sino para guiar mi percepcin de nagual en forma semejante a la manera en que mis ojos 
guiaban mi percepcin normal de tonal. Decan que las fibras estaban en todo mi derredor, que a travs de 
ellas yo poda percibir todas las cosas al mismo tiempo, y que una sola fibra bastaba para saltar de la roca a la 
caada, o del fondo de la caada a la roca. 

Yo escuchaba todo cuanto decan. Cada palabra pareca tener una connotacin nica para m; me era 
posible retener cada cosa pronunciada y repetirla como una grabadora. Ambos me urgan a saltar a la caada. 
Me decan que sintiera mis fibras, aislara una que bajara hasta el fondo y la siguiera. Conforme pronunciaban 
sus rdenes, surgan en m sensaciones acordes a las palabras. Percib una comezn en todo mi ser, 

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especialmente una peculiar sensacin indiscernible en s misma, pero cercana a la de una "larga comezn". Mi 
cuerpo senta en verdad el fondo de la caada, y yo perciba tal sentir en alguna zona corporal indefinida. 

Don Juan y don Genaro seguan instndome a resbalar por aquella sensacin, pero yo no sabia cmo. 
Entonces o slo la voz de don Genaro. 

Dijo que iba a saltar conmigo; me agarr, o me empuj, o me abraz, y se precipit conmigo en el abismo. 
Experiment el apoteosis de la angustia fsica. Era como si algo mascara y devorara mi estmago. Era una 
mezcla de dolor y placer, de tal intensidad y duracin que yo no poda ms que gritar y gritar a todo pulmn. Al 
amainar la sensacin, vi un conglomerado inextricable de chispas y masas oscuras, rayos de luz y formas 
como nubes. No saba si mis ojos se hallaban abiertos o cerrados, o dnde estaban, o dnde estaba mi cuerpo. 
Luego sent la misma angustia fsica, aunque no tan pronunciada como la primera vez, y luego tuve la 
impresin de haber despertado y me hall de pie en la roca con don Juan y don Genaro. 

Don Juan dijo que yo haba fallado de nuevo, que era intil saltar si la percepcin del salto iba a ser catica. 
Ambos repitieron incontables veces en mis odos que el nagual por s solo no serva, que el tonal deba 
templarlo. Dijeron que yo tena que saltar voluntariamente y tener conciencia de mi acto. 

Yo titubeaba, no tanto por miedo como por renuencia. Me senta vacilar como si mi cuerpo oscilara 
pendularmente de lado a lado. Entonces un nimo extrao se apoder de m, y salt con toda mi corporalidad. 
Quise pensar al precipitarme, pero no poda. Vea como a travs de la niebla los muros de la estrecha caada y 
las rocas que sobresalan en el fondo. No tuve una percepcin secuencial de mi descenso, sino la sensacin 
de que me hallaba sobre el suelo en el fondo mismo; discerna cada detalle de las rocas en un breve crculo en 
tomo mo. Not que mi visin no era unidireccional y estereoscpica desde el nivel de mis ojos, sino plana y 
hacia todo el derredor. Tras un momento fui presa del pnico, y algo me jal hacia arriba como un yoyo. 

Don Juan y don Genaro me hicieron repetir el salto una y otra vez. Despus de cada salto, don Juan me 
instaba a ser menos reticente y desganado. Dijo, vez tras vez, que el secreto de los brujos al usar el nagual 
radicaba en nuestra percepcin, que saltar era simplemente un ejercicio de percepcin, y que terminara slo 
cuando yo hubiese logrado percibir, como perfecto tonal, lo que haba en el fondo de la caada. 

En cierto momento tuve una sensacin inconcebible. Me hallaba total y sobriamente consciente de estar 
parado en el borde de la roca, con don Juan y don Genaro susurrando en mis orlos, y en el instante siguiente 
miraba el fondo de la caada. Todo era perfectamente normal. Casi haba oscurecido, pero an quedaba 
suficiente luz para reconocer cada cosa como en el mundo de mi vida cotidiana. Miraba unos arbustos cuando 
o un ruido sbito, una pea que caa. Instantneamente vi una roca de buen tamao rodar por el despeadero 
hacia m. En un destello, vi tambin a don Genaro arrojndola. Tuve un ataque de pnico, y un segundo 
despus haba vuelto al sitio encuna de la roca. Mir en torno; don Genaro ya no estaba all. Don Juan se ech 
a rer y dijo que don Genaro se haba ido por no soportar mi hediondez. Avergonzado, -me percat de que mi 
estado no era para menos. Don Juan haba tenido razn al hacerme dejar mis ropas. Me llev a un arroyo y me 
lav romo a un caballo, recogiendo agua en mi sombrero y lanzndomela, mientras haca hilarantes 
comentarios acerca de haber salvado mis pantalones. 

 

LA BURBUJA DE LA PERCEPCIN 

 

Pas el da solo, en casa de don Genaro. Dorm la mayor parte del tiempo. Don Juan regres al pardear la 
tarde y caminamos, en completo silencio, hasta una cordillera cercana. Nos detuvimos a la hora del crepsculo 
y estuvimos sentados al filo de una fonda barranca hasta que casi estuvo oscuro. Entonces don Juan me llev 
a otro sitio cercano, un monumental risco con un muro de roca liso y vertical. El risco no poda verse desde el 
sendero que conduca a l; don Juan, sin embargo, me lo haba enseado varias veces antes. Me haba hecho 
asomar por el borde y deca que todo el risco era un sitio de poder, especialmente su base, un desfiladero muy 
profundo. Siempre que lo miraba, senta un desazonante escalofro; el desfiladero era siempre oscuro y 
ominoso. 

Antes de que llegramos al sitio, don Juan dijo que yo deba seguir solo y encontrarme con Pablito en el 
borde del risco. Me recomend relajarme y practicar el paso de poder con el fin de eliminar mi fatiga nerviosa. 

Don Juan se hizo a un lado, hacia la izquierda del camino, y la oscuridad, literalmente, se lo trag. Quise 
detenerme a averiguar dnde haba ido, pero mi cuerpo no obedeci. Empec -a marchar  paso veloz, aunque 
me hallaba tan cansado que apenas me tena en pie. 

Al llegar al risco no vi a nadie y segu marcando el paso de carrera, respirando profundamente. Tras un rato 
me relaj un poco; qued inmvil con la espalda contra una roca, y not entonces la figura de un hombre a 
unos cuantos pasos de m. Estaba sentado, con la cabeza oculta entre los brazos. Tuve un momento de susto 
intenso y me retraje, pero luego me expliqu que el hombre deba de ser Pablito, y sin titubear fui hacia l. Dije 
en voz alta el nombre de Pablito. Pens que, incierto de quin era yo, se haba asustado tanto que cubri su 
rostro para no mirar. Pero antes de llegar a donde estaba, un miedo inexplicable me posey. Mi cuerpo se 
inmoviliz en el acto, el brazo derecho ya extendido para tocar al otro. El hombre alz la cabeza. No era 
Pablito! Sus ojos eran dos enormes espejos, como ojos de tigre. Mi cuerpo salt hacia atrs; mis msculos se 
tensaron y luego libraron la tensin sin la menor influencia de mi voluntad, y ejecut el salto con tanta rapidez y 
a tal distancia que en circunstancias normales me habra envuelto en una grandiosa especulacin al respecto. 
En aquellos momentos, sin embargo, mi miedo desproporcionado no me permita ninguna inclinacin a 
ponderar, y habra salido corriendo de all de no haber sido porque alguien aferr mi brazo con fuerza. Ese 

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contacto me produjo un pnico total; lanc un grito.. No fue el chillido que yo habra esperado, sino un largo 
alarido escalofriante. 

Me volv a encarar a mi asaltante. Era Pablito, aun ms tembloroso que yo. Mi nerviosismo estaba en su 
punto ms alto. No me era posible hablar; los dientes me castaeteaban y el escalofro recorra mi espalda, 
provocndome sacudidas involuntarias. Tena que respirar a bocanadas. 

Pablito dijo, entre castaeteos, que el nagual lo haba estado esperando, que l apenas se haba zafado de 
sus garras cuando tropez conmigo, y que mi grito estuvo a punto de matarlo. Quise rer y produje los sonidos 
ms extraos que pueden imaginarse. Al recobrar la calma, dije a Pablito que aparentemente me haba 
ocurrido lo mismo. El resultado final, en mi caso, era que mi fatiga se desvaneci; un incontenible empelln de 
fuerza y bienestar ocupaba su sitio. Pablito pareca experimentar las mismas sensaciones; empezamos a rer 
risitas tontas y nerviosas. 

O en la distancia pasos suaves y cautelosos. Detect el sonido antes que Pablito. l pareci reaccionar a mi 
tensin. Tuve la certeza de que alguien se acercaba al sitio donde estbamos. Miramos en direccin del ruido; 
un momento despus, las siluetas de don Juan y don Genaro se hicieron visibles. Caminaban despacio y se 
detuvieron a uno o dos pasos de nosotros; don Juan estaba frente a m y don Genaro encaraba a Pablito. 
Quise decir a don Juan que algo haba estado a punto de enloquecerme de miedo, pero Pablito me apret el 
brazo. Supe por qu lo hacia. Algo haba de extrao en don Juan y don Genaro. Al mirarlos, mis ojos 
empezaron a desenfocarse. 

Don Genaro dio una orden seca. No entend lo que dijo, pero "supe" que nos prohiba cruzar los ojos. 

-Ya la oscuridad descendi al mundo -dijo don Juan mirando el cielo. 

Don Genaro dibuj una media luna en el duro suelo. Por un instante me pareci que usaba un gis iridiscente, 
pero luego advert que no tena nada en la mano; yo perciba la media luna imaginaria que haba dibujado con 
el dedo. Hizo que Pablito y yo nos sentramos en la curva interna del filo convexo, mientras l y don Juan se 
instalaban, con las piernas cruzadas, en los extremos de la media luna, a unos dos metros de nosotros. 

Don Juan habl primero; dijo que nos iban a mostrar a sus aliados. Dijo que si mirbamos sus costados 
izquierdos, entre la cadera y el costillar, "veramos" algo como un trapo o un pauelo colgado de sus 
cinturones. Don Genaro aadi que junto a esos trapos haba dos objetos redondos, como botones, y que 
debamos mirar sus cintos hasta "ver" los trapos y los botones. 

Antes de que don Genaro hablase yo haba notado ya un objeto plano, como un trozo de tela, y un guijarro 
redondo que colgaban de sus cinturones. Los aliados de don Juan eran ms oscuros y ominosos que los de 
don Genaro. Mi reaccin fue una mezcla de curiosidad y miedo. Experimentaba las reacciones en el estmago 
y no juzgaba nada de manera racional. 

Don Juan y don Genaro se llevaron la mano al cinturn y parecieron desenganchar los trozos de tela oscura. 
Los tomaron con la mano izquierda; don Juan lanz el suyo al aire por encima de su cabeza, pero don Genaro 
dej caer suavemente el propio. Los trozos de tela se desplegaron en la cada como pauelos perfectamente 
lisos; descendieron despacio, oscilando como voladores. El movimiento del aliado de don Juan era la rplica 
exacta de lo que l haba hecho al girar das antes. Conforme los trozos de tela se acercaban al suelo, se 
hacan slidos, redondos y masivos. Se contrajeron como s hubiesen cado sobre un tirador de puerta; luego 
se expandieron. El de don Juan creci hasta ser una sombra voluminosa. Tom la gua y avanz hacia 
nosotros, aplastando piedras y terrones. Lleg a uno o dos pasos de nosotros, hasta el cuenco de la media 
luna, entre don Juan y don Genaro. En cierto momento pens que rodara sobre nosotros, pulverizndonos. Mi 
terror en ese instante arda como una hoguera. La sombra frente a m era gigantesca, de unos cuatro metros 
de alto y dos de ancho. Se mova como si tentaleara a ciegas sintiendo su camino. Se sacuda y oscilaba. Supe 
que estaba buscndome. En ese momento, Pablito ocult la cabeza contra mi pecho. La sensacin que su mo-
vimiento me produjo, disip en parte la atencin empavorecida que yo haba enfocado en la sombra. sta 
pareci disociarse, a juzgar por sus sacudidas errticas, y luego desapareci, fundindose con la oscuridad en 
torno. 

Sacud a Pablito. l alz la cara y dej escapar un grito sofocado. Mir hacia arriba. Un hombre extrao me 
contemplaba. Pareca haberse hallado detrs de la sombra, acaso oculto por ella. Era alto y delgado, de rostro 
largo, sin cabello, y una irritacin o eczema cubra el lado izquierdo de su cabeza. Sus ojos eran locos y 
brillantes; tena la boca entreabierta. Vesta una rara especie de pijama; los pantalones le quedaban cortos. No 
pude discernir si usaba zapatos. Qued mirndonos durante lo que pareci un largo rato, como en espera de 
una coyuntura para lanzarse sobre nosotros y despedazarnos. As de intensos eran sus ojos. No haba en ellos 
odio ni violencia, sino alguna especie de desconfianza animal. Yo no poda soportar ms la tensin. Quise 
adoptar una posicin de pelea que don Juan me haba enseado aos antes, y lo habra hecho si Pablito no 
me hubiera susurrado que el aliado no poda pasar de la raya que don Genaro trazara en el suelo. Advert 
entonces que en verdad haba una lnea brillante que al parecer detena lo que se hallaba frente a nosotros. 

Tras un momento el hombre se apart hacia la izquierda, igual que la sombra. Tuve la sensacin de que don 
Juan y don Genaro haban llamado a ambos. 

Hubo un corto intervalo de quietud. Yo no vea a don Juan ni a don Genaro; no estaban ya sentados en las 
puntas de la media luna. De pronto o el sonido de dos guijarros que golpeaban el slido suelo de roca donde 
nos hallbamos, y en un destello el rea frente a nosotros se ilumin como si alguien hubiera encendido una 
luz amarillenta. Vimos una bestia voraz, un gigantesco lobo o coyote de aspecto repugnante. ,Cubra su cuerpo 
una secrecin blanca, como sudor o saliva. Su pelambre era spera y hmeda. Grua con una furia ciega que 

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me produjo escalofros. Su quijada temblaba, lanzando goterones de baba. Rascaba el suelo como un perro 
rabioso que tratara de librarse de una cadena. Luego se par sobre las patas traseras y agit con furia las 
delanteras y las quijadas. Toda su ferocidad pareca concentrada en romper alguna barrera frente a nosotros. 

Me percat de que el miedo hacia aquel animal enloquecido era diferente del que me haban producido las 
dos apariciones anteriores. Mi temor de la bestia era repulsin y horror fsicos. Segu mirando, en completa 
impotencia, su rabia. De pronto pareci perder su salvajismo y se alej trotando. 

O entonces que algo ms vena hacia nosotros, o acaso lo sent; de un momento a otro apareci la forma de 
un felino colosal. Lo primero que vi fueron sus ojos en la oscuridad; eran enormes y fijos como dos charcos d 
agua que reflejaran la luz. Resoplaba y grua suavemente. Exhalaba aire y se paseaba frente a nosotros sin 
quitarnos la vista de encima. No tena el mismo brillo elctrico que el coyote; yo no poda distinguir claramente 
sus facciones, y sin embargo su presencia era infinitamente ms ominosa que la de la otra bestia. Pareca 
reunir fuerzas; sent que, en su audacia, traspasara sus lmites. Pablito debe de haber tenido un sentimiento 
similar, pues me susurr que agachara la cabeza y me tendiera en el suelo. Un segundo despus, el felino 
atac. Corri en nuestra direccin y luego salt con las garras extendidas. Cerr los ojos y escond la cabeza 
entre los brazos, contra el suelo. Sent que la bestia haba rasgado la lnea protectora que don Genaro dibujara 
alrededor nuestro, y que se hallaba encima de nosotros. Su peso me aplastaba; la piel de su vientre frotaba mi 
cuello. Pareca que sus patas delanteras estaban atrapadas en algo; forcejeaba por liberarse. Sent sus 
sacudidas y o su diablico resoplar. Supe entonces que me hallaba perdido. Tuve un vago sentido de eleccin 
racional y quise resignarme con calma a la suerte de morir all, pero tema el dolor fsico de la muerte bajo tan 
atroces circunstancias. Entonces, una fuerza extraa brot de mi cuerpo; fue como si mi cuerpo rehusara morir 
y reuniera toda su energa en un solo punto, mi brazo izquierdo. Sent que un empelln indomable lo 
atravesaba. Algo incontrolable tomaba posesin de mi cuerpo, algo que me forzaba a empujar el peso maligno 
de la bestia y quitrnoslo de encima. Pablito pareci haber reaccionado en la misma forma, y ambos nos 
pusimos de pie al mismo tiempo; fue tanta la energa creada por ambos, que la bestia sali disparada como un 
mueco de trapo. 

El esfuerzo haba sido supremo. Me derrumb en el suelo, jadeante. Los msculos de mi estmago estaban 
tan tensos que me impedan respirar. No prestaba atencin a lo que Pablito haca. Finalmente not que don 
Juan y don Genaro me ayudaban a sentarme. Vi a Pablito tirado bocabajo con los brazos extendidos. Pareca 
desmayado. Despus de haber hecho que me sentara, don Juan y don Genaro ayudaron a Pablito. Ambos le 
frotaron el estmago y la espalda. Lo hicieron poner de pie y tras un rato pudo sentarse por s mismo. 

Don Juan y don Genaro tomaron asiento en los extremos de la media luna, y luego empezaron a moverse 
frente a nosotros como si entre los dos puntos existiera un barandal, el cual usaban para cambiar sus 
posiciones de un lado a otro. Sus movimientos me mareaban. Por fin se detuvieron junto a Pablito y empezaron 
a susurrarle al odo. Tras un momento, los tres se incorporaron al unsono y fueron hasta el filo del risco. Don 
Genaro alz a Pablito como si ste fuera un nio. El cuerpo de Pablito estaba tieso como una tabla; don Juan 
lo asi por los tobillos. Le dio vueltas, al parecer para ganar fuerza e impulso, y finalmente solt sus piernas y 
arroj el cuerpo sobre el abismo, desde el borde del risco. 

Vi el cuerpo de Pablito contra el oscuro cielo occidental. Describa crculos, igual que el cuerpo de don Juan 
haba hecho das antes; los crculos eran lentos. Pablito pareca ganar altura en vez de caer. Luego el giro se 
aceler; el cuerpo de Pablito dio vueltas como un disco y en el momento siguiente se desintegr. Percib que 
se haba desvanecido en el aire. 

Don Juan y don Genaro vinieron a mi lado, se acuclillaron y empezaron a susurrarme en los odos. Cada uno 
deca algo diferente, pero yo no tena dificultad en seguir sus rdenes. Era como si me hubiese "partido" en el 
instante en que pronunciaron las primeras palabras. Sent que me hacan lo que haban hecho con Pablito. Don 
Genaro me hizo girar y luego tuve la sensacin totalmente consciente de dar vueltas o flotar durante un 
momento. Luego caa por los aires, me desplomaba hacia el suelo a una velocidad tremenda. Sent que mis 
ropas se desgarraban, que mi carne se desprenda, y finalmente slo quedaba mi cabeza. Tuve claramente la 
sensacin de que, al desmembrarse mi cuerpo, perda el peso superfluo, y as la cada perdi impulso y mi 
velocidad amain. El descenso ya no era un vrtigo. Empec a oscilar en el aire como una hoja. Luego mi 
cabeza fue despojada de su peso y todo cuanto quedaba de "m" era un centmetro cbico, una pepita, un 
diminuto residuo como guijarro. Todo mi sentir se concentraba all; luego la pepita pareci reventar y fui un 
millar de trozos. Supe, o algo en alguna parte supo, que yo tena conciencia de los mil trozos a la vez. Yo era la 
conciencia misma. 

Luego, alguna parte de esa conciencia empez a agitarse; se alz, creci. Adquira localizacin, y poco a 
poco recobr el sentido de los lmites, el entendimiento o lo que fuera, y de pronto el "yo" que conoca y me era 
familiar brot a una espectacular visin de todas las combinaciones imaginables de escenas "hermosas"; era 
como si mirara miles de imgenes del mundo, de la gente, de las cosas. 

Despus, las escenas se emborronaron. Tuve la sensacin de que pasaban frente a mis ojos a velocidad 
creciente, hasta que ya no me era posible examinar ninguna por separado. Finalmente, fue como si pre-
senciara la organizacin del mundo rodando frente a mis ojos en una cadena continua sin fin. 

De repente me hall parado en el risco con don Juan y don Genaro. Susurraron que me haban trado de 
vuelta, y que yo haba atestiguado lo desconocido, sobre lo que nadie puede hablar. Dijeron que me lanzaran 
all una vez ms, y que yo deba desplegar las alas de mi percepcin y tocar al tonal y al nagual al mismo 
tiempo, sin la conciencia de oscilar entre uno y otro. 

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Experiment nuevamente las sensaciones de ser arrojado, girar, y caer  tremenda velocidad. Luego estall. 
Me desintegr. Algo cedi en m; solt algo que yo haba retenido toda mi vida. Me di perfecta cuenta entonces 
de que mi reserva secreta haba sido perforada y se verta sin restricciones. Ya no haba la dulce unidad que 
llamo "yo". No haba nada y sin embargo esa nada estaba llena. No era luz ni oscuridad, calor ni fro, agradable 
ni desagradable. Yo no me mova ni flotaba ni me hallaba estacionario; tampoco era una unidad, un yo mismo, 
como estoy acostumbrado a serlo. Yo era una mirada de yo mismo y todos eran "yo", una colonia de unidades 
independientes que tenan una alianza especial entre s e inevitablemente se uniran para integrar una sola 
conciencia, mi conciencia humana. No era que yo "supiese" sin duda alguna, porque no haba nada con lo que 
hubiera podido "saber", pero todos mis yo mismos "saban" que el "yo" de mi mundo familiar era una colonia, 
un conglomerado de sentimientos separados e independientes que posean una inflexible solidaridad mutua. La 
solidaridad inflexible de mis incontables conciencias, la alianza mutua de esas partes, era mi fuerza vital. 

Una manera de describir aquella sensacin unificada sera decir que las pepitas de conciencia se hallaban 
dispersas; cada una posea conciencia de s y ninguna predominaba ms que otra. Entonces algo las agitaba, y 
se reunan para emerger en una zona donde todas tenan que juntarse en un bloque, el "yo" que conozco. 
Luego, "yo", como "yo mismo, presenciaba una escena coherente de actividad mundana, o una escena 
referente a otros mundos y que me pareca pura imaginacin, o una escena que perteneca al "pensamiento 
puro"; es decir, visiones de sistemas intelectuales, o de ideas concatenadas como verbalizaciones. En algunas 
escenas, habl conmigo mismo hasta saciarme. Despus de cada una de esas visiones coherentes, el "yo" se 
desintegraba y volva a no ser nada. 

Durante una de las excursiones a la visin coherente, me hall en el risco con don Juan. Inmediatamente me 
percat de ser entonces el "yo" total que me es familiar. Sent la realidad de mi parte fsica. Estaba en el 
mundo, no slo presencindolo. 

Don Juan me abraz como a un nio. Me mir. Su rostro estaba muy cerca. Yo vea sus ojos en la oscuridad. 
Eran bondadosos. Parecan contener una pregunta. Supe cul era. L o impronunciable era en verdad 
impronunciable. 

-Y bien? -pregunt suavemente, como si necesitara mi reafirmacin. 

Yo estaba mudo. Las palabras "insensible", "desconcertado", "confuso" y otras por el estilo, no eran en modo 
alguno descripciones apropiadas de mi sentir en aquel momento. No era slido. Supe que don Juan tena que 
asirme y mantenerme a la fuerza sobre el suelo; de otro modo habra flotado en el aire para desaparecer. No 
tena miedo de desvanecerme. Aoraba lo "desconocido" donde mi conciencia no estaba unificada. 

Don Juan me llev despacio, haciendo presin sobre mis hombros, hasta un rea cercana a la casa de don 
Genaro; me hizo acostar y me cubri con tierra que al parecer haba apilado previamente. Me cubri hasta el 
cuello. Hizo con hojas una especie de almohada para mi cabeza y me dijo que no me moviera ni me quedara 
dormido. Dijo que iba a sentarse all para hacerme compaa hasta que la tierra hubiera vuelto a consolidar mi 
forma. 

Me senta muy cmodo y tena un deseo casi invencible de dormir, pero don Juan no lo permiti. Exigi que 
hablara d cualquier cosa bajo el sol, excepto de lo que acababa de experimentar. Yo al principio no saba de 
qu hablar; luego pregunt por don Genaro. Don Juan dijo que don Genaro haba ido a enterrar a Pablito cerca 
de all, y que estaba haciendo con l lo que l mismo haca conmigo. 

Pese a mi deseo de sostener la conversacin, algo en m se hallaba incompleto; senta una indiferencia 
inusitada, un cansancio que ms pareca fastidio. Don Juan pareca al tanto de mis sentimientos. Empez a 
hablar de Pablito y de cmo nuestros destinos se trenzaban. Dijo haberse convertido en el benefactor de 
Pablito al mismo tiempo que don Genaro se hizo su maestro, y que el poder nos haba emparejado paso a 
paso a Pablito y a m. Seal con nfasis que la nica diferencia entre Pablito y yo era que, mientras el mundo 
de Pablito como guerrero estaba gobernado por la coercin y el miedo, el mo lo estaba por el afecto y la 
libertad. Don Juan explic que tal diferencia se deba a las personalidades intrnsecamente distintas de los 
benefactores. Don Genaro era dulce y afectuoso y gracioso, mientras l mismo era seco, autoritario y directo. 
Dijo que mi personalidad exiga un maestro fuerte pero un benefactor tierno, y que Pablito era al contrario: 
necesitaba un maestro bueno y un benefactor severo. 

Hablamos un rato ms y luego amaneci. Al aparecer el sol sobre las montaas en el horizonte oriental, don 
Juan me ayud a salir de la tierra. 

Cuando despert, al atardecer, don Juan y yo nos sentamos junto a la puerta de la casa. Don Juan dijo que 
don Genaro segua con Pablito, preparndolo para el ltimo encuentro. 

-Maana, Pablito y t entrarn a lo desconocido -dijo-. Debo prepararte para eso ahora. Entrarn ustedes dos 
solos. Anoche ustedes eran como dos yoyos que nosotros hacamos ir y venir; maana andarn solos y por su 
cuenta. 

Tuve un ataque de curiosidad, y las preguntas sobre mis experiencias nocturnas brotaron en torrente. Don 
Juan no se inmut. 

-Hoy tengo que lograr una maniobra crucial -dijo-. Tengo que tenderte el ltimo lazo. Y t debes caer en l. 

Ri y se palme los muslos. 

-Lo que Genaro quiso mostrarte la otra noche con el primer ejercicio fue cmo usan los brujos al nagual 
-prosigui-. No hay modo de llegar a la explicacin de los brujos a menos que uno haya usado voluntariamente 
el nagual, o mejor dicho, a menos que uno haya usado voluntariamente el tonal para dar sentido a las propias 

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acciones que uno ejecuta en el nagual. Otra manera de aclarar todo esto es decir que la visin del tonal debe 
prevalecer si uno quiere usar el nagual como lo usan los brujos. 

Le dije que encontraba una notoria incongruencia en lo que l acababa de expresar. Por una parte me haba 
dado, dos das antes, una increble recapitulacin de sus actos deliberados durante un periodo de aos, actos 
planeados para afectar mi visin del mundo; y por otra parte, quera que esa misma visin prevaleciese. 

-Uno no tiene nada que ver con lo otro -dijo-. El orden en nuestra percepcin es el dominio exclusivo del 
tonal; slo all pueden nuestras acciones tener continuidad; slo all son como escaleras en las que uno puede 
contar los peldaos. No hay nada por el estilo en el nagual. Por ello, la visin del tonal es una herramienta, y 
como tal no es slo la mejor herramienta, sino la nica que tenemos. 

"Anoche, tu burbuja de percepcin se abri y sus alas se desplegaron. No hay otra cosa que decir al 
respecto. Es imposible explicar lo que te sucedi, de modo que no voy a intentarlo y t tampoco deberas. 
Baste decir que las alas de tu percepcin tocaron tu totalidad. Anoche fuiste y viniste del nagual al tonal, una y 
otra vez. Fuiste lanzado en el abismo dos veces para no dejar posibilidad de error. La segunda vez 
experimentaste el impacto pleno del viaje a lo desconocido. Y tu percepcin despleg las alas cuando algo en ti 
se dio cuenta de tu verdadera naturaleza. Eres un racimo. 

"sta es la explicacin de los brujos. El nagual es lo impronunciable. Todos los sentimientos y todos los 
seres, y todos los uno mismos que son posibles flotan en l para siempre, como barcas, apacibles y 
constantes. Entonces la goma de la vida pega a algunos de ellos. T lo descubriste eso anoche, y lo mismo 
hizo Pablito, y lo mismo hizo Genaro la vez que se adentr en lo desconocido, y lo mismo hice yo. Cuando la 
goma de la vida pega a esos sentimientos se crea un ser, un ser que pierde el sentido de su verdadera 
naturaleza y se ciega con el brillo y el clamor del rea dnde estn los seres: el tonal. El tonal es donde existe 
toda la organizacin unificada. Un ser entra al tonal una vez que la fuerza de la vida ha unido los sentimientos 
que se necesiten. Una vez te dije que el tonal empieza al nacer y termina al morir; lo dije porque s que, 
apenas la fuerza de la vida deja el cuerpo, todos esos pedazos aislados o que forman el racimo se desintegran 
y regresan al sitio de donde vinieron: el nagual. Lo que un guerrero hace al viajar a lo desconocido se parece 
mucho a la muerte, excepto que su racimo de sentimientos aislados no se desintegra, sino que se expande un 
poco sin perder la unin. En la muerte, sin embargo, todos se hunden en lo profundo y se mueven por su 
propia cuenta, como s nunca hubieran sido una unidad." 

Quise sealar la completa homogeneidad de sus descripciones con mi experiencia. Pero no me permiti 
hablar. 

-No hay manera de referirse a lo desconocido -dijo-. Uno slo puede presenciarlo. La explicacin de los 
brujos dice que cada uno de nosotros tiene un centro desde el cual podemos presenciar el nagual: la voluntad. 
As, un guerrero puede aventurarse en el nagual y dejar que su racimo se organice y se reorganice en todas las 
formas posibles. Te he dicho que la expresin del nagual es un asunto personal. Con eso quise decir que 
depende del guerrero mismo dirigir la organizacin y reorganizacin de ese racimo. La forma humana o el 
sentimiento humano es el arreglo original; capaz, para nosotros, esa es la ms dulce de todas las formas; sin 
embargo, hay un nmero infinito de formas alternas que el racimo puede adoptar. Te he dicho que un brujo 
puede adoptar la forma que quiera. Eso es cierto. Un brujo que est en posesin de la totalidad de s mismo 
puede dirigir las partes de su racimo para que se unan en cualquier forma concebible. La fuerza de la vida es lo 
que hace posible ese barajeo, pero una vez que la fuerza de la vida se agota, no hay modo de reintegrar el 
racimo. 

"He llamado a ese racimo la burbuja de la percepcin. Tambin he dicho que est sellado, cerrado 
fuertemente, y que jams se abre hasta el momento en que morimos. Sin embargo, puede hacrsele abrir. 
Evidentemente los brujos han aprendido el secreto, y aunque no todos llegan a la totalidad de s mismos, 
conocen la posibilidad de llegar a eso. Saben que la burbuja slo se abre cuando uno se sumerge en el nagual. 
Ayer te di una recapitulacin de todos los pasos que has seguido para llegar a ese punto." 

Me escrut como si esperara un comentario o una pregunta. Lo que haba dicho estaba ms all de lo 
comentable. Entend entonces que no habra tenido efecto alguno si me lo hubiera dicho catorce aos antes, o 
en cualquier punto durante mi aprendizaje. Lo importante era el hecho de que yo haba experimentado con mi 
cuerpo, o en l, las premisas de la explicacin. 

-Estoy esperando tu pregunta de costumbre -dijo, pronunciando despacio las palabras. 

-Qu pregunta? 

-La que tu razn se muere por hacer. 

-Hoy desisto de todas las preguntas. En verdad no tengo ninguna, don Juan. 

-Eso no es justo -dijo, riendo-. Hay una pregunta en particular que necesito que hagas. 

Dijo que si cesaba mi dilogo interno tan slo un instante, podra discernir qu pregunta era. Tuve un 
pensamiento sbito, una comprensin momentnea, y supe lo que l deseaba. 

-Dnde estaba mi cuerpo mientras me suceda todo eso, don Juan? -pregunt, y estall en una carcajada. 

-sta es la ltima treta de los brujos -dijo-. Digamos que lo que voy a revelarte es el ltimo pedacito de la 
explicacin de los brujos. Hasta ahora tu razn ha seguido mis hechos como mejor ha podido. Tu razn est 
dispuesta a admitir que el mundo no es como la descripcin lo pinta, que hay en l mucho ms de lo que se ve. 
Tu razn est casi preparada y dispuesta para admitir que tu percepcin subi y baj ese peasco, o que algo 
en ti, o incluso todo t, salt al fondo del barranco y examin con los ojos del tonal lo que haba all, como si 
hubieras descendido corporalmente con una cuerda y una escalera. El acto de examinar el fondo del barranco 

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fue la cspide de todos estos aos de entrenamiento. Lo hiciste bien. Genaro vio el centmetro cbico de suerte 
cuando le avent una roca al t que estaba en el fondo de la caada. T viste todo. Genaro y yo supimos 
entonces sin la menor duda que estabas listo para lanzarte a lo desconocido. En aquel instante no slo viste, 
sino que supiste todo lo del doble, el otro. 

Interrumpiendo, le dijo que me daba crdito inmerecido por algo ms all de mi entendimiento. Su respuesta 
fue que yo necesitaba tiempo para dejar que todas esas impresiones se asentaran, y que una vez que lo 
hicieran, las respuestas manaran de m como antes las preguntas. 

-El secreto del doble radica en la burbuja de la percepcin, que en tu caso estaba, aquella noche, en lo alto 
del peasco y en el fondo del barranco al mismo tiempo -dijo-. El racimo de sentimientos puede agruparse al 
instante en cualquier parte. En otras palabras, podemos percibir a la vez el aqu y el all 

Me inst a hacer memoria y recordar una secuencia de acciones que de tan ordinarias, dijo, casi se me 
haban olvidado. 

No supe de qu hablaba. Me anim a un mayor esfuerzo. 

-Piensa en tu sombrero -dijo-. Y en lo que Genaro hizo con l. 

Experiment un brusco choque de reconocimiento. Haba olvidado que don Genaro quiso que me quitara el 
sombrero porque el viento me lo arrancaba a cada momento. Pero yo no quera prescindir de l. Me senta 
estpido en mi desnudez. Usar sombrero, lo cual por lo comn nunca hago, me proporcionaba un sentimiento 
de extraeza; yo no era en verdad yo mismo, por lo cual estar desnudo no me apenaba tanto. Don Genaro 
intent luego cambiar sombreros conmigo, pero el suyo era demasiado pequeo para m. Hizo chistes sobre el 
tamao de mi cabeza y las proporciones de mi cuerpo, y finalmente me quit el sombrero y me envolvi la 
cabeza en un poncho viejo, a guisa de turbante. 

Dije a don Juan que haba olvidado esa secuencia, la cual sin duda ocurri entre mis supuestos saltos. Y sin 
embargo, el recuerdo de tales "saltos" resaltaba como una unidad sin interrupcin. 

-Por supuesto que fueron una unidad sin interrupcin, y tambin lo fueron los juegos de Genaro con tu 
sombrero -dijo l-. Esos dos recuerdos no pueden acomodarse uno tras otro porque ocurrieron al mismo 
tiempo. 

Movi los dedos de la mano izquierda como si no pudieran encajar en los espacios entre los dedos de la 
derecha. 

-Esos saltos fueron slo el principio -continu-. Luego vino tu verdadera excursin a lo desconocido; anoche 
experimentaste lo impronunciable, el nagual. 

Tu razn no puede luchar contra el conocimiento fsico de que eres un racimo de sentimientos sin nombre. Tu 
razn tal vez incluso admita, a estas alturas, que hay otro centro de ensamble: la voluntad, a travs de la cual 
es posible juzgar, calcular y utilizar los extraordinarios efectos del nagual. Por fin tu razn se ha enterado de 
que podemos reflejar al nagual a travs de la voluntad, aunque nunca podamos explicarlo. 

"Pero entonces viene tu pregunta: Dnde estaba yo mientras ocurra todo eso? Dnde estaba mi cuerpo? 
La conviccin de que hay un t real es el resultado del hecho de que has reunido todo cuanto tienes en torno a 
tu razn. En este momento, tu razn admite que el nagual es lo indescriptible, no porque la evidencia lo haya 
convencido, sino porque es ms seguro admitir esto. Tu razn est en terreno seguro; todos los elementos del 
tonal estn de su lado." 

Don Juan hizo una pausa y me examin. Sonrea con bondad. 

-Vamos al sitio de predileccin de Genaro -dijo abruptamente. 

Se puso de pie y caminamos hasta la roca donde habamos hablado dos das antes; nos sentamos c-
modamente en los mismos sitios, con la espalda contra la roca. 

-Hacer que la razn se sienta segura es siempre la tarea del maestro -dijo-. Yo le jugu un truco a tu razn al 
hacerla creer que el tonal era explicable y previsible. Genaro y yo hemos trabajado para darte la impresin de 
que slo el nagual estaba ms all de la explicacin; la prueba de que el truco tuvo xito es que en este 
momento te parece que, pese a todo cuanto has atravesado, hay todava un ncleo que puedes reclamar como 
propio, tu razn. Esto es un espejismo. Tu preciosa razn no es ms que un centro de ensamble, un espejo 
que refleja algo que est fuera de ella. Anoche atestiguaste no slo lo indescriptible que es el nagual sino 
tambin lo indescriptible que es el tonal. 

"El ltimo trozo de la explicacin de los brujos dice que la razn no hace sino reflejar un orden externo, y que 
la razn no sabe nada de ese orden; no puede explicarlo, como tampoco puede explicar el nagual. La razn 
slo puede atestiguar los efectos del tonal, pero jams podra comprenderlo o deshilvanarlo. El hecho mismo 
de que estemos pensando y hablando indica que hay un orden que seguimos sin ni siquiera saber cmo lo 
hacemos, o qu es el orden ese." 

Saqu a -colacin la idea de las investigaciones realizadas por el hombre occidental con respecto al fun-
cionamiento del cerebro, como una posibilidad de explicar qu era aquel orden. l seal que las inves-
tigaciones no hacan ms que atestiguar que algo estaba sucediendo. 

-Los brujos hacen lo mismo con su voluntad -dijo-. Dicen que por medio de la voluntad pueden atestiguar los 
efectos del nagual. Ahora puedo aadir que por medio de la razn, sin importar lo que hagamos con ella, o 
cmo lo hagamos, estamos simplemente atestiguando los efectos del tonal. En ambos casos no hay 
esperanza, nunca, de entender o de explicar qu es lo que estamos atestiguando. 

"Anoche fue la primera vez que volaste con las alas de tu percepcin. Eras an muy tmido. Slo te 
aventuraste en la banda de la percepcin humana. Un brujo puede usar esas alas, para tocar otras sensibi-

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lidades: la de un cuervo, por ejemplo, la de un coyote, un grillo, o el orden de otros mundos en ese espacio 
infinito." 

-Se refiere usted a otros planetas, don Juan? 

-Claro. Las alas de la percepcin pueden llevarnos a los ms recnditos confines del nagual o a los mundos 
inconcebibles del tonal. 

-Puede un brujo, por ejemplo, ir a la Luna? 

-Desde luego que s -replic-. Slo que no podra traer un costal d piedras. 

Remos y bromeamos al respecto, pero l haba hablado con toda seriedad. 

-Hemos llegado a la ltima parte de la explicacin de los brujos -dijo-. Anoche, Genaro y yo te mostramos los 
dos ltimos puntos que integran la totalidad del hombre: el nagual y el tonal. Una vez te dije que esos dos 
puntos estaban fuera de uno mismo, y a la vez no lo estaban. sa es la paradoja de los seres luminosos. El 
tonal de cada uno de nosotros es slo un reflejo de ese indescriptible desconocido lleno de orden: el gran tonal; 
el nagual de cada uno de nosotros es slo un reflejo de ese indescriptible vaco que lo contiene todo: el gran 
nagual. 

"Ahora debes quedarte en el sitio de predileccin de Genaro hasta que llegue el crepsculo; para entonces ya 
habrs metido en su sitio la explicacin de los brujos. Ahora, aqu sentado, no tienes nada ms que la fuerza 
de tu vida, que une ese racimo de sentimientos." 

Se puso de pie. 

-La tarea de maana es lanzarte solo a lo desconocido, mientras Genaro y yo te observamos sin intervenir 
-dijo-. Qudate aqu sentado y suspende tu dilogo interno. Puede que renas el poder necesario para 
desplegar las alas de tu percepcin y volar hacia esa infinitud. 

 

LA PREDILECCIN DE LOS GUERREROS 

 

Don Juan me despert al rayar el alba. Me dio un guaje lleno de agua y una bolsa de carne seca. Caminamos 
en silencio unos tres kilmetros hasta el sitio donde yo haba dejado el coche dos das antes. 

-Este viaje es nuestro ltimo viaje juntos -dijo con voz tranquila cuando llegamos al auto. 

Sent una brusca sacudida en el estmago. Supe a qu se refera. 

Se reclin contra el parachoques trasero mientras yo abra la portezuela del lado derecho, y me mir con un 
sentimiento que nunca antes haba traslucido en sus ojos. Subimos en el coche, pero antes de que yo 
encendiera el motor, don Juan hizo algunas oscuras observaciones que tambin entend a la perfeccin; dijo 
que tenamos unos cuantos minutos para estar sentados en el coche y tocar algunos sentimientos muy 
personales y punzantes. 

Permanec sentado en calma, pero mi espritu se hallaba inquieto. Quise decirle algo a don Juan, algo que 
me apaciguara. Busqu en vano las palabras adecuadas, la frmula que habra expresado aquello que yo 
"saba" sin que me lo dijeran. 

Don Juan habl de un nio que yo conoc una vez, y de cmo mis sentimientos hacia l no cambiaran con 
los aos ni con la distancia. Declar su certeza de que cada vez que yo pensaba en ese nio mi espritu 
saltaba de alegra y, sin rastro de egosmo ni mezquindad, le deseaba lo mejor. 

Me record una historia que otrora le narr acerca del nio, una historia que le gustaba y en la que haba 
encontrado un significado profundo. Durante una de nuestras caminatas por las montaas cercanas a Los 
ngeles, el nio se cans de caminar y yo lo llev montado en mis hombros. Una oleada de felicidad intensa 
nos envolvi entonces, y el nio grit su agradecimiento al, sol y a las montaas. 

-sa era su manera de decirte adis -dijo don Juan. 

Sent en la garganta el aguijn de la angustia. 

-Hay muchas maneras de decir adis -continu-. Acaso la mejor es sostener un recuerdo especial de alegra. 
Por ejemplo, si vives como guerrero, el calor que sentiste cuando llevabas en hombros al nio ser fresco y 
cortante durante todo el tiempo que vivas. sa es la manera en que un guerrero dice adis. 

Encend apresuradamente el motor, y manej ms rpido que de costumbre sobre el duro terreno rocoso, 
hasta que llegamos a la carretera sin pavimentar. 

Seguimos en coche una corta distancia y recorrimos a pie el resto del camino. Cosa de una hora despus, 
llegamos a una arboleda. Don Genaro, Pablito y Nstor nos aguardaban, all. Los salud. Todos se vean 
felices y vigorosos. Al contemplarlos, a ellos y a don Juan, me inund un sentimiento de profunda empata. Don 
Genaro me abraz y me dio palmadas afectuosas en la espalda. Dijo a Nstor y a Pablito que yo me haba 
desempeado muy bien al saltar al fondo de una caada. Con la mano todava en mi hombro, se dirigi a ellos 
en voz alta. 

-S, seor -dijo mirndolos-. Yo soy su benefactor y s que eso fue lo mejor que ha hecho hasta hoy. Le cost 
aos de vivir como guerrero. 

Se volvi hacia m y puso su otra mano en mi hombro. Sus ojos relucan apaciblemente. 

-No hay otro modo de decirlo, Carlitos -dijo, pronunciando despacio las palabras-. Excepto que tenas 
cantidades de caca en las tripas. 

Con lo cual, l y don Juan aullaron de risa hasta que parecan a punto de desmayarse. Pablito y Nstor 
soltaron risitas nerviosas, sin saber exactamente qu hacer. 

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Cuando don Juan y don Genaro se hubieron calmado, Pablito me dijo que estaba inseguro de su capacidad 
para entrar solo en lo "desconocido". 

-En realidad no tengo ni la menor idea de cmo hacerlo -dijo-. Genaro dice que uno no necesita nada ms 
que impecabilidad. Qu piensas t? 

Le contest que yo sabia incluso menos que l. Nstor suspir; pareca seriamente preocupado. Mova 
nerviosamente las manos y la boca como si estuviera a punto de decir algo importante y no hallara el modo. 

-Genaro dice que a ustedes dos les va a ir bien -dijo por fin. 

Don Genaro hizo un ademn para indicar que nos bamos. l y don Juan caminaron juntos, unos metros por 
delante de nosotros. Casi todo el da seguimos el mismo sendero montas. Todos llevbamos una provisin 
de carne seca y un guaje de agua, y se entenda que comeramos sobre la marcha. En cierto punto, el sendero 
se convirti definitivamente en un camino. Se curvaba para rodear una ladera; de pronto, el panorama de un 
valle se despleg frente a nosotros. Era un espectculo que cortaba el aliento: un largo valle verde 
resplandeciente de sol; haba sobre l dos magnficos arcoris, y retazos de lluvia sobre las colinas 
circundantes. 

Don Juan se detuvo y adelant la barbilla para sealar a don Genaro algo que haba en el valle. Don Genaro 
mene la cabeza. No era un gesto afirmativo ni negativo; era ms bien una especie de respingo. Ambos 
quedaron inmviles largo rato, escudriando el valle. 

Dejamos el camino y tomamos lo que pareca un atajo. Empezamos a descender por una senda ms 
estrecha y azarosa que llevaba a la parte norte del valle. 

Cuando llegamos al terreno llano, mediaba la tarde. Me vi all envuelto en el fuerte aroma de sauces 
acuticos y tierra mojada. Durante un momento la lluvia fue un suave rugido verde sobre los rboles cercanos a 
mi izquierda; luego se convirti en un temblor entre los juncos. O la carrera de un arroyo. Mir hacia la copa de 
los rboles; los altos cirros en el horizonte oeste parecan bolas de algodn desparramadas en el cielo. Me 
qued observando las nubes el tiempo suficiente para que todos se me adelantaran un buen trecho. Corr en 
pos de ellos. 

Don Juan y don Genaro se detuvieron y voltearon al unsono; sus ojos se movieron y me enfocaron con tan 
uniforme precisin que ambos parecan una sola persona. Fue una breve mirada estupenda que me produjo 
escalofros. Luego don Genaro ri y dijo que yo corra a trastazos, como un mexicano de cien kilos y pies 
planos. 

-Por qu mexicano? -pregunt don Juan. 

-Un indio de cien kilos y pies planos no corre -dijo don Genaro en tono explicativo. 

-Ah -dijo don Juan como si don Genaro hubiese en realidad explicado algo. 

Cruzamos el estrecho valle y trepamos a las montaas del lado este. Al pardear la tarde nos detuvimos por fin 
en una meseta plana y yerma que miraba a un valle alto hacia el sur. La vegetacin haba cambiado 
drsticamente. En todo el derredor haba montaas redondas y erosionadas. La tierra del valle y las laderas 
estaba parcelada y cultivada, pero aun as toda la escena me sugera esterilidad. 

El sol ya declinaba sobre el horizonte del suroeste. Don Juan y don Genaro nos llamaron al borde norte de la 
meseta. Desde este punto, el panorama era sublime. Haba interminables valles y montaas hacia el norte, y 
una cordillera de altas sierras hacia el oeste. El sol reflejado en las distantes montaas del norte las haca 
aparecer anaranjadas, del color de los bancos de nubes hacia occidente. Pese a su belleza, el paisaje era triste 
y solitario. 

Don Juan me dio mi libreta, pero yo no senta deseos de tomar notas. Nos sentamos en semicrculo, con don 
Juan y don Genaro en los extremos. 

-Escribiendo empezaste en la senda del conocimiento, y en la misma forma terminars -dijo don Juan. 

Todos me instaron a escribir, como si ello fuera esencial. 

-Ests en el mero borde, Carlitos -dijo de pronto don Genaro-. Tanto t como Pablito. 

Su voz era suave. Sin su tono de chanza, sonaba bondadosa y preocupada. 

-Otros guerreros que viajaban a lo desconocido se han parado en este mismo sitio -dijo-. Todos ellos desean 
el bien a ustedes dos. 

Sent un escarceo en torno mo, como si el aire hubiera sido menos slido y algo hubiese creado una ola que 
lo recorra. 

-Todos nosotros, los que estamos aqu, les deseamos el bien a ustedes dos -dijo. 

Nstor abraz a Pablito y a m y luego se sent aparte. 

-Todava nos queda algo de tiempo -dijo don Genaro, mirando el cielo. Y luego, volvindose hacia Nstor, 
pregunt-: Qu debemos hacer mientras tanto? 

-Rer y gozar -repuso Nstor gilmente. 

Dije a don Juan que tena pavor a lo que me aguardaba, y que ciertamente me haban llevado a ello a fuerza 
de engaos; yo que ni siquiera haba imaginado que existieran situaciones como la que Pablito y yo vivamos. 
Dije que algo en verdad imponente se haba apoderado de ml, y que me haba empujado poco a poco hasta 
llevarme a encarar algo tal vez peor que la muerte. 

-Ya te ests quejando otra vez -dijo don Juan con sequedad-. Te vas a tener lstima hasta el ltimo minuto. 

Todos rieron. Don Juan tena razn. Qu impulso invencible! Y yo que crea haberlo desarraigado de mi vida. 
Ped a todos que perdonaran mi idiotez. 

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-No te disculpes -me dijo don Juan-. Las disculpas son una idiotez. Lo que realmente importa es el ser un 
guerrero impecable en este inigualable sitio de poder. Este lugar ha hospedado a los mejores guerreros. S as 
como ellos de excelente. 

Luego se dirigi tanto a Pablito como a m. 

-Ya ustedes saben que sta es la ltima tarea en la que estaremos juntos -dijo-. Ustedes dos van a entraren 
el nagual y el tonal por la sola fuerza de su poder personal. Genaro y yo estamos aqu slo para decirles adis. 
El poder ha determinado que Nstor deber ser el testigo. As sea. 

"sta ser tambin la ltima encrucijada en que Genaro y yo los asistiremos. Una vez que hayan entrado de 
por s solos en lo desconocido, no pueden depender de nosotros para que los traigamos de vuelta, de manera 
que se impone una decisin; deben decidir si regresar o no. Nosotros confiamos en que ustedes dos tienen 
fuerza para regresar si eligen hacerlo. La otra noche ustedes fueron perfectamente capaces, unidos o por 
separado, de quitarse de encima al aliado, que de otro modo los habra aplastado hasta matarlos. sa fue una 
prueba de sus fuerzas. 

"Debo aadir tambin que pocos guerreros sobreviven el encuentro con lo desconocido que ustedes estn a 
punto de tener; no tanto porque sea difcil, sino porque el nagual es atrayente ms all de cuanto pueda 
decirse, y los guerreros que se adentran en l encuentran que el regreso al tonal, o al mundo del orden y el 
ruido y el dolor, es un asunto de lo ms disgustante. 

"La decisin de quedarse o de volver la realiza algo en nosotros que no es nuestra razn ni nuestro deseo, 
sino nuestra voluntad, de manera que no hay forma de saber el resultado por anticipado. 

"Si eligen no volver, desaparecern como si la tierra los hubiera tragado. Pero si eligen regresar a esta tierra, 
deben esperar como verdaderos guerreros hasta que sus tareas particulares estn cumplidas. Una vez que se 
cumplan, ya sea en el triunfo o en la derrota, tendrn dominio sobre la totalidad de ustedes mismos." 

Don Juan hizo una pausa. Don Genaro me mir y gui un ojo. 

-Carlitos quiere saber qu significa el tener dominio sobre la totalidad de uno mismo -dijo, y todos rieron. 

Tena razn. Bajo otras circunstancias, yo habra hecho la pregunta; sin embargo, la situacin era demasiado 
solemne para ello. 

-Significa que el guerrero ha encontrado finalmente el poder -dijo don Juan-. Nadie puede decir qu har con 
l cada guerrero; tal vez ustedes dos vaguen en paz y sin nombre, en esta tierra, o quiz resulten ser dos 
hombres odiosos, o notables, o bondadosos. Todo eso depende de la impecabilidad y la libertad de sus 
espritus. 

"Lo importante es, sin embargo, su tarea. Eso es el regalo que un maestro y un benefactor hacen a sus 
aprendices. Yo ruego porque ustedes dos logren llevar sus tareas a la culminacin." 

-La espera para cumplir esa tarea es una espera muy especial -dijo de pronto don Genaro-. Les voy a contar 
a ustedes la historia de unos guerreros que en otros tiempos vivan en las montaas, por ah en esos rumbos. 

Seal con despreocupacin hacia el oriente, pero luego, tras un titubeo momentneo, pareci cambiar de 
idea y, levantndose, indic las distantes montaas del norte. 

-No. Vivan ah, en esa direccin -dijo, mirndome y sonriendo con aire erudito-. Exactamente ciento treinta y 
cinco kilmetros de aqu. 

Tal vez don Genaro me remedaba. Contraa la boca y la frente, apretaba las manos contra el pecho 
sosteniendo algn objeto imaginario que bien poda ser una libreta. Su postura era totalmente ridcula. Yo 
haba conocido otrora a un erudito alemn, un sinlogo, que tena ese aspecto preciso. La idea de que yo 
hubiera podido estar imitando todo el tiempo los gestos de un sinlogo alemn me result sumamente 
graciosa. Re a solas. Pareca ser un chiste nada ms para m. 

-Cada vez que se encontraba que uno de esos guerreros haba hecho algo que iba en contra de las reglas, su 
destino era puesto en las manos de todos los dems. El culpable tena primero que explicar las razones que lo 
llevaron a hacer lo que hizo. Sus camaradas tenan que escucharlo, y despus, hacan una de dos, o se 
desbandaban y cada quien se iba por su lado porque las razones eran buenas, o se alineaban, con sus armas, 
en el mero filo de una montaa muy parecida a esta montaa donde estamos sentados, listos para ejecutar la 
sentencia de muerte porque encontraban que sus razones eran malas. En ese caso, el guerrero sentenciado 
tena que despedirse de sus viejos camaradas, y empezaba su ejecucin. 

Don Genaro me mir, y mir a Pablito, como esperando una seal nuestra. Luego se volvi hacia Nstor. 

-Tal vez el testigo aqu, pueda decirnos qu tiene que ver la historia con estos dos -le dijo. 

Nstor sonri con timidez y pareci hundirse en la meditacin durante un momento. 

-El testigo aqu no tiene ni la menor idea -dijo y solt una risita nerviosa. 

Don Genaro pidi a todos ponerse de pie y acompaarlo a mirar por el borde occidental de la meseta. 

Haba una pendiente suave hasta el fondo de la formacin terrosa; luego, una tira estrecha de tierra llana 
terminaba en una hondonada que pareca ser un canal natural para el desage de la lluvia. 

-All justo donde est esa zanja, haba una hilera de rboles en la montaa de la historia -dijo-. Y luego ms 
all de ah haba una arboleda muy tupida. 

"Despus de decir adis a sus camaradas, el guerrero sentenciado deba echar a andar cuesta abajo, hacia 
los rboles. Sus camaradas entonces preparaban sus armas y apuntaban. Si nadie disparaba, o si el guerrero 
sobreviva a sus heridas y llegaba a los rboles, quedaba libre." 

Volvimos al sitio donde habamos estado. 

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-Y qu pasa ahora, testigo? -pregunt a Nstor-. Ya puedes decirnos? 

Nstor era el epitome del nerviosismo. Se quit el sombrero y se rasc la cabeza. Luego ocult el rostro entre 
las manos. 

-Qu puede decir el pobre testigo si no sabe nada? -repuso finalmente en tono de reto, y ri con todos los 
dems. 

-Dicen que hubo hombres que salieron sin ningn dao -prosigui don Genaro-. Digamos que su poder 
personal afect a sus camaradas. Una ola de algo les pas por encima mientras le apuntaban y nadie se 
atrevi a disparar. O tal vez el temple del guerrero los impresionaba tanto que no podan hacerle dao. 

Don Genaro me mir y luego mir a Pablito. 

-Haba una condicin puesta para esa caminata hasta el borde de la arboleda -continu-. El guerrero tena 
que andar con calma, indiferente. Sus pasos tenan que ser seguros y firmes, sus ojos tenan que mirar al 
frente, sin -pena ni miedo. Tena que bajar sin tropezar, sin volver la cara, y sobre todo sin correr. 

Don Genaro hizo una pausa; Pablito asinti con la cabeza. 

-Si ustedes dos deciden regresar a esta tierra -dijo don Genaro-, tendrn que esperar, como verdaderos 
guerreros, hasta haber cumplido sus tareas. Esa espera es muy parecida a la caminata del guerrero en la 
historia. Como se ve, a ese guerrero ya no le quedaba ms tiempo humano, y a ustedes dos tampoco. La nica 
diferencia est en quin les apunta. Los que apuntaban al guerrero eran sus propios camaradas. Pero los que 
a ustedes les apuntan son los tiradores de lo desconocido. Y lo nico que ustedes dos tienen es la 
impecabilidad. Deben esperar sin mirar hacia atrs. Deben esperar sin pedir nada. Y deben dirigir todo el poder 
personal que tengan a cumplir la tarea. 

"Si ustedes no actan impecablemente, si empiezan a inquietarse, si se impacientan o se desesperan, sern 
cortados sin misericordia por los tiradores de lo desconocido. 

"Si, por el contrario, su impecabilidad y poder personal son tales que les permiten cumplir sus tareas, lograrn 
entonces la promesa del poder. Y cul es esa promesa?, podran preguntar. Es una promesa que el poder 
hace a los hombres como seres luminosos. Cada guerrero tiene un destino diferente, as que no hay modo de 
decir cul ser esa promesa para cualquiera de ustedes." 

El sol estaba a punto de ocultarse. El anaranjado claro de las distantes montaas del norte se haba 
oscurecido. El paisaje me dio el sentimiento de un mundo solitario barrido por el viento. 

-Ustedes ya han aprendido que el temple de un guerrero est en el ser humilde y eficiente -dijo don Genaro, y 
su voz me hizo saltar-. Ya han aprendido a actuar sin esperar ni pedir nada a cambio. Ahora les digo que, para 
soportar lo que les aguarda ms all de este da, necesitarn ustedes contenerse hasta lo ltimo. 

Experiment un choque en el estmago. Pablito empez a temblar levemente. 

-Un guerrero debe estar siempre listo. El destino de todos nosotros los que estamos aqu ha sido saber que 
somos prisioneros del poder. Nadie sabe por qu nosotros en particular, pero qu buena suerte! 

Don Genaro call y baj la cabeza como exhausto. Yo nunca lo haba odo hablar en esos trminos. 

-Aqu es obligatorio que el guerrero diga adis a todos los presentes y a todos los que deja atrs -dijo de 
pronto don Juan-. Debe hacerlo en sus propias palabras y en voz alta, para que su voz se quede para siempre 
en este sitio de poder. 

La voz de don Juan aadi otra dimensin a mi estado de ser en ese momento. Nuestra conversacin en el 
coche se hizo doblemente conmovedora. Cunta razn tena al decir que la serenidad del paisaje en torno 
haba sido slo un espejismo, y que la explicacin de los brujos descargaba un golpe que nadie podra parar! 
Yo haba odo la explicacin de los brujos y haba experimentado sus premisas; y all estaba, desarmado y 
desvalido como nunca lo haba estado antes en mi vida. Nada de cuanto haba hecho, de cuanto haba 
imaginado, poda compararse con la angustia y la soledad de aquel momento. La explicacin de los brujos me 
haba despojado incluso de mi "razn". Don Juan tambin estaba en lo cierto al decir que un guerrero no poda 
evitar el dolor y el sufrimiento, sino nicamente la entrega a ellos. En ese momento mi tristeza era incontenible. 
No soportaba decir adis a quienes haban compartido las vueltas de mi destino. Dije a don Juan y a don Ge-
naro que haba hecho un pacto de morir con cierta persona, y que mi espritu no se resignaba a dejarla sola. 

-Todos estamos solos, Carlitos -dijo don Genaro suavemente-. ,sa es nuestra condicin. 

Sent en la garganta la angustia de mi pasin por la vida y por los seres que eran queridos para m; yo 
rehusaba decirles adis. 

-Todos estamos solos -dijo don Juan-. Pero morir solo es morir desolado. 

Su voz sonaba seca y apagada, como una tos. 

Pablito lloraba en silencio. Luego se puso de pie y habl. No fue una arenga ni un testimonio. En voz clara 
agradeci la bondad de don Genaro y don Juan. Se volvi hacia Nstor y le agradeci el haberle dado la 
oportunidad de cuidarlo. Sec sus ojos con la manga de su camisa. 

-Qu cosa ms linda el haber estado en este hermoso mundo! En este maravilloso tiempo! -exclam con un 
suspiro. 

Su nimo era contagioso. 

-Si no regreso, te suplico como ltimo favor que ayudes a quienes han compartido mi destino -dijo a don 
Genaro. 

Luego mir hacia el oeste, en direccin de su casa. Su delgado cuerpo se convulsion de llanto. Con los 
brazos extendidos corri hacia el borde de la meseta, como para abrazar a alguien. Sus labios se movan; 
pareca hablar en voz baja. 

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Apart la vista. No quera or lo que Pablito deca. 

Regres a donde estbamos sentados, se dej caer junto a m y baj la cabeza. 

Yo era incapaz de decir nada. Pero sbitamente una fuerza exterior pareci tomar las riendas y me hizo 
levantarme, y tambin yo dije mi gratitud y mi tristeza. 

Guardamos silencio de nuevo. El viento del norte susurraba, soplando contra mi rostro. Don Juan me mir. 
Nunca haba visto tanta bondad en sus ojos. Me dijo que un guerrero se despeda dando las gracias a todos los 
que haban tenido para l un gesto de bondad o de preocupacin, y que yo deba expresar mi gratitud no slo 
hacia ellos sino tambin hacia aquellos que me haban cuidado y ayudado en mi camino. 

Mir hacia el noroeste, hacia Los ngeles, y todo el sentimentalismo de mi espritu se verti. Qu descarga 
purificadora fue esa expresin de gracias! 

Me sent de nuevo. Nadie me mir. 

-Un guerrero reconoce su dolor pero no se entrega a l -dijo don Juan-. Por eso el sentimiento de un guerrero 
que entra en lo desconocido no es de tristeza; al contrario, est alegre porque se siente humilde ante su gran 
fortuna, confiado en la impecabilidad de su espritu, y sobre todo, completamente al tanto de su eficiencia. La 
alegra del guerrero le viene de haber aceptado su destino, y de haber calculado de verdad lo que le espera. 

Hubo una larga pausa. Mi tristeza era suprema. Quise hacer algo por librarme de tal opresin. 

-A ver, ese testigo, aplasta tu cazador de espritus -dijo don Genaro a Nstor. 

O el fuerte y ridculo sonido del artefacto en cuestin. 

Pablito ri casi hasta la histeria, y tambin don Juan y don Genaro. Advert un olor peculiar y me di cuenta de 
que Nstor haba soltado un pedo. Lo horrendamente chistoso era la gran expresin de seriedad en su rostro. 
No se haba pedorreado como guasa, sino porque no traa su cazador de espritus. Quera ayudar como mejor 
poda. 

Todos rieron con abandono. Qu facilidad tenan para pasar de las situaciones sublimes a las totalmente 
cmicas. 

De pronto, Pablito se volvi hacia m. Quiso saber si era yo poeta, pero antes de que pudiera responderle, 
don Genaro hizo una rima. 

-Carlitos es un chingn; tiene un poco de poeta, de loco y de cabrn -dijo. 

Todos sufrimos otro ataque de risa. 

-ste es un mejor humor -dijo don Juan-. Y ahora, antes de que Genaro y yo les digamos adis, pueden decir 
lo que les venga en gana. Puede que sta sea la ltima vez que pronuncien una palabra. 

Pablito neg con la cabeza, pero yo tena algo que decir. Quera expresar mi admiracin, mi respeto por el 
exquisito temple del espritu guerrero de don Juan y don Genaro. Pero me enred en mis palabras y finalmente 
no dije nada; o peor aun, termin hablando como si de nuevo me quejara. 

Don Juan mene la cabeza y chasque los labios en un remedo de reprobacin. Re involuntariamente; no 
importaba, despus de todo, que hubiese arruinado la oportunidad de expresarles mi admiracin. Un 
sentimiento muy atrayente empezaba a poseer, me: cierto alborozo y alegra, una libertad exquisita que me 
hacia rer. Dije a don Juan y a don Genaro que el resultado de mi encuentro con lo "desconocido me importaba 
un cacahuate; que me senta feliz y completo, y que el vivir o el morir carecan de valor para m en esos 
momentos. 

Don Juan y don Genaro parecieron disfrutar mis aseveraciones todava ms que yo. Don Juan se golpe el 
muslo y se ech a rer. Don Genaro arroj su sombrero por tierra y grit como si montara un caballo salvaje. 

-Hemos gozado y nos hemos redo mientras esperbamos, as como lo recomend el testigo -dijo don 
Genaro de pronto-. Pero es la condicin natural del orden el que siempre tenga que llegar a su fin. 

Mir el cielo. 

-Ya es casi la hora de que nos desbandemos como los guerreros de la historia -dijo-. Pero antes de que nos 
vayamos cada uno por su lado, debo decirles una ltima cosa a ustedes dos. Voy a revelarles un secreto de 
guerrero. Quizs podran llamarlo la predileccin de un guerrero. 

Centrando en mi su atencin particular, dijo que en una ocasin yo haba opinado que la vida de un guerrero 
era fra y solitaria y carente de sentimientos. Aadi que incluso en aquel preciso instante yo me haba 
convencido de que as era. 

-La vida de un guerrero no puede en modo alguno ser fra y solitaria y sin sentimientos -dijo-, porque se basa 
en su afecto, su devocin, su dedicacin a su ser amado. Y quin, podran ustedes preguntar, es ese ser 
amado? Yo se los voy a mostrar ahora mismo. 

Don Genaro se puso en pie y camin despacio hasta un rea perfectamente llana, justamente frente a 
nosotros, a unos tres metros de distancia. All hizo un curioso gesto. Movi las manos como si barriera el polvo 
de su pecho y su estmago. Entonces ocurri algo extrao. Un destello de luz casi imperceptible lo atraves; 
sali del suelo y pareci encender todo su cuerpo. Don Genaro ejecut una especie de pirueta hacia atrs; un 
clavado de espaldas, dicho con mayor propiedad, y aterriz sobre el pecho y los brazos. La precisin y 
habilidad de su movimiento lo hicieron parecer un ser sin peso, una criatura vermiforme que diera la vuelta 
sobre s misma. Ya en el suelo, realiz una serie de movimientos inconcebibles. Se deslizaba a unos cuantos 
centmetros de la tierra, o rodaba sobre ella como si yaciera sobre balines, o nadaba describiendo crculos y 
vueltas con la rapidez y la agilidad de una anguila en el ocano. 

Empec a bizquear, y en cierto momento, sin transicin alguna, me hall observando una bola de luminosidad 
que se deslizaba de un lado a otro sobre lo que pareca ser una pista de hielo con mil luces brillando sobre ella. 

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El espectculo era sublime. Luego la bola de fuego se detuvo y permaneci inmvil. Una voz me sacudi 
disipando mi atencin. Era don Juan que hablaba. No entend al principio lo que deca. Mir de nuevo la bola 
de fuego; todo lo que pude discernir fue a don Genaro tirado en el suelo, con los brazos y las piernas 
extendidos. 

La voz de don Juan era muy clara. Pareci desatar algo en mi interior, y me puse a escribir. 

-El amor de Genaro es el mundo -deca-. Ahora mismo estaba abrazando esta enorme tierra, pero siendo tan 
pequeo, no puede sino nadar en ella. Pero la tierra sabe que Genaro la ama y por eso lo cuida. Por eso la 
vida de Genaro est llena hasta el borde y su estado, dondequiera que l se encuentre, siempre ser la 
abundancia. Genaro recorre las sendas de su ser amado, y en cualquier sitio que est, est completo. 

Don Juan se acuclill frente a nosotros. Acarici el suelo con gentileza. 

-sta es la predileccin de dos guerreros -erijo-. Esta tierra, este mundo. Para un guerrero no puede haber un 
amor ms grande. 

Don Genaro se levant y vino a acuclillarse junto a don Juan; por un momento ambos nos escrutaron con 
fijeza, luego tomaron asiento al unsono, cruzando las piernas. 

-Solamente si uno ama a esta tierra con pasin inflexible puede uno librarse de la tristeza -dijo don Juan-. Un 
guerrero siempre est alegre porque su amor es inalterable y su ser amado, la tierra, lo abraza y le regala 
cosas inconcebibles. La tristeza pertenece slo a esos que odian al mismo ser que les da asilo. 

Don Juan volvi a acariciar el suelo con ternura. 

-Este ser hermoso, que est vivo hasta sus ltimos resquicios y comprende cada sentimiento, me dio cario, 
me cur de mis dolores, y finalmente, cuando entend todo mi cario por l, me ense lo que es la libertad. 

Hizo una pausa. El silencio en torno era atemorizante. El viento silbaba suavemente, y luego o el ladrido 
lejano de un perro solitario. 

-Escuchen ese ladrido -prosigui don Juan-. se es el modo en que mi amada tierra me ayuda a darles esta 
ltima leccin. Ese ladrido es la cosa ms triste que uno puede or. 

Guardamos silencio un rato. El ladrar de aquel perro solitario era tan triste, y la quietud en torno tan intensa, 
que experiment una angustia adormecedora. Pensaba en mi propia vida, mi tristeza, el no saber dnde ir, qu 
hacer. 

-El ladrido de ese perro es la voz nocturna de un hombre -dijo don Juan-. Viene de una casa en ese valle 
hacia el sur. Un hombre grita a travs de su perro, pues ambos son esclavos compaeros de por vida, su 
tristeza, su aburrimiento. Est rogando a su muerte que venga y lo libre de las torpes y sombras cadenas de 
su vida. 

Las palabras de don Juan haban entroncado en forma inquietante con mi lnea de pensamiento. Sent que 
me hablaba directamente. 

-Ese ladrido, y la soledad que crea, hablan de los sentimientos de los hombres -prosigui-. Hombres para los 
que toda una vida fue como una tarde de domingo, una tarde que no fue del todo mala, pero s calurosa, y 
aburrida, y pesada. Sudaron y se fastidiaron ms de la medida. No saban a dnde ir ni qu hacer. Esa tarde 
les dej solamente el recuerdo del tedio y de pequeas molestias, y de pronto se acab; de pronto ya era 
noche. 

Volvi a narrar una historia que yo le cont alguna vez acerca de un hombre de setenta y dos aos, quejoso 
de que su vida haba sido tan breve que su niez pareca haber ocurrido apenas el da anterior. Ese hombre 
me haba dicho: "Recuerdo los piyamas que sola ponerme a los diez aos. Parece que slo ha pasado un da. 
A dnde se fue el tiempo?" 

-El contraveneno de eso est aqu -dijo don Juan, acariciando la tierra-. La explicacin de los brujos no puede 
en modo alguno liberar el espritu. Ah estn ustedes dos. Han llegado a la explicacin de los brujos, pero no 
tiene ninguna importancia el que la sepan. Estn ms solos que nunca, porque sin un cario constante por el 
ser que les da asilo, la soledad es desolacin. 

"Solamente amando a este ser esplndido se puede dar libertad al espritu del guerrero; y la libertad es 
alegra, eficiencia, y abandono frente a cualquier embate del destino. sa es la ltima leccin. Siempre se deja 
para el ltimo momento, para el momento de desolacin suprema en el que un hombre se enfrenta a su muerte 
y a su soledad. Slo entonces tiene sentido." 

Don Juan y don Genaro se pusieron de pie; estiraron los brazos y arquearon la espalda, como si el estar 
sentados hubiera entiesado sus cuerpos. Mi corazn empez a golpetear con rapidez. Los dos hicieron que 
Pablito y yo nos levantramos. 

-El crepsculo es la raja entre los mundos -dijo don Juan-. Es la puerta a lo desconocido. 

Indic con un amplio ademn la meseta donde nos hallbamos. 

-sta es la planicie frente a esa puerta. 

Seal entonces el filo norte de la meseta. 

-All est la puerta. Ms all hay un abismo, y ms all de ese abismo est lo desconocido. 

Despus don Juan y don Genaro se volvieron hacia Pablito y le dijeron adis. Los ojos de Pablito estaban 
dilatados y fijos; por sus mejillas rodaban abundantes lgrimas. 

O la voz de don Genaro dicindome adis, pero no o la de don Juan. 

Don Juan y don Genaro se acercaron a Pablito y susurraron brevemente en sus odos. Luego vinieron hacia 
m. Pero antes de que susurraran nada, yo ya tenla la peculiar sensacin de estar partido. 

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-Ahora nosotros seremos otra vez polvo en el camino -dijo don Genaro-. Tal vez algn da otra vez vuelva a 
entrar en tus ojos. 

Don Juan y don Genaro retrocedieron y parecieron perderse en la oscuridad. Pablito me tom del antebrazo y 
nos dijimos adis. Entonces un extrao impulso, una fuerza, me hizo correr con l hacia el filo norte de la 
meseta. Sent que su brazo me sostena cuando saltamos, y luego qued solo. 

 

 

FIN 

 

* * * 

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